jueves, 12 de marzo de 2009

CREO EN EL DIOS EN EL QUE CREE LA IGLESIA


“Trajes a medida”. Es fácil encontrar este rótulo en algunas tiendas de ropa. Un Cristo a medida… a medida de nuestra situación personal, de nuestros criterios, de nuestros gustos… Es lo mejor para una gran mayoría de nuestros cristianos: lo que menos problemas da. Elaborar mi propio credo: con aquello que me gusta y me preocupa, eliminando todo aquello que me disgusta o denuncia. Creo en Dios, creo en Jesucristo, pero no creo en la Iglesia.... Parece progre…, pero huele a rancio y pasado de fecha.


CREO EN EL JESUCRISTO, EN EL DIOS EN EL QUE CREE LA IGLESIA


Sí, lo sé. Es políticamente incorrecto decir esto hoy. Pero es algo de lo que estoy convencido. Uno de los grandes teólogos del s. XX, Henri de Lubac, llegó a decir: “Jesús está vivo para nosotros. Pero ¿en medio de qué arenas movedizas se habría perdido, no ya su memoria y su nombre, sino su influencia viva, la acción de su evangelio y la fe en su persona divina, sin la continuidad visible de su Iglesia?... Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula”. Sin la Iglesia, lo más fácil es descafeinar el mensaje de Jesús, sus palabras. Es cierto que nos gustan a veces sus imprecaciones: “¡Raza de víboras!”, “¡Sepulcros blanqueados!”, sobre todo cuando son para arrojarlas a otros, claro está, no para aplicárnoslas a nosotros mismos. ¡Cómo nos gusta la escena de la expulsión de los mercaderes del Templo siempre y cuando la aplicamos a lo que nos gusta llamar “estructuras de poder” de la Iglesia, y no a las estructuras de pecado que directamente gobiernan en nuestro corazón! ¡Cómo nos gusta meter la tijera en los evangelios y quitar de en medio palabras “incómodas” de Jesús! ¡Qué fácil es hacer una lectura “selectiva” del evangelio! Nadie puede negar, sin equivocarse radicalmente, que Cristo fue un verdadero revolucionario en su época, un “adelantado” en su trato con la mujer, con los pecadores, con los más pobres y marginados de la sociedad… Pero el que pronunció las bienaventuranzas, también lanzó sus ayes; quien habló y vivió la misericordia para con el pecador arrepentido, supo señalar el pecado con una fuerza desconcertante (adulterio, escándalo, hipocresía, …), sin respetos humanos, sin frases políticamente correctas.

Decía el Papa Benedicto XVI, cuando todavía era cardenal: “yo estoy en la iglesia porque creo que hoy como ayer e independientemente de nosotros, detrás de «nuestra iglesia» vive «su iglesia» y no puedo estar cerca de él si no es permaneciendo en su iglesia. Yo estoy en la iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino «suya». En términos muy concretos: es la iglesia la que no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora”. Yo no quiero creer en un Dios a medida, por eso creo en el Dios que me entrega la Iglesia, mi madre. No quiero un credo personal: siempre lo haré a medida de mis necesidades. Es la única que me asegura que no me busco a mí en los evangelios, que no los he amoldado a mí. No creo en la “automedicación” evangélica: o terminamos con escrúpulos o sin reconocer nuestra enfermedad. Creo en un Cristo entero, no parcial. Un Cristo que me interpela, que me llama a la conversión, que me saca de mi mismo, de mis criterios… que me pone delante la verdad, que es la única que me hace libre. Sin censura: diciendo lo que me gusta y lo que no me gusta oír. Por eso, creo en el Jesús, creo en el Dios en el que cree la Iglesia.



P.V.C.

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