domingo, 1 de mayo de 2011

"ASÍ LO HA QUERIDO EL SEÑOR: JUAN PABLO II YA ES BEATO"



Queridos hermanos y hermanas:

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)– ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas– estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén.



(Homilía de la Misa de Beatificación de Juan Pablo II)








Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, y en especial a los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y numerosos fieles, así como a las delegaciones oficiales y autoridades civiles de España y Latinoamérica. El nuevo Beato recorrió incansable vuestras tierras, caracterizadas por la confianza en Dios, el amor a María y el afecto al Sucesor de Pedro, sintiendo en cada uno de sus viajes el calor de vuestra estima sincera y entrañable. Os invito a seguir el ejemplo de fidelidad y amor a Cristo y a la Iglesia, que nos dejó como preciosa herencia. Que desde el cielo os acompañe siempre su intercesión, para que la fe de vuestros pueblos se mantenga en la solidez de sus raíces y la paz y la concordia favorezcan el progreso necesario de vuestras gentes. Que Dios os bendiga.






(Palabras de Santo Padre Benedicto XVI en el Regina Caeli)

jueves, 28 de abril de 2011

BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II, EL MAGNO



Karol Józef Wojtyła, conocido como Juan Pablo II desde su elección al papado en octubre de 1978, nació en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kms. de Cracovia, el 18 de mayo de 1920.

Era el más pequeño de los tres hijos de Karol Wojtyła y Emilia Kaczorowska. Su madre falleció en 1929. Su hermano mayor Edmund (médico) murió en 1932 y su padre (suboficial del ejército) en 1941. Su hermana Olga murió antes de que naciera él.

Fue bautizado por el sacerdote Franciszek Zak el 20 de junio de 1920 en la Iglesia parroquial de Wadowice; a los 9 años hizo la Primera Comunión, y a los 18 recibió la Confirmación. Terminados los estudios de enseñanza media en la escuela Marcin Wadowita de Wadowice, se matriculó en 1938 en la Universidad Jagellónica de Cracovia y en una escuela de teatro.

Cuando las fuerzas de ocupación nazi cerraron la Universidad, en 1939, el joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química (Solvay), para ganarse la vida y evitar la deportación a Alemania.

A partir de 1942, al sentir la vocación al sacerdocio, siguió las clases de formación del seminario clandestino de Cracovia, dirigido por el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del "Teatro Rapsódico", también clandestino.

Tras la segunda guerra mundial, continuó sus estudios en el seminario mayor de Cracovia, nuevamente abierto, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal en Cracovia el 1 de noviembre de 1946 de manos del Arzobispo Sapieha.Seguidamente fue enviado a Roma, donde, bajo la dirección del dominico francés Garrigou-Lagrange, se doctoró en 1948 en teología, con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de San Juan de la Cruz (Doctrina de fide apud Sanctum Ioannem a Cruce). En aquel período aprovechó sus vacaciones para ejercer el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda.


En 1948 volvió a Polonia, y fue vicario en diversas parroquias de Cracovia y capellán de los universitarios hasta 1951, cuando reanudó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó en la Universidad Católica de Lublin una tesis titulada "Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler". Después pasó a ser profesor de Teología Moral y Etica Social en el seminario mayor de Cracovia y en la facultad de Teología de Lublin.

El 4 de julio de 1958 fue nombrado por Pío XII Obispo titular de Olmi y Auxiliar de Cracovia. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958 en la catedral del Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak.

El 13 de enero de 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, quien le hizo cardenal el 26 de junio de 1967, con el título de San Cesareo en Palatio, Diaconía elevada pro illa vice a título presbiteral.

Además de participar en el Concilio Vaticano II (1962-1965), con una contribución importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes, el Cardenal Wojtyła tomó parte en las cinco asambleas del Sínodo de los Obispos anteriores a su pontificado.

Los cardenales reunidos en Cónclave le eligieron Papa el 16 de octubre de 1978. Tomó el nombre de Juan Pablo II y el 22 de octubre comenzó solemnemente su ministerio petrino como 263 sucesor del Apóstol Pedro. Su pontificado ha sido uno de los más largos de la historia de la Iglesia y ha durado casi 27 años.

Juan Pablo II ejerció su ministerio petrino con incansable espíritu misionero, dedicando todas sus energías, movido por la "sollicitudo omnium Ecclesiarum" y por la caridad abierta a toda la humanidad. Realizó 104 viajes apostólicos fuera de Italia, y 146 por el interior de este país. Además, como Obispo de Roma, visitó 317 de las 333 parroquias romanas.

Entre sus documentos principales se incluyen: 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. Publicó también cinco libros como doctor privado: "Cruzando el umbral de la esperanza" (octubre de 1994);"Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal" (noviembre de 1996); "Tríptico romano - Meditaciones", libro de poesías (marzo de 2003); “¡Levantaos! ¡Vamos!” (mayo de 2004) y “Memoria e identidad” (febrero de 2005).

Realizó numerosas canonizaciones y beatificaciones para mostrar innumerables ejemplos de santidad de hoy, que sirvieran de estímulo a los hombres de nuestro tiempo: celebró 147 ceremonias de beatificación -en las que proclamó 1338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Proclamó a santa Teresa del Niño Jesús Doctora de la Iglesia. Amplió notablemente el Colegio cardenalicio, creando 231 cardenales (más uno "in pectore", cuyo nombre no se hizo público antes de su muerte) en 9 consistorios. Además, convocó 6 reuniones plenarias del colegio cardenalicio.


Presidió 15 Asambleas del Sínodo de los obispos: 6 generales ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990, 1994 y 2001), 1 general extraordinaria (1985) y 8 especiales (1980, 1991, 1994, 1995, 1997, 1998 (2) y 1999).

Más que todos sus predecesores se encontró con el pueblo de Dios y con los responsables de las naciones: más de 17.600.000 peregrinos participaron en las 1166 Audiencias Generales que se celebran los miércoles. Ese numero no incluye las otras audiencias especiales y las ceremonias religiosas [más de 8 millones de peregrinos durante el Gran Jubileo del año 2000] y los millones de fieles que el Papa encontró durante las visitas pastorales efectuadas en Italia y en el resto del mundo. Hay que recordar también las numerosas personalidades de gobierno con las que se entrevistó durante las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con jefes de Estado y 246 audiencias y encuentros con Primeros Ministros.

Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005, a las 21.37, mientras concluía el sábado, y ya habíamos entrado en la octava de Pascua y domingo de la Misericordia Divina. Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje a Juan Pablo II, haciendo incluso 24 horas de cola para poder acceder a la basílica de San Pedro.








domingo, 24 de abril de 2011

MENSAJE URBI ET ORBI DE S.S. BENEDICTO XVI



In resurrectione tua, Christe, coeli et terra laetentur. En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra (Lit. Hor.)



Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo:

La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo: ¡Cristo ha resucitado! El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la fe vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro y de los otros Apóstoles.

Hasta hoy —incluso en nuestra era de comunicaciones supertecnológicas— la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en el testimonio de aquellas hermanas y hermanos que vieron primero la losa removida y el sepulcro vacío, después a los mensajeros misteriosos que atestiguaban que Jesús, el Crucificado, había resucitado; y luego, a Él mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que se aparece a María Magdalena, a los dos discípulos de Emaús y, finalmente, a los once reunidos en el Cenáculo (cf. Mc 16,9-14).

La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien.

Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo, proyecto. Por eso, todo el universo se alegra hoy, al estar incluido en la primavera de la humanidad, que se hace intérprete del callado himno de alabanza de la creación. El aleluya pascual, que resuena en la Iglesia peregrina en el mundo, expresa la exultación silenciosa del universo y, sobre todo, el anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios, más aún, agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad.

«En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra». A esta invitación de alabanza que sube hoy del corazón de la Iglesia, los «cielos» responden al completo: La multitud de los ángeles, de los santos y beatos se suman unánimes a nuestro júbilo. En el cielo, todo es paz y regocijo. Pero en la tierra, lamentablemente, no es así. Aquí, en nuestro mundo, el aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades, guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra historia de hoy. Por eso, mi mensaje quiere llegar a todos y, como anuncio profético, especialmente a los pueblos y las comunidades que están sufriendo un tiempo de pasión, para que Cristo resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz.

Que pueda alegrarse la Tierra que fue la primera a quedar inundada por la luz del Resucitado. Que el fulgor de Cristo llegue también a los pueblos de Oriente Medio, para que la luz de la paz y de la dignidad humana venza a las tinieblas de la división, del odio y la violencia. Que, en Libia, la diplomacia y el diálogo ocupen el lugar de las armas y, en la actual situación de conflicto, se favorezca el acceso a las ayudas humanitarias a cuantos sufren las consecuencias de la contienda. Que, en los Países de África septentrional y de Oriente Medio, todos los ciudadanos, y particularmente los jóvenes, se esfuercen en promover el bien común y construir una sociedad en la que la pobreza sea derrotada y toda decisión política se inspire en el respeto a la persona humana. Que llegue la solidaridad de todos a los numerosos prófugos y refugiados que provienen de diversos países africanos y se han viso obligados a dejar sus afectos más entrañables; que los hombres de buena voluntad se vean iluminados y abran el corazón a la acogida, para que, de manera solidaria y concertada se puedan aliviar las necesidades urgentes de tantos hermanos; y que a todos los que prodigan sus esfuerzos generosos y dan testimonio en este sentido, llegue nuestro aliento y gratitud.

Que se recomponga la convivencia civil entre las poblaciones de Costa de Marfil, donde urge emprender un camino de reconciliación y perdón para curar las profundas heridas provocadas por las recientes violencias. Y que Japón, en estos momentos en que afronta las dramáticas consecuencias del reciente terremoto, encuentre alivio y esperanza, y lo encuentren también aquellos países que en los últimos meses han sido probados por calamidades naturales que han sembrado dolor y angustia.

Se alegren los cielos y la tierra por el testimonio de quienes sufren contrariedades, e incluso persecuciones a causa de la propia fe en el Señor Jesús. Que el anuncio de su resurrección victoriosa les infunda valor y confianza.

Queridos hermanos y hermanas. Cristo resucitado camina delante de nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. Ap 21,1), en la que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. Él está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Vayamos tras Él en este mundo lacerado, cantando el Aleluya. En nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro rostro, sonrisas y lágrimas. Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo.

Feliz Pascua a todos.

viernes, 1 de abril de 2011

¿EN QUÉ HAY QUE CONVERTIRSE?


El tiempo de cuaresma es un momento en el que se nos invita especialmente a la conversión. La conversión es una realidad compleja, es decir, no es fácil concretar en qué consiste.


A veces los temas complejos necesitan de definiciones sencillas, por un lado, para dejar claro que son complejos; y por otro, para poder avanzar en su comprensión; algo así, como empezar poniéndolo fácil para después ir cargando los matices.


Una definición sencilla sería: la conversión consiste en girar (dar un giro) a nuestra vida. Y ahora los matices. Para poder girar es necesario un eje sobre el cual realizar el giro, de otro modo (lo más probable) es iniciar una serie de movimientos deslizantes que básicamente nos dejan peor de cómo estábamos. Es decir, no giramos, sino que nos vamos desparramando como plastilina, como una masa que no puede recuperar su forma y que abandona el movimiento para entrar en otro estadio cinético: la flotación; como una mancha de chapapote, que unas veces va a la deriva, y otras la lleva la marea. Y que cree que tiene vida propia porque se expande, pero donde no hay rumbo, ni horizonte. Aquí no hay conversión que valga, sino una desesperante disolución en el océano de la vida, el consumo, las neurosis y demás marejadas de nuestro tiempo global.


Afirmado que necesitamos un eje, esperar que éste no seamos nosotros mismos. Sin duda que es necesario un “yo” sano, armado, capaz de llorar ante lo sublime y de gozar de los placeres de la vida. Lo que siempre se ha entendido como una persona normal. Pero si el eje somos nosotros mismos entonces no hay giro, sólo contorsionismo (movimiento anómalo del cuerpo o de parte de él, que origina una actitud forzada y a veces grotesca, dice el diccionario de la Academia). Grotesco, ridículo, eso es lo que conseguimos cuando pretendemos cambiarnos a nosotros mismos. Actitudes forzadas, no interiorizadas, que terminan por desaparecer, o lo que es peor todavía, por enquistarse. Y entonces se convierten en un problema para nosotros, y para los demás. La "santidad" conseguida por nosotros mismos se convierte en un martirio para los que nos rodean.


La cuaresma nos recuerda que el eje es el Dios de Jesús. Y así, sí es posible girar, porque está fuera de nosotros. Y no es nuestro empeño el que nos cambia, sino su llamada la que nos conmueve, y nos hace virar nuestro rumbo. No son nuestros méritos, sino la confianza que genera su presencia, lo que puede hacer que nos convirtamos.


En esta cuaresma hay invitaciones imperiosas para girarnos. En primer lugar, de nuestro narcisismo agotador. Dios nos llama a escuchar los gemidos de un mundo sufriente para que nos volvamos y nos detengamos: a auxiliar, a compartir.


Se nos invita, también, a girarnos hacia el silencio: sobran palabras, mensajes, correos electrónicos, voces... nos llama al desierto. Para encontrarse con nosotros cara a cara.


Se nos invita, una vez más, a girar del consumo, no para ahorrar, sino para generar misericordia. No para gastar con prudencia, sino para compartir, para dar, para vaciarnos.


Se nos invita, también, a girar de la sospecha a la confianza. No podemos ver fantasmas por todas partes, sólo lo negativo, siempre segundas intenciones. Jesús camina sobre las aguas, y no es un fantasma, para recordarnos que la creación está preñada de su presencia. El reino de Dios está entre nosotros, y no podemos reconocerlo si no lo miramos con los mismos ojos de confianza y misericordia de Dios.

Jose Ignacio García Jiménez S.J. (Fuente: www.mercaba.org)

lunes, 28 de marzo de 2011

MÁS DE 100.000 VISITAS. ¡GRACIAS A TODOS!

Gracias a todos los kejaritomene-adictos este blog ha superado en este fin de semana la barrera de las 100.000 visitas desde que comenzó a funcionar en diciembre de 2007. Desde su inicio se configuró como un proyecto de anuncio y colaboración a la construcción del Reino de Dios, y por los e-mails y mensajes que recibimos de todas partes del mundo parece que el Señor ha querido derramar abundantes gracias a través también de este humilde medio. Demos gracias a Dios por todo ello y pidámosle la abundancia de su Espíritu para continuar con nuestra tarea. No nos faltará, sin duda, la protección maternal de la que es "Llena de Gracia".

viernes, 18 de marzo de 2011

HOMILÍA DE LA EUCARISTÍA DE REPARACIÓN EN LA CAPILLA UNIVERSITARIA DE SOMOSAGUAS (UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID)



«Cristo es nuestra paz»



Con sentimientos muy encontrados celebramos la eucaristía en este viernes de Cuaresma que nos invita a la conversión del corazón. Revivimos en primer lugar los sentimientos de indignación y repulsa por la profanación de esta capilla de nuestra querida Universidad. Al mismo tiempo, pedimos al Señor que convierta hacia sí el corazón de quienes lo hicieron y recapaciten sobre su conducta y actitudes blasfemas, que han herido hasta lo más hondo nuestras creencias religiosas. Al levantar nuestras manos al cielo suplicamos la paz del corazón para perdonar a los autores de estas graves ofensas contra Cristo y su Iglesia. La celebración de la Eucaristía es el acto de culto por excelencia de la fe cristiana porque actualiza el Misterio Pascual de Cristo que nos reconcilia con Dios. En su Muerte y Resurrección, Cristo ha expiado los pecados del mundo y nos ha otorgado el don de la Paz. Cristo, dice san Pablo, es nuestra paz. Al reunirnos hoy en esta capilla, queremos reparar el mal cometido mediante la acción redentora de Cristo, que se ofrece para perdón de los pecados. Nuestra oración, unida a la suya se convierte en instrumento de paz y de concordia para el mundo.

La profanación de un lugar de culto, atenta, según la mente de la Iglesia, contra uno de los elementos más sagrados de nuestra fe. Los misterios que celebramos por medio de los sacramentos no son simple memoria del pasado sino actualización de la salvación de Cristo que alcanza a todos los hombres. La liturgia sagrada une el cielo y la tierra en un lugar santo, que queda invadido por la presencia de Dios. Desde la zarza ardiendo, Dios le pidió a Moisés que se descalzara porque pisaba tierra sagrada. Isaías fue purificado por un ángel, que tocó los labios del profeta con un carbón encendido para poder oficiar un culto agradable a Dios en el templo. El templo es un lugar consagrado a Dios, dedicado al culto y a la oración personal y comunitaria de los fieles. Por ser la casa de Dios, está abierto a todos, creyentes o no, y son muchos los que, al entrar en el templo, han recuperado la fe, la paz interior, y el sentido de su misma existencia. Cuando se inaugura un templo, se bendice o consagra con ritos especiales que significan su dedicación a Dios y su carácter de lugar sagrado, que queda separado del ámbito profano para ser morada de Dios entre los hombres y casa de oración. Cualquier persona con un mínimo sentido ético, aun sin poseer la fe religiosa, sabe que un templo debe ser respetado por todos los hombres. De todos es conocida la reacción de Cristo cuando contempló la profanación del templo de Jerusalén realizada por vendedores y cambistas.

Con profundo dolor, por tanto, lamentamos y reprobamos que esta pequeña capilla, lugar de culto y oración, que ofrece a los universitarios la posibilidad de encontrarse con Cristo en la eucaristía diaria y en la liturgia de la Iglesia, haya sido profanada con blasfemias, ataques a la Iglesia y a su Magisterio y con gestos y actitudes indignos de la persona humana. Aun sin participar de la fe cristiana o religiosa, todo ciudadano está moralmente obligado a respetar las creencias ajenas en virtud del derecho de libertad religiosa, propio del ser humano. En una sociedad libre, plural y democrática existen cauces de diálogo y de debate para manifestar las propias opiniones y discrepancias. El mismo ámbito universitario, nacido precisamente a impulsos de la Iglesia para buscar la verdad y lograr el conocimiento de las ciencias sobre el hombre, el cosmos, y el mismo Dios, es un lugar propio para la reflexión y diálogo sobre la realidad considerada en su conjunto. De ahí, la palabra universitas. Por eso, resultan aún más incomprensibles a la recta razón y al sentido ético natural, los actos que, bajo pretexto de libertad de expresión o de reivindicación de determinadas corrientes ideológicas, se han realizado en esta capilla hiriendo la sensibilidad religiosa de quienes profesan la fe en Cristo, de la que participa la mayor parte de nuestro pueblo.

Es verdad que la relación de cooperación, cordial y fecunda, de la Universidad Complutense con la Iglesia de Madrid, que se remonta, mediante convenios y acciones conjuntas, a la segunda mitad del siglo pasado y dura hasta nuestros días, no queda empañada por la acción de grupos minoritarios, que no representan al conjunto de la juventud universitaria, que, con generosidad y esfuerzo, se dedica al estudio con la mirada puesta en una sociedad mejor. Desde aquí quiero dar gracias a Dios por el testimonio de tantos universitarios que asumen su vocación universitaria, ayudados por sus profesores y tutores, con verdadero espíritu de servicio y con un afán incansable de buscar la verdad. Por ello, estos hechos, gracias a Dios aislados, nos sorprenden e inquietan porque resultan contradictorios no sólo con una sociedad que proclama el respeto a las creencias ajenas, la tolerancia y el diálogo, sino con la misma finalidad de la institución y el quehacer verdaderamente universitarios. Todos debemos estar atentos y rezar para que estas situaciones, que denigran a quienes las provocan, no vuelvan a suceder.

La Palabra de Dios que hemos proclamado en este viernes de Cuaresma ilumina estas circunstancias con la luz poderosa de la verdad revelada. El profeta Ezequiel recuerda que cada hombre es responsable de sus actos ante Dios. El hombre tiende a excusarse de sus actos escudándose en el mal de muchos. Fácilmente olvidamos nuestra responsabilidad personal, dejándonos arrollar por la masa o eximiéndonos del ejercicio de la libertad personal. Ezequiel rompe con la opinión judía de que los hijos son responsables de los pecados de los padres y llama al examen personal de la conciencia ante Dios: Sólo quien se convierte de los pecados cometidos vivirá. Si ha sido pecador y se convierte de corazón, alcanzará el perdón. Y al contrario: si el justo se aparta de la justicia y peca, se le pedirá cuenta de su pecado. El hombre, dice Ezequiel, vive en el presente de Dios y a él debe dar cuenta de sus actos, sin excusarse en los pecados de los demás. Dios nos sitúa ante nuestra propia libertad. Y lo hace, no con el deseo de condenar, sino precisamente con la voluntad de salvar. ¿Acaso quiero yo la muerte del pecador y no que se convierta de su camino y viva? La Cuaresma es un camino de conversión que nos sitúa ante Dios en la verdad de lo que somos. Quizás algunos jóvenes que participaron en estos actos no fuesen plenamente conscientes de lo que hacían, o se dejaron llevar por impulsos irreflexivos de masa, o por otros compañeros que les indujeron a esta acción reprobable. Pidamos por ellos para que reciban la luz de la verdad, se conviertan y vivan en la verdad. Dios es pura e infinita misericordia. Dios quiere nuestro bien y nuestra felicidad. Pidamos para que encuentren verdaderos amigos. Decían los clásicos que la amistad no entiende el consorcio para el mal. La verdadera amistad siempre tiende al bien y a la plena realización de la persona en la verdad de su vida. Y la Universidad es un tiempo precioso para establecer verdaderas relaciones de amistad basadas en la verdad y el bien.

La fe cristiana no busca sólo la relación con Dios, sino también con el prójimo. En el evangelio de hoy Jesús nos recuerda que la moral cristiana no se queda en el cumplimiento del precepto tal como se establecía en la Ley de Moisés. Frente al «no matarás» de Moisés, Jesús progresa en la dirección de un amor más pleno y perfecto, que debe evitar el insulto, el enfrentamiento con el prójimo, el considerarlo «imbécil» o «renegado». Esto nos exige, dice Jesús, una justicia que va más allá de la que enseñaban y practicaban los letrados y fariseos de su tiempo. Es la justicia del amor, de la caridad. También hay que amar a nuestros enemigos y perdonarlos de corazón. Sólo esta actitud nos asemeja a Cristo, que perdonó a quienes le ultrajaron y le llevaron a la cruz. La dinámica del amor pasa por el perdón sincero de aquellos que nos han ofendido. De otra manera, no podemos presentar nuestra ofenda con un corazón puro y reconciliado. Quizás haya muchos cristianos que no entiendan esta actitud evangélica, que está en los fundamentos de la oración y del culto cristiano. Por eso, la celebración de la Eucaristía puede expiar y reparar plenamente lo que nuestras simples fuerzas - ni siquiera nuestras buenas intenciones – pueden hacer. Sólo Dios repara el pecado totalmente. Sólo Dios puede expiar el mal del mundo. Quien entiende esto, se une a Cristo y perdona y ama a su propio enemigo, como siempre han hecho los santos, testigos de la caridad perfecta. Pidamos, pues, que al celebrar ahora el sacrificio de la reconciliación universal, el Señor convierta a los pecadores, los ilumine con la fuerza de su amor y nos conceda la gracia de reparar el mal de otros con el bien que nosotros podemos aportar, unidos a Cristo y a la Iglesia que es su Cuerpo. Al renovar ahora el sacrificio de Cristo sobre este humilde altar, suplicamos que su eficacia alcance a todos los hombres con el perdón y la misericordia y que su casa sea siempre respetada como lugar de oración y de culto.


Que Santa María la Virgen nos conceda la gracia de vivir las actitudes de Cristo y ser siempre para los demás signos vivos de amor y de perdón. Amén.





+ César Franco

Obispo auxiliar de Madrid

lunes, 14 de marzo de 2011

CÁRITAS JAPÓN: "DE ESTE MAL PUEDE NACER ALGO BUENO"


El padre Daisuke Naru, director ejecutivo de Caritas Japón explica que "nuestra tarea es mostrar el amor y la solidaridad, en especial hacia las categorias más vulnerables, como los inmigrantes, los ancianos, las personas sin hogar. Vamos a trabajar junto con otras ONGs. En este momento estamos llamados a dar testimonio de unidad y a estar cerca de todo ser humano que sufre. Ya sabemos que la respuesta a nuestro llamamiento de los fieles va a ser muy generosa".

Naru explica a la agencia misionera de la Santa Sede Fides: "Caritas se ha movilizado inmediatamente después de la tragedia: Nada más suceder el terremoto y el tsunami, hemos organizado una reunión de emergencia por teleconferencia. La prioridad ahora es reunir información sobre las zonas afectadas, pero es difícil porque las líneas eléctricas y telefónicas siguen rotas. La diócesis más afectada es la de Sendai, pero no hemos recibido noticias del director de la Caritas diocesana, y esto nos causa gran preocupación. Por eso estamos estudiando la posibilidad de una misión allí, en el lugar".

Al reflexionar sobre las consecuencias de la tragedia, el sacerdote explica: "Creo que en el Japón de hoy, marcado por la crisis económica, golpeado por el fenómeno social de la depresión y del suicidio, este doloroso acontecimiento puede ser una oportunidad para difundir los valores del Evangelio, es decir la hermandad de todos los hombres, la construcción del bien común, el reconociendo de que toda persona tiene dignidad de hijo de Dios y es importante a los ojos de Dios. Si, con nuestro trabajo y nuestro testimonio, somos capaces de comunicar esto, entonces de este mal podrá nacer algo bueno".


(FUENTE: zenit)

miércoles, 9 de marzo de 2011

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2011


«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo,
con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)




Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.

El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».

Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Vaticano, 4 de noviembre de 2010

BENEDICTUS PP. XVI

jueves, 10 de febrero de 2011

MISIÓN JUVENIL DIOCESANA PREPARATORIA DE LA JMJ'11




Todo está dispuesto para que suceda algo grande: jóvenes de toda Córdoba invitados, autobuses desde cada rincón de la provincia preparados, lugares dispuestos, actuaciones musicales y teatrales, oraciones y más oraciones por este evento, y un largo etcétera. Un día de Misión para los Jóvenes, un día en que Cristo se quiere “poner a tiro” de muchos corazones jóvenes.


El próximo sábado 19 de febrero, en Córdoba, se vivirá algo grande. La Misión Juvenil que se inició el 8 de diciembre concluye con una jornada plagada de actos, que se desarrollarán entre la Catedral, la Plaza de Las Tendillas y la Plaza de la Compañía.



HORARIO



9:30 – 10:00 En la Catedral (Patio de los Naranjos): Acto de bienvenida e inicio de Jornada.
11:00 – 14:00 En Las Tendillas: Conciertos, teatros, Operación Kilo, Adoremus, Capilla de la Reconciliación.
14:00 – 15:00 En la Plaza de la Compañía: momento de descanso, almuerzo y venta de refrescos.
15:30 – 17:00 En la Plaza de las Tendillas: representación del rosario. Desde la Parroquia de La Compañía hasta La Catedral procesión de la Inmaculada Concepción acompañada por el rezo del Rosario.
17:30 En la Catedral: misa conclusiva de la Misión Juvenil.
19:00 – 22:30 Desde la Catedral a la Parroquia de la Compañía: procesión de la Inmaculada Concepción.



COSAS A TENER EN CUENTA


- Están invitados todos los jóvenes a partir de los 15 años.
- No hay inscripciones, entrada gratuita.
- Traer la comida del día y alimentos para la Operación Kilo.
- Los grupos juveniles de las Hermandades contarán con un lugar en el cortejo de la Procesión.
- Los que vengan en autobús los pueden dejar en el Arenal.



OPERACIÓN KILO
Se realizará una gran recogida de alimentos que se destinarán a varias Caritas Parroquiales, por lo que pedimos a todos los participantes su aportación.


ADOREMUS
La Adoración Eucarística se realizará durante toda la Jornada (11:00 – 15:00) en la Capilla del Adoremus (trasera de la Parroquia de la Compañía).


MÚSICA
La música ocupará un papel protagonista en esta Jornada, contaremos con la presencia de Jesús Cabello, Unai Quirós y Grupo Jerusalén, además de algunos coros.

TEATROS Y ESPECTÁCULOS
Un grupo de la localidad de Baena y otro del Colegio de los Trinitarios de Córdoba pondrán en escena distintas representaciones plásticas completando el programa.


CAPILLA DE LA RECONCILIACIÓN
Durante todo el tiempo de Adoración Eucarística (11:00 – 15:00) contaremos con sacerdotes en el mismo Adoremus que celebrarán el sacramento de la Confesión.


PROCESIÓN DE LA INMACULADA
Como ya adelantábamos en el número anterior de Iglesia en Córdoba, se procesionará a la Purísima, con la participación de los grupos juveniles de nuestras Hermandades.

STAND DE INFORMACIÓN
Contaremos con un lugar de información pues ese día se abre el plazo de inscripción para la Jornada Mundial de la Juventud.


CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA
Junto al Obispo y en nuestra Iglesia Madre, la Catedral, celebraremos la Eucaristía como momento culmen de toda la Misión Juvenil.



MUCHA MÁS INFORMACIÓN EN http://www.cordobaespera.com/


martes, 18 de enero de 2011

"¡PADRE, QUE SEAN UNO!". SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS


Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
Oh Señor, que yo no busque tanto
ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.
Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.
SAN FRANCISCO DE ASÍS

viernes, 14 de enero de 2011

HACE MÁS DE UNA DÉCADA...


Hace más de 10 años, en agosto del año 2000, un gran acotencimiento transformó mi vida. Un hombre octogenario y enfermo, débil según el mundo, nos invitaba a "emprender con alegría" una hermosa peregrinación hacia la gran cita eclesial que supuso la XV Jornada Mundial de la Juventud junto a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo.


Un hombre, como he dicho, anciano y enfermo, pero con el corazón tan encendido que supo prender en mi corazón un fuego que, por más que mis defectos y mis muchos pecados hayan intentado apagar, se ha erigido como inextinguible.


Un hombre, sólo un hombre, y enfermo, y anciano, que se rodeó de dos millones de jóvenes, entre los que, en mi juventud e inexperiencia, me encontraba. En el bullicio, una pregunta: "¿Qué habéis venido a buscar? ¿A quién habéis venido a buscar?" Y la gran respuesta: "¡Habéis venido a buscar a Jesucristo!"


Un hombre, enfermo y anciano, que desde el corazón y hacia el corazón habló de fe, fidelidad, sacrificio, gracia, perdón, esperanza, Evangelio, SANTIDAD... "¡Es a Jesús a quién buscáis cuando soñáis la felicidad!"


Un hombre, anciano y enfermo, a quién le debo mi gran encuentro con Cristo. El encuentro de "las cuatro de la tarde". El encuentro que no se olvida. En su Iglesia. Iglesia joven y vibrante, la que comencé a amar como mi madre y de la que me sentía parte, aún desde mi inexperiencia.


Para siempre recordaré que, junto al Señor y yo, en ese encuentro de gracia, estaba este hombre, anciano y enfermo, que era causa del mismo y que cargaba sobre sus hombros con la Iglesia que en ese año cruzaba el umbral del tercer milenio en el gran Jubileo de la Encarnación.


Hoy se nos ha anunciado que el Santo Padre Benedicto XVI ha fijado el día en que este hombre será elevado a la dignidad de los altares. Entenderán ustedes que no haya podido reprimir las lágrimas al recordarlo todo y hacer firme propósito de acudir a la Plaza de San Pedro el próximo 1 de mayo para tan magno acontecimiento eclesial. Hoy, junto al agradecimiento al Papa Benedicto por el enorme regalo que hace a la Iglesia con esta beatificación, sólo me sale escribir un enorme GRACIAS con letras de oro al hombre que, aún cansado y enfermo, cambió mi vida y la de tantos miles de hombres y mujeres a lo largo de los veintisiete años de su pontificado, el Papa de la Virgen: GRACIAS, AMIGO JUAN PABLO II.

martes, 11 de enero de 2011

DE DIOSES Y HOMBRES






Un monasterio en las montañas del Magreb en los años noventa. Ocho monjes cistercienses viven en perfecta armonía con la población musulmana.

Un grupo de fundamentalistas islámicos asesina a un equipo de trabajadores extranjeros y el pánico se apodera de la región. El ejército ofrece protección a los monjes, pero estos la rechazan. ¿Qué deben hacer? ¿Irse, quedarse? A pesar de la creciente amenaza, empiezan a darse cuenta de que no tienen elección y deben quedarse, pase lo que pase.

La película se basa a grandes rasgos en la vida de los monjes cistercienses del Tibhirine, en Argelia, desde el año 1993 hasta su secuestro en 1996.


El secuestro y asesinato de los siete monjes franceses del Tibhirine en 1996 marcó el apogeo de la violencia y de las atrocidades que azotaban Argelia como resultado del enfrentamiento entre el gobierno y grupos extremistas decididos a derrocarlo.

La desaparición de los monjes, atrapados entre ambos bandos, afectó profundamente a unos gobiernos, a la comunidad religiosa y a la opinión pública internacional.

La identidad de los asesinos y las circunstancias exactas de su muerte siguen siendo un misterio.
El caso está en los tribunales franceses desde 2003. Algunos documentos recientemente desclasificados quizá ayuden a despejar el misterio en los meses venideros.

lunes, 10 de enero de 2011

DICHOSOS...


Cuando nuestro Señor y Salvador recorría numerosas ciudades y regiones, predicando y curando todas las enfermedades y todas las dolencias, al ver el gentío –como nos refiere la lectura que acabamos de oír– subió a la montaña. Con razón el Dios Altísimo sube a una altura, para allí predicar sublimes doctrinas a hombres deseosos de escalar las más sublimes virtudes.

Y es justo que la ley nueva se predique en una montaña, ya que la ley de Moisés fue dada en un monte. Esta consta de diez preceptos, destinados a iluminar y reglamentar la vida presente; aquélla consta de ocho bienaventuranzas, ya que conduce a sus seguidores a la vida eterna y a la patria celestial.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Por tanto, los sufridos han de ser de carácter tranquilo y sinceros de corazón. Que su mérito no es irrelevante lo evidencia el Señor, cuando añade: Porque ellos heredarán la tierra. Se refiere a aquella tierra de la que está escrito: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Así pues, heredar esa tierra equivale a heredar la inmortalidad del cuerpo y la gloria de la resurrección eterna.

La mansedumbre no sabe de soberbia, ignora la jactancia, desconoce la ambición. Por eso, no sin razón exhorta en otro lugar el Señor a sus discípulos, diciendo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. No los que deploran la pérdida de seres queridos, sino los que lloran los propios pecados, los que con lágrimas lavan sus delitos; o también los que lamentan la iniquidad de este mundo o lloran los pecados ejenos.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los hijos de Dios». Fíjate en el inmenso mérito de los que trabajan por la paz, pues ya no son llamados siervos, sino «los hijos de Dios». Y no sin razón, pues quien ama la paz, ama a Cristo, el autor de la paz, a quien el apóstol Pablo llamó «paz», cuando dijo: El es nuestra paz. En cambio, quien no ama la paz, propugna la discordia, pues ama al diablo que es el autor de la discordia. En efecto, él fue el primero en sembrar la discordia entre Dios y el hombre, pues arrastró al hombre a la transgresión del precepto de Dios. Y si el Hijo de Dios bajó del cielo, fue justamente para condenar al diablo, autor de la discordia, y hacer las paces entre Dios y el hombre, reconciliando al hombre con Dios y devolviendo al hombre el favor divino. Por lo cual, hemos de trabajar por la paz, para merecer ser llamados «los hijos de Dios», ya que sin la paz no sólo perdemos el nombre de hijos, sino el mismo nombre de siervo, pues dice el Apóstol: Buscad la paz, sin la cual nadie puede agradar a Dios.



San Cromacio de Aquileya,
Sermón 39 (SC 164, 216-220)