miércoles, 28 de abril de 2010

EL HUMILDE LIMOSNERO DE GRANADA: FRAY LEOPOLDO DE ALPANDEIRE


Durante 35 años, Fr. Leopoldo se llamó Francisco Tomás. Había nacido en Alpandeire, pueblecito de la serranía de Ronda en la provincia de Málaga, un 24 de junio de 1864. Fueron sus padres Diego Márquez y Jerónima Sánchez, que, además, tuvieron otros hijos. De sus padres, Francisco Tomás, aprendió los buenos modales, los principios cristianos y las prácticas religiosas. De niño cuidaba el pequeño rebaño de ovejas y cabras de la familia y pronto aprendió a cultivar la tierra: arar, sembrar, segar, trillar...Trabajó sin descanso. ¡Siempre trabajó sin descanso! Ya de niño tenía un “corazón de oro”, grande e inmenso como el cielo, profundo como el océano. Ni aun de niño se cerró, egoísta, a la compasión. Entre trabajos y rezos pasó su juventud. Todo transcurría con normalidad, su vida se desliza como el agua de un arroyo que, oculto entre las zarzas, serpentea montaña abajo. Vivió santamente. Entre su familia echó las raíces de su santidad. Su vida en el siglo fue como un noviciado, una preparación para la vida del claustro.


Un día, oyendo predicar sobre el Beato Diego, en Ronda, con ocasión de las fiestas de beatificación del taumaturgo capuchino, decidió hacerse capuchino como él, vistiendo el hábito el 16 de noviembre de 1899, en Sevilla. Su ingreso en religión no fue una conversión clamorosa, no supuso un cambio radical de rumbo en su vida, le bastó sólo con sublimar compromisos y actitudes hasta entonces cultivadas. La azada lo perseguía como fiel compañera mientras él continuaba cultivando la huerta de los frailes. Para entonces ya había aprendido a sublimar el trabajo, a transformarlo en oración y en servicio a los hermanos. Como todos los santos hermanos capuchinos, Leopoldo fue un gran trabajador, ya que, como ellos, estaba convencido de la virtud redentora del esfuerzo humano. Reflexionando sobre este aspecto de la vida de estos santos hermanos, se ha querido hacer una espiritualidad sobre el trabajo.
Leopoldo llegó por primera vez a Granada el otoño de 1903, y durante los primeros años (ignoramos concretamente hasta cuando) desempeñó el oficio de hortelano. El trabajo y la soledad del convento hicieron crecer en él la ascesis y la mística. Como escribe uno de sus biógrafos, fue un “contemplativo entre el agua de las acequias, las hortalizas, los frutales y las flores para el altar”.


La santidad no se improvisa, pero hay que construirla día tras día. Acabado el noviciado y hecha la profesión, pasó cortas temporadas como hortelano, ayudante de cocina, en los conventos de Sevilla, Granada y Antequera.


En 1914 llegaría por segunda vez a Granada, donde permanecería hasta su muerte. Allí ejerció como limosnero durante 50 años, recorriendo los pueblos y provincias de la Andalucía oriental. En la España difícil de los años treinta del siglo pasado, Fr. Leopoldo recibió insultos y amenazas de muerte, casi todos los días, con frecuencia lo apedreaban y una vez escapó de la lapidación porque intervinieron en su defensa algunos hombres valientes. Pasados aquellos años difíciles, Fr. Leopoldo, en su diario quehacer de limosnero, seguiría recorriendo las calles de Granada, pidiendo el pan material para sus hermanos y, devolviendo a cambio, su oración, fruto de ese mundo sobrenatural en el que él vivía inmerso; así, en la medida en que avanzaban sus años, se iría haciendo popular su figura y agigantándose su santidad.


Es en su tarea de todos los días, donde Fr. Leopoldo había encontrado el modo de derramar sobre todos la bondad divina: rezaba tres Ave Marías. La devoción a la Virgen nace en su misma infancia, cuando de pastorcillo, pasaba el día rezando el rosario. Devoción que luego de capuchino se hizo singular y extraordinaria. “Vamos a rezarle tres Ave Marías a la Santísima Virgen”, repetía una y otra vez, cuando alguien le pedía un favor. Era su manera de poner a la Virgen como intercesora ante su propio Hijo. Quienes le conocieron, dicen que cuando decía : “Dios te salve, María, llena eres de gracia”, parecía como si estuviese viendo y hablando con nuestra Señora.


En el ocaso de su vida, un acontecimiento relevante nimbó la monotonía de sus días. Fue la celebración de sus bodas de oro de religioso. El P. Benito de Illora, su confesor, preparó el acontecimiento. Hubo bendición del papa Pío XII, telegrama del P. General de la Orden, misa presidida por el P. Provincial y tantos bienhechores que quisieron acompañarlo en la celebración. El hecho fue recogido en el periódico local. Fr. Leopoldo, al tener noticia de ello, comentó a un religioso: “Ya ves, hermano, nos hacemos religiosos para alejarnos del mundo y, ahora, hasta nos sacan en los papeles”.


El paso del tiempo se hacía notar. Caminaba lentamente. No es difícil comprender que la pérdida de salud se debía principalmente a su austeridad de vida, a las penitencias voluntarias, al sufrimiento producido por sus enfermedades. Siempre iba por la calle con los pies en el suelo, el corazón en el cielo y el rosario entre las manos, como san Félix de Cantalicio, el primer santo de la Reforma Capuchina. Iba por Granada silencioso, recogido y en actitud contemplativa, siempre edificante, suscitando, a su paso, la admiración de la gente que se acercaba a besarle el cordón, a darle una limosna o a pedirle una oración por algún problema o necesidad. De sus ojos emanaba una belleza única, límpida como el azul del cielo, reflejo de su candor interior, que se transformaba en paz y serenidad.


Tres años antes de su muerte, pidiendo la limosna, cayó rodando por unas escaleras y sufrió fractura de fémur - dicen que le empujó el demonio - . Sin operación alguna, debido a su avanzada edad, los huesos se anudaron y Fr. Leopoldo regresó al convento y pudo caminar, con la ayuda de dos bastones. Así pudo entregarse totalmente a Dios que había sido la única pasión de su vida.


El misterio de su anonadamiento llegó un día a su fin. “Estoy como Dios quiere”, había repetido en vida muchas veces Fr. Leopoldo. “Estando como Dios quiere estoy contento”. “Hagamos todo por amor”. Fr. Leopoldo, como Francisco de Asís, se había transformado en otro Cristo crucificado. La luz de su vida se apagó una fría mañana del 9 de febrero de 1956. Y, desde su popular y clamoroso entierro, su vida sigue iluminando a cuantos, por su intercesión, se acercan a Dios. Su sepulcro en Granada, es visitado por un sin fin de devotos que son prueba evidente de los dones que Dios sigue derramando a través de la humildad de su siervo.

Fr. Alfonso Ramírez Peralbo
Roma – Postulación General OFMCap.
L’Osservatore Romano,
17-18 febrero 2003
(fragmento)

viernes, 23 de abril de 2010

SAN JORGE, EL GRAN MARTIR DE ORIENTE: ¡VALE LA PENA SER CRISTIANO!


SAN JORGE

(† ca.303)



Los santos jóvenes —los de nuestro siglo— difícilmente podrían venir al mundo de incógnito. Sus fotografías, el rostro de los santos, corren de mano en mano y nunca faltan más o menos retocadas en la cubierta de sus vidas. Cosa que no pasa con los santos veteranos. San Jorge, por ejemplo, podría pasearse tranquilamente a pie o a caballo, y hasta pasar a nuestro lado con cara de labriego holandés, viajante florentino o distinguido militar, sin que lográramos identificarle.

En los archivos de los historiadores —esos pobres hombres que se pasan la vida masticando polvo de biblioteca— la ficha de San Jorge casi está en blanco. Los más sabihondos sólo han puesto, y a lápiz, estas palabras: "Mártir en Oriente a principios del siglo IV". No es de extrañar. Nosotros apuntamos en un papel el día y la hora de visita al dentista, la dirección del notario, pero ningún novio, para no olvidarse, apunta en su agenda el día de su boda, ni ninguna madre escribe en una libreta el día del cumpleaños de su hijo. Las fiestas grandes se recuerdan fácilmente. Y los grandes santos —a San Jorge le llaman en Oriente "el Gran Mártir"— no han tenido necesidad de huellas dactilares ni de partida de nacimiento, legalizada y todo, para sobrevivir al tiempo. Estad seguros: la vida de San Jorge no la hallará nunca nadie en los mamotretos sin color, calor ni vida de los beneméritos historiadores.

Todos los caminos van a Roma, decimos frecuentemente. Y es verdad. Pero tened cuidado y mirad qué camino escogéis para seguir la vida de San Jorge. ¿A que viene enterarse que en Lydda hubo un templo dedicado al Santo, que una inscripción del siglo VI nos habla de sus reliquias, que su fama era inmensa en Oriente, que los reyes merovingios, al establecer su árbol genealógico, se creyeron descendientes de un hijo de San Jorge, que en Regensburg tenía una capilla dedicada desde la época de la ocupación romana, que Ricardo Corazón de León le nombró patrono de los cruzados y que éstos extendieron su culto por Occidente?

Encontré hace años una pista de la vida de San Jorge. Desde entonces el 23 de abril vuelvo a reseguirla cada año. Y cada año, al atardecer, vuelvo a casa contento.

Día 23 de abril. Barcelona. Son las cinco de la tarde. Estamos en la Plaza Nueva. Aquí, junto a la catedral, empieza nuestro itinerario. Es corto. Pavimento enlosado y afortunadamente sin vehículos. Muchas personas siguen el mismo camino. Voces atipladas de niños dialogan alegres con sus madres. Setenta pasos bordeando la catedral y una calle estrecha, pacífica, serena. Una fila larguísima avanza pausadamente, sonrientemente. Aquí, en esta calle —la calle del Obispo—, camino de la Diputación, donde se venera la reliquia del Santo, es fácil recordar, vivir la Historia. La cuentan las madres a los niños. Y las madres nunca engañan.

"San Jorge nació lejos, muy lejos, cerca de la tierra de Nuestro Señor. Su padre era un labrador muy rico, con muchos criados y muchas tierras. Su madre era muy buena. El pequeño Jorge siempre hacía lo que le mandaban y traía siempre buenas notas. Cuando mayorcito, el pobre se quedó sin padre y sin madre. Tenía veinte años. Y le hicieron capitán. Sabía mucho de guerra y siempre le condecoraban. Era el capitán más joven y más guapo. El emperador le quería mucho. Pero el emperador era malo. Y un día mandó matar a todos los cristianos del mundo. El no sabía que San Jorge lo era, aunque todos notaban en él algo especial. Jorge, el capitán Jorge, no pudo aguantar aquello. Se puso las mejores ropas, entregó sus bienes a los pobres y fue y le dijo al emperador unas cuantas cosas delante de todos los ministros del Imperio. El pobre emperador —se llamaba Diocleciano— no supo qué contestar. Pero montó en cólera y gritó: "Ahora sabrás lo que es bueno". Le metió en la cárcel y empezaron a azotarle como a Nuestro Señor. San Jorge se acordó de Jesús y ni abrió la boca. Se cansaron los verdugos de azotarle. Y él nada, seguía sin gritar y sin llorar. Todos los de la cárcel decían: “Es un valiente. Vale la pena ser cristiano". Corrieron a decírselo al emperador. Entonces..."

(La calle está jalonada de trecho en trecho por mozos de escuadra. Altos; pantalón, chaleco, chaquetilla corta azul turqui con trencilla blanca y vivos grana, alpargatas blancas con cintas azules, chistera con un ala levantada y sujeta por una escarapela con un escudo, tienen un aire marcial distinguido y una sonrisa familiar que no aleja. No usan armas; hoy encajarían mal en esta calle con rosas de San Jorge, que el prelado ha bendecido por la mañana, en todas las solapas. Los mozos de escuadra (un capitán, un teniente, cuarenta mozos), al hablar de San Jorge, de su San Jorge, muestran satisfactoriamente que su Patrón fue un valiente.)

"Entonces vino un nuevo tormento: le enterraron en un hoyo que estaba lleno de cal viva. Sus últimas palabras fueron: "Dios mío, escucha mi oración; haz que te ame siempre y envía un ángel que me libre ahora, como un día lo hiciste con los tres jóvenes que un rey malo metió en un horno de fuego. Le enterraron mientras hacía la señal de la cruz. Nuestro Señor siempre escucha cuando se le reza. A los tres días el emperador se enteró de que el capitán Jorge vivía y seguía amando a su Dios.

Y más tormentos: le pusieron unas sandalias ardiendo al rojo vivo, le dieron veneno... El siempre rezaba y el Señor siempre le escuchaba.

Otro día le metieron en un templo de los dioses falsos. Entrar San Jorge y venirse al suelo las imágenes de los dioses fue una misma cosa. El Señor estaba con él. Finalmente, le cortaron la cabeza. Tenía ganas de estar con Jesús."

(Poco a poco hemos ido subiendo. En el patio, quince naranjos que le dan nombre contrastan con los animales feroces de las gárgolas. Un surtidor brota encima de una imagen de San Jorge a caballo. La melodía del órgano, cada vez más próxima, prepara el ánimo para la adoración de la reliquia del Santo. Dos seminaristas la dan a besar. Los fieles al venerarla —una reliquia que donó a la Diputación el embajador de Felipe II en Alemania—, oyen las palabras: "San Jorge, rogad por nosotros”. En el altar una imagen de San Jorge, armadura articulada, oro, plata, cara policromada, recuerda lo de siempre: la vida del hombre sobre la tierra es milicia, es lucha.)

La leyenda es la historia de los iletrados. Símbolo siempre y lección constante. La de San Jorge es el mensaje luminoso y siempre actual mensaje que los cruzados sacaron de la imagen del Santo, tan venerada en Oriente. El Santo a caballo mata un dragón y salva a una doncella. Desde entonces cuentan que había un dragón que desolaba una ciudad. Vivía junto a un lago. Su aliento era mortal. Para mantenerle alejado de la ciudad le llevaban todos los días primeros reses y luego personas. Un día le tocó a la hija del rey. Mal día para el rey. Mejor, buen día para todos. Porque, sin saber cómo, de pronto se presentó un guerrero y en el nombre del Señor Jesús mató el dragón. La ciudad respiró y desde entonces empezó para ellos una nueva vida. La doctrina de Jesús que les enseñó San Jorge les hizo libres.

¿Leyenda? ¿Parábola? Mensaje de ayer, mensaje de siempre.

(En este momento —son las seis— el carillón de la Diputación lanza su melodía. En el patio treinta y seis puestos de flores —los que por la mañana han concurrido al concurso de la flor de San Jorge— siguen ofreciendo rosas. Es imposible pasar de largo. Una rosa de San Jorge recuerda a los que deben dar testimonio —todos— la vida de un mártir, de un testigo de Cristo. Un mártir que es patrono.)

¿Por que, si no, las madres cuentan a sus hijos la vida de San Jorge?


JORGE SANS VILA


lunes, 19 de abril de 2010

V ANIVERSARIO DE LA ELECCIÓN DE S.S. BENEDICTO XVI


"Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor.

Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones.

En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias! "


Con estas palabras saludaba desde el balcón central de la Basílica de San Pedro el recién nombrado Papa Benedicto XVI al mundo entero tras su elección como Vicario de Cristo. Toda la Iglesia, todos nosotros, alegres al ver por fin el triunfante humo blanco, recibíamos la noticia de que el Señor no abandonaba a su grey tras dar el paso a la gloria al magno pontífice Juan Pablo II y recibíamos, jubilosos, al nuevo sucesor de Pedro.


Hoy, cuando se cumplen cinco años de su ministerio como Siervo de los Siervos de Dios, queremos felicitar al Santo Padre y darle las gracias por sus desvelos por toda la Iglesia. Ahora, más que nunca, en que tanto ésta como la propia persona del Papa es atacada con difamaciones y mentiras. La Barca de Pedro de nuevo navega en tempestad, pero no nos falta la fe de saber que, hoy como ayer, Cristo navega con nosotros.


Cuente con nuestra oración, Santo Padre. Nosotros seguimos viendo en Su Santidad el "dulce rostro de Cristo en la Tierra". Cuente también con nuestro joven testimonio de adhesión filial a su magisterio y a su persona. Cuente con nosotros, Santo Padre. Si el mundo le condena, es señal de que no somos del mundo. Nosotros, los jóvenes cristianos de hoy, seguimos necesitando que nos guíe y apaciente, que nos lleve por el recto camino de la salvación y nos ilumine con su magisterio, sin recortes ni vaguedades, fiel al Evangelio y a la tradición apostólica, con el mismo mensaje de Cristo que dá sentido y reaviva la fe que recibimos de nuestros padres.


¡¡¡Gracias, Santo Padre, y felicidades!!!


domingo, 18 de abril de 2010

HOMILÍA DE LA BEATIFICACIÓN DEL PADRE BERNARDO DE HOYOS, S.I.


1. Queridos hermanos. La Beatificación del siervo de Dios Bernardo Francisco de Hoyos (1711-1735), de la Compañía de Jesús, supone una gran alegría para la Iglesia católica y, al mismo tiempo, un honor para España, tierra noble de santos y de mártires. Aunque es verdad que su breve existencia terrena aconteció hace ya tres siglos, su fama de santidad ha sobrevivido los años difíciles de la supresión de la Compañía en 1773 y permanece todavía muy viva en España, en América Latina y lógicamente aquí, en Valladolid, al igual que en su pueblo natal. Son, además, muy numerosas las gracias obtenidas por su intercesión.

Si bien era pequeño de estatura y de delicada apariencia, el P. Hoyos es un gran testigo de la perfección cristiana, vivida con serenidad y ternura, pero con solidez y sin connotaciones pueriles. Fue un enamorado del Corazón de Jesús, cuya devoción predicó y propagó con todas las fuerzas de su amor y de su celo apostólico.

Ya desde el noviciado, cuando todavía tenía 15 años, recibió gracias espirituales extraordinarias que se intensificaron en los últimos años de su corta vida. Siendo joven estudiante de teología, el Señor le continuó enriqueciendo con visiones místicas especiales que le llevaron a difundir en España el culto público al Sagrado Corazón de Jesús. Pero Bernardo destacaba también por sus cualidades humanas poco comunes. De hecho, estaba dotado de una notable inteligencia, como lo demuestra el brillante resultado obtenido en la solemne disputa académica que tuvo lugar al final de sus estudios de filosofía.

Su originalidad espiritual consiste en la capacidad de acoger, en armonía con la mística ignaciana, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, según la impronta trazada por santa Margarita María de Alacoque.

Fue el primero, de hecho, en considerar la importancia de esta devoción como un instrumento de santificación personal y de eficaz apostolado. La devoción al Sagrado Corazón no consiste en otra cosa sino en el culto al amor redentor de nuestro Salvador, cuya enseñanza se puede resumir en el único mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

2. Con razón se le puede aplicar a nuestro Beato el íntimo diálogo entre Cristo Resucitado y san Pedro, que hemos leído en el Evangelio de hoy (Jn 21,15-17). Por tres veces Jesús dirige a Pedro la pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?». Y por tres veces, Pedro le responde: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero».

El beato Bernardo fue sometido al examen del amor durante toda su vida, pero sobre todo en los últimos tiempos, cuando ya era sacerdote. Fiel miembro de la Compañía de Jesús, amaba a Cristo, su Señor, y sentía que era su bendito corazón el manantial de toda caridad. El Sagrado Corazón fue su verdadera escuela. Como el apóstol Juan, él reclinó su cabeza en el corazón de Jesús, para contar al mundo la riqueza de este amor infinito.

Su entusiasmo por la devoción al Corazón de Jesús no se basaba en un sentimentalismo superficial, sino en una auténtica vivencia de caridad. La espiritualidad del Corazón de Jesús fue para él fuente de una cuádruple experiencia.

Fue primero y ante todo experiencia de transfiguración. Al poner su corazón junto al Corazón de Jesús, se convierte en un apóstol inflamado de caridad. En el fuego, la leña se quema y da calor. En el Corazón de Jesús su corazón se quemaba de amor. Podía así repetir con san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20).

Además, segundo, la espiritualidad del Sagrado Corazón significó para él una experiencia de aceptación interior del sacrificio. El Corazón de Jesús es un corazón ensangrentado, traspasado y herido por los pecados y la traición de sus amigos y hermanos. Al beato Bernardo no le fue ahorrada la prueba dolorosa de la noche oscura y del gran abandono, que duró del 14-11-1728 al 17-4-1729.

En tercer lugar, la espiritualidad del Sagrado Corazón fue para nuestro Beato una experiencia intensa de oración continua y de diálogo de amor. Escuchar el latido del Corazón de Cristo significa hablar con Jesús y así alcanzar la verdad de Aquel que es la Verdad en persona.

Finalmente, la espiritualidad del Sagrado Corazón supuso para el beato Bernardo de Hoyos una experiencia de santificación. Él buscó en el Corazón de Cristo el alimento para su fe, la ayuda para su fidelidad sacerdotal, la creatividad para su apostolado y la alegría de su vida de gracia.

A él se le puede perfectamente aplicar el deseo del apóstol Pablo: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender, junto con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento. Así os llenaréis del todo de la plenitud de Dios». (Ef 3,14-19).

3. ¿Qué significado tiene hoy la beatificación del Padre Bernardo Francisco de Hoyos? La respuesta es múltiple.

A nuestro parecer, tal acontecimiento eclesial es sobre todo un preclaro testimonio de la presencia en la Iglesia de sacerdotes santos. En este año sacerdotal, nuestro Beato dice a todos los sacerdotes del mundo una palabra de estímulo para vivir con alegría la sublime misión del anuncio del Evangelio, según el ejemplo de san Ignacio de Loyola, del Santo Cura de Ars, de san Juan Bosco, de san Damián de Veuster, el héroe de los leprosos de Molokai, de san Pío de Pietrelcina.

En segundo lugar, como religioso, exhorta a sus hermanos, y también a todos los consagrados y consagradas del mundo, a vivir una existencia virtuosa, que sólo es posible como fruto de la gracia, que proviene de los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía. Es posible superar la fragilidad humana y vivir en gracia sólo si permanecemos estrechamente unidos al Corazón de Cristo y a su perdón y misericordia. No hay atajos ni caminos fáciles. Sin la gracia que brota del Sagrado Corazón de Jesús no se puede vivir la santidad.

Por otra parte, Bernardo de Hoyos, muerto cuando apenas contaba veinticuatro años, pocos meses después de haber sido ordenado sacerdote, es una invitación a los jóvenes cristianos a permanecer firmes en sus buenos propósitos y es también un empuje para aquellos jóvenes que sienten que el Señor les llama a dar una respuesta generosa y definitiva.

A todos los fieles, además, el beato Bernardo nos ofrece un extraordinario mensaje de bondad y caridad. Él es un rayo del rostro Pascual del Cristo Resucitado. Él nos invita a confiar en el Corazón de Jesús, para obtener en ese copioso manantial el amor que debe animar nuestra vida de familia, nuestra vida social y nuestro trabajo.

Por último, el beato Bernardo recuerda que todos los bautizados estamos llamados a la santidad. La vocación de los discípulos, de hecho, es la santidad. «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». (Mt 5,48). Nuestro Beato nos exhorta a vivir «como conviene a los santos» (Ef 5,3). La santidad no debe ser exclusiva de los sacerdotes ni de los consagrados. Todos los cristianos estamos llamados a la plenitud del amor. La santidad de los laicos es hoy más necesaria que nunca para promover un estilo de vida más humano y para introducir en la sociedad terrena aquellas virtudes evangélicas que favorecen el bien y la verdad.

4. «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él» (1Jn 4,16). Como en el beato Bernardo, también Dios ha derramado en nosotros su amor por medio del Espiritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5,5). Ayudados por su ejemplo e intercesión, hagamos crecer la caridad en nuestro corazón, como una buena semilla que da frutos buenos.

Para finalizar, queremos expresar nuestra gratitud al Santo Padre por el precioso regalo de esta Beatificación. El Papa ama mucho a España y a todos los españoles y reza para que vuestro pueblo continúe dando testigos ejemplares del Evangelio de Jesús, como el beato Bernardo de Hoyos. Amén.

† Angelo Amato, S. D. B.,
Prefecto de la Congregación
para las Causas de los Santos

domingo, 11 de abril de 2010

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA




DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA VISITA AL SANTUARIO DE LA DIVINA MISERICORDIA



Cracovia, sábado 7 de junio de 1997


1. «Misericordias Domini in aeternum cantabo» (Sal 88, 2). Vengo a este santuario como peregrino para unirme al canto ininterrumpido en honor de la divina Misericordia. Lo había entonado el Salmista del Señor, expresando lo que todas las generaciones conservan y conservarán como fruto preciosísimo de la fe. Nada necesita el hombre como la divina Misericordia: ese amor que quiere bien, que compadece, que eleva al hombre, por encima de su debilidad, hacia las infinitas alturas de la santidad de Dios.

En este lugar lo percibimos de modo particular. En efecto, aquí surgió el mensaje de la divina Misericordia que Cristo mismo quiso transmitir a nuestra generación por medio de la beata Faustina. Y se trata de un mensaje claro e inteligible para todos. Cada uno puede venir acá, contemplar este cuadro de Jesús misericordioso, su Corazón que irradia gracias, y escuchar en lo más íntimo de su alma lo que oyó la beata. «No tengas miedo de nada. Yo estoy siempre contigo» (Diario, cap. II). Y, si responde con sinceridad de corazón: «¡Jesús, confío en ti!», encontrará consuelo en todas sus angustias y en todos sus temores. En este diálogo de abandono se establece entre el hombre y Cristo un vínculo particular, que genera amor. Y «en el amor no hay temor —escribe san Juan—; sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1Jn 4, 18).

La Iglesia recoge el mensaje de la Misericordia para llevar con más eficacia a la generación de este fin de milenio y a las futuras la luz de la esperanza. Pide incesantemente a Dios misericordia para todos los hombres. «En ningún momento y en ningún período histórico —especialmente en una época tan crítica como la nuestra— la Iglesia puede olvidar la oración, que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. (...) La conciencia humana cuanto más pierde el sentido del significado mismo de la palabra “misericordia”, sucumbiendo a la secularización; cuanto más se distancia del misterio de la misericordia, alejándose de Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir al Dios de la misericordia “con poderosos clamores”» (Dives in misericordia, 15).

Precisamente por esto, en el itinerario de mi peregrinación he incluido también este santuario. Vengo acá para encomendar todas las preocupaciones de la Iglesia y de la humanidad a Cristo misericordioso. En el umbral del tercer milenio, vengo para encomendarle una vez más mi ministerio petrino: «¡Jesús, confío en ti!».

Siempre he apreciado y sentido cercano el mensaje de la divina Misericordia. Es como si la historia lo hubiera inscrito en la trágica experiencia de la segunda guerra mundial. En esos años difíciles fue un apoyo particular y una fuente inagotable de esperanza, no sólo para los habitantes de Cracovia, sino también para la nación entera. Ésta ha sido también mi experiencia personal, que he llevado conmigo a la Sede de Pedro y que, en cierto sentido, forma la imagen de este pontificado. Doy gracias a la divina Providencia porque me ha concedido contribuir personalmente al cumplimiento de la voluntad de Cristo, mediante la institución de la fiesta de la divina Misericordia. Aquí, ante las reliquias de la beata Faustina Kowalska, doy gracias también por el don de su beatificación. Pido incesantemente a Dios que tenga «misericordia de nosotros y del mundo entero».

2. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia » (Mt 5, 7).

Queridas religiosas, tenéis una vocación extraordinaria. Al elegir de entre vosotras a la beata Faustina, Cristo confió a vuestra congregación la custodia de este lugar y, al mismo tiempo, os ha llamado a un apostolado particular: el de su Misericordia. Os pido: cumplid ese encargo. El hombre de hoy tiene necesidad de vuestro anuncio de la misericordia; tiene necesidad de vuestras obras de misericordia y tiene necesidad de vuestra oración para alcanzar misericordia. No descuidéis ninguna de estas dimensiones del apostolado.

Hacedlo en unión con el arzobispo de Cracovia, quien tanto valora la devoción a la divina Misericordia, y con toda la comunidad de la Iglesia, que él preside. Que esta obra común dé frutos. Que la divina Misericordia transforme el corazón de los hombres. Que este santuario, conocido ya en muchas partes del mundo, se convierta en centro de un culto de la divina Misericordia que se irradie por toda la Iglesia.

Una vez más, os pido que oréis por las intenciones de la Iglesia y que me sostengáis en mi ministerio petrino. Sé que oráis continuamente por esa intención. Os lo agradezco de todo corazón. Todos lo necesitamos mucho: tertio millennio adveniente.

De corazón os bendigo a los presentes y a todos los devotos de la divina Misericordia.

martes, 6 de abril de 2010

RESUCITÓ, RESUCITAREMOS...




Hay en el mundo de la fe algo que resulta verdaderamente desconcertante: la mayoría de los cristianos creen sinceramente en la Resurrección de Jesús. Pero asombrosamente esta fe no sirve para iluminar sus vidas. Creen en el triunfo de Jesús sobre la muerte, pero viven como si no creyeran. ¿Será tal vez porque no hemos comprendido en toda su profundidad lo que fue esa resurrección?

Recuerdo que hace ya bastante tiempo trataba una de mis hermanas de explicar a uno de mis sobrinillos —que tenía entonces seis años— lo que Jesús nos había querido en su pasión, y le explicaba que había muerto por salvarnos. Y queriendo que el pequeño sacara una lección de esta generosidad de Cristo le preguntó: «¿Y tú qué serías capaz de hacer por Jesús, serías capaz de morir por Él?» Mi sobrinillo se quedó pensativo y, al cabo de unos segundos, respondió: «Hombre, si sé que voy a resucitar al tercer día, sí». Recuerdo que, al oírlo, en casa nos reímos todos, pero yo me di cuenta de que mi sobrino pensaba de la resurrección y de la muerte de Jesús como solemos pensar todos: que en el fondo Cristo no murió del todo, que fue como una suspensión de la vida durante tres días y que, después de ellos, regresó a la vida de siempre.

Pero el concepto de resurrección es, en realidad, mucho más ancho. Lo comprenderán ustedes si comparan la de Cristo con la de Lázaro. Muchos creen que se trató de dos resurrecciones gemelas y, de hecho, las llamamos a las dos con la misma palabra. Pero fíjense en que Lázaro cuando fue resucitado por Cristo siguió siendo mortal. Vivió en la tierra unos años más y luego volvió a morir por segunda y definitiva vez. Jesús, en cambio, al resucitar regresó inmortal, vencida ya para siempre la muerte. Lázaro volvió a la vida con la misma forma y género de vida que había tenido antes de su primera muerte. Mientras que Cristo regresó con la vida definitiva, triunfante, completa.

¿Qué se deduce de todo esto? Que Jesús con su resurrección no trae solamente una pequeña prolongación de algunos años más en esta vida que ahora tenemos. Lo que consigue y trae es la victoria total sobre la muerte, la vida plena y verdadera, la que Él tiene reservada para todos los hijos de Dios. No se trata sólo de vivir en santidad unos años más. Se trata de un cambio en calidad, de conseguir en Jesús la plenitud humana lejos ya de toda amenaza de muerte. ¿Cómo no sentirse felices al saber que Él nos anuncia con su resurrección que participaremos en una vida tan alta como la suya?


J.L. MARTÍN DESCALZO

domingo, 4 de abril de 2010

MENSAJE URBI ET ORBI DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI. PASCUA 2010.



«Cantemus Domino: gloriose enim magnificatus est».
«Cantaré al Señor, sublime es su victoria»

(Liturgia de las Horas, Pacua, Oficio de Lecturas, Ant. 1).




Queridos hermanos y hermanas:

Os anuncio la Pascua con estas palabras de la Liturgia, que evocan el antiquísimo himno de alabanza de los israelitas después del paso del Mar Rojo. El libro del Éxodo (cf. 15, 19-21) narra cómo, al atravesar el mar a pie enjuto y ver a los egipcios ahogados por las aguas, Miriam, la hermana de Moisés y de Aarón, y las demás mujeres danzaron entonando este canto de júbilo: «Cantaré al Señor, sublime es su victoria, / caballos y carros ha arrojado en el mar». Los cristianos repiten en todo el mundo este canto en la Vigilia pascual, y explican su significado en una oración especial de la misma; es una oración que ahora, bajo la plena luz de la resurrección, hacemos nuestra con alegría: «También ahora, Señor, vemos brillar tus antiguas maravillas, y lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu poder al librar a un solo pueblo de la persecución del faraón, hoy aseguras la salvación de todas las naciones, haciéndolas renacer por las aguas del bautismo. Te pedimos que los hombres del mundo entero lleguen a ser hijos de Abrahán y miembros del nuevo Israel».

El Evangelio nos ha revelado el cumplimiento de las figuras antiguas: Jesucristo, con su muerte y resurrección, ha liberado al hombre de aquella esclavitud radical que es el pecado, abriéndole el camino hacia la verdadera Tierra prometida, el Reino de Dios, Reino universal de justicia, de amor y de paz. Este “éxodo” se cumple ante todo dentro del hombre mismo, y consiste en un nuevo nacimiento en el Espíritu Santo, fruto del Bautismo que Cristo nos ha dado precisamente en el misterio pascual. El hombre viejo deja el puesto al hombre nuevo; la vida anterior queda atrás, se puede caminar en una vida nueva (cf. Rm 6,4). Pero, el “éxodo” espiritual es fuente de una liberación integral, capaz de renovar cualquier dimensión humana, personal y social.

Sí, hermanos, la Pascua es la verdadera salvación de la humanidad. Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros, no tendríamos ninguna esperanza, la muerte sería inevitablemente nuestro destino y el del mundo entero. Pero la Pascua ha invertido la tendencia: la resurrección de Cristo es una nueva creación, como un injerto capaz de regenerar toda la planta. Es un acontecimiento que ha modificado profundamente la orientación de la historia, inclinándola de una vez por todas en la dirección del bien, de la vida y del perdón. ¡Somos libres, estamos salvados! Por eso, desde lo profundo del corazón exultamos: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria».

El pueblo cristiano, nacido de las aguas del Bautismo, está llamado a dar testimonio en todo el mundo de esta salvación, a llevar a todos el fruto de la Pascua, que consiste en una vida nueva, liberada del pecado y restaurada en su belleza originaria, en su bondad y verdad. A lo largo de dos mil años, los cristianos, especialmente los santos, han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. La Iglesia es el pueblo del éxodo, porque constantemente vive el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora siempre y en todas partes. También hoy la humanidad necesita un “éxodo”, que consista no sólo en retoques superficiales, sino en una conversión espiritual y moral. Necesita la salvación del Evangelio para salir de una crisis profunda y que, por consiguiente, pide cambios profundos, comenzando por las conciencias.

Le pido al Señor Jesús que en Medio Oriente, y en particular en la Tierra santificada con su muerte y resurrección, los Pueblos lleven a cabo un “éxodo” verdadero y definitivo de la guerra y la violencia a la paz y la concordia. Que el Resucitado se dirija a las comunidades cristianas que sufren y son probadas, especialmente en Iraq, dirigiéndoles las palabras de consuelo y de ánimo con que saludó a los Apóstoles en el Cenáculo: “Paz a vosotros” (Jn 20,21).

Que la Pascua de Cristo represente, para aquellos Países Latinoamericanos y del Caribe que sufren un peligroso recrudecimiento de los crímenes relacionados con el narcotráfico, la victoria de la convivencia pacífica y del respeto del bien común. Que la querida población de Haití, devastada por la terrible tragedia del terremoto, lleve a cabo su “éxodo” del luto y la desesperación a una nueva esperanza, con la ayuda de la solidaridad internacional. Que los amados ciudadanos chilenos, asolados por otra grave catástrofe, afronten con tenacidad, y sostenidos por la fe, los trabajos de reconstrucción.

Que se ponga fin, con la fuerza de Jesús resucitado, a los conflictos que siguen provocando en África destrucción y sufrimiento, y se alcance la paz y la reconciliación imprescindibles para el desarrollo. De modo particular, confío al Señor el futuro de la República Democrática del Congo, de Guínea y de Nigeria.

Que el Resucitado sostenga a los cristianos que, como en Pakistán, sufren persecución e incluso la muerte por su fe. Que Él conceda la fuerza para emprender caminos de diálogo y de convivencia serena a los Países afligidos por el terrorismo y las discriminaciones sociales o religiosas. Que la Pascua de Cristo traiga luz y fortaleza a los responsables de todas las Naciones, para que la actividad económica y financiera se rija finalmente por criterios de verdad, de justicia y de ayuda fraterna. Que la potencia salvadora de la resurrección de Cristo colme a toda la humanidad, para que superando las múltiples y trágicas expresiones de una “cultura de la muerte” que se va difundiendo, pueda construir un futuro de amor y de verdad, en el que toda vida humana sea respetada y acogida.

Queridos hermanos y hermanas. La Pascua no consiste en magia alguna. De la misma manera que el pueblo hebreo se encontró con el desierto, más allá del Mar Rojo, así también la Iglesia, después de la Resurrección, se encuentra con los gozos y esperanzas, los dolores y angustias de la historia. Y, sin embargo, esta historia ha cambiado, ha sido marcada por una alianza nueva y eterna, está realmente abierta al futuro. Por eso, salvados en esperanza, proseguimos nuestra peregrinación llevando en el corazón el canto antiguo y siempre nuevo: “Cantaré al Señor, sublime es su victoria».

sábado, 3 de abril de 2010

CORRE, VAMOS AL SEPULCRO: ¡LA TUMBA ESTÁ VACÍA! ¡FELIZ PASCUA!


Yo sé que Cristo ha resucitado:


- Porque ha convertido mi corazón de piedra en corazón de carne.

- Porque tengo la experiencia del perdón.

- Porque ha puesto en mí una fuente de alegría que nadie me puede arrebatar.

- Porque tengo su paz.

- Porque me quita todos los miedos y puedo arrojarme en sus manos.

- Porque siento un gran amor a todos mis hermanos.

- Porque noto siempre fresca la flor de la esperanza.

- Porque veo en el pobre el rostro de mi Señor.

- Porque sé que nunca estoy solo.

¿Tenéis todavía alguna losa encima, alguna tristeza incurable, algún miedo invencible, algún egoísmo insuperable? Pues díselo al Señor resucitado, ábrete a él, que te haga sentir su presencia y su fuerza, que clave en ti su bandera triunfadora. Así podrás celebrar la Pascua de Jesucristo. Y no sólo celebrarla, sino ser testigo vivo de la resurrección.



(CÁRITAS
UN AMOR ASI DE GRANDE
CUARESMA Y PASCUA 1991. Pág. 171)