lunes, 28 de marzo de 2011

MÁS DE 100.000 VISITAS. ¡GRACIAS A TODOS!

Gracias a todos los kejaritomene-adictos este blog ha superado en este fin de semana la barrera de las 100.000 visitas desde que comenzó a funcionar en diciembre de 2007. Desde su inicio se configuró como un proyecto de anuncio y colaboración a la construcción del Reino de Dios, y por los e-mails y mensajes que recibimos de todas partes del mundo parece que el Señor ha querido derramar abundantes gracias a través también de este humilde medio. Demos gracias a Dios por todo ello y pidámosle la abundancia de su Espíritu para continuar con nuestra tarea. No nos faltará, sin duda, la protección maternal de la que es "Llena de Gracia".

viernes, 18 de marzo de 2011

HOMILÍA DE LA EUCARISTÍA DE REPARACIÓN EN LA CAPILLA UNIVERSITARIA DE SOMOSAGUAS (UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID)



«Cristo es nuestra paz»



Con sentimientos muy encontrados celebramos la eucaristía en este viernes de Cuaresma que nos invita a la conversión del corazón. Revivimos en primer lugar los sentimientos de indignación y repulsa por la profanación de esta capilla de nuestra querida Universidad. Al mismo tiempo, pedimos al Señor que convierta hacia sí el corazón de quienes lo hicieron y recapaciten sobre su conducta y actitudes blasfemas, que han herido hasta lo más hondo nuestras creencias religiosas. Al levantar nuestras manos al cielo suplicamos la paz del corazón para perdonar a los autores de estas graves ofensas contra Cristo y su Iglesia. La celebración de la Eucaristía es el acto de culto por excelencia de la fe cristiana porque actualiza el Misterio Pascual de Cristo que nos reconcilia con Dios. En su Muerte y Resurrección, Cristo ha expiado los pecados del mundo y nos ha otorgado el don de la Paz. Cristo, dice san Pablo, es nuestra paz. Al reunirnos hoy en esta capilla, queremos reparar el mal cometido mediante la acción redentora de Cristo, que se ofrece para perdón de los pecados. Nuestra oración, unida a la suya se convierte en instrumento de paz y de concordia para el mundo.

La profanación de un lugar de culto, atenta, según la mente de la Iglesia, contra uno de los elementos más sagrados de nuestra fe. Los misterios que celebramos por medio de los sacramentos no son simple memoria del pasado sino actualización de la salvación de Cristo que alcanza a todos los hombres. La liturgia sagrada une el cielo y la tierra en un lugar santo, que queda invadido por la presencia de Dios. Desde la zarza ardiendo, Dios le pidió a Moisés que se descalzara porque pisaba tierra sagrada. Isaías fue purificado por un ángel, que tocó los labios del profeta con un carbón encendido para poder oficiar un culto agradable a Dios en el templo. El templo es un lugar consagrado a Dios, dedicado al culto y a la oración personal y comunitaria de los fieles. Por ser la casa de Dios, está abierto a todos, creyentes o no, y son muchos los que, al entrar en el templo, han recuperado la fe, la paz interior, y el sentido de su misma existencia. Cuando se inaugura un templo, se bendice o consagra con ritos especiales que significan su dedicación a Dios y su carácter de lugar sagrado, que queda separado del ámbito profano para ser morada de Dios entre los hombres y casa de oración. Cualquier persona con un mínimo sentido ético, aun sin poseer la fe religiosa, sabe que un templo debe ser respetado por todos los hombres. De todos es conocida la reacción de Cristo cuando contempló la profanación del templo de Jerusalén realizada por vendedores y cambistas.

Con profundo dolor, por tanto, lamentamos y reprobamos que esta pequeña capilla, lugar de culto y oración, que ofrece a los universitarios la posibilidad de encontrarse con Cristo en la eucaristía diaria y en la liturgia de la Iglesia, haya sido profanada con blasfemias, ataques a la Iglesia y a su Magisterio y con gestos y actitudes indignos de la persona humana. Aun sin participar de la fe cristiana o religiosa, todo ciudadano está moralmente obligado a respetar las creencias ajenas en virtud del derecho de libertad religiosa, propio del ser humano. En una sociedad libre, plural y democrática existen cauces de diálogo y de debate para manifestar las propias opiniones y discrepancias. El mismo ámbito universitario, nacido precisamente a impulsos de la Iglesia para buscar la verdad y lograr el conocimiento de las ciencias sobre el hombre, el cosmos, y el mismo Dios, es un lugar propio para la reflexión y diálogo sobre la realidad considerada en su conjunto. De ahí, la palabra universitas. Por eso, resultan aún más incomprensibles a la recta razón y al sentido ético natural, los actos que, bajo pretexto de libertad de expresión o de reivindicación de determinadas corrientes ideológicas, se han realizado en esta capilla hiriendo la sensibilidad religiosa de quienes profesan la fe en Cristo, de la que participa la mayor parte de nuestro pueblo.

Es verdad que la relación de cooperación, cordial y fecunda, de la Universidad Complutense con la Iglesia de Madrid, que se remonta, mediante convenios y acciones conjuntas, a la segunda mitad del siglo pasado y dura hasta nuestros días, no queda empañada por la acción de grupos minoritarios, que no representan al conjunto de la juventud universitaria, que, con generosidad y esfuerzo, se dedica al estudio con la mirada puesta en una sociedad mejor. Desde aquí quiero dar gracias a Dios por el testimonio de tantos universitarios que asumen su vocación universitaria, ayudados por sus profesores y tutores, con verdadero espíritu de servicio y con un afán incansable de buscar la verdad. Por ello, estos hechos, gracias a Dios aislados, nos sorprenden e inquietan porque resultan contradictorios no sólo con una sociedad que proclama el respeto a las creencias ajenas, la tolerancia y el diálogo, sino con la misma finalidad de la institución y el quehacer verdaderamente universitarios. Todos debemos estar atentos y rezar para que estas situaciones, que denigran a quienes las provocan, no vuelvan a suceder.

La Palabra de Dios que hemos proclamado en este viernes de Cuaresma ilumina estas circunstancias con la luz poderosa de la verdad revelada. El profeta Ezequiel recuerda que cada hombre es responsable de sus actos ante Dios. El hombre tiende a excusarse de sus actos escudándose en el mal de muchos. Fácilmente olvidamos nuestra responsabilidad personal, dejándonos arrollar por la masa o eximiéndonos del ejercicio de la libertad personal. Ezequiel rompe con la opinión judía de que los hijos son responsables de los pecados de los padres y llama al examen personal de la conciencia ante Dios: Sólo quien se convierte de los pecados cometidos vivirá. Si ha sido pecador y se convierte de corazón, alcanzará el perdón. Y al contrario: si el justo se aparta de la justicia y peca, se le pedirá cuenta de su pecado. El hombre, dice Ezequiel, vive en el presente de Dios y a él debe dar cuenta de sus actos, sin excusarse en los pecados de los demás. Dios nos sitúa ante nuestra propia libertad. Y lo hace, no con el deseo de condenar, sino precisamente con la voluntad de salvar. ¿Acaso quiero yo la muerte del pecador y no que se convierta de su camino y viva? La Cuaresma es un camino de conversión que nos sitúa ante Dios en la verdad de lo que somos. Quizás algunos jóvenes que participaron en estos actos no fuesen plenamente conscientes de lo que hacían, o se dejaron llevar por impulsos irreflexivos de masa, o por otros compañeros que les indujeron a esta acción reprobable. Pidamos por ellos para que reciban la luz de la verdad, se conviertan y vivan en la verdad. Dios es pura e infinita misericordia. Dios quiere nuestro bien y nuestra felicidad. Pidamos para que encuentren verdaderos amigos. Decían los clásicos que la amistad no entiende el consorcio para el mal. La verdadera amistad siempre tiende al bien y a la plena realización de la persona en la verdad de su vida. Y la Universidad es un tiempo precioso para establecer verdaderas relaciones de amistad basadas en la verdad y el bien.

La fe cristiana no busca sólo la relación con Dios, sino también con el prójimo. En el evangelio de hoy Jesús nos recuerda que la moral cristiana no se queda en el cumplimiento del precepto tal como se establecía en la Ley de Moisés. Frente al «no matarás» de Moisés, Jesús progresa en la dirección de un amor más pleno y perfecto, que debe evitar el insulto, el enfrentamiento con el prójimo, el considerarlo «imbécil» o «renegado». Esto nos exige, dice Jesús, una justicia que va más allá de la que enseñaban y practicaban los letrados y fariseos de su tiempo. Es la justicia del amor, de la caridad. También hay que amar a nuestros enemigos y perdonarlos de corazón. Sólo esta actitud nos asemeja a Cristo, que perdonó a quienes le ultrajaron y le llevaron a la cruz. La dinámica del amor pasa por el perdón sincero de aquellos que nos han ofendido. De otra manera, no podemos presentar nuestra ofenda con un corazón puro y reconciliado. Quizás haya muchos cristianos que no entiendan esta actitud evangélica, que está en los fundamentos de la oración y del culto cristiano. Por eso, la celebración de la Eucaristía puede expiar y reparar plenamente lo que nuestras simples fuerzas - ni siquiera nuestras buenas intenciones – pueden hacer. Sólo Dios repara el pecado totalmente. Sólo Dios puede expiar el mal del mundo. Quien entiende esto, se une a Cristo y perdona y ama a su propio enemigo, como siempre han hecho los santos, testigos de la caridad perfecta. Pidamos, pues, que al celebrar ahora el sacrificio de la reconciliación universal, el Señor convierta a los pecadores, los ilumine con la fuerza de su amor y nos conceda la gracia de reparar el mal de otros con el bien que nosotros podemos aportar, unidos a Cristo y a la Iglesia que es su Cuerpo. Al renovar ahora el sacrificio de Cristo sobre este humilde altar, suplicamos que su eficacia alcance a todos los hombres con el perdón y la misericordia y que su casa sea siempre respetada como lugar de oración y de culto.


Que Santa María la Virgen nos conceda la gracia de vivir las actitudes de Cristo y ser siempre para los demás signos vivos de amor y de perdón. Amén.





+ César Franco

Obispo auxiliar de Madrid

lunes, 14 de marzo de 2011

CÁRITAS JAPÓN: "DE ESTE MAL PUEDE NACER ALGO BUENO"


El padre Daisuke Naru, director ejecutivo de Caritas Japón explica que "nuestra tarea es mostrar el amor y la solidaridad, en especial hacia las categorias más vulnerables, como los inmigrantes, los ancianos, las personas sin hogar. Vamos a trabajar junto con otras ONGs. En este momento estamos llamados a dar testimonio de unidad y a estar cerca de todo ser humano que sufre. Ya sabemos que la respuesta a nuestro llamamiento de los fieles va a ser muy generosa".

Naru explica a la agencia misionera de la Santa Sede Fides: "Caritas se ha movilizado inmediatamente después de la tragedia: Nada más suceder el terremoto y el tsunami, hemos organizado una reunión de emergencia por teleconferencia. La prioridad ahora es reunir información sobre las zonas afectadas, pero es difícil porque las líneas eléctricas y telefónicas siguen rotas. La diócesis más afectada es la de Sendai, pero no hemos recibido noticias del director de la Caritas diocesana, y esto nos causa gran preocupación. Por eso estamos estudiando la posibilidad de una misión allí, en el lugar".

Al reflexionar sobre las consecuencias de la tragedia, el sacerdote explica: "Creo que en el Japón de hoy, marcado por la crisis económica, golpeado por el fenómeno social de la depresión y del suicidio, este doloroso acontecimiento puede ser una oportunidad para difundir los valores del Evangelio, es decir la hermandad de todos los hombres, la construcción del bien común, el reconociendo de que toda persona tiene dignidad de hijo de Dios y es importante a los ojos de Dios. Si, con nuestro trabajo y nuestro testimonio, somos capaces de comunicar esto, entonces de este mal podrá nacer algo bueno".


(FUENTE: zenit)

miércoles, 9 de marzo de 2011

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2011


«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo,
con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)




Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.

El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».

Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Vaticano, 4 de noviembre de 2010

BENEDICTUS PP. XVI