lunes, 22 de febrero de 2010

VIVIR CRISTIANAMENTE EN DEMOCRACIA


Introducción


Para poder vivir con paz en este mundo nuestro, tenemos que tratar de comprender los elementos esenciales de nuestra propia vida. No podemos disfrutar de nuestra condición de cristianos si no la conocemos suficientemente. Los laicistas querrían recluir la vida cristiana, la vida de los cristianos, al ámbito privado, como si la vida personal y la vida en familia pudiera estar inmunizada de las influencias del ambiente y del conjunto de la sociedad. Tanto si las aceptamos como si las rechazamos, los cristianos vivimos en este mundo, recibimos las influencias de todo lo que hay en la sociedad y nos sentimos también movidos y responsabilizados de influir en la vida de la sociedad, denunciando y eliminando los males y apoyando todas las cosas buenas vengan de donde vengan.

Para cumplir la recomendación cuaresmal tenemos que tener en cuenta la gravedad del conflicto cultural en que vivimos. Están enfrentadas dos maneras de entender la vida, uno de sus rasgos diferenciantes fundamentales es la valoración de la religión, vida humana con Dios o sin Dios. Esta es una cuestión capital. Y no solamente como una cuestión social o cultural, este conflicto se hace más agudo porque el gobierno y grandes fuerzas sociales son claramente beligerantes en favor de la implantación social de la concepción de la vida sin Dios.

Miembros responsables de la sociedad


No somos de este mundo pero vivimos en el mundo. Somos ciudadanos del cielo y conciudadanos de los santos, pero esta vida celestial tenemos que ejercerla penosamente en las condiciones terrenas de nuestra vida temporal. Esta es la complejidad y la riqueza de la vida cristiana, vivir en comunión con el dios del Cielo mientras peleamos en este mundo, estar bien presentes en la tierra teniendo el corazón en el cielo, vivir intensamente en el hoy, cuando tenemos puesta la esperanza en el mañana de la vida eterna.

Para no confundir las cosas, tenemos que afirmar desde el principio la originalidad y las diferencias de la Iglesia respecto del resto de la sociedad. La Iglesia es la sociedad de los hijos de Dios en el mundo. Después de una larga preparación, comienza con la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María. El es el Hijo de Dios hecho hombre, principio de la nueva humanidad, la humanidad de los hijos de Dios encabezados por El y santificados por el Espíritu Santo. La Iglesia «tiene su origen y su fundamento permanente en Cristo, sus miembros nos incorporamos libremente a ella por la fe y el bautismo y recibimos el don del Espíritu Santo, principio de renovación espiritual que nos dispone para actuar justamente en este mundo mientras caminamos en la presencia de Dios hacia la vida eterna. Ninguna otra institución tiene en la tierra medios ni fines semejantes.» (Orientaciones morales, n.45).

Los católicos nos sentimos hijos de Dios, llamados a la vida eterna, pero tenemos los pies en el suelo y sabemos que tenemos que afirmar nuestra fe, ejercitar nuestra esperanza y practicar diligentemente nuestra caridad en el contexto real y actual de nuestra vida terrestre. Así, en la vida de los cristianos se va haciendo poco a poco, penosamente, la reconciliación y el encuentro entre el Creador y las criaturas, entre el Padre celestial y la humanidad. Viviendo para Dios no nos alejamos del mundo, porque sabemos que el mundo es de Dios y Dios se ha vinculado definitivamente a nuestro mundo en la carne de su Hijo. Quien se acerca a Dios, se siente enviado al mundo con el mismo amor con el cual El vino y se entregó por nosotros. El cristianismo es la religión del hombre para Dios y porque antes Dios quiso vivir y morir para el bien del hombre.

De este modo los cristianos nos sentimos doblemente vinculados a nuestro mundo y a nuestros hermanos. Por nuestra condición humana y por la ley del amor nos sentimos vinculados a nuestro mundo, al bien de la sociedad concreta en que vivimos.

Los cristianos y la misma Iglesia, somos parte de la sociedad, estamos profundamente arraigados en ella por vínculos naturales y sobrenaturales, por múltiples vínculos de convivencia reforzados por el apremio del amor fraterno. El hecho de adorar a Dios y de vivir arraigados en Cristo no nos aleja del mundo sino que nos permite vivir más intensamente nuestras responsabilidades y ofrecer a nuestros conciudadanos los mismos dones sobrenaturales que nosotros hemos recibido y los abundantes bienes de orden cultural y social que se derivan de la iluminación de la fe y de la sanación espiritual que los dones del Espíritu Santo producen en nosotros. Si la razón humana es capaz de organizar la convivencia y elaborar modelos morales de vida y de comportamiento, la fe purifica y enriquece las capacidades naturales, ilumina la razón, purifica los deseos y fortalece la voluntad para percibir y practicar el bien en la vida personal y social.

No sólo los partidos políticos y las instituciones temporales pueden y deben enriquecer la vida de la sociedad. También la Iglesia y los cristianos en tanto que cristianos podemos y debemos ofrecer a la sociedad en que vivimos todos los bienes naturales y sobrenaturales que hemos recibido. Creer en Dios y vivir según su voluntad no es algo opcional de lo que podamos prescindir sin padecer graves privaciones y malograr nuestra existencia. Este es precisamente el error trágico del laicismo, pensar que el hombre encerrado en sí mismo, sin contar con Dios, puede alcanzar la plenitud de su existencia. Si estamos hechos para convivir con Dios, si somos algo más que el resultado de una evolución estrictamente mundana y material, los hombres no podemos llegar nunca a serlo totalmente sin reconocer a Dios como referencia absoluta y centro definitivo de nuestras aspiraciones. Por eso los cristianos, al sentirnos elegidos y enriquecidos por el conocimiento y el reconocimiento de Dios, nos sentimos obligados a ofrecer a nuestros conciudadanos esta fe que sostiene nuestra existencia y de la cual nacen convicciones y sentimientos que iluminan y fortalecen nuestra existencia también en las vicisitudes y obligaciones de nuestra vida social, cultural, económica y política. «No seríamos fieles a los dones recibidos, ni seríamos tampoco leales con nuestros conciudadanos, si no intentáramos enriquecer la vida social y la propia cultura con los bienes morales y culturales que nacen de una humanidad iluminada por la fe y enriquecida con los dones del Espíritu Santo» (ib. n.46).

«La fe no es un asunto privado» (ib. n.48). Quienes pretenden reducirla a la vida privada cometen dos equivocaciones. En primer lugar no se dan cuenta de que la fe en Dios es una decisión personal que afecta a la persona entera, en la comprensión de sí mismo y del mundo, en el proyecto y realización de todas sus acciones y realizaciones sociales. Por otra parte, esa distinción que a veces aceptamos sin discusión entre vida privada y vida pública no responde la realidad de nuestro ser. Nada en el hombre es del todo privado ni es únicamente público. Nuestras convicciones personales más íntimas condicionan la manera de manifestar y desarrollar nuestra vida en las relaciones con los demás. Lo que hacemos en la vida pública nace de lo que somos en el foro interior de nuestra conciencia, de nuestras convicciones, de nuestras aspiraciones más profundas y personales.

Por eso está plenamente justificado que nos preguntemos cómo podemos y debemos portarnos los cristianos en la vida pública, y más en concreto qué debemos hacer para vivir adecuadamente como cristianos en una sociedad democrática? Lo que ocurre a nuestro alrededor nos influye profundamente, influye en nuestras familias, nos facilita o nos perjudica vivir de acuerdo con nuestra fe y nuestras convicciones religiosas. De estas cuestiones queremos ocuparnos en esta tercera conferencia.

El servicio de la evangelización


A la hora de pensar en los servicios que los cristianos tenemos que hacer a la sociedad en la que vivimos, tendemos a pensar inmediatamente en servicios de orden material, valorando únicamente lo que la Iglesia hace en el orden de la educación de la asistencia a los enfermos o los necesitados de cualquier género. Que esta simplificación la hagan quienes no conocen ni valoran la fe como una riqueza de la existencia, puede ser explicable y excusable. Pero que esto mismo lo hagamos los mismos cristianos es un error imperdonable.

La Iglesia, y los cristianos como miembros suyos, estamos en este mundo, ante todo, para difundir el evangelio de Jesús, para ampliar y multiplicar su testimonio sobre la bondad de Dios, para ayudar a nuestros hermanos a descubrir la verdad y grandeza de nuestra existencia, tal como Dios nos la manifestó en Cristo, «para que su nombre sea santificado, para que venga su Reino, para que su voluntad se cumpla en la tierra como en el Cielo».

Con frecuencia se piensa que este anuncio del evangelio corresponde sólo a los Obispos y sacerdotes, a los religiosos y consagrados. Es cierto que todos tenemos nuestras responsabilidades y tareas específicas, pero tenemos que tener muy claro que el anuncio, la presentación de la Palabra de Dios como palabra de salvación, consiste en la presencia elocuente de Cristo en nuestro mundo, como Palabra de salvación, que se hace presente en el testimonio, en la vida y en la actuación de los cristianos en su conjunto. La Iglesia entera, todas las comunidades, todos las familias cristianas, todos los cristianos en su conjunto, arraigados en Cristo y vivificados por el Espíritu, somos la ampliación elocuente de la gran palabra de Dios al mundo que es Cristo.

Tenemos que cambiar muchas cosas en este servicio de la evangelización superando cualquier actitud de superioridad o de imposición. Sin condenar, sin juzgar ni menospreciar a nadie, nuestra misión es ofrecer humilde y amablemente, y con toda claridad, lo que hemos recibido, porque estamos seguros de que los demás también lo necesitan para vivir su vida adecuadamente, para ser felices, y porque además el Señor merece ser conocido y alabado por todos sus hermanos. Ese es el primer gesto de reconocimiento y alabanza que le debemos. La primera exigencia de nuestra gratitud. Evangelizar sin condenar, ofrecer sin humillar, éste tiene que ser el nuevo estilo.

Los derivados culturales de la fe


Junto con el anuncio de la bondad y de las promesas de Dios en Jesucristo, la Iglesia y los cristianos podemos ofrecer a nuestros conciudadanos muchos bienes de orden cultural, ya no directamente religiosos, que históricamente han nacido de la experiencia cristiana, como la valoración de la persona, el aprecio de la vida, la igualdad entre varón y mujer, el valor del trabajo, el respeto absoluto por la justicia, la unidad e igualdad de razas y pueblos, etc.

Aunque la vida cultural y política no es competencia directa de la Iglesia, nuestra fe clarifica los contenidos de la justicia y purifica la voluntad para servirla y respetarla. (Benedicto XVI en «Dios es amor»). Este servicio de la Iglesia ha tenido una importancia decisiva en la configuración de nuestro patrimonio cultural, social, jurídico y político. La misma democracia ha nacido y crecido en el humus cultural del cristianismo.

Una distinción fundamental


En este punto hemos de tener presente una distinción que es fundamental para ver con claridad en este asunto. La Iglesia en su conjunto, quienes la representan y tienen autoridad en ella, los cristianos en cuanto miembros de la Iglesia, tenemos que mantener una distancia en relación con los asuntos de este mundo, con todo lo que es obra de la razón, de las ciencias y técnicas, de la política. Los asuntos que forman parte de la vida racional y técnica del hombre y de la sociedad son competencia del hombre y de la sociedad en sus instituciones y actividades naturales. El mundo tiene una consistencia interior que no puede ser alterada al margen de su propia naturaleza. Esta es la verdadera secularidad del mundo. En este terreno la Iglesia no tiene competencia especial. Su misión es religiosa y moral. Otra cosa es que la moral derivada de la fe en Dios, cuando se cree desde el fondo del corazón, influya realmente en la manera de ver y hacer todas las cosas. Anunciando el Reino de Dios la Iglesia trabaja indirectamente en favor de la libertad, de la solidaridad, del desarrollo y de la convivencia. La fe ilumina y humaniza todas los ámbitos de la vida personal, familiar y social, nacional e internacional (ib. nn.48 y 49).

Responsabilidad social y política de los laicos cristianos


Los fieles cristianos, en la medida en que forman parte de la sociedad terrestre, tienen que colaborar con todos los demás ciudadanos en la noble tarea de construir la ciudad terrestre de la manera más justa posible, buscando continuamente fórmulas de convivencia y de colaboración en la verdad, la libertad y la justicia. Esta es la doctrina ampliamente enseñada en la Iglesia por el Concilio Vaticano y por múltiples documentos de los Papas y de los Obispos. En España la Conferencia Episcopal publico en 1986 un documento sobre este punto «Católicos en la vida pública» que tiene hoy plena actualidad.

Los laicos, como ciudadanos de la sociedad secular, en plenitud de sus derechos y obligaciones, tienen preferentemente la tarea de hacer valer las normas nacidas de la recta razón, de la fe y del amor cristiano en las relaciones y actividades de la vida secular. Los laicos cristianos tienen «el deber inmediato de actuar en favor de un orden más justo en la sociedad». La caridad tiene que animar toda la vida de los fieles cristianos y por tanto también sus actuaciones políticas, en forma de lo que se llama «caridad social». Su misión es «configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y colaborando con los otros ciudadanos, según las respectivas competencias y baso su propia responsabilidad (ib. n. 29).

Con frecuencia, cuando los cristianos criticamos una ley o proponemos un proyecto, nos dice que queremos imponer a la sociedad nuestras propias convicciones de moral, como hacíamos en los tiempos del Estado confesional y de la Iglesia impositiva. La respuesta es clara. Primero que nosotros no queremos imponer nada, simplemente proponemos nuestras ideas como las demás, porque las consideramos buenas para todos. Reclamamos solamente la posibilidad de que nuestras ideas sean conocidas y lleguen a ser aceptadas como cualquier otra si por los procedimientos previstos alcanzan la mayoría y la aceptación requerida.

Por otra parte, la moral cristiana no es una moral ajena a la naturaleza humana, no es algo arbitrario y añadido a la vida y a la conciencia humana normal. En su mayor parte, la conciencia cristiana es simplemente la moral común, fundada en la naturaleza humana, al alcance de la razón, refrendada por la tradición humana, iluminada y fortalecida por la fe. La fe no nos trae una visión sobreañadida, artificial, y por tanto perturbadora y prescindible. Sino que es la misma moral humana, fundada en la misma naturaleza, conocida por la razón común, clarificada por la fe y la tradición cristiana, fortalecida por los dones y a las ayudas del espíritu. Otra cuestión es si la moral cristiana tiene algún contenido específico no perceptible por la sola razón al margen de la revelación divina. Algunos moralistas dicen que no. Pero no parece una opinión bien fundada teológicamente. En profunda sintonía con lo natural, la gracia desborda la naturaleza, no sólo teóricamente sino también en el orden práctico, en la manifestación del amor a Dios y al prójimo, como p.e. la abnegación martirial y ascética, el amor a los enemigos, el perdonar setenta veces siete, etc. La constitución de un patrimonio moral social, dinámicamente entendido, con la aportación cristiana, en colaboración con el ejercicio de la recta razón de todos los conciudadanos es aceptable como base moral de la vida política, pero no como sustitutivo de la moral eclesial tradicional y plena. La Iglesia no puede por qué concordar su patrimonio con nadie ni someterlo a nadie.

Con una plataforma común


«La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con intereses personales» «La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de establecer la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede desentenderse de las exigencias de la caridad en el mundo. Tampoco puede quedarse al margen de la lucha por la justicia. Tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables.» (Benedicto XVI, Dios es amor, n.28).

«La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con intereses personales» «La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de establecer la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede desentenderse de las exigencias de la caridad en el mundo. Tampoco puede quedarse al margen de la lucha por la justicia. Tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables.» (Benedicto XVI, Dios es amor, n.28).

En sus juicios y actuaciones sociales, los cristianos tenemos con los demás la plataforma común del reconocimiento de la dignidad y los derechos de la persona en la medida en que son conocidos por la recta razón y forman parte del patrimonio cultural y moral de la sociedad. La iluminación de la fe y del amor cristiano no entran en conflicto con este patrimonio racional y común, pues razón y fe son vías armoniosas y complementarias de conocer la misma realidad y en mismo ser de la persona en todas sus dimensiones. La profunda armonía entre fe y razón, arraigadas en la mente y en la voluntad del mismo y único Dios, hacen posible la colaboración sincera y paciente entre cristianos y no cristianos. Quien sigue las luces de la recta razón se acerca a la fe, quien vive la fe sinceramente asume con facilidad las verdades adquiridas social y históricamente por mediante el ejercicio de la razón.

Aunque a veces nos acusen de lo contrario, la intervención de los cristianos en política no tiende a imponer a los demás la fe o las obligaciones de la moral cristiana, sino en favorecer el bien común de todos, en libertad y justicia, tal como es patrimonio de la sociedad con la iluminación y la purificación, la rectitud y perseverancia que la vida cristiana aporta a quien la vive sinceramente.

Esta intervención de los cristianos en la vida pública se puede y se debe hacer en muchos ordenes y de diferentes maneras.

Se puede hacer de forma personal o asociada. En la vida ordinaria, por el sistema del boca a boca, familia, amigos, tertulias, si sabemos responder, si tenemos el valor de replicar amablemente y serenamente podemos hacer valer la opinión cristiana sobre muchos acontecimientos y prácticas en muchos asuntos. Estamos pecando de demasiado silencio, de demasiadas condescendencias.

Diversos planos


Esta intervención e influencia de los cristianos en la vida social se puede desarrollar en

-el plano de las actividades profesionales, médicos, abogados, jueces, periodistas, profesores. Hay que saber en qué mundo vivimos y saber replicar serenamente con argumentos sólidos defendiendo los puntos de vista cristianos de acuerdo con la ley natural. Este es un elemento fundamental para la identidad de los cristianos y el vigor espiritual de la Iglesia. Los perfiles de la Iglesia se desdibujan si los cristianos no se diferencian por el ejercicio de la caridad en su vida profesional. En muchos casos puede resultar obligatoria la objeción de conciencia, médicos, farmaceúticos, abogados, constructores, políticos, funcionarios, etc.

-especial importancia tiene lo que podamos hacer mediante actuaciones que influyen directamente en la opinión pública, en las tendencias culturales, estudios, investigaciones, publicaciones, declaraciones, cartas al director, favorecer unos medios u otros, etc., etc.

El ejercicio del voto


La participación más común de los cristianos en la vida política consiste en el ejercicio del derecho a votar. ¿Cómo votar en unas elecciones en las que ningún partido asume enteramente las enseñanzas del evangelio ni de la moral católica? Los católicos sabemos que en la sociedad actual es muy difícil que el programa político de un partido coincida en todo con la moral católica, ni siquiera con lo que se podría esperar de un gobernante católico que quisiera en todo atenerse a las directrices de una recta conciencia. Dos cosas quiero señalar. La primera es decir que los católicos, como todos los ciudadanos, antes de votar valoramos las propuestas de los partidos en muchos elementos contingentes y opinables acerca de cómo resolver los múltiples problemas temporales de la convivencia. Pero en esta valoración es necesario que valoremos también de manera especial los aspectos y las consecuencias morales de la ideología, los programas y las actuaciones conocidas de los diferentes partidos en asuntos como la educación religiosa, el apoyo al matrimonio y a la familia, el respeto a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la protección de la seguridad, la paz social y la convivencia, la atención y solidaridad con los pobres y necesitados, emigrantes, enfermos, tercer mundo, además de todos los demás elementos que integran el bien común actual de nuestra sociedad.

«Es preciso afrontar con determinación y claridad de propósitos el peligro de opciones políticas y legislativas que contradicen valores fundamentales y principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano, en particular con respecto a la defensa de la vida humana en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, y a la promoción de la familia fundada en el matrimonio, evitando introducir en el ordenamiento público otras formas de unión que contribuirían a desestabilizarla, oscureciendo su carácter peculiar y su insustituible función social» (Benedicto XVI, Discurso al IVº Congreso Nacional de la Iglesia de Italia, Verona, 19 de octubre de 2006). Podemos los católicos apoyar con nuestro voto a un partido que ha eliminado la figura del matrimonio de nuestra legislación civil y está preparando el ambiente para legalizar la eutanasia?

En el momento actual, los católicos, además de pensar en los elementos de orden material y social que podemos esperar de la buena acción de los gobiernos, para votar responsablemente y según nuestra conciencia y nuestras obligaciones como católicos, tendríamos que preguntarnos cómo se sitúa cada partida y cada político en relación con la ley natural y la ley de Dios en asuntos tan importantes como:

-el respeto a la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural;

-la visión del matrimonio y de la familia, la protección legal de la familia, desde las políticas de la vivienda, la compatibilidad del trabajo exterior con las obligaciones de la familia, las ayudas para la crianza y educación de los hijos, el reconocimiento del trabajo de la mujer en la casa como una actividad de alto interés social, etc.

-en todo lo referente a la educación de los niños y jóvenes, desde el derecho a la elección de centro, la formación religiosa en la escuela pública, la ayuda a la creación y mantenimiento de centros de enseñanza no estatales en igualdad de condiciones, el clima educativo general en materias morales, la lucha contra las drogas, contra la promiscuidad sexual, el apoyo a una buena educación de niños y jóvenes, etc.

-la actitud ante los temas de convivencia general y pacífica, la seguridad de los ciudadanos, la lucha efectiva contra el terrorismo, la justicia y la solidaridad entre todos los pueblos de España.

Los católicos tendríamos que aprender también a hacer valer nuestro voto mediante la presencia de nuestros puntos de vista en la opinión pública y la cohesión de nuestros votos exigiendo garantías de los candidatos sobre aquellos puntos que nos interesan a todos. La dispersión y la falta de unidad hace que los políticos no nos tengan en cuenta y no acepten nuestros puntos de vista. Es verdad que la Iglesia nos reconoce la libertad de opinar en política y la libertad de voto, pero tiene que ser nuestra conciencia la que nos mueva a votar teniendo en cuenta las dimensiones morales de la cuestión, apoyando a aquellos partidos que más se acerquen a las exigencias de una conciencia católica. Aunque la fe cristiana no se identifique con ningún partido, tampoco los cristianos podemos ser indiferentes o neutrales. Estamos más cerca de los que más se acercan a la concepción cristiana de la vida y menos agresivos son contra la moral natural y cristiana.

La intervención de los cristianos en los diferentes partidos políticos

Aunque los partidos no sean confesionales ni estén del todo de acuerdo con las exigencias morales del cristianismo, los cristianos pueden participar en ellos, con tal de que tengan la libertad de ser críticos y confesantes en aquellos puntos que tienen conexión clara y directa con las propuestas y normas de la moral natural y cristiana. Los cristianos pueden militar libremente en los partidos que mejor les parezca en función de su servicio al bien común. Pero es evidente que a la hora de juzgar la capacidad de un partido para servir al bien común, el cristiano tiene que mirar mucho cómo se comporta el partido que quiere elegir en los puntos más directamente relacionados con los aspectos morales de la vida social, tal como hemos señalado al hablar del voto.

En el caso de la participación activo en un partido, el cristiano tiene que exigir al menos plena libertad para disentir y manifestar sus puntos de vista en cualquier punto que se discuta y la libertad de conciencia y de actuación necesaria para no verse obligado a apoyar ningún acuerdo que vaya en contra de su conciencia, en contra del bien común en las materias morales tal como las entendemos y defendemos en la Iglesia.

Con frecuencia se da el caso de que algunos cristianos valoran más su obediencia partidista, incluso en materias morales, que la integridad de su comunión eclesial. Para vivir cómodamente en un determinado partido esperan que la Iglesia cambie en sus enseñanzas sobre materia sexual, p.e., sobre la indisolubilidad del matrimonio, el aborto o la eutanasia. Se presentan como cristianos progresistas y pretenden que la Iglesia se someta a los programas de su partido en vez de luchar para que su partido se acerque a las posturas de la Iglesia, o por lo menos las respete, posturas que son de ley natural y del verdadero bien social y personal. Para poder seguir militando en un partido más o menos laico, más o menos laicista, el cristiano debe exigir la libertad para disentir y presentar objeción de conciencia en todo aquello que suponga una infracción contra la ley natural y contra su conciencia cristiana. Tiene que preguntarse si su militancia colabora o no con los proyectos de su partido en lo que tengan de inmorales, si el bien que pueda conseguir mediante esa militancia, dentro y fuera del partida, compensa de alguna manera los riesgos de esa posible colaboración. Lo que no vale es pretender que la Iglesia y la conciencia cristiana se someta a las exigencias de la identidad partidista.

Democracia y moral


Lo que venimos diciendo supone que la política no es una actividad exenta de las normas y valoraciones morales. La tentación del laicismo en este punto consiste en considerar la política exenta de cualquier ley moral objetiva y superior, previa e independiente a las decisiones del parlamento y de las instituciones públicas. Con ello que hace de la política como el techo del mundo que no puede ser traspasado por los ciudadanos y de los políticos los dioses de la sociedad moderna que deciden lo que es bueno y malo para el pueblo. Esta concepción de las cosas es inaceptable para los cristianos y resulta insostenible ante la recta razón.

La política es obra del hombre y el hombre de la política. Antes que cualquier institución y poder político, existe el hombre, el matrimonio, la familia, la libertad y la conciencia moral de los hombres. La actividad política, como actividad libre y responsable, tiene que ser una actividad moral, que los hombres tienen que realizar en conformidad con su conciencia. El valor y la condición moral de cualquier actividad política viene siempre de su servicio a la justicia, de su servicio al bien común de los ciudadanos. La política es justa cuando sirve de verdad a la justicia. Esto supone que podemos conocer y definir lo que es la justicia, lo cual requiere saber previamente qué es el hombre, cuáles son sus responsabilidades, necesidades y derechos. Conocer todo esto, definirlo y servirlo sinceramente es la justicia personal del político y la permanente legitimación de la autoridad que se le concede. En esta moralización permanente de la política y de los políticos tienen los cristianos una campo específico de actuación siempre necesario, urgente y apremiante en la sociedad española en estos momentos. (Cf Orientaciones Morales, nn. 52-55).

Si no hubiera ninguna norma moral vinculante a la que tuvieran que atener los gobernantes en sus decisiones, la sociedad entera quedaría sometida en definitiva a las opiniones y deseos de unas pocas personas que se alzarían con un poder sobre las conciencias y las vidas de los ciudadanos mucho más amplios de lo permisible. La política y los políticos están al servicio de la convivencia, pero no tienen capacidad ni competencia para definir lo bueno y lo malo, para configurar y dirigir la vida de los ciudadanos. No vale decir que los políticos interpretan y ejecutan lo que quieren las mayorías, porque los ciudadanos en sus preferencias también tienen que someterse a las exigencias éticas de la conciencia y de la recta razón. Ni se puede desconocer la capacidad incalculable que en la sociedad moderna tienen los políticos de dirigir los deseos y preparar los consensos de los ciudadanos mediante el control y la dirección de los poderosos medios de comunicación. Sin el predominio de la ley moral socialmente reconocida y vigente, la mejor democracia degenera en dictadura de unas pocas personas con apariencias democráticas.

Así vemos cómo aun siendo de orden diferente, religión y política no son del todo independientes ni aisladas entre sí. Coinciden en los agentes, pues los cristianos, junto con los demás ciudadanos, son también agentes de la política. Y coinciden en la realización de la justicia, conocida y ejercida por la razón y la voluntad del hombre, dejándose iluminar y fortalecer por las revelación de Dios y los dones del Espíritu Santo. No conviene engrandecer la política. La vida no empieza ni termina en la política. Es un modo de organizarnos para defendernos de los peligros y alcanzar los bienes comunes deseados, seguridad, libertad, salud, cultura, bienestar material, condiciones para vivir libremente en plenitud según la propia conciencia y las propias convicciones, Pero antes de actuar políticamente el hombre ya es persona y actúa como tal. Si ha de ser religioso o no, depende de su mismo ser de hombre, de lo que percibimos con nuestra razón, de la magnitud de los deseos y carencias que surgen en nuestra vida. La pregunta sobre el origen de la existencia, la pregunta sobre Dios y sobre el bien y el mal, la pervivencia, salvación o perdición, no depende de la democracia ni de ninguna otra forma política, nace de las entrañas del ser humano, aunque se manifiesta de manera diferente en cada época y en cada circunstancia.

El servicio al bien común es el fundamento del valor y de la nobleza de las instituciones políticas. Cuanto esta finalidad se oscurece o se sustituye por la rivalidad entre partidos o por las ventajas de un grupo determinado todo se devalúa y se corrompe(Ibn. 57).

Proteger y favorecer la libertad religiosa


En una política democrática moderna el objetivo central de las instituciones políticas es el de crear unas condiciones de vida en las que los ciudadanos puedan vivir y actuar libremente en un contexto de justicia y solidaridad. Esta defensa y protección de la vida personal implica la protección de la libertad religiosa. Ello significa que cada ciudadanos pueda vivir según su propia conciencia y manifestar privada y públicamente sus convicciones religiosas. Las democracias europeas se orientan hacia unas formas de estado plenamente respetuosas con la vida religiosa de los ciudadanos, un Estado sin ingerencias ni beligerancias políticas, pero también sin exclusiones ni discriminaciones en contra de las actividades e instituciones religiosas. «Un Estado laico, verdaderamente democrático, es aquel que valora la libertad religiosa como un elemento fundamental del bien común, digno de respeto y protección» (ib. n.62)

Al fin y al cabo la religión es una actividad profundamente humana, claramente benéfica para las personas y para la sociedad, especialmente la religión cristiana, cuando es vivida correctamente, que una política respetuosa con los derechos de la persona y servidora del bien común, tiene que respetar y favorecer. El Estado aconfesional no es un Estado que desconoce la religión y mucho menos cargado de reticencias en contra de ella, sino un Estado que favorece todo aquello que forma parte de la vida razonables de los ciudadanos y está presente y operante en la sociedad. La religión es parte esencial de la cultura de los pueblos. Gobernar en contra de ella o desconocerla en las gestiones del gobierno es una verdadera agresión contra la historia, la cultura y la identidad de una sociedad determinada. Ningún pueblo que quiere seguir siendo libre puede permitir que se desarrollen leyes o políticas contrarias y perjudiciales para sus convicciones y tradiciones religiosas. Un gobierno laico que pretenda directa o indirectamente debilitar la vida religiosa del pueblo para ir imponiendo e inculcando poco a poco el laicismo y la irreligión de los ciudadanos, es necesariamente un gobierno autoritario y sectario aunque se vista con piel de neutralidad y de respeto.

El gran principio de la subsidariedad


Una cuestión esencial en la concepción cristiana de la política es la afirmación de que el ordenamiento y las instituciones políticas surgen de la sociedad, por decisión de los ciudadanos, para el servicio del bien común de las personas. La política está al servicio del bien de las personas y no al contrario. De lo cual se sigue que la política no debe absorber la vida entera de los ciudadanos sino solamente aquellas cosas que las personas solas no pueden hacer, o no pueden hacer las familias, ni tampoco otras instituciones inferiores. En cada instancia se debe llevar a cabo lo que en instancias inferiores no se puede resolver. Este principio es fundamental contra la tendencia a reglamentar todo, a invadir todo desde la administración, a hacer presente la actividad política en todos los órdenes de la vida, con una reglamentación cada vez más amplia, más detallada, más invasiva y condicionante de la vida de la sociedad, de las familias y de todos los individuos. Vivimos unos tiempos en los que la reglamentación y el desarrollo de la administración está invadiendo demasiado la vida y las actividades de las personas, de las familias, de los municipios, de las asociaciones profesionales, etc. La visión cristiana, también en la política, es siempre personalista, partidaria de que las personas y las familias, con la ayuda de las instituciones, puedan ser los verdaderos protagonistas de su vida, en las mismas condiciones para todos, con paz y justicia.

Lasa circunstancias actuales requieren de los cristianos que reforcemos la consideración de las consecuencias morales de nuestro voto en temas tan importantes como la educación religiosa y moral de la juventud, la protección del matrimonio y de la familia, el respeto a la vida humana desde la fase embrionaria hasta la muerte natural, más otros aspectos de siempre como la justicia social, la debida atención a los emigrantes, la solidaridad, la unidad y la paz entre los pueblos y regiones de España, la solidaridad con los países subdesarrollados, etc. ,

CONCLUSION

Con estas consideraciones en torno a la presencia y actuación de los cristianos en la vida social y política, no quiero que nos olvidemos de que nuestra preocupación central y la importancia social de la Iglesia consiste en la memoria viva y amorosa de la persona de N.S. Jesucristo.

Jesús es el centro de la humanidad, todo ha sido creado por El y para El, en El tienen su verdad y consistencia todas las cosas, El es la verdad y la consistencia de nuestra vida personal y comunitaria.

Vamos a comenzar los ejercicios de la Santa Cuaresma. Vivámosla de tal manera que sea para nosotros una renovación de nuestro amor a Jesucristo, una renovación de nuestra fe en El, una renovación de nuestro amor y de nuestra vida, arraigada en El y en las enseñanzas de su Iglesia de manera clara y determinante, sin miedos, sin titubeos, sin inhibiciones, sin egoísmos. Podemos ser débiles y pecadores, pero no podemos ser cobardes ni indiferentes. Jesús nos necesita. Nuestros jóvenes nos necesitan. Nuestra sociedad nos necesita. Los que encuentran dificultades para creer y buscan su felicidad en excursiones alocadas lejos de Dios, lejos de la Iglesia, lejos de su propia intimidad, necesitan de unos cristianos que les muestren con claridad la doctrina y el amor de Jesús, el ideal universal y permanente de humanidad renovada que es Jesucristo. No lo dudemos, esta sociedad que nos desconoce o nos desprecia, nos necesita, necesita a Jesús, que solamente los cristianos le podemos ofrecer.

Termino con estas palabras del Papa en «Deus caritas est»: «El amor es una luz, en el fondo la única, que ilumina constantemente un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar en él. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor, y así llevar la luz y la vida de Dios al mundo». Esto es lo que he querido deciros y para esto he querido ayudaros con mis palabras en estas conferencias cuaresmales. El Señor resucitado nos encuentre despiertos y disponibles, para su gloria y el servicio de nuestros hermanos. Esa será nuestra salvación.



+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo Emérito de Pamplona
Conferencias Cuaresmales 2007

jueves, 18 de febrero de 2010

¡BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR! MONSEÑOR DEMETRIO FERNÁNDEZ, NUEVO OBISPO DE CÓRDOBA



Primer saludo del nuevo obispo de Córdoba, MONS. DEMETRIO FERNÁNDEZ, Obispo de Tarazona, a los fieles de la Diócesis de Córdoba. Tarazona, 18 de febrero de 2010


Queridos fieles de la diócesis de Córdoba:

El Santo Padre Benedicto XVI me ha nombrado Obispo de Córdoba. Desde que he recibido la noticia de este nombramiento, he sentido el deseo de conoceros más para poder serviros mejor, he comenzado a quereros con toda mi alma, estoy deseando encontrarme con vosotros.

He oído hablar mucho de vosotros, y muy bien. Y ahora todo me resuena cuando oigo hablar de la diócesis de Córdoba, que Dios en su infinita misericordia me confía. “Os habéis convertido en modelo para todos los creyentes” (1Ts 1,7) en España y más allá de nuestras fronteras. “La Palabra de Dios y vuestra fe en Dios se ha difundido por todas partes” (Ib.). Tenéis una enorme responsabilidad, que a partir de ahora voy a compartir con vosotros. “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá” (Lc 12,48).

A partir de este momento la historia de la diócesis de Córdoba, vuestras historias personales y mi propia historia se entrecruzan, gracias al designio amoroso de Dios para todos nosotros en su santa Iglesia. Ni yo os he elegido a vosotros, ni vosotros me habéis elegido a mí. Es Dios el que nos llama, es Él quien nos precede, Él quien nos envía y acompaña, Él quien suscita la fe y el amor de la mutua acogida. Miremos con ojos de fe estos acontecimientos, porque es Dios, a través de tantas mediaciones humanas, el que dirige vuestros pasos y los míos para que caminemos juntos, bajo la protección del arcángel san Rafael, en Córdoba. ¡Bendito sea Dios, que nos muestra su amor de tantas maneras!

Por lo que ya conozco de vosotros y de lo que Dios hace en medio de vosotros, voy lleno de esperanza a una diócesis viva. Le pido al Señor –hacedlo también vosotros que me haga capaz de alentar más y más esa vida, que el Hijo eterno Jesucristo, por su encarnación redentora, ha venido a traer para todos los hombres, “para que tengan vida y vida abundante” (Jn 10.10), porque “esta es la voluntad de Dios, que seáis santos”(1Ts 4,3).

Córdoba es la sede del obispo Osio, con quien he tratado frecuentemente en mis clases de cristología. Córdoba tiene una larga historia de santos y de mártires, testigos de un amor que vence todas las dificultades, en la época visigótica, en la época musulmana, en el medioevo, en la época contemporánea y reciente. Que con todos ellos podamos experimentar también nosotros que “en todo esto vencemos fácilmente por Aquel que nos amó” (Rm 8,37) y podamos presentar al mundo de hoy la belleza de la vida cristiana.

Saludo particularmente a Mons. Juan José Asenjo, mi hermano y amigo, que ha sido vuestro obispo en los últimos años, y que ahora es nuestro arzobispo metropolitano desde Sevilla y administrador apostólico de Córdoba. Os saludos a todos vosotros, queridos hermanos sacerdotes, mayores y jóvenes, que tenemos en san Juan de Ávila un estímulo permanente para arder en el amor a Cristo y en el celo por las almas. Y con los sacerdotes, a todos los seminaristas que se preparan al sacerdocio. Dichosos los que habéis sido llamados por el Señor y dichosos por haber respondido generosamente a esta vocación.

Saludo a todos los consagrados en los distintos y abundantes carismas que enriquecen nuestra diócesis, en la vida apostólica y en la vida contemplativa. Constituís una enorme riqueza para la vida de la Iglesia y de nuestra diócesis.

Os saludo, queridos fieles laicos, porque “vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13.14). Mi corazón se dirigen especialmente a los jóvenes, “porque habéis vencido al Maligno” (1Jn 2,13) y en san Pelayo y en el beato Bartolomé Blanco tenéis un referente de vida cristiana.

Presento mis respetos a las autoridades civiles, militares y culturales, tanto locales y provinciales de Córdoba, como autonómicas y estatales en Andalucía. Por todos ellos ruego “para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1Tm 2,2). Y ofrezco mi colaboración desde el Evangelio para el bien común de los cordobeses.

Mi saludo especial y mi cercanía para todos los que sufren por cualquier causa, por la enfermedad, por el paro, por el desamor, por la carencia de Dios. El Espíritu del Señor me ha ungido y me ha enviado para sanar los corazones afligidos. Que la Virgen de la Fuensanta nos preceda y acompañe. A todos, mi abrazo y mi afecto, mientras os bendigo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Hasta pronto:

+ Demetrio Fernández, obispo de Tarazona
y obispo electo de Córdoba

miércoles, 17 de febrero de 2010

ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA. SANTA CUARESMA A TODOS.



Así dice el Señor Dios:

«Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados.

Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino, como un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de Dios. Me piden sentencias justas, desean tener cerca a Dios».

«¿Para qué ayunar, si no haces caso?, ¿mortificarnos, si tú no te fijas?».

«Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces.

¿Es ése el ayuno que el Señor desea, para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?

El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne.

Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brótará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy».

Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.

El Señor te dará reposo permanente, en el desierto saciará tu hambre, hará fuertes tus huesos, serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña; reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre cimientos de antaño; te llamarán reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas».




Isaías 58, 1-12

jueves, 11 de febrero de 2010

LA ASCÉTICA SACERDOTAL: "LA GRANDEZA DEL SACERDOTE CONSISTE EN LA IMITACIÓN DE JESUCRISTO"


Hablar de San Juan María Vianney es recordar la figura de un sacerdote extraordinariamente mortificado que, por amor de Dios y por la conversión de los pecadores, se privaba de alimento y de sueño, se imponía duras disciplinas y que, sobre todo, practicaba la renuncia de sí mismo en grado heroico. Si es verdad que en general no se requiere a los fieles seguir esta vía excepcional, sin embargo, la Providencia divina ha dispuesto que en su Iglesia nunca falten pastores de almas que, movidos por el Espíritu Santo, no dudan en encaminarse por esta senda, pues tales hombres especialmente son los que obran milagros de conversiones. El admirable ejemplo de renuncia del Cura de Ars, «severo consigo y dulce con los demás», recuerda a todos, en forma elocuente e insistente, el puesto primordial de la ascesis en la vida sacerdotal.

Nuestro predecesor Pío XII, queriendo aclarar aún más esta doctrina y disipar ciertos equívocos, quiso precisar cómo era falso el afirmar «que el estado clerical —como tal y en cuanto procede de derecho divino— por su naturaleza o al menos por un postulado de su misma naturaleza, exige que sean observados por sus miembros los consejos evangélicos». Y el Papa concluía justamente: «Por lo tanto, el elegido no está obligado por derecho divino a los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia». Mas sería equivocarse enormemente sobre el pensamiento de este Pontífice, tan solícito por la santidad de los sacerdotes, y sobre la enseñanza constante de la Iglesia, creer, por lo tanto, que el sacerdote secular está llamado a la perfección menos que el religioso. La verdad es lo contrario, puesto que para el cumplimiento de las funciones sacerdotales «se requiere una santidad interior mayor aún que la exigida para el estado religioso». Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana. Por lo demás, con gran consuelo Nuestro, muy numerosos son hoy los sacerdotes generosos que lo han comprendido así, puesto que, aún permaneciendo en las filas del clero secular, acuden a piadosas asociaciones aprobadas por la Iglesia para ser guiados y sostenidos en los caminos de la perfección.

Persuadidos de que «la grandeza del sacerdote consiste en la imitación de Jesucristo», los sacerdotes, por lo tanto, escucharán más que nunca el llamamiento, del Divino Maestro: «Sí alguno quiere seguirme, renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga». El Santo Cura de Ars, según se refiere, había meditado con frecuencia esta frase de nuestro Señor y procuraba ponerla en práctica. Dios le hizo la gracia de que permaneciera heroicamente fiel; y su ejemplo nos guía aún por los caminos de la ascesis, en la que brilla con gran esplendor por su pobreza, castidad y obediencia.

Ante todo, observad la pobreza del humilde Cura de Ars, digno émulo de San Francisco de Asís, de quien fue fiel discípulo en la Orden Tercera . Rico para dar a los demás, mas pobre para sí, vivió con total despego de los bienes de este mundo y su corazón verdaderamente libre se abría generosamente a todas las miserias materiales y espirituales que a él llegaban. «Mi secreto —decía él — es sencillísimo: dar todo y no conservar nada» . Su desinterés le hacía muy atento hacia los pobres, sobre todo a los de su parroquia, con los cuales mostraba una extremada delicadeza, tratándolos «con verdadera ternura, con muchas atenciones y, en cierto modo, con respeto». Recomendaba que nunca se dejara atender a los pobres, pues tal falta sería contra Dios; y cuando un pordiosero llamaba a su puerta, se consideraba feliz en poder decirle, al acogerlo con bondad: «Yo soy pobre como vosotros; hoy soy uno de los vuestros». Al final de su vida, le gustaba repetir: «Estoy contentísimo; ya no tengo nada y el buen Dios me puede llamar cuando quiera».

Por todo esto podréis comprender, Venerables Hermanos, con qué afecto exhortamos a Nuestros caros hijos en el sacerdocio católico a que mediten este ejemplo de pobreza y caridad. «La experiencia cotidiana demuestra —escribía Pío XI pensando precisamente en el Santo Cura de Ars —, que un sacerdote verdadera y evangélicamente pobre hace milagros de bien en el pueblo cristiano». Y el mismo Pontífice, considerando la sociedad contemporánea, dirigía también a los sacerdotes este grave aviso: «En medio de un mundo corrompido, en el que todo se vende y todo se compra, deben mantenerse (los sacerdotes) lejos de todo egoísmo, con santo desprecio por las viles codicias de lucro, buscando almas, no dinero; buscando la gloria de Dios, no la propia gloria».

Queden bien esculpidas estas palabras en el corazón de todos los sacerdotes. Si los hay que legítimamente poseen bienes personales, que no se apeguen a ellos. Recuerden, más bien, la obligación enunciada en el Código de Derecho Canónico, a propósito de los beneficios eclesiásticos, de destinar lo sobrante para los pobres y las causas piadosas. Y quiera Dios que ninguno merezca el reproche del Santo Cura a sus ovejas: «¡Cuántos tienen encerrado el dinero, mientras tantos pobres se mueren de hambre!». Mas Nos consta que hoy muchos sacerdotes viven efectivamente en condiciones de pobreza real. La glorificación de uno de ellos, que voluntariamente vivió tan despojado y que se alegraba con el pensamiento de ser el más pobre de la parroquia, les servirá de providencial estímulo para renunciar a sí mismos en la práctica de una pobreza evangélica. Y si Nuestra paternal solicitud les puede servir de algún consuelo, sepan que Nos gozamos vivamente por su desinterés en servicio de Cristo y de la Iglesia.

Verdad es que, al recomendar esta santa pobreza, no entendemos en modo alguno, Venerables Hermanos, aprobar la miseria a la que se ven reducidos, a veces, los ministros del Señor en las ciudades o en las aldeas. En el Comentario sobre la exhortación del Señor al desprendimiento de los bienes de este mundo, San Beda el Venerable nos pone precisamente en guardia contra toda interpretación abusiva: «Mas no se crea —escribe— que esté mandado a los santos el no conservar dinero para su uso propio o para los pobres; pues se lee que el Señor mismo tenía, para formar su Iglesia, una caja... ; sino más bien que no se sirva a Dios por esto, ni se renuncie a la justicia por temor a la pobreza». Por lo demás el obrero tiene derecho a su salario; y Nos, al hacer Nuestra la solicitud de Nuestro inmediato Predecesor, pedimos con insistencia a todos los fieles que respondan con generosidad al llamamiento de los Obispos, con tanta razón preocupados por asegurar a sus colaboradores los convenientes recursos.

San Juan María Vianney, pobre en bienes, fue igualmente mortificado en la carne. «No hay sino una manera de darse a Dios en el ejercicio de la renuncia y del sacrificio —decía— y es darse enteramente». Y durante toda su vida practicó en grado heroico la ascesis de la castidad.

Su ejemplo en este punto aparece singularmente oportuno, pues en muchas regiones, por desgracia, los sacerdotes están obligados, a vivir, por razón de su oficio, en un mundo en el que reina una atmósfera de excesiva libertad y sensualidad. Y es demasiado verdadera para ellos la expresión de Santo Tomás de Aquino: «Es a veces muy difícil vivir bien en la cura de almas, por razón de los peligros exteriores». Añádase a ello que muchas veces se hallan moralmente solos, poco comprendidos y poco sostenidos por los fieles a los que se hallan dedicados. A todos, pero singularmente a los más aislados y a los más expuestos, Nos les dirigimos aquí un cálido llamamiento para que su vida íntegra sea un claro testimonio rendido a esta virtud que San Pío X llamaba «ornamento insigne de nuestro Orden». Y con viva insistencia, Venerables Hermanos, os recomendamos que procuréis a vuestros sacerdotes, en la mejor forma posible, condiciones de vida y de trabajo tales que sostengan su generosidad. Necesario es, por lo tanto, combatir a toda costa los peligros del aislamiento, denunciar las imprudencias, alejar las tentaciones de ocio o los peligros de exagerada actividad. Recuérdese también, a este propósito, las magníficas enseñanzas de Nuestro Predecesor en su encíclica Sacra Virginitas.

En su mirada brillaba la castidad, se ha dicho del Cura de Ars. En verdad, quien le estudia queda maravillado no sólo por el heroísmo con que este sacerdote redujo su cuerpo a servidumbre, sino también por el acento de convicción con que lograba atraer tras de sí la muchedumbre de sus penitentes. El conocía, a través de una larga práctica del confesionario, las tristes ruinas de los pecados de la carne: «Si no hubiera algunas almas puras —suspiraba— para aplacar a Dios.... veríais cómo éramos castigados». Y hablando por experiencia, añadía a su llamamiento esta advertencia fraternal: «¡La mortificación tiene un bálsamo y sabores de que no se puede prescindir una vez que se les ha conocido! ... ¡En este camino, lo que cuesta es sólo el primer paso!».

Esta ascesis necesaria de la castidad, lejos de encerrar al sacerdote en un estéril egoísmo, lo hace de corazón más abierto y más dispuesto a todas las necesidades de sus hermanos: «Cuando el corazón es puro —decía muy bien el Cura de Ars— no puede menos de amar, porque ha vuelto a encontrar la fuente del amor que es Dios». ¡Gran beneficio para la sociedad el tener en su seno hombres que, libres de las preocupaciones temporales, se consagran por completo al servicio divino y dedican a sus propios hermanos su vida, sus pensamientos y sus energías! ¡Gran gracia para la Iglesia los sacerdotes fieles a esta santa virtud! Con Pío XI, Nos la consideramos como «la gloria más pura del sacerdocio católico y como la mejor respuesta a los deseos del Corazón Sacratísimo de Jesús y sus designios sobre el alma sacerdotal». En estos designios del amor divino pensaba el Santo Cura de Ars, cuando exclamaba: «El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús» .

Del espíritu de obediencia del Santo son innumerables los testimonios, pudiendo afirmarse que para él la exacta fidelidad al promitto de la Ordenación fue la ocasión para una renuncia continuada durante cuarenta años. En efecto; durante toda su vida aspiró a la soledad de un santo retiro y la responsabilidad pastoral le fue carga demasiado pesada, de la que muchas veces intentó liberarse. Mas su obediencia total al Obispo fue todavía más admirable. Escuchemos, Venerables Hermanos, algunos testigos de su vida: «Desde la edad de quince años —dice uno de ellos— este deseo (de la soledad) estaba en su corazón, para atormentarlo y quitarle las alegrías de que hubiere podido disfrutar en su posesión»; pero «Dios no permitió —afirma otro— que pudiera realizar su designio, pues la divina Providencia quería indudablemente que, al sacrificar su propio gusto a la obediencia, el placer al deber, tuviese en ello Vianney una continua ocasión para vencerse a sí mismo». Y un tercero concluye que «Vianney continuó siendo Cura de Ars con una obediencia, ciega, hasta su muerte».

Esta sumisión total a la voluntad de sus Superiores era —justo es precisarlo bien— totalmente sobrenatural en sus motivos: era un acto de fe en la palabra de Cristo que dice a sus apóstoles: «Quien a vosotros oye, a mí me oye»; y para permanecer fiel a ello, continuamente se ejercitaba en renunciar a su voluntad, aceptando el duro ministerio del confesionario y todas las demás tareas cotidianas en las que la colaboración entre compañeros hace más fructuoso el apostolado.

Nos place presentar aquí esta rígida obediencia como ejemplo para los sacerdotes, con la confianza de que comprenderán toda su grandeza, logrando, el placer espiritual de ella. Mas si alguna vez estuvieran tentados a dudar de la importancia de esta virtud capital, hoy tan desconocida, sepan que en contra están las claras y precisas afirmaciones de Pío XII, quien aseveró que «la santidad de la vida propia, y la eficacia del apostolado se fundan y se apoyan, como sobre sólido cimiento, en el respeto constante y fiel a la sagrada Jerarquía». Y bien recordáis, Venerables Hermanos, la energía con que Nuestros últimos Predecesores denunciaron los grandes peligros del espíritu de independencia en el clero, así en lo relativo a la enseñanza doctrinal como en lo tocante a métodos de apostolado y a la disciplina eclesiástica.

Ya no queremos insistir más sobre este punto. Preferimos más bien exhortar a Nuestros hijos sacerdotes a que desarrollen en sí mismos el sentimiento filial de pertenecer a la Iglesia, nuestra Madre. Se decía del Cura de Ars que no vivía sino en la Iglesia y para la Iglesia, como, brizna de paja perdida en ardiente brasero. Sacerdotes de Jesucristo, estamos en el fondo del brasero animado por el fuego del Espíritu Santo; todo lo hemos recibido de la Iglesia; obramos en su nombre y en virtud de los poderes que ella nos ha conferido; gocemos de servirla mediante los vínculos de la unidad y al modo como ella desea ser servida.



Beato Juan XXIII
(SACERDOTII NOSTRI PRIMORDIA)

martes, 9 de febrero de 2010

EJEMPLOS QUE DEJAN CALLADO AL MUNDO: TIM TEBOW



Valiente testimonio el del jugador de fútbol americano Tim Tebow ante los periodistas que le pusieron a prueba. Intentaban mofarse de su declarada fe cristiana al preguntarle si "se reservaba para el matrimonio" y se quedaron sin palabras cuando el deportista, con toda naturalidad y, lo más importante, con una alegría sobrenatural, respondió afirmativamente, dejando perplejos a los medios hasta el punto que ya no sabían cómo continuar. Lo mejor llega cuando Tim responde: "Yo estaba preparado para esa pregunta, pero creo que ustedes no". Ejemplos valientes y decididos como este son abundantísimos hoy día, pero no todos salen por televisión. Gracias a Dios, sigue habiendo cristianos que no esconden su luz, sino que la ponen en el candelero para que alumbren a todos.

viernes, 5 de febrero de 2010

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2010



« La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo » (cf. Rm 3,21-22)



Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).

Justicia: “dare cuique suum”

Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).

¿De dónde viene la injusticia?

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?

Justicia y Sedaqad


En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?

Cristo, justicia de Dios


El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).


¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.


Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.


Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.


Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.


Vaticano, 30 de octubre de 2009


BENEDICTUS PP. XVI

jueves, 4 de febrero de 2010

DANOS, SEÑOR, PASTORES SANTOS




Oh Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, Fuente de vida, que por singular generosidad de tu dulcísimo Corazón nos has dado nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que tu gracia inspira en nuestras almas; te suplicamos: ven y ayúdalos con tu asistencia misericordiosa.

Sé en ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que tu palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de tu vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas.

Concédeles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen tu mayor gloria. Concédeles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en tus manos la tarea bien cumplida, dales, Jesús, Tú que fuiste su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos.

Amén.


S.S. Pío XII

lunes, 1 de febrero de 2010

"LA ENFERMEDAD ME HACE MÁS HUMANO"


Carlos Bravo, S.I. Carta a los amigos tras la operación de un tumor cerebral. México, abril 1995.


...No sé si lograré expresar adecuadamente todos los sentimientos que tengo y que apenas voy ordenando internamente. Sólo puedo decirles que la experiencia de mi enfermedad, dentro de lo desconcertante, va resultando profundamente humana y humanizante.

Con muchos de ustedes he tenido la oportunidad de compartir mi esperanza en un milagro, pero no de manera ingenua. Varias veces le he preguntado al Señor si es que ya se le acabaron los milagros de los tiempos antiguos. Espero poder mantener una actitud de confianza incondicional en Dios, suceda lo que suceda, y una esperanza con algo de reto al Señor o, si se quiere, con la terquedad de aquella viuda del evangelio que logró que el juez le hiciera justicia simplemente porque lo hartó. Yo siento que todavía me falta mucho para hartarlo. En eso espero la ayuda de ustedes: para que asaltemos el cielo.

Pero al mismo tiempo sin ponerle condiciones al Señor. Si algo me queda evidente, es que a Dios no podemos ponerle condiciones, pero no porque él se ponga sus moños, ni porque nos quiera hacer sufrir, sino porque en verdad él es el único que sabe de la vida en plenitud. Una comparación: el sol lo único que produce es luz; si hay sombra, no viene del sol, sino de algo que se interpone. Así con Dios: lo único que produce es vida; todo lo que frena o debilita la vida viene de otro lado, de nuestra propia debilidad, de nuestro propio pecado, de nuestra propia limitación. Y Dios lo que hace es confirmar nuestra debilidad para siempre con su fuerza resucitadora.

Esto para mí va siendo así como una evidencia. Y doy gracias a Dios por esta certeza que va generando en mi corazón. Pero esta esperanza no me disminuye en nada ni mi deseo de vivir todavía con ustedes, ni mi decisión de seguir luchando por la vida, que amo más que antes.
Sí ha habido momentos en los que se me ha hecho un hueco en el estómago. Momentos en los que me surge de dentro una pregunta que, cuando la pienso bien, me parece que esa pregunta ni se pregunta. Porque no tiene respuesta. ¿Por qué yo? Es que esa pregunta en el fondo sigue culpabilizando a Dios de lo que sucede. Y entonces caigo en la cuenta, desde lo más profundo de mi fe, de que no es Dios quien nos manda la muerte, sino quien, en nuestra muerte, está con nosotros, a nuestro lado, para que la vivamos con fe y con garbo, con profunda esperanza, incluso con profunda alegría.

Al ir pasando el tiempo, la rutina se va haciendo más pesada: los esfuerzos por mantener una misma tónica espiritual, y la misma incertidumbre sobre el futuro se hacen más dificultosos. Sin embargo, creo que si algo debo agradecer al Señor, es el hecho de mantenerme en una actitud esperanzada y disponible al mismo tiempo: ni le pongo condiciones al Señor, ni bajo las manos y me doy por vencido. No me ha sido fácil mantener esa doble actitud, pero creo que voy logrando una disponibilidad que me mantiene con las velas extendidas esperando sólo el rumbo que el Señor diga.

Esa es mi situación actual que he querido compartir con ustedes, con bastantes trabajos, pero también he creído como una obligación de gratitud expresarles mis sentimientos más hondos en estos momentos. Les agradezco su solidaridad y la compañía que he sentido de todos ustedes. Les agradezo también profundamente las oraciones que me han confortado en estos tiempos y que han sido una fuerza muy grande durante estos días.

(Carlos Bravo murió en México el día 29.10.97)