sábado, 5 de diciembre de 2009

«Seguiré comulgando», lamentable y escandalosa desobediencia.


Hay tres errores en un mismo comportamiento. Me estoy refiriendo a los políticos que han manifestado en los medios de comunicación su voluntad de seguir participando de la Eucaristía, a pesar de las manifestaciones de la Iglesia sobre la responsabilidad en que incurren quienes defienden el aborto y promueven mayores facilidades para practicarlo.

El error primero, y el más importante, es la actitud interior de desobediencia a la Iglesia, presentándose, simultáneamente, como cristianos practicantes. El segundo, es el hecho de proclamar públicamente y, en tono desafiante, su propósito de incumplir las normas morales de la Iglesia que debieron aprender desde niños en el catecismo. Suponiendo que sea cierto que viven el catolicismo del que alardean estos hermanos, deberían haber cultivado, profundizado y asumido firmemente a lo largo de la vida el sentido y la fuerza de la moral cristiana. Han tenido tiempo. Por este motivo, o su autosuficiencia es mayor, o su incoherencia es total. El tercero, es adoptar en público la postura manifestada en los medios de comunicación social, sabiendo que las gentes les reconocen, además, como políticos, como parlamentarios, cuya misión, entre otras, es procurar las leyes de obligado cumplimiento para lograr el orden y el bien común entre los ciudadanos.

Sorprende que estas mismas personas, exhibiendo su desobediencia interior y exterior a la Iglesia, de la que se manifiestan hijos salvo que hayan inventado una secta y se hayan apropiado sin derecho alguno del nombre que no les pertenece, sean defensores y protagonistas de una inflexible fidelidad de voto, y cerrados enemigos de la objeción de conciencia en casos verdaderamente graves. ¿Es posible que pasen por alto las palabras de la Sagrada Escriturar en las que S. Pedro nos enseña que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» ( Hch. 5, 29)? ¿O es que las desconocen? Quizás el profundo autoconvencimiento de su autoridad para establecer los perfiles de la verdad y del bien, y para definir los derechos humanos prescindiendo incluso de la ley natural (como si la humanidad comenzara con ellos), les obligue en conciencia a adoptar actitudes mesiánicas para cuya comprensión no estamos preparados los que queremos obedecer a la Iglesia.

Probablemente nuestra limitación esté en fundamentar nuestra conducta en una fe y en una cultura que no cuentan más que con dos mil años de historia, y que no parte de la democrática horizontalidad parlamentaria (muy sectorial, por cierto), sino de la palabra vertical de Dios manifestado en Jesucristo, de quien esos políticos a que nos referimos toman el nombre de cristianos.

Dichos fundamentos de fe y los criterios morales, nada caprichosos ni arbitrarios, que de ellos se desprenden, han permanecido por encima de ideologías, de sistemas políticos, de presiones sociales adversas, de constantes persecuciones de todo tipo, y de la abierta enemistad por parte de pretendidos profetas que no cuentan más que con el brillo instantáneo y pasajero de un flash demagógico que se agota en sí mismo.De todos modos, es posible que, a los preclaros ojos de los dichos personajes, estemos fundamentando nuestra moral sobre conceptos radicalmente equivocados en lo que se refiere al hombre, a la sociedad, al progreso, a la justicia, a la libertad y a la honestidad personal y social.

¿Será que semejante exhibición de autarquía por parte de los hermanos a quienes me estoy refiriendo se debe a su personal convencimiento de que poseen una sabiduría superior a la de la Iglesia en cuestiones de moral personal y social y, por ello, se consideran legítimos promotores de leyes y conductas más justas que las del Evangelio? ¿O es que el mal está en la interpretación que, del Evangelio, hace la Iglesia que obra por mandato de Jesucristo y animada por el Espíritu Santo en materia de fe y costumbres? ¿Ignoran u olvidan la expresión de Jesucristo referida a los Apóstoles fundamento de la Iglesia: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió» (Mt. 10, 40)? ¿O es que el poder les llega hasta el privilegio de reservar el derecho a la objeción de conciencia exclusivamente para ellos mismos? ¿Con qué derecho, con qué razón o por qué privilegio? ¿No somos todos iguales y con los mismos derechos?

Me llama seria y tristemente la atención el despotismo con que muchos actúan a favor de sí mismos y en contra de quienes piensan de forma distinta. ¿Es eso la tolerancia y la aceptación elegante de la diversidad en el seno de una sociedad democrática y plural? ¿Actuarían de este modo si no contaran con el apoyo de un laicismo militante, con los anhelos de una mentalidad permisiva, y con la esperanza de obtener votos de quienes desean la supresión de límites, normas y criterios que se opongan a su personal decisión en cada momento? ¿Actuarían de este modo si tuvieran que sufrir las consecuencias de fuerzas coercitivas y de sistemas represores externos que la Iglesia no posee y desea no poseer? ¿Dónde está la fe, la conciencia eclesial y el nivel moral de estas personas? No cabe duda de que tenemos que rezar mucho por ellos.

Los cristianos que nos sentimos deudores de obediencia a la Iglesia no nos sentimos mejores que nadie. Continuamente debemos implorar a la misericordia divina conscientes de nuestras debilidades y pecados. Pero una cosa es considerarse pecador y pedir humildemente perdón, y otra muy distinta, es enarbolar individualmente la bandera de la verdad y de la moral cristiana sin saber demasiado de ella.

Debemos luchar para que se vaya alcanzando en nuestra sociedad un nivel más elevado de coherencia interior y de solvencia pública. ¿Consentirían estas posturas de autosuficiencia en los hijos pequeños al interior de la propia familia? No vale justificarse aduciendo que los pequeños necesitan pautas ajenas que les orienten por el camino del bien dada su reducida capacidad de discernimiento. ¿Es que la sociedad y los miembros de la Iglesia estamos en esa situación de primera infancia?

Hay una gran necesidad de coherencia y una sobrada autosuficiencia, alimentada por el ansia de la propia satisfacción y por la equivocada conciencia de lo que son los auténticos derechos humanos y la esencia de la fe cristiana y de la identidad de la Iglesia. Por ello aprovecho la ocasión para reiterar mi constante llamada a la formación cristiana. De lo contrario, podemos caer inconscientemente en un subjetivismo reinante en la sociedad y que deriva, entre otros factores, del abandono de la referencia a Dios como Verdad objetiva y plena, trascendente y universal.

Es necesario pensar y concluir con el rigor de la razón, ayudada de la luz de la fe. Fuera de ello, es posible exigir y ejercer toda la dureza posible con quienes desobedecen las normas de respeto a la propiedad privada, por ejemplo, cuando unos padres de familia, sin culpa suya o sin posible alternativa, se ven forzados por el hambre propia, de su esposa y de sus hijos, por el desahucio que le priva de un legítimo techo donde cobijarse en el frío invierno, y por el oscuro futuro que amenaza con prolongar la tremenda situación de verse privados de trabajo. No digo que no haya que procurar el orden social y el respeto a la propiedad privada. Pero pregunto, ¿es más importante obedecer a los intereses considerados legítimos por los hombres y desobedecer a Dios y a su Iglesia?


Mons. García Aracil
Arzobispo de Mérida- Badajoz

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