lunes, 9 de marzo de 2009

SERES INVISIBLES



Me impresiona pensar que los hombres nos morimos sin llegar siquiera a conocer a docenas y centenares de personas que han sido fundamentales en nuestra vida, sin que llegásemos a sospecharlo. Escribo esto porque ayer me encontré con una religiosa que me saludó y me dijo: «Usted no me conoce, pero yo le conozco muy bien: soy una de las religiosas josefinas de la Trinidad que atendíamos la cocina del seminario de Astorga. Ya cuando usted era un chiquillo.»

Los recuerdos se amontonaron entonces en mi cabeza. Sí, allá al fondo del refectorio veíamos alguna vez a las monjas pasando con perolas humeantes, como medio escondiéndose, porque en aquellos tiempos era casi un pecado que los seminaristas viésemos una presencia femenina. Y, en un momento, entendí lo oscuro y lo hermoso de su tarea. Eran, aquellos, los que llamábamos los «años del hambre» cuando, en la primera posguerra, era un milagro encontrar comida cada día para los cuatrocientos seminaristas que éramos. Y pienso que tal vez ellas debieron de sentir alguna vez hasta dudas vocacionales, pensando si se habían hecho monjas para pelar patatas y cocer garbanzos.


Y, sin embargo, el seminario funcionaba gracias a ellas. Los profesores explicaban. Los muchachos estudiábamos. Y nadie se enteraba de que un alto porcentaje de nuestra tranquila felicidad se la debíamos a ellas. Eran «las invisibles». Pero utilísimas. Yo hoy me pregunto qué parte de mi sacerdocio les debo a aquellas desconocidas religiosas.


La verdad es que el mundo está lleno de seres invisibles, sin los cuales no podríamos ni vivir. No sabemos quién elabora el pan que comemos, quién alimenta la calefacción que nos defiende del frío, qué sudores cuesta el pescado que tenemos sobre la mesa, quién elaboró el lenguaje que hablamos, qué cura nos bautizó, quién fue el maestro que nos enseñó a escribir, cuáles son los periodistas que no firman y hacen la mayor parte de los periódicos que leemos, qué obreros elaboraron esta misma página que yo firmo, pero ellos multiplicaron en el taller. Son «los invisibles». Son, también, los imprescindibles. El mundo no se sostendría sin ellos.


Cada uno de nosotros cree haber construido él su propia vida. Pero la mayor parte de lo que somos ha sido sostenido por otros seres, los más, desconocidos. Un personaje de Pirandello se volvía a los espectadores y les preguntaba: «Vosotros, ¿creéis vivir? No es cierto: remasticáis la vida de los muertos.» Es exacto: el hombre es, ante todo, un heredero. Yo debo altísimos porcentajes de mi sensibilidad a los escritores, a los músicos, a los poetas que la alimentaron. Las calles por las que piso las trazaron seres a los que no conozco. Las mismas ideas que expreso no son sino el jugo de los autores que leí y estudié. Hay todo un ejército de seres -importantes y menos importantes, ilustres y menos ilustres- que sostienen el andamiaje de nuestra existencia. A los más, nunca les veremos o serán una sombra al fondo de nuestras horas como aquellas religiosas que yo sólo vislumbré al fondo del refectorio en mis años estudiantiles.


Por eso, hoy, que me doy cuenta, quiero desde aquí dar las gracias a todos los que me amaron sin que yo llegara siquiera a enterarme.


J. L. Martín Descalzo
(Del libro "Razones para el amor")

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