miércoles, 11 de noviembre de 2009

A MÍ ME LO HICISTEIS...

Busca Cristo un alma donde poder entrar con los suyos. Por eso, cuando preparamos nuestro corazón con las diversas virtudes para acogerle a él o a los suyos, lo estamos ya recibiendo a él mismo como peregrino en la casa de nuestro corazón, disponiéndole una sala grande, arreglada y adornada para acoger a Cristo, peregrino en el mundo, y, con él, a todos sus discípulos. De hecho, damos acogida dentro de nosotros a aquellos cuyas palabras aceptamos; y, a través de ellos, al mismo Cristo, cuya palabra nos transmiten.

Del mismo modo, en aquellos que son débiles en la fe o en el ejercicio de cualquier obra buena, o bien en aquellos que se escandalizan, es Cristo mismo el que es débil o que sufre escándalo, como él mismo dice a Pedro, animado aún por criterios humanos: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar. Y también todos sus amados discípulos se hacen débiles con los débiles y, junto con ellos, reciben el escándalo, pues afirman: ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? Y si sus discípulos se hacen débiles con los débiles, ¡cuánto más el Salvador, que los ha creado! Porque quien siente una mayor compasión para con los hombres enfermos, experimenta también con mayor violencia cómo se le encoge el corazón ante tales enfermedades.

Así pues, cuando visitamos a alguno de nuestros hermanos débiles, y con nuestras reflexiones, reprensiones, consuelos o con la plegaria o bien con una obra buena lo hemos inducido a mejorar en Cristo, hemos visitado al mismo Cristo y lo hemos reconfortado en su enfermedad. Actuando de este modo, reconfortamos asimismo a los demás discípulos de Cristo, débiles con su misma debilidad.

Y no creas que sea blasfemo afirmar que Cristo es débil. Porque es verdad que Cristo fue crucificado por su debilidad, a impulsos de su misericordia, y cargó con nuestras enfermedades, al igual que todos sus discípulos. Ademas, todo este mundo es como una cárcel para Cristo y para aquellos que le pertenecen. Vayamos, por tanto, a los que, como encadenados en esta morada, se hallan como en una prisión y sufren en este mundo como oprimidos por las estrecheces de una cárcel. Así pues, cada vez que nos dirigimos a ellos y les prodigamos toda clase de obras buenas, es como si les hubiéramos visitado en la cárcel y, en ellos, visitásemos al mismo Cristo.

Pero veamos si estas cosas, entendidas de manera más genérica, no son para nosotros una exhortación a cualquier expresión de bondad y a la realización de cuanto hay de laudable, y poder de este modo conseguir la bendición prometida: «Venid vosotros, benditos de mi Padre».

Entonces los justos contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre?», y no porque no recuerden lo que hicieron, sino proclamándose indignos, por humildad, de la alabanza que sus obras buenas merecen. Pero él, queriendo demostrarles cómo sufre en los suyos, declara hallarse personalmente envuelto en los sufrimientos de sus hermanos: Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.


Orígenes,
Comentario sobre el evangelio de san Mateo
(PG 13, 1715-1716)

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