domingo, 14 de marzo de 2010

CONOCIENDO A NUESTRO NUEVO PASTOR: SUS CARTAS (II)


Marzo de 2008




La Cuaresma es preparación para la Pascua. Una vez al año celebramos solemnemente los misterios centrales de la fe cristiana: Jesucristo, que ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra salvación. Eso mismo lo celebramos cada domingo, en la Eucaristía dominical, e incluso cada vez que celebramos la Santa Misa, memorial de la Pascua del Señor.

Una vez al año, coincidiendo con la primera luna llena de primavera (según el calendario lunar), celebramos el acontecimiento histórico que ha cambiado la historia de la humanidad: la muerte y la resurrección del Señor. Conviene prepararse bien para celebrar estos santos misterios con un corazón renovado. Nuestra fe cristiana no es un mito, que se va relatando de generación en generación. No. Esta fe se apoya en hechos históricos, sucedidos en Jerusalén hace dos mil años, y transmitidos fielmente por los apóstoles y toda la comunidad cristiana. Estos acontecimientos se actualizan en la celebración litúrgica de los santos misterios.

Cristo ha muerto por nuestros pecados. El pecado rompió las relaciones del hombre con Dios, y Dios, lleno de misericordia, nos ha enviado a su Hijo único, que hecho hombre como nosotros, ha devuelto a Dios lo que el hombre le había robado. Nos ha reconciliado con Dios, a costa de su muerte en la cruz. El hombre se aleja de Dios, engañado por su ilusión de felicidad, y se hace un desgraciado. Jesucristo ha recorrido el camino del hombre extraviado y lo ha rescatado de las zarzas y matorrales donde estaba enredado para llevarlo a Dios y hacerlo feliz.

Jesucristo no nos ha amado de broma, sino de verdad. Es un amor que le ha costado la vida, con una muerte terrible en la cruz. Ahí nos ha mostrado el amor que nos tiene, pues “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”(Jn 15,13). A lo largo de la cuaresma, meditamos en la pasión del Señor, en su agonía, en sus dolores y humillaciones. Todo eso lo ha hecho por mí. Para librarme de la condenación eterna, para reparar mis extravíos, para vivir como hijo de Dios, para llevarme al cielo.

Y Cristo ha resucitado, es decir, no se ha quedado muerto, sino que ha vencido la muerte resucitando. Su cadáver depositado en el sepulcro para ser amortajado ha sido transfigurado, su carne ha resucitado. Dios Padre le ha concedido una vida nueva, que él ha estrenado para todos los hombres. Una vida en la que todo es gozo, paz, felicidad. Eso es el cielo. Jesucristo nos promete una felicidad, que sólo él puede dar, que empieza ya encontrándonos con él y que hemos de expandir comunicándola a los demás. Esa es la Buena Noticia, ése es el Evangelio.

Nos preparamos a celebrar la Pascua, la muerte y la resurrección de Cristo. Para morir con él y resucitar con él, dejando atrás al hombre viejo, envuelto en el pecado, engañado por Satanás y todas sus seducciones, y acogiendo al hombre nuevo, que brota del bautismo como una criatura nueva. Recorremos este camino con toda la Iglesia, con María la madre de Jesús y madre nuestra, con todos los santos nuestros hermanos. Si morimos con él, resucitaremos con él.


Con mi afecto y bendición:


Mons. Demetrio Fernández González

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