lunes, 1 de febrero de 2010

"LA ENFERMEDAD ME HACE MÁS HUMANO"


Carlos Bravo, S.I. Carta a los amigos tras la operación de un tumor cerebral. México, abril 1995.


...No sé si lograré expresar adecuadamente todos los sentimientos que tengo y que apenas voy ordenando internamente. Sólo puedo decirles que la experiencia de mi enfermedad, dentro de lo desconcertante, va resultando profundamente humana y humanizante.

Con muchos de ustedes he tenido la oportunidad de compartir mi esperanza en un milagro, pero no de manera ingenua. Varias veces le he preguntado al Señor si es que ya se le acabaron los milagros de los tiempos antiguos. Espero poder mantener una actitud de confianza incondicional en Dios, suceda lo que suceda, y una esperanza con algo de reto al Señor o, si se quiere, con la terquedad de aquella viuda del evangelio que logró que el juez le hiciera justicia simplemente porque lo hartó. Yo siento que todavía me falta mucho para hartarlo. En eso espero la ayuda de ustedes: para que asaltemos el cielo.

Pero al mismo tiempo sin ponerle condiciones al Señor. Si algo me queda evidente, es que a Dios no podemos ponerle condiciones, pero no porque él se ponga sus moños, ni porque nos quiera hacer sufrir, sino porque en verdad él es el único que sabe de la vida en plenitud. Una comparación: el sol lo único que produce es luz; si hay sombra, no viene del sol, sino de algo que se interpone. Así con Dios: lo único que produce es vida; todo lo que frena o debilita la vida viene de otro lado, de nuestra propia debilidad, de nuestro propio pecado, de nuestra propia limitación. Y Dios lo que hace es confirmar nuestra debilidad para siempre con su fuerza resucitadora.

Esto para mí va siendo así como una evidencia. Y doy gracias a Dios por esta certeza que va generando en mi corazón. Pero esta esperanza no me disminuye en nada ni mi deseo de vivir todavía con ustedes, ni mi decisión de seguir luchando por la vida, que amo más que antes.
Sí ha habido momentos en los que se me ha hecho un hueco en el estómago. Momentos en los que me surge de dentro una pregunta que, cuando la pienso bien, me parece que esa pregunta ni se pregunta. Porque no tiene respuesta. ¿Por qué yo? Es que esa pregunta en el fondo sigue culpabilizando a Dios de lo que sucede. Y entonces caigo en la cuenta, desde lo más profundo de mi fe, de que no es Dios quien nos manda la muerte, sino quien, en nuestra muerte, está con nosotros, a nuestro lado, para que la vivamos con fe y con garbo, con profunda esperanza, incluso con profunda alegría.

Al ir pasando el tiempo, la rutina se va haciendo más pesada: los esfuerzos por mantener una misma tónica espiritual, y la misma incertidumbre sobre el futuro se hacen más dificultosos. Sin embargo, creo que si algo debo agradecer al Señor, es el hecho de mantenerme en una actitud esperanzada y disponible al mismo tiempo: ni le pongo condiciones al Señor, ni bajo las manos y me doy por vencido. No me ha sido fácil mantener esa doble actitud, pero creo que voy logrando una disponibilidad que me mantiene con las velas extendidas esperando sólo el rumbo que el Señor diga.

Esa es mi situación actual que he querido compartir con ustedes, con bastantes trabajos, pero también he creído como una obligación de gratitud expresarles mis sentimientos más hondos en estos momentos. Les agradezco su solidaridad y la compañía que he sentido de todos ustedes. Les agradezo también profundamente las oraciones que me han confortado en estos tiempos y que han sido una fuerza muy grande durante estos días.

(Carlos Bravo murió en México el día 29.10.97)

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