domingo, 29 de noviembre de 2009

¡MARANATHÁ! ¡VEN, SEÑOR JESÚS!


Justo es, hermanos, que celebréis con toda devoción el Adviento del Señor, deleitados por tanta consolación, asombrados por tanta dignación, inflamados con tanta dilección. Pero no penséis únicamente en la primera venida, cuando el Señor viene a buscar y a salvar lo que estaba perdido, sino también en la segunda, cuando volverá y nos llevará consigo. ¡Ojalá hagáis objeto de vuestras continuas meditaciones estas dos venidas, rumiando en vuestros corazones cuánto nos dio en la primera y cuánto nos ha prometido en la segunda!

Ha llegado el momento, hermanos, de que el juicio empiece por la casa de Dios. ¿Cuál será el final de los que no han obedecido al evangelio de Dios? ¿Cuál será el juicio a que serán sometidos los que en este juicio no resucitan? Porque quienes se muestran reacios a dejarse juzgar por el juicio presente, en el que el jefe del mundo este es echado fuera, que esperen o, mejor, que teman al Juez quien, juntamente con su jefe, los arrojará también a ellos fuera. En cambio nosotros, si nos sometemos ya ahora a un justo juicio, aguardemos seguros un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Entonces los justos brillarán, de modo que puedan ver tanto los doctos como los indoctos: brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

Cuando venga el Salvador transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, a condición sin embargo de que nuestro corazón esté previamente transformado y configurado a la humildad de su corazón. Por eso decía también: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Considera atentamente en estas palabras que existen dos tipos de humildad: la del conocimiento y la de la voluntad, llamada aquí humildad del corazón. Mediante la primera conocemos lo poco que somos, y la aprendemos por nosotros mismos y a través de nuestra propia debilidad; mediante la segunda pisoteamos la gloria del mundo, y la aprendemos de aquel que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo; que buscado para proclamarlo rey, huye; buscado para ser cubierto de ultrajes y condenado al ignominioso suplicio de la cruz, voluntariamente se ofreció a sí mismo.


San Bernardo de Claraval,
Sermón 4 en el Adviento del Señor
(1, 3-4: Opera omnia, edit. cister. 4, 1966, 182-185)

miércoles, 11 de noviembre de 2009

A MÍ ME LO HICISTEIS...

Busca Cristo un alma donde poder entrar con los suyos. Por eso, cuando preparamos nuestro corazón con las diversas virtudes para acogerle a él o a los suyos, lo estamos ya recibiendo a él mismo como peregrino en la casa de nuestro corazón, disponiéndole una sala grande, arreglada y adornada para acoger a Cristo, peregrino en el mundo, y, con él, a todos sus discípulos. De hecho, damos acogida dentro de nosotros a aquellos cuyas palabras aceptamos; y, a través de ellos, al mismo Cristo, cuya palabra nos transmiten.

Del mismo modo, en aquellos que son débiles en la fe o en el ejercicio de cualquier obra buena, o bien en aquellos que se escandalizan, es Cristo mismo el que es débil o que sufre escándalo, como él mismo dice a Pedro, animado aún por criterios humanos: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar. Y también todos sus amados discípulos se hacen débiles con los débiles y, junto con ellos, reciben el escándalo, pues afirman: ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? Y si sus discípulos se hacen débiles con los débiles, ¡cuánto más el Salvador, que los ha creado! Porque quien siente una mayor compasión para con los hombres enfermos, experimenta también con mayor violencia cómo se le encoge el corazón ante tales enfermedades.

Así pues, cuando visitamos a alguno de nuestros hermanos débiles, y con nuestras reflexiones, reprensiones, consuelos o con la plegaria o bien con una obra buena lo hemos inducido a mejorar en Cristo, hemos visitado al mismo Cristo y lo hemos reconfortado en su enfermedad. Actuando de este modo, reconfortamos asimismo a los demás discípulos de Cristo, débiles con su misma debilidad.

Y no creas que sea blasfemo afirmar que Cristo es débil. Porque es verdad que Cristo fue crucificado por su debilidad, a impulsos de su misericordia, y cargó con nuestras enfermedades, al igual que todos sus discípulos. Ademas, todo este mundo es como una cárcel para Cristo y para aquellos que le pertenecen. Vayamos, por tanto, a los que, como encadenados en esta morada, se hallan como en una prisión y sufren en este mundo como oprimidos por las estrecheces de una cárcel. Así pues, cada vez que nos dirigimos a ellos y les prodigamos toda clase de obras buenas, es como si les hubiéramos visitado en la cárcel y, en ellos, visitásemos al mismo Cristo.

Pero veamos si estas cosas, entendidas de manera más genérica, no son para nosotros una exhortación a cualquier expresión de bondad y a la realización de cuanto hay de laudable, y poder de este modo conseguir la bendición prometida: «Venid vosotros, benditos de mi Padre».

Entonces los justos contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre?», y no porque no recuerden lo que hicieron, sino proclamándose indignos, por humildad, de la alabanza que sus obras buenas merecen. Pero él, queriendo demostrarles cómo sufre en los suyos, declara hallarse personalmente envuelto en los sufrimientos de sus hermanos: Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.


Orígenes,
Comentario sobre el evangelio de san Mateo
(PG 13, 1715-1716)

domingo, 1 de noviembre de 2009

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS



¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.

El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes; para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.

El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordarnos que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con él. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.

Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.



San Bernardo de Claraval,
Sermón 2 (Opera omnia, ed. Cister. 5, 1968, 364-368)