miércoles, 25 de febrero de 2009

MIÉRCOLES DE CENIZA




El ayuno agradable a Dios


Así dice el Señor Dios:

«Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados.

Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino, como un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de Dios. Me piden sentencias justas, desean tener cerca a Dios».

«¿Para qué ayunar, si no haces caso?, ¿mortificarnos, si tú no te fijas?».

«Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces.

¿Es ése el ayuno que el Señor desea, para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?

El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne.

Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: "Aquí estoy".

Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.

El Señor te dará reposo permanente, en el desierto saciará tu hambre, hará fuertes tus huesos, serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña; reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre cimientos de antaño; te llamarán reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas».


Isaías 58, 1-12

domingo, 22 de febrero de 2009

CÁTEDRA DE SAN PEDRO


El beatísimo Pedro, príncipe del colegio apostólico, por ser el primero que confesó al Señor, fue constituido piedra de la Iglesia y custodio de las llaves del reino. Se le impone el nombre por su profesión de fe; se le confiere el título en razón del poder otorgado, cuando mereció escuchar de labios del Señor: Y yo te digo, es decir, como el Padre te ha revelado mi divinidad, así yo doy a conocer tu excelencia, porque tú eres Pedro, mientras que yo soy la piedra inamovible, la piedra angular, que he hecho de los dos pueblos una sola cosa. Yo soy el cimiento fuera del cual nadie puede colocar otro, pero tú también eres piedra, porque te apoyas en mi fortaleza, de modo que los poderes que me son propios, los comparto contigo por participación. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Sobre esta roca —dice— levantaré un templo para la eternidad y de esta firmeza de fe se alzará hacia el cielo la sublimidad de mi Iglesia.

Contra esta confesión nada podrán los poderes del infierno ni las cadenas de la muerte la amordazarán. Esta voz es voz de vida y así como eleva hasta el cielo a sus confesores, arroja al infierno a sus negadores. Por eso se le dice al beatísimo Pedro: Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

¡Oh inestimable e inmensa bondad! Que un hombre todavía en la tierra tenga poder sobre los cielos. Mirad, desde ahora y a una indicación de Pedro, se abren las puertas del reino de Dios. El recibió de Cristo las llaves del reino del cielo. ¡Oh qué remedio tan eficaz y tan al alcance de la mano! El mundo tiene a su alcance el reino de Dios, con sólo recurrir a Pedro. Puso a Pedro, el portero del cielo, para que le representara en la tierra, a fin de que a nadie le resultara difícil el acceso al cielo.

Estos poderes pasaron, es verdad, a los demás apóstoles y la institución de este decreto se fue transmitiendo más tarde a los sucesivos jefes de la Iglesia. Y sin embargo, no sin motivo se confía a uno, lo que a todos iba destinado. Se le confía singularmente a Pedro, porque la conducta de Pedro es presentada como modelo a todos los responsables de la Iglesia.

Inminente ya la pasión, y sabiendo el Señor que la constancia de los discípulos iba a ser sometida a dura prueba, le dijo a Pedro: Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos. El riesgo de ser tentados de cobardía era igualmente compartido por todos los apóstoles y todos necesitaban por igual de la protección divina; y sin embargo el Señor asume especialmente el cuidado de Pedro y pide concretamente por la fe de Pedro, como si la situación de los demás estuviera asegurada, mientras permaneciera invicto el ánimo del príncipe de los apóstoles.

En Pedro se fortalece la constancia de los demás, y la economía de la gracia divina se dispone de manera que, la firmeza que Cristo confiere a Pedro, de Pedro la reciben los demás apóstoles.

San Odón de Cluny,
Sermón 1 (PL 133, 712-713)

miércoles, 18 de febrero de 2009

QUE LA CRUZ SEA TU GOZO TAMBIÉN EN TIEMPO DE PERSECUCIÓN



Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo motivo de gloria es la cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que también sabía de ello: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Cristo.

Fue, ciertamente, digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento recobrara la vista en Siloé; pero, ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue algo grande y preternatural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto; pero este beneficio lo afectó a él únicamente, pues, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo estaban muertos por el pecado? Fue cosa admirable el que cinco panes, como una fuente inextinguible, bastaran para alimentar a cinco mil hombres; pero, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo se hallaban atormentados por el hambre de la ignorancia? Fue maravilloso el hecho de que fuera liberada aquella mujer a la que Satanás tenía ligada por la enfermedad desde hacía dieciocho años; pero, ¿de qué nos sirvió a nosotros, que estábamos ligados con las cadenas de nuestros pecados?

En cambio, el triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.

Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos de ella. Porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para nosotros salvación. Para los que están en vías de perdición es necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre.

En otro tiempo, aquel cordero sacrificado por orden de Moisés alejaba al exterminador; con mucha más razón, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo nos librará del pecado. Si la sangre de una oveja irracional fue signo de salvación, ¿cuánto más salvadora no será la sangre del Unigénito?

El no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dice: Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Tengo poder para entregar mi vida y tengo poder para recuperarla. Fue, pues, a la pasión por su libre determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba a obtener, gozoso por la salvación de los hombres; al no rechazar la cruz, daba la salvación al mundo. El que sufría no era un hombre vil, sino el Dios humanado, que luchaba por el premio de su obediencia.

Por lo tanto, que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de persecución has de tener la misma confianza; de lo contrario, serías amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias que te otorga la munificencia de tu rey; cuando sobrevenga la lucha, pelea denodadamente por tu rey.

Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú, ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti? No eres tú quien le haces un favor a él, ya que tú has recibido primero; lo que haces es devolverle el favor, saldando la deuda que tienes con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota.




San Cirilo de Jerusalén,
Catequesis 13
(1.3.6.23: PG 33, 771-774.779.799.802)

lunes, 16 de febrero de 2009

Con esperanza o sin esperanza.


Creo haber repetido muchas veces en las páginas de este «cuaderno» que, en mi opinión, la gran crisis que atraviesa nuestro mundo no es tanto, como suele decirse, una crisis de fe o de moral cuanto de esperanza. Tal vez por ello me he esforzado desde hace ya dos años y medio en estos comentarios por hablar de esas vertientes esperanzadas del mundo de las que nadie habla.

Y me llega hoy, precisamente, la carta de una amiga de Valencia que, como otras tantas, me dice que «su único pecado es la desesperanza». ¿Qué moral -se pregunta-«puede inculcar a sus hijos que se hacen mayores al lado de la violencia y de la permisividad total? ¿Cómo puede dar lo que no tiene? Puede dar amor, pero el amor desesperanzado es menos amor».

No sólo esta señora, sino millones de personas podrían firmar estas líneas. Te levantas cada mañana con ganas de luchar y difundir alegrías y pronto viene el mundo con la rebaja y un nuevo atentado, una más cruel violencia te obliga a preguntarte si no habremos regresado ya a las cavernas, si el mundo tiene todavía salvación, si no es cierto que la audacia, la desfachatez o la crueldad de unos pocos es capaz de arruinar el esfuerzo constructivo de generaciones y generaciones que lucharon por mejorar al hombre.

¿Y qué hacer? ¿Tirar la toalla y hundirnos en el pesimismo y la desesperanza? Espero que se me siga permitiendo continuar gritando que «en el hombre hay muchos más motivos de admiración que de desprecios, que en este tiempo brilla mucho más el mal que el bien, porque «la hierba crece de noche» o que, incluso si viviéramos en un mundo absolutamente cerrado a la esperanza, nuestro deber de seguir luchando por mejorarlo seguiría siendo el mismo.

Quisiera seguir hablando, sobre todo, de la «pequeña esperanza». Porque siempre he temido que el mayor enemigo de la esperanza fuera precisamente la ilusión y la ingenuidad. Y que en ningún caso en éste se hiciera verdadera la afirmación de que «lo mejor es enemigo de lo bueno».

Porque muchos abandonan su lucha por la esperanza simplemente porque no pueden lograrla al ciento por ciento. La seguirían, en cambio, si aceptasen humildemente construir cada día una chispita de esperanza, un uno por ciento o un medio por ciento de mejoría de la realidad.

Hace tiempo que yo convertí en uno de los lemas de mi vida el «realismo pequeño» de Santa Teresa. Recuerdo, por ejemplo, aquella ocasión en la que la santa de Ávila se entera de la catástrofe que para la Iglesia ha supuesto la reforma luterana. Al conocerlo no se pone Teresa a gritar contra el mundo, no condena a nadie, no clama que todo está perdido, no sueña volver el mundo al revés. Comenta, sencillamente: «Determiné hacer eso poquito que yo puedo y es en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo.»

Esa es la clave: «eso poquito que yo puedo y es en mí». Nadie nos pide que cambiemos el mundo. Lo que de nosotros se espera es que aportemos «ese poquito» que podemos, no más.

Por eso yo creo que contra la desesperanza no hay más que una medicina: la decisión y la tozudez. Ahora que ya estamos todos de acuerdo en que el mundo es un asco, vamos a ver si cada uno barre un poquito su propio corazón y los tres o cuatro corazones que hay a su lado. El día en que nos muramos, tal vez el mundo siga siendo un asco, pero lo será, gracias a nosotros, un poco menos.

Contra la desesperanza no hay más que un tratamiento: hacerse menos preguntas y trabajar más.

Pero ¿cómo trabajar sin esperanza? ¿El amor desesperanzado no es menos amor, no será un amor amargo? Si amásemos lo suficiente sabríamos dos cosas: que todo amor es, a la corta o a la larga, invencible. Y que, en todo caso, el que ama de veras no se pregunta nunca el fruto que va a conseguir amando. El verdadero amante ama porque ama, no «porque» espere algo a cambio. ¡Buenos estaríamos los hombres si Dios hubiera amado solamente a quienes harían fructificar su amor!

Mejorar el mundo, ayudar al hombre es nuestro deber. Y debemos marchar hacia él, con luz o a ciegas. Repitiendo el «porque aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera».

Pero es que, además, sabemos que «poquito a poquito» irá avanzando el mundo. Y que nosotros no podremos abolir el odio o la violencia. Pero que nadie podrá impedirnos barrer la puerta de nuestro corazón.


J. L. Martín Descalzo
(del libro "Razones para la alegría")

martes, 10 de febrero de 2009

LAS HOJAS NUEVAS


Una amiga me escribe preguntándome por mi yuca. Y añade: «Yo tengo encima de mi mesa una pequeña planta de la que brotan también hojitas pequeñas como signo de Esperanza. Y son nuevas, recién estrenadas, sin las manchas o el deterioro que el tiempo causó a las que ya son adultas... Son tan bonitas como un niño recién nacido, como una esperanza de Resurrección.»

Las palabras de mi amiga me conmueven porque al principio de su carta me ha contado el otro rostro de su verdad: «Estoy empezando a aprender esta nueva vida a la que todavía no acabo de acostumbrarme: ir de la cama a la silla de ruedas ... ; depender hasta en lo más íntimo (todavía no controla sus esfínteres) de los demás; tener un cuerpo en continua protesta, sin lograr identificarme con él; sentir mi cabeza con dolor de cabeza y "borrachera" que no me permite ni los trabajos manuales, ni el escribir con claridad en ocasiones. Muchas veces lo pregunto a Dios: ¿Por qué?, como Job. Otras veces leo el salmo 51. Y pasan los días en este misterio que Dios quiso para mí, en el que unas veces lloro, otras disimulo y otras soporto mejor todo, y es cuando aprovecho para escribir.»

Me emocionan esas tres palabras que mi amiga ha escrito con mayúsculas -Misterio, Esperanza, Resurrección- que parecen ser el verdadero resumen de su alma.

Ante el misterio del dolor, yo me inclino y me quedo mudo. Daría cualquier cosa por poder darle a un enfermo las razones de lo que le ocurre. Cambiaría todo lo que sé por poder levantar durante unos minutos el velo de esos porqués que torturan a tantos hermanos míos. Pero confieso que aún me asombra más -y me maravilla- ese otro misterio de la esperanza humana: ¿qué es lo que hace que a pesar de todo, del dolor, de la violencia, de este miserable mundo en que parecemos vivir, nadie, nunca, haya podido destruir esa pequeña planta, que siempre brota hojas nuevas, que nace con sólo un rayo de sol, que ilumina una vida con sólo unos pocos botones que le han nacido, a la planta que tenemos encima de una mesa?

Yo sé que, en el caso de mi amiga, esa esperanza brota de la fe en Alguien que resucitó antes de nosotros. Pero sé también que toda esperanza es sagrada, que todo el que en algún rincón del mundo logra subirse a la grupa de sus propios dolores, está demostrando la «calidad» del hombre, la llama viva que late dentro de nosotros.

Por eso en mis artículos lo veréis: no me asusta ni el dolor ni la muerte, no me angustian las dificultades ni los fracasos. Me aterra sólo la mediocridad, la estupidez, la cobardía de quienes se arrinconan en su propio corazón, mendigando piedad a los demás, cuando con su solo coraje podrían recibir la única limosna que verdaderamente cura.

La esperanza está ahí. Nos rodea. Crece encima de nuestra mesa, arde en hojas nuevas cada primavera, cada otoño, cada invierno. Tal vez baste con no golpearse la cabeza contra el misterio, mirar a lo lejos y descubrir esa siempre posible Resurrección.


J. L. Martín Descalzo
(del libro "Razones para el amor")

viernes, 6 de febrero de 2009

MANOS UNIDAS. VIERNES 6 DE FEBRERO: DÍA DEL AYUNO VOLUNTARIO


¡¡¡DECLARAMOS LA GUERRA AL HAMBRE!!!


El viernes 6 de febrero, Manos Unidas celebra en toda España el Día del Ayuno Voluntario, que en esta ocasión cobra especial relevancia porque en 2009 se cumplen 50 años desde que un grupo de mujeres de Acción Católica iniciara la primera campaña contra el hambre al grito de “Declaramos la guerra al hambre”.


Cumplimos años cuando las cifras de hambrientos no paran de aumentar, cuando el número de pobres se sitúa en 1.400 millones de personas y cuando todos los ojos están puestos en una crisis financiera mundial que en unos años no será más que un mal recuerdo para los más poderosos, mientras que se habrá convertido en una trampa de la que los más vulnerables tardarán mucho tiempo en escapar.


Todos los que formamos Manos Unidas sabemos que el único obstáculo insuperable en la lucha contra el hambre sería creer que la victoria es imposible. Por ello, invitamos a los españoles a movilizarse y solidarizarse con los millones de personas para quienes comer no es una cuestión de horario ni de apetencia, sino un ejercicio diario de supervivencia.


Porque acabar con el hambre es un “imperativo moral” apelamos, una vez más, a la generosidad del pueblo español con los:


- 1.400 millones de pobres
- 963 millones de hambrientos. El 90% padece hambre crónica
- 2.000 millones de personas que sufren hambre oculta (carencias de micronutrientes)
- 20 millones de niños que están en peligro de muerte por desnutrición severa
- 178 millones de niños menores de 5 años que sufren retrasos del crecimiento por falta de alimentación adecuada


Las campanas de muchas iglesias y catedrales repicarán ese día para recordarnos que ganar la batalla al hambre es posible. COMBATIR EL HAMBRE, PROYECTO DE TODOS.

martes, 3 de febrero de 2009

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2009


Puede parecer algo pronto, pero es que ya está muy cerca este tiempo fuerte de la Iglesia que es la Cuaresma, en el que nos prepararemos para la Pascua del Señor. Y, como todos los años, el Papa nos instruye, sostiene y exhorta para que vivamos ese tiempo de especial conversión como corresponde. ¡Que aproveche!


Pincha aquí para descargar:





lunes, 2 de febrero de 2009

LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO DIOS EN EL TEMPLO Y LA PURIFICACIÓN DE NUESTRA SEÑORA. LA CANDELARIA O FIESTA DE LA LUZ.


Corramos todos al encuentro del Señor, los que con fe celebramos y veneramos su misterio, vayamos todos con alma bien dispuesta. Nadie deje de participar en este encuentro, nadie deje de llevar su luz.

Llevamos en nuestras manos cirios encendidos, ya para significar el resplandor divino de aquel que viene a nosotros —el cual hace que todo resplandezca y, expulsando las negras tinieblas, lo ilumina todo con la abundancia de la luz eterna—, ya, sobre todo, para manifestar el resplandor con que nuestras almas han de salir al encuentro de Cristo.

En efecto, del mismo modo que la Virgen Madre de Dios tomó en sus brazos la luz verdadera y la comunicó a los que yacían en tinieblas, así también nosotros, iluminados por él y llevando en nuestras manos una luz visible para todos, apresurémonos a salir al encuentro de aquel que es la luz verdadera.

Sí, ciertamente, porque la luz ha venido al mundo para librarlo de las tinieblas en que estaba envuelto y llenarlo de resplandor, y nos ha visitado el sol que nace de lo alto, llenando de su luz a los que vivían en tinieblas: esto es lo que nosotros queremos significar. Por esto, avanzamos en procesión con cirios en las manos; por esto, acudimos llevando luces, queriendo representar la luz que ha brillado para nosotros, así como el futuro resplandor que, procedente de ella, ha de inundarnos. Por tanto, corramos todos a una, salgamos al encuentro de Dios.

Ha llegado ya aquella luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre. Dejemos, hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme.

Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz y se resigne a permanecer en la noche; al contrario, avancemos todos llenos de resplandor; todos juntos, iluminados, salgamos a su encuentro y, con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna; imitemos la alegría de Simeón y, como él, cantemos un himno de acción de gracias al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera.

También nosotros, representados por Simeón, hemos visto la salvación de Dios, que él ha presentado ante todos los pueblos y que ha manifestado para gloria de nosotros, los que formamos el nuevo Israel; y, así como Simeón, al ver a Cristo, quedó libre de las ataduras de la vida presente, así también nosotros hemos sido liberados del antiguo y tenebroso pecado.

También nosotros, acogiendo en los brazos de nuestra fe a Cristo, que viene desde Belén hasta nosotros, nos hemos convertido de gentiles en pueblo de Dios (Cristo es, en efecto, la salvación de Dios Padre) y hemos visto, con nuestros ojos, al Dios hecho hombre; y, de este modo, habiendo visto la presencia de Dios y habiéndola aceptado, por decirlo así, en los brazos de nuestra mente, somos llamados el nuevo Israel. Esto es lo que vamos celebrando, año tras año, porque no queremos olvidarlo.


San Sofronio de Jerusalén,
Sermón 3 sobre el Hypapanté
(6.7: PG 87, 3, 3291-3293)