viernes, 14 de enero de 2011

HACE MÁS DE UNA DÉCADA...


Hace más de 10 años, en agosto del año 2000, un gran acotencimiento transformó mi vida. Un hombre octogenario y enfermo, débil según el mundo, nos invitaba a "emprender con alegría" una hermosa peregrinación hacia la gran cita eclesial que supuso la XV Jornada Mundial de la Juventud junto a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo.


Un hombre, como he dicho, anciano y enfermo, pero con el corazón tan encendido que supo prender en mi corazón un fuego que, por más que mis defectos y mis muchos pecados hayan intentado apagar, se ha erigido como inextinguible.


Un hombre, sólo un hombre, y enfermo, y anciano, que se rodeó de dos millones de jóvenes, entre los que, en mi juventud e inexperiencia, me encontraba. En el bullicio, una pregunta: "¿Qué habéis venido a buscar? ¿A quién habéis venido a buscar?" Y la gran respuesta: "¡Habéis venido a buscar a Jesucristo!"


Un hombre, enfermo y anciano, que desde el corazón y hacia el corazón habló de fe, fidelidad, sacrificio, gracia, perdón, esperanza, Evangelio, SANTIDAD... "¡Es a Jesús a quién buscáis cuando soñáis la felicidad!"


Un hombre, anciano y enfermo, a quién le debo mi gran encuentro con Cristo. El encuentro de "las cuatro de la tarde". El encuentro que no se olvida. En su Iglesia. Iglesia joven y vibrante, la que comencé a amar como mi madre y de la que me sentía parte, aún desde mi inexperiencia.


Para siempre recordaré que, junto al Señor y yo, en ese encuentro de gracia, estaba este hombre, anciano y enfermo, que era causa del mismo y que cargaba sobre sus hombros con la Iglesia que en ese año cruzaba el umbral del tercer milenio en el gran Jubileo de la Encarnación.


Hoy se nos ha anunciado que el Santo Padre Benedicto XVI ha fijado el día en que este hombre será elevado a la dignidad de los altares. Entenderán ustedes que no haya podido reprimir las lágrimas al recordarlo todo y hacer firme propósito de acudir a la Plaza de San Pedro el próximo 1 de mayo para tan magno acontecimiento eclesial. Hoy, junto al agradecimiento al Papa Benedicto por el enorme regalo que hace a la Iglesia con esta beatificación, sólo me sale escribir un enorme GRACIAS con letras de oro al hombre que, aún cansado y enfermo, cambió mi vida y la de tantos miles de hombres y mujeres a lo largo de los veintisiete años de su pontificado, el Papa de la Virgen: GRACIAS, AMIGO JUAN PABLO II.

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