martes, 18 de enero de 2011

"¡PADRE, QUE SEAN UNO!". SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS


Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
Oh Señor, que yo no busque tanto
ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.
Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.
SAN FRANCISCO DE ASÍS

viernes, 14 de enero de 2011

HACE MÁS DE UNA DÉCADA...


Hace más de 10 años, en agosto del año 2000, un gran acotencimiento transformó mi vida. Un hombre octogenario y enfermo, débil según el mundo, nos invitaba a "emprender con alegría" una hermosa peregrinación hacia la gran cita eclesial que supuso la XV Jornada Mundial de la Juventud junto a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo.


Un hombre, como he dicho, anciano y enfermo, pero con el corazón tan encendido que supo prender en mi corazón un fuego que, por más que mis defectos y mis muchos pecados hayan intentado apagar, se ha erigido como inextinguible.


Un hombre, sólo un hombre, y enfermo, y anciano, que se rodeó de dos millones de jóvenes, entre los que, en mi juventud e inexperiencia, me encontraba. En el bullicio, una pregunta: "¿Qué habéis venido a buscar? ¿A quién habéis venido a buscar?" Y la gran respuesta: "¡Habéis venido a buscar a Jesucristo!"


Un hombre, enfermo y anciano, que desde el corazón y hacia el corazón habló de fe, fidelidad, sacrificio, gracia, perdón, esperanza, Evangelio, SANTIDAD... "¡Es a Jesús a quién buscáis cuando soñáis la felicidad!"


Un hombre, anciano y enfermo, a quién le debo mi gran encuentro con Cristo. El encuentro de "las cuatro de la tarde". El encuentro que no se olvida. En su Iglesia. Iglesia joven y vibrante, la que comencé a amar como mi madre y de la que me sentía parte, aún desde mi inexperiencia.


Para siempre recordaré que, junto al Señor y yo, en ese encuentro de gracia, estaba este hombre, anciano y enfermo, que era causa del mismo y que cargaba sobre sus hombros con la Iglesia que en ese año cruzaba el umbral del tercer milenio en el gran Jubileo de la Encarnación.


Hoy se nos ha anunciado que el Santo Padre Benedicto XVI ha fijado el día en que este hombre será elevado a la dignidad de los altares. Entenderán ustedes que no haya podido reprimir las lágrimas al recordarlo todo y hacer firme propósito de acudir a la Plaza de San Pedro el próximo 1 de mayo para tan magno acontecimiento eclesial. Hoy, junto al agradecimiento al Papa Benedicto por el enorme regalo que hace a la Iglesia con esta beatificación, sólo me sale escribir un enorme GRACIAS con letras de oro al hombre que, aún cansado y enfermo, cambió mi vida y la de tantos miles de hombres y mujeres a lo largo de los veintisiete años de su pontificado, el Papa de la Virgen: GRACIAS, AMIGO JUAN PABLO II.

martes, 11 de enero de 2011

DE DIOSES Y HOMBRES






Un monasterio en las montañas del Magreb en los años noventa. Ocho monjes cistercienses viven en perfecta armonía con la población musulmana.

Un grupo de fundamentalistas islámicos asesina a un equipo de trabajadores extranjeros y el pánico se apodera de la región. El ejército ofrece protección a los monjes, pero estos la rechazan. ¿Qué deben hacer? ¿Irse, quedarse? A pesar de la creciente amenaza, empiezan a darse cuenta de que no tienen elección y deben quedarse, pase lo que pase.

La película se basa a grandes rasgos en la vida de los monjes cistercienses del Tibhirine, en Argelia, desde el año 1993 hasta su secuestro en 1996.


El secuestro y asesinato de los siete monjes franceses del Tibhirine en 1996 marcó el apogeo de la violencia y de las atrocidades que azotaban Argelia como resultado del enfrentamiento entre el gobierno y grupos extremistas decididos a derrocarlo.

La desaparición de los monjes, atrapados entre ambos bandos, afectó profundamente a unos gobiernos, a la comunidad religiosa y a la opinión pública internacional.

La identidad de los asesinos y las circunstancias exactas de su muerte siguen siendo un misterio.
El caso está en los tribunales franceses desde 2003. Algunos documentos recientemente desclasificados quizá ayuden a despejar el misterio en los meses venideros.

lunes, 10 de enero de 2011

DICHOSOS...


Cuando nuestro Señor y Salvador recorría numerosas ciudades y regiones, predicando y curando todas las enfermedades y todas las dolencias, al ver el gentío –como nos refiere la lectura que acabamos de oír– subió a la montaña. Con razón el Dios Altísimo sube a una altura, para allí predicar sublimes doctrinas a hombres deseosos de escalar las más sublimes virtudes.

Y es justo que la ley nueva se predique en una montaña, ya que la ley de Moisés fue dada en un monte. Esta consta de diez preceptos, destinados a iluminar y reglamentar la vida presente; aquélla consta de ocho bienaventuranzas, ya que conduce a sus seguidores a la vida eterna y a la patria celestial.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Por tanto, los sufridos han de ser de carácter tranquilo y sinceros de corazón. Que su mérito no es irrelevante lo evidencia el Señor, cuando añade: Porque ellos heredarán la tierra. Se refiere a aquella tierra de la que está escrito: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Así pues, heredar esa tierra equivale a heredar la inmortalidad del cuerpo y la gloria de la resurrección eterna.

La mansedumbre no sabe de soberbia, ignora la jactancia, desconoce la ambición. Por eso, no sin razón exhorta en otro lugar el Señor a sus discípulos, diciendo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. No los que deploran la pérdida de seres queridos, sino los que lloran los propios pecados, los que con lágrimas lavan sus delitos; o también los que lamentan la iniquidad de este mundo o lloran los pecados ejenos.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los hijos de Dios». Fíjate en el inmenso mérito de los que trabajan por la paz, pues ya no son llamados siervos, sino «los hijos de Dios». Y no sin razón, pues quien ama la paz, ama a Cristo, el autor de la paz, a quien el apóstol Pablo llamó «paz», cuando dijo: El es nuestra paz. En cambio, quien no ama la paz, propugna la discordia, pues ama al diablo que es el autor de la discordia. En efecto, él fue el primero en sembrar la discordia entre Dios y el hombre, pues arrastró al hombre a la transgresión del precepto de Dios. Y si el Hijo de Dios bajó del cielo, fue justamente para condenar al diablo, autor de la discordia, y hacer las paces entre Dios y el hombre, reconciliando al hombre con Dios y devolviendo al hombre el favor divino. Por lo cual, hemos de trabajar por la paz, para merecer ser llamados «los hijos de Dios», ya que sin la paz no sólo perdemos el nombre de hijos, sino el mismo nombre de siervo, pues dice el Apóstol: Buscad la paz, sin la cual nadie puede agradar a Dios.



San Cromacio de Aquileya,
Sermón 39 (SC 164, 216-220)