martes, 29 de septiembre de 2009

SANTOS ARCÁNGELES MIGUEL, GABRIEL Y RAFAEL


Hay que saber que el nombre de «ángel» designa la función, no el ser del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles.

Por esto, a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría.

Por la misma razón, se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y, así, Miguel significa: «¿Quién como Dios?», Gabriel significa: «Fortaleza de Dios», y Rafael significa: «Medicina de Dios».

Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando, al fin del mundo, será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se trabó una batalla con el arcángel Miguel.

A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: «Fortaleza de Dios», porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas.

Rafael significa, como dijimos: «Medicina de Dios»; este nombre le viene del hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con razón es llamado «Medicina de Dios».


San Gregorio Magno,
Homilía 34 sobre los evangelios
(8-9 PL 76, 1250-1251)

miércoles, 23 de septiembre de 2009

SAN PÍO DE PIETRELCINA


Oh María,
madre dulcísima de los sacerdotes,
mediadora de todas las gracias,
desde el profundo amor de mi corazón
te ruego, te suplico, te conjuro,
que le des gracias hoy, mañana, siempre,
a Jesús
por el don inestimable
de los cincuenta años de mi sacerdocio.
Jesús,concédeme el perdón
de mis pecados, negligencias y omisiones,
dame la gracia
de perdonar y perseverar,
bendice con abundancia
a mis superiores y a todos mis hermanos,
haz que los Grupos de Oración sean
faros de luz y de amor en el mundo.
Oh María,
madre y salud de los enfermos,
haz que florezca tu
Casa di Sollievo della Sofferenza,
otorga al mundo desolado la verdadera paz,
a la Iglesia católica
el triunfo de Tu Hijo.




Padre Pío Da Pietrelcina, Capuchino
en recuerdo de sus Bodas de oro sacerdotales.
Benevento, 10-8-1910
San Giovanni Rotondo, 10-8-1960
(Texto de la estampa conmemorativa)

domingo, 20 de septiembre de 2009

VOX POPULI MARIAE MEDIATRICI


Dice el adagio latino: “Vox populi, vox Dei”. La voz del pueblo es la voz de Dios. Y es verdad, pero es preciso saber que lo que se oye es verdaderamente la voz del pueblo de Dios, expresada en las sanas tradiciones que llegan desde los antepasados y es transmitida de padres a hijos.

Expresamente desechamos aquí la opinión impuesta por los medios de comunicación social y otros, a veces de forma perversa y frecuentemente usada para logros de poder en la política mal entendida, o para servir a intereses económicos. En estos casos la opinión es de las “masas”, concepto opuesto al de pueblo.

La Iglesia escucha la voz del pueblo, o las voces de los pueblos, es decir, lo que dicen los cristianos en sus familias y comunidades centradas en Cristo: “Vox populi, vox Dei”.

En la última década del siglo que hemos dejado, surgió en la Iglesia un movimiento esencialmente espiritual, que vive de oración, en torno a Jesús Sacramentado y consagrado al Inmaculado Corazón de María. Ese movimiento pujante y entusiasta, se llamó “Vox populi Mariae Mediatrici”-“La voz del pueblo: María es Mediadora”.

La voz del pueblo es la voz de Dios. Pues bien, la voz del pueblo cristiano, que llega de todas las generaciones pasadas, y que hoy se hace oír con especial fervor, dice que María es Mediadora, lo que significa que es Corredentora y Abogada, tres títulos que son como tres facetas de un mismo diamante.

Monseñor Alfredo Mario Espósito Castro CMF, que prologa este libro, nos hace notar que el pedido de un dogma nace en el pueblo fiel, y tiene un proceso ascendente: llega primero a los sacerdotes, luego a los obispos y por fin al Sumo Pontífice.

Así se desarrolló el proceso del quinto dogma mariano: nació en el pueblo, su portavoz el Dr. Mark Miravalle, que si bien es un prominente teólogo, es un padre de familia. Su empuje fue acompañado por otros y así se enviaron ya 6 millones de peticiones al Santo Padre. Acompañaron religiosos, religiosas, sacerdotes. Los obispos suman más de 500, entre los cuales hay 40 cardenales. Todos piden –pedimos- la proclamación como dogma de María Corredentora, Medianera de todas las Gracias y Abogada del Pueblo de Dios.

El Dr. Mark Miravalle preside “Vox Populi Mariae Mediatrici”. No se trata de una asociación en el sentido corriente de la palabra, se trata de un gran movimiento eclesial, que une a obispos, sacerdotes y fieles de los cinco continentes que ruega con fervor a Dios y al Santo Padre ese honor para María, que sería una gracia inmensa para la Iglesia y la humanidad.

Mark Miravalle ha escrito el libro “María Corredentora, Mediadora, Abogada” - “Dedicado al Papa Juan Pablo II y los obispos de la Iglesia Universal”, que recorrió el mundo, suscitando el apoyo decidido y entusiasta de pastores de todas partes. El prólogo fue su mayor aval teológico, ya que lo hizo el Cardenal Luigi Ciappi OP, teólogo papal de los últimos cinco Sumos Pontífices: Pío XII, el Beato Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, gloriosamente reinante.

Una segunda parte lleva el subtítulo: “Fundamentos Teológicos II – papales, pneumatológicos, ecuménicos”. Más adelante difundió un fervoroso alegato mariano: “El dogma y el Triunfo” (del Inmaculado Corazón de María) y últimamente nos llegó el volumen “Discernimientos Contemporáneos sobre un Quinto Dogma Mariano, María Corredentora, Mediadora y Abogada, Fundamentos Teológicos III” en el que intervienen cardenales, teólogos, científicos, diplomáticos y hasta un pastor protestante.

Como símbolo identificatorio de este movimiento realmente providencial se ha tomado “La Pietá” de Miguel Ángel. Esa inigualable obra de arte aparece encabezando todas las publicaciones del movimiento. Quien la mira comprende que ante Ella, la Corredentora, sólo cabe un emocionado y agradecido silencio.

El Papa ha dialogado repetidas veces con el Presidente de Vox Populi, lo ha bendecido y ha bendecido el movimiento.

Vox Populi ha realizado varias conferencias internacionales en Roma y prosigue alentando encuentros regionales y nacionales.

Misas, Rosarios, adoraciones al Santísimo, oraciones y sacrificios se ofrecen en todo el mundo por la proclamación del dogma.
Las cartas de adhesión de los obispos son conmovedoras, fervorosas, entusiastas. Esas cartas y los boletines de Vox Populi alientan a perseverar en la gran causa de María, la del triunfo de Su Corazón Inmaculado.

Transcribimos a modo de símbolo sólo dos , la de los obispos de Haarlem – Ámsterdam y la de la Madre Teresa de Calcuta:

Hace más de cincuenta años – durante la segunda guerra mundial en 1943 – los obispos holandeses publicaron una carta importante sobre la consagración del país al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María, y sobre su lugar en los planes de Salvación de Dios. El episcopado lo hizo explicando porqué y en qué sentido los títulos de “Corredentora”, “Mediadora de Gracias” y “Abogada” deberían ser atribuidos a nuestra Señora.

De acuerdo con nuestros predecesores, nosotros, el obispo y el obispo auxiliar de Haarlem-Ámsterdam, queremos subrayar la importancia esencial que tiene el que la verdad total y la profundidad plena de nuestra salvación, sea traída a la conciencia de la gente de nuestro tiempo:

Cristo, el Hijo encarnado del Padre, el nuevo Adán, quien es el único y solo mediador entre Dios y el Hombre.

María, la Inmaculada Concepción por la gracia de Dios, habiendo sido llamada a ser la Hija del Padre, la Esposa del Espíritu Santo, la Madre del Hijo, y la asociada a Cristo como la nueva Eva en la historia de la salvación del hombre.

Su tarea fue: preparar el camino para la Redención a través de su libre consentimiento, participar en el trabajo de la Redención a través de su libre cooperación en el Sacrificio de su hijo, y distribuir las gracias de la Redención al convertirse la concreta y universal Madre de toda la humanidad, Mujer y Señora de todos los Pueblos.

Especialmente en nuestro tiempo, cuando tanta gente está confundida sobre su origen y su destino, sobre su dignidad como seres humanos, y sobre la verdadera naturaleza de ser hombre o mujer, pensamos que es de gran importancia que el significado de la misión de la Santísima Virgen María sea reconocida por la Iglesia de la manera más directa. Los tres títulos Marianos de “Corredentora”, “Mediadora” y “Abogada” deben ser especialmente clarificados en su preciso significado y proclamados dogmáticamente, de tal manera que alienten a los fieles en su devoción hacia su Madre Celestial.

Firman: el Obispo de Haarlem, Monseñor Henrik Bomers, y el Obispo Auxiliar, Monseñor Joseph Marianus Punt, el 2 de mayo de 1997.


Si hay alguien que pudo ser reconocida indiscutiblemente como representante del pueblo de Dios ante el Vicario de Cristo, fue la Madre Teresa de Calcuta; ella pidió el dogma el 14 de agosto de 1993 con esta carta:

María es nuestra Corredentora con Jesús.
Ella le dio su cuerpo y sufrió con Él al pie de la cruz.
María es la Mediadora de Todas las Gracias.
Ella nos dio a Jesús y como nuestra Madre nos obtiene todas las gracias.
María es nuestra Abogada que reza a Jesús por nosotros.
Sólo a través del Corazón de María podemos llegar al Corazón Eucarístico de Jesús.
La definición papal de María como Corredentora, Mediadora y Abogada, traerá grandes gracias a la Iglesia.
Todo por Jesús a través de María.

Madre Teresa, MC.



Giorgio Sernani
(Del libro "Los dogmas de María.
Las piedras más preciosas de su corona")

miércoles, 16 de septiembre de 2009

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO...


- Padre nuestro que estás en el cielo...
- Sí...
- No me interrumpas. Estoy rezando. Padre nuestro que estás en el cielo...
- ¿Ves? Otra vez...
- ¿Otra vez qué?
- Me has llamado. Has dicho: “Padre nuestro que estás en el cielo”. Aquí estoy; ¿Qué tienes en la cabeza?
- Pero yo no quería decir nada con eso. Yo estaba ... ya sabes, simplemente rezando mis oraciones del día. Yo siempre rezo el Padrenuestro. Me hace sentir bien, algo así como cumplir un deber.
- Bueno... Sigue.
- “Santificado sea tu nombre”...
- Un momento. ¿ Que quieres decir con eso?
- ¿Con que?
- Con “Santificado sea tu nombre”
- Quiere decir... quiere decir... caramba, yo no sé lo que quiere decir. ¿Cómo debo saberlo? Esto es parte de la oración... Oye, ¿qué quiere decir?.
- Significa que sea honrado, reconocido y venerado por todos los hombres a través de sus palabras y sus obras, y que sea invocado como fuente de salvación.
- Oye, esto tiene sentido. Yo nunca pensé lo que significaba “Santificado sea tu nombre”... Bueno, déjame continuar, que no acabaré nunca...“Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
- ¿Quieres decir esto de verdad?.
- Claro, ¿Porqué no?.
- ¿Qué haces para ello?
- ¿Hacer? Nada, me imagino, solo pienso que sería fenomenal que tu tuvieras control sobre todo lo de aquí abajo como lo tienes por ahí arriba.
- ¿Tengo control sobre ti?
- Bueno, yo voy a misa.
- Eso no es lo que te he preguntado. ¿Que tal esa envidia que sientes?.¿ Y tu mal genio?. Desde luego ahí tienes en problema, ¿sabes? ¿Y que me dices de tu egoísmo? ¿Todo para ti? ¿Y que tal con las cosas que ves por televisión?
- Deja de meterte conmigo. Yo soy tan bueno como el resto de los que van a la iglesia.
- Perdona, yo pensaba que estabas rezando para que se hiciera mi voluntad. Si esto tiene que ocurrir tendrá que empezar por los que me lo están pidiendo. Como tú, por ejemplo.
-Sí... está bien. Creo que tengo algunos defectos; en realidad me gustaría quitarlos, líbrarme de ellos. Me gustaría ¿Sabes?, ser realmente libre.
-¡Bien! Ahora estamos llegando realmente a algo. Trabajaremos juntos tú y Yo. Algunas victorias pueden ser grandes. Estoy orgulloso de tí.
- Mira señor, vamos a terminar. Esto se está haciendo mucho más largo de lo normal...
- Adelante.
- “Danos hoy nuestro pan de cada día”
- ¿Cuál pan me pides? ¿El que te doy Yo o el que te da el panadero? Del primero te hace falta,... del segundo, te sobra por ahora.
- ¡Oye, un minuto! ¿Qué es esto de criticar mi día? Aquí estaba yo haciendo mi deber religioso, de repente te metes en medio y me recuerdas todos mis defectos... Orar es algo peligroso.
- Hacer oración te puede transformar, ¿sabes? Esto es lo que estoy intentando hacerte ver. Tú llamas y aquí estoy. Es un poco tarde para detenernos ahora. Sigue rezando; estoy interesado en la parte siguiente de tu oración.
- Tengo miedo de seguir...
- ¿Miedo? ¿Miedo de qué? Ya sé lo que dirás. Prueba y verás.
- “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
- ¿Qué me dices de Pepito?
- ¡Ves, lo sabía ! Sabía que lo nombrarías. ¿Por qué, Señor? Él... ha dicho mentiras de mi. He jurado que me las pagará.
- Pero, ¿y tu oración, qué?
- No sé...
- No se está muy bien llevando ese peso de amargura que llevas.
- No. Pero me sentiré mucho mejor cuando me las pague.
- Perdona a Pepito. Entonces te perdonaré yo a tí y habrás tranquilizado tu corazón.
- Pero Señor, no puedo perdonar a Pepito.
- Entonces yo tampoco puedo perdonarte a tí.
- Está bien. Tienes razón. Siempre la tienes y más que mi revancha con Pepito quiero estar bien contigo... está bien... está bien... lo perdono. Ayúdale a encontrar el camino recto en la vida, Señor. Va camino a ser muy desgraciado, ahora que pienso esto, cualquiera que vaya por ahí haciendo a los demás las cosas que él hace, tiene que estar mal de la cabeza. De algún modo alguna vez, muéstrale el camino recto.
- Así es, muy bien. Ahora dime, ¿como te sientes?
- Bueno, no muy mal, no mal del todo. En realidad me encuentro bastante bien. Sabes, yo creo que no tengo que ir a la cama intranquilo esta noche por primera vez desde hace mucho tiempo. A lo mejor no estaré tan cansado a partir de esta noche por no descansar lo suficiente.
- Todavía no has terminado tu oración. Sigue.
- Está bien... “Y no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”.
- ¡Estupendo! ¡Estupendo! Lo haré. Solamente no te pongas en un sitio donde puedas ser tentado.
- ¿Que quieres decir con eso?
- Deja de ir con aquellos que no te convienen. Cambia alguna de tus amistades.. algunos de los llamados amigos no te hacen bien. Te tendrán metidos en asuntos difíciles y escabrosos dentro de poco tiempo, no seas tonto. Ellos anuncian que lo están pasando bien pero pueden ser tu ruina. Siempre estaré a tu lado, pero no me "regatees".
- No te entiendo.
- Claro que me entiendes. Lo has hecho muchas veces. Estás metido de lleno en una situación peligrosa, te metes en un lío, y entonces vienes corriendo mi, rezando: “Señor ayúdame a salir de este jaleo y te prometo que no lo haré más”. ¿Te acuerdas de alguno de estos regateos?
- Si... y me da vergüenza... Lo siento, Señor. De verdad que lo siento. Hasta ahora pensaba que si rezaba podía hacer lo que quisiera. Yo nunca esperé que las cosas pasaran como pasaron.
- Continúa, termina tu oración.
- “Tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre”. Amén
- ¿Sabes lo que me da gloria? ¿Qué es lo que realmente me agrada?
- No, pero me gustaría saberlo. Yo quiero agradarte ahora. Veo el jaleo que he armado con mi vida, ahora veo lo bueno que sería si yo fuese uno de tus seguidores.
- Acabas de contestar mi pregunta.
- ¿Si?
- Si, lo que me daría gloria es tener gente como tú que de verdad me amase. Veo lo que está ocurriendo entre nosotros. Ahora que esos pecados han salido fuera no hay que decir cuánto podemos hacer juntos.
- Señor, veamos lo que puedes hacer conmigo, ¿vale?
- Si, hijo.
- “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Amén. Buenas noches, Señor.
- Buenas noches, hijo mío.

lunes, 14 de septiembre de 2009

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ



En efecto, toda la perfección cristiana consiste:
1. En querer ser santo: El que quiera venirse conmigo,
2. En abnegarse: Que reniegue de sí mismo,
3. En padecer: Que cargue con su cruz
4. En obrar: Y me siga.

1. «El que quiera venirse conmigo»

El que quiera. Y no los que quieran, para indicar el reducido número de los elegidos que quieren conformarse a Jesucristo llevando la cruz. Es tan limitado, tan limitado este número, que, si lo conociéramos, quedaríamos pasmados de dolor.

Es tan reducido, que apenas si hay uno por cada diez mil -como fue revelado, a varios santos, entre ellos a San Simón Estilita, según refiere el santo abad Nilo después de San Efrén, San Basilio y otros más-. Es tan reducido, que, si Dios quisiera agruparlos, tendría que gritarles, como en otro tiempo, por boca de un profeta: Congregaos uno a uno; uno de esta provincia, otro de aquel país.

El que quiera. El que tenga voluntad sincera, voluntad firme y resuelta. Y esto no por instinto natural, rutina, egoísmo, interés o respeto humano, sino por la gracia triunfante del Espíritu Santo, que no se comunica a todos: No a todos ha sido dado conocer el misterio. El conocimiento práctico del misterio de la cruz se comunica a muy pocos. Para que alguien suba al Calvario y se deje crucificar con Jesucristo, en medio de los suyos, es necesario que sea un valiente, un héroe, un decidido, un amigo de Dios; que haga trizas al mundo y al infierno, a su cuerpo y a su propia voluntad; un hombre resuelto a sacrificarlo todo, emprenderlo y padecerlo todo por Jesucristo.

Sabed, queridos Amigos de la Cruz, que aquellos de entre vosotros que no tienen tal determinación andan sólo con un pie, vuelan sólo con un ala y no son dignos de estar entre vosotros, pues no merecen llamarse Amigos de la Cruz, a la que hay que amar, como Jesucristo, con corazón generoso y de buena gana. Una voluntad a medias -lo mismo que una oveja sarnosa- basta para contagiar todo el rebaño. Si una de éstas hubiera entrado en el redil por la falsa puerta de lo mundano, echadla fuera en nombre de Jesucristo, como al lobo de entre las ovejas.

El que quiera venirse conmigo, que me humillé y anonadé tanto que parezco más gusano que hombre: Yo soy un gusano, no un hombre (Salmo 22,7); conmigo, que vine al mundo solamente para abrazar la cruz: Aquí estoy para enarbolarla en medio de mi corazón, en las entrañas; para amarla desde mi juventud: la quise desde muchacho; para suspirar por ella toda mi vida: ¡Qué más quiero!; para llevarla con alegría, prefiriéndola a todos los goces y delicias del cielo y de la tierra: En vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz (Heb 12,2); conmigo, finalmente, que no encontré el gozo colmado sino cuando pude morir en sus brazos divinos.

2. «Que reniegue de sí mismo»

El que quiera, pues, venirse conmigo, anonadado y crucificado en esta forma, debe, a imitación mía, gloriarse sólo en la pobreza, las humillaciones y padecimientos de mi cruz: que reniegue de sí mismo.

¡Lejos de la compañía de los Amigos de la Cruz los que sufren orgullosamente, los sabios según el siglo, los grandes genios y espíritus agudos, henchidos y engreídos de sus propias luces y talentos! ¡Lejos de aquí los grandes charlatanes, que aman mucho el ruido, sin otro fruto que la vanidad! ¡Lejos de aquí los devotos orgullosos, que hacen resonar en todas partes el «en cuanto a mí» del orgulloso Lucifer: No soy como los demás: que no pueden soportar que los censuren, sin excusarse; que los ataquen, sin defenderse; que los humillen, sin ensalzarse!

¡Mucho cuidado! No admitáis en vuestras filas a esas personas delicadas y sensuales que rehuyen la menor molestia, que gritan y se quedan ante el más leve dolor, que jamás han experimentado los instrumentos de penitencia -cadenilla, cilicio, disciplina, etc.- y que mezclan a sus devociones, según la moda, la más solapada y refinada sensualidad y falta de mortificación.

3. «Que cargue con su cruz»

Que cargue con su cruz. ¡La suya propia! Que ese tal, ese hombre, esa mujer excepcional que toda la tierra no alcanzaría a pagar, cargue con alegría, abrace con entusiasmo y lleve con valentía sobre sus hombros la propia cruz y no la de otro: -la cruz, que mi Sabiduría le fabricó con número, peso y medida; -la cruz cuyas dimensiones: espesor, longitud, anchura y profundidad, tracé por mi propia mano con extraordinaria perfección; -la cruz que le he fabricado con un trozo de la que llevé al Calvario, como fruto del amor infinito que le tengo; -la cruz, que es el mayor regalo que puedo hacer a mis elegidos en este mundo; -la cruz, constituida, en cuanto a su espesor, por la pérdida de bienes, las humillaciones, menosprecios, dolores, enfermedades y penalidades espirituales que, por permisión mía, le sobrevendrán día a día hasta la muerte; -la cruz, constituida, en cuanto a su longitud, por una serie de meses o días en que se verá abrumado de calamidades, postrado en el lecho, reducido a mendicidad, víctima de tentaciones, sequedades, abandonos y otras congojas espirituales; -la cruz, constituida, en cuanto a su anchura, por las circunstancias más duras y amargas de parte de sus amigos, servidores o familiares; -la cruz, constituida, por último, en cuanto a su profundidad, por las aflicciones más ocultas con que le atormentaré, sin que pueda hallar consuelo en las criaturas. Estas, por orden mía, le volverán las espaldas y se unirán a mí para hacerle sufrir.

Que cargue. Que la cargue: que no la arrastre, ni la rechace, ni la recorte, ni la oculte. En otras palabras, que la lleve con la mano en alto, sin Impaciencia ni repugnancia, sin quejas ni criticas voluntarias, sin medias tintas ni componendas, sin rubor ni respeto humano.

Que la cargue. Que la lleve estampada en la frente, diciendo como San Pablo: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme más que de la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal. 6,14), mi Maestro.

Que la lleve a cuestas, a ejemplo de Jesucristo, para que la cruz sea el arma de sus conquistas y el cetro de su imperio.

Por último, que la plante en su corazón por el amor, para transformarla en zarza ardiente, que día y noche se abrase en el puro amor de Dios, sin que llegue a consumirse.

La cruz. Que cargue con la cruz, puesto que nada hay tan necesario, tan útil, tan dulce ni tan glorioso como padecer algo por Jesucristo.


San Luis María Grignión de Montfort
(Carta a los Amigos de la Cruz)

jueves, 10 de septiembre de 2009

LA SANTÍSIMA VIRGEN, EL SECRETO DE LOS SANTOS.


Si honrar a María Santísima, es necesario a todos los hombres para alcanzar su salvación, lo es mucho más a los que son llamados a una perfección particular. Creo personalmente que nadie puede llegar a una íntima unión con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro.

Sólo María halló gracia delante de Dios, sin auxilio de ninguna creatura. Sólo por Ella han hallado gracia ante Dios cuantos después de Ella la han hallado y sólo por Ella la encontrarán cuantos la hallarán en el futuro.

Ya estaba llena de gracia cuando la saludó el arcángel San Gabriel.

María quedó sobreabundantemente llena de gracia, cuando el Espíritu Santo la cubrió con su sombra inefable. Y siguió creciendo de día en día y de momento en momento en esta doble plenitud de tal manera que llegó a un grado inmenso e incomprensible.

Por ello, el Altísimo le ha constituido tesorera única de sus tesoros y única dispensadora de sus gracias para que embellezca, levante y enriquezca a quien Ella quiera; introduzca, a pesar de todos los obstáculos, por la angosta senda de la vida a quien Ella quiera; y dé el trono, el cetro y la corona regia a quien Ella quiera-Jesús es siempre y en todas partes el fruto y el Hijo de María y María es en todas partes el verdadero árbol que lleva el fruto de vida y la verdadera Madre que lo produce.

Sólo a María ha entregado Dios las llaves que dan entrada a la intimidad del amor divino y el poder de dar entrada a los demás por los caminos más sublimes y secretos de la perfección.

Sólo María permite la entrada en el paraíso terrestre a los pobres hijos de la Eva infiel para pasearse allí agradablemente con Dios, esconderse de sus enemigos con seguridad, alimentarse deliciosamente sin temer ya a la muerte del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia del bien y del mal, y beber a boca llena las aguas celestiales de la hermosa fuente que allí mana en abundancia. Mejor dicho, siendo Ella misma este paraíso terrestre o esta tierra virgen y bendita de la que fueron arrojados Adán y Eva pecadores, permite entrar solamente a aquellos a quienes le place para hacerlos llegar a la santidad.

De siglo en siglo, pero de modo especial hacia el fin del mundo, todos los "ricos del pueblo suplicarán tu rostro". San Bernardo comenta así estas palabras del Espíritu Santo: los mayores santos, las personas más ricas en gracia y virtud son los más asiduos en rogar a la Santísima Virgen y contemplarla siempre como el modelo perfecto a imitar y la ayuda eficaz que les debe socorrer.

He dicho que esto acontecerá especialmente hacia el fin del mundo y muy pronto porque el Altísimo y su Santísima Madre han de formar grandes santos que superarán en santidad a la mayoría de los otros santos cuanto los cedros del Líbano exceden a los arbustos. Así fue revelado a un alma santa, cuya vida escribió de Renty.

Estos grandes santos, llenos de gracia y dinamismo, serán escogidos por Dios para oponerse a sus enemigos, que bramarán por todas partes. Tendrán una excepcional devoción a la Santísima Virgen, quien les esclarecerá con su luz, les alimentará con su leche, les sostendrá con su brazo y les protegerá, de suerte que combatirán con una mano y construirán con la otra. Con una mano combatirán, derribarán, aplastarán a los herejes con sus herejías, a los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con sus idolatrías y a los pecadores con sus impiedades. Con la otra edificarán el templo del verdadero Salomón y la mística ciudad de Dios, es decir, la Santísima Virgen, llamada precisamente por los Padres, Templo de Salomón y Ciudad de Dios.

Con sus palabras y ejemplos atraerán a todos a la verdadera devoción a María. Esto les granjeará muchos enemigos, pero también muchas victorias y gloria para Dios solo. Así lo reveló Dios a Vicente Ferrer, gran apóstol de su siglo, como lo consignó claramente en uno de sus escritos.


San Luis María Grignion de Montfort,
Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

PASTORA, DIVINA PASTORA...


En toda esta dura jornada de la vida he tenido muy cerquita de mí a María; mi dulce Madre del Cielo. ¡Qué gentil pero firme pastora ha sido para guiar mis pasos! Nunca permite que sienta compasión de mí mismo.

Aunque no es un título, éste de pastora, que se aplica tradicionalmente a María, sin embargo, el papel que María desempeña en la Iglesia y en la vida de los cristianos tiene mucho parecido con el oficio del pastor: cuidar, defender, mantener en el redil de la Iglesia a todas las ovejas a ella, madre y pastora, encomendadas. No más de medio siglo atrás era frecuente encontrar esa escena entrañablemente humana del pastor al frente o en medio de su rebaño de ovejas. El pastor que caminaba delante de ellas o que se encontraba descansando, plácidamente, sobre su cayado. El pastor es símbolo del hombre vigilante que, con ojo avizor, está atento a su rebaño. Con mucha frecuencia, en el Antiguo Testamento, Dios se llama a sí mismo pastor de Israel y así gusta ser llamado. Una de sus tristezas es ver a su pueblo que está como ovejas sin pastor. El pastor conoce a las ovejas y cuida de ellas; el pastor camina delante de ellas para llevarlas hasta las buenas pasturas. En definitiva, el pastor vive para sus ovejas y está dispuesto a afrontar todos los riesgos para que no se pierda ninguna oveja de su rebaño.

María cuidó de su único “Cordero”. María presidía y estaba en medio del primer rebaño cuando el Pastor se fue al “redil definitivo”. Y María no se ha desentendido de su tarea de cuidar de todas las ovejas que formamos parte del redil de la Iglesia. María tiene, por tanto, esa función de ser pastora.

En primer lugar, es pastora porque es madre del buen pastor y porque se preocupa de que el rebaño en general y cada una de las ovejas en particular vivan dentro de la grey de su Hijo: la Iglesia.

María es pastora porque realiza muchas de las funciones del pastor, sobre todo defiende al rebaño. Así se refleja en una de las primeras plegarias con la cual el pueblo cristiano se ha dirigido a María: “Bajo tu amparo nos acogemos...; líbranos de todo peligro”. “Sé la compañera de viaje -decía el monje Pedro, obispo de Argos, en el siglo XI- de quien está en camino y sé navegante para quien está en alta mar”.

Cuando se invoca a María como madre de los desamparados o refugio de los pecadores, se nos sugiere esa preocupación de María de ir en busca de la oveja perdida. María les llama con su voz maternal para que regresen al redil y puedan escuchar la voz del Pastor.

Ella es la pastora que toma en sus brazos a las ovejas necesitadas: consoladora de los afligidos, auxilio de los cristianos.

Pedidle a María que, cuando tengamos la debilidad de apartarnos del redil, ella, como dulce pastora, nos lleve de su mano y nos devuelva a su Hijo.

Porque tengo confianza en todas tus riquezas, María, te suplico que conduzcas a este tu rebaño a los pastos de la salvación, mediante la experiencia que posee el que cuida de un rebaño.

Tú sabes muy bien cuan necesitado estoy.

Que nunca suceda que una fiera dañina arremeta contra el rebaño y que ninguna de mis ovejas caiga en ningún peligro espiritual.

Por lo tanto, te pido que seas tú la que me gobierne a mí, como pastor, que seas tú la que proteja el rebaño de toda asechanza.

Que seas tú la que dirijas hacia la inmortalidad a los que peregrinan en este mundo para que allí podamos también gozar de tu protección por la gracia y el amor hacia todos los hombres de tu Hijo primogénito, nuestro Señor Jesucristo. (León VI el Sabio, homilía en la Anunciación.)

jueves, 3 de septiembre de 2009

ARROJARSE EN LOS BRAZOS DE DIOS


Supongo, por ejemplo, que un cristiano se ha liberado de todas las ilusiones del mundo por sus reflexiones y por las luces que ha recibido de Dios, que reconoce que todo es vanidad, que nada puede llenar su corazón, que lo que ha deseado con las mayores ansias es a menudo fuente de los pesares más mortales; que apenas si se puede distinguir lo que nos es útil de lo que nos es nocivo, porque el bien y el mal están mezclados casi por todas partes, y lo que ayer era lo más ventajoso es hoy lo peor; que sus deseos no hacen más que atormentarle, que los cuidados que toma para triunfar le consumen y algunas veces le perjudican, incluso en sus planes, en lugar de hacerlos avanzar; que, al fin y al cabo, es una necesidad el que se cumpla la voluntad de Dios, que no se hace nada fuera de su mandato y que no ordena nada a nuestro respecto que no nos sea ventajoso.

Después de percibir todo esto, supongo también que se arroja a los brazos de Dios como un ciego, que se entrega a Él, por decirlo así, sin condiciones ni reservas, resuelto enteramente a fiarse a Él en todo y de no desear nada, no temer nada, en una palabra, de no querer nada más que lo que Él quiera, y de querer igualmente todo lo que Él quiera; afirmo que desde este momento esta dichosa criatura adquiere una libertad perfecta, que no puede ser contrariada ni obligada, que no hay ninguna autoridad sobre la tierra, ninguna potencia que sea capaz de hacerle violencia o de darle un momento de inquietud.

Pero, ¿no es una quimera que a un hombre le impresionen tanto los males como los bienes? No, no es ninguna quimera; conozco personas que están tan contentas en la enfermedad como en la salud, en la riqueza como en la indigencia; incluso conozco quienes prefieren la indigencia y la enfermedad a las riquezas y a la salud.

Además no hay nada más cierto que lo que os voy a decir: Cuanto más nos sometamos a la voluntad de Dios, más condescendencia tiene Dios con nuestra voluntad. Parece que desde que uno se compromete únicamente a obedecerle, Él sólo cuida de satisfacernos: y no sólo escucha nuestras oraciones, sino que las previene, y busca hasta el fondo de nuestro corazón estos mismos deseos que intentamos ahogar para agradarle y los supera a todos.

En fin, el gozo del que tiene su voluntad sumisa a la voluntad de Dios es un gozo constante, inalterable, eterno. Ningún temor turba su felicidad, porque ningún accidente puede destruirla. Me lo represento como un hombre sentado sobre una roca en medio del océano; ve venir hacia él las olas más furiosas sin espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a romperse a sus pies; que el mar esté calmo o agitado, que el viento impulse las olas de un lado o del otro, sigue inalterable porque el lugar donde se encuentra es firme e inquebrantable.

De ahí nace esa paz, esta calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre igual que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.



"El Abandono confiado a la Divina Providencia".

martes, 1 de septiembre de 2009

REINA DE NUESTRAS ALMAS


Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía, en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor.

Así pues, durante su vida mortal, gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente san Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le hubiese encomendado su Madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su Reina, éstos a su Señora, y unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.

Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes, inundada como estaba por el mar inagotable de los carismas divinos, derramaba en abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que superaban a las de cualquiera otra criatura. Daba la salud a los cuerpos y el remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la Madre del Señor lo que deseaban.

Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, la Esposa, Madre del Esposo único, suave y agradable, llena de delicias, como una fuente de los jardines espirituales, como un pozo de agua viva y vivificante, que mana con fuerza del Líbano divino, desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras, hacía derivar ríos de paz y torrentes de gracia celestial. Por esto, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el Rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del Salmista, que decía al Señor: De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.


San Amadeo de Lausana,
Homilía 7 (SC 72, 188.190.192. 200)