martes, 6 de enero de 2009

EL GRAN SILENCIO


Hace aún pocas semanas tuve la suerte de concelebrar, junto con un grupo de compañeros sacerdotes, en la pequeña capilla en la que, a las siete en punto de la mañana, dice cada día su misa Juan Pablo II. Y a la salida, uno de mis amigos, impresionado, me decía: «¡Qué fe la de este papa! ¡Se podría cortar con un cuchillo!»

Lo que a mi amigo le había impresionado -porque la fe es invisible- era el espeso silencio que rodea la oración de este papa, al que tan tontas caricaturas dibujan como amigo del espectáculo. Allí, en la intimidad, aparecía el verdadero: aquellos ojos semicerrados en la oración, aquel rostro concentrado dentro de si mismo, una sensación de alguien que está descendiendo al vértigo dentro de su propia alma. Sí, el silencio de sus gestos, el mismo silencio que rodeaba sus palabras, se podía cortar con un cuchillo. Sobre todo cuando, después de leer el Evangelio, nos obsequió con la «homilía» de cinco minutos -que se hicieron inacabables y cortísimos- de silencio absoluto, como el de quien trata de que las palabras leídas casen bien hondas en su alma, en una especie de sagrada soledad, como la de la tierra después de llover o nevar.

Y entonces, en aquellos interminables minutos, me pregunté yo por qué las cosas de Dios están siempre tan unidas al silencio. Y brotó dentro de mí un recuerdo: aquellos años de seminario en los que, el día de Navidad, el viejo martirologio explicaba que el Verbo, la Palabra, se encarnó «dum magnum silentium tenerent omnia».

Me imaginaba yo entonces que, en el momento exacto en el que nació Cristo, todas las cosas, el mundo entero, contuvo el aliento y se hizo en todo el universo ese «gran silencio» que ya nunca se ha repetido jamás. Y es que me es imposible entender la historia de Belén como una página más, como una anécdota ocurrida en un rincón cualquiera de los tiempos. Fue, tuvo que ser, un giro cósmico, una especie de segunda creación, una hora en la que la naturaleza entera se sintió implicada. ¿O es que podría Dios hacerse hombre sin que se detuvieran de asombro las estrellas, se callaran absortos los animales, vivieran un misterioso temblor las flores y las cosas todas?

En Belén se cree o no se cree. Pero ¿cómo creer sin temblores? ¿Cómo no sentir que el alma se deshuesa, que todo gira, si «aquello» fue verdad? ¿O es que podría decirse «Dios se ha hecho hombre, ha tomado la misma carne que nosotros» y, a continuación, encender un cigarrillo y seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido?

Se hizo un gran silencio, un dramático, espeso y milagroso silencio, tras el cual la condición humana había dejado de ser lo que era, y hasta el mismo concepto que el hombre podía tener de Dios era diverso. Se desmenuzaría el corazón si verdaderamente lo creyéramos.

Tal vez por eso -para no tener que tomarlo «demasiado» en serio- el hombre moderno ha llenado su vida de ruidos. Creo que no hemos descubierto el oscuro sentido que tiene ese afán del hombre moderno de aturdirse a sí mismo. Alguien ha hablado del carácter demoníaco que tiene el estruendo de nuestra sociedad: chirrían los autobuses por las calles, la gente habla a gritos, aúllan los televisores, se alimentan de estrépito las radios, nada se teme tanto como la soledad silenciosa.

Y sólo en ella nace Dios y se le encuentra. En realidad, todas las cosas verdaderamente importantes ocurren en silencio: se crece en silencio, se sueña en silencio, se ama en silencio, se piensa en silencio, se vive en silencio, hasta la misma muerte se acerca a los hombres con pies de terciopelo. Pero ¡explicadles a los jóvenes que en el silencio está la verdad! Pronto preferirán esas discotecas, en las que nunca podrán escuchar su propia alma, o la sierra feroz de esa moto que rasga la soledad de la noche como una blasfemia.

Luego, claro, se habla mucho de «el silencio de Dios», que dicen que es el signo de nuestra civilización increyente: Dios -dicen- no habla, se ha quedado mudo, nos ha dejado solos en este planeta o se ha vuelto sordo a nuestras plegarias.

Y nadie percibe que en el silencio está Dios, que hace dos mil años se nos volvió Palabra silenciosa. Pisó el mundo sin ruido, no entró en la humanidad precedido de heraldos trompeteros, sino calladamente, en un portal perdido en un poblacho, entre dos bestias silenciosas y dos padres que le miraban atónitos y callados. Es terrible, sí: «Vino Dios al mundo y ni los periodistas se enteraron.» La buena noticia estaba construida de silencio. Sus únicos titulares fueron los vagidos de un bebé. ¿Cómo podía enterarse un mundo habituado a los sabores fuertes y picantes, a las noticias precedidas de redobles de tambor?

Lo malo es que al no haber sabido «escuchar» aquel silencio nos perdimos las muchas maravillas que traía consigo. «El árbol del silencio -dice un aforismo árabe- da el fruto de la paz.» Y «el silencio -añadiría Shakespeare- es el mejor heraldo de la alegría». ¿A quién puede extrañar entonces que el hombre actual viva en guerra consigo mismo y haya puesto su tienda en el país de la tristeza? Lo más dramático del mundo moderno no es que le falten los mejores dones concedidos a la humanidad, sino que está sentado a la misma puerta de esos regalos que nunca poseerá mientras no limpie sus ojos y sus oídos.

Quienes han visitado Belén lo saben: la única entrada de acceso a la basílica de la Natividad es una portezuela de poco más de un metro y medio de altura, por la que sólo se puede penetrar siendo niño o agachándose. Y el hombre aún no ha aprendido a crecer agachándose. No sabe que a Dios sólo se llega por la puerta del asombro. No por la de la grandeza, sino por la de la pequeñez. No por la de las enormes y sabias teorías, sino por la del silencio. En Belén -dice San Pablo- «se apareció la benignidad de nuestro Dios y su amor al hombre». Y, ya lo he dicho, la benignidad y el amor son realidades silenciosas.

Me pregunto cuántos ateos de hoy rechazarán a Dios porque lo creen más ruidoso y tremendo de lo que es. Se han fabricado un ídolo gigante y les aterra. Se niegan a venerarle, no sabrían cómo amarle. Porque, sólo se ama aquello que se puede estrechar entre los brazos. Y olvidan que él se hizo bebé para eso, para ser «digerible», para estar más cercano.

No han descubierto aún lo que tan bien entendió el profeta Elías y que se cuenta en el libro primero de los Reyes. Una tarde el profeta oyó una voz que le anunciaba: «El Señor va a pasar.» Y el profeta salió para esperarle. «Y vino un huracán tan violento, que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas.» Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto vino un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó el susurro de una brisa suave. Y, al oírlo, Elías se tapó el rostro con el manto.» Porque había entendido que en el susurro de la brisa estaba Dios.

Belén fue el susurro silencioso de la brisa de Dios. Entró en la tierra de puntillas, como pidiendo disculpas por visitarnos, se sentó a nuestro lado, dijo unas pocas palabras verdaderas y nada ruidosas, murió y entró en el gran silencio que dura desde hace veinte siglos. Y el silencio era amor. Era ese silencio que sucede al amor para hacerlo más verdadero, cuando ya ni los besos ni las palabras son necesarias. Ese amor de los que ya ni necesitan decirse que se aman. Así, pienso, será el gran abrazo cuando le reencontremos. Se hará -como en Belén- un «gran silencio» y el mundo entero -al fin- cambiará el ruido por el asombro y la alegría.


J. L. Martín Descalzo (del libro "Razones para el amor")

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