viernes, 30 de enero de 2009

LA VERGÜENZA DE SER CRISTIANOS


Un compañero de la «Tele» me cuenta que cuando el mes pasado visitaba, con su equipo, Egipto para realizar varias filmaciones, fue recibido en El Cairo por el director general de la Televisión Egipcia. Y que éste, después de darles todas las facilidades para su trabajo, se despidió de ellos regalándoles un ejemplar del Corán, no sin antes poner respetuosamente los labios sobre la portada del libro. «Que Alá os proteja en vuestra tarea», les dijo. Y lo hizo -me dice mi compañero- con un respeto, una naturalidad tal, que el grupo de españoles, no creyentes la mayoría, se sintió sinceramente emocionado.

Y ahora, díganme ustedes si se imaginan al señor Calviño o a cualquiera de los altos jefes de Televisión Española haciendo un gesto semejante. 0 díganme si les cabe en la cabeza que el director general de Iberduero, o de la Telefónica, o de la Renault pudiera hacer algo parecido regalando una Biblia a unos visitantes extranjeros. Díganme, incluso, más, si lo haría con esa espontánea sinceridad un arzobispo español a un grupo de desconocidos. Me temo que todos ellos encontrarían ocho mil razones («¿Qué van a pensar?» «¡Cualquiera sabe si serán creyentes!» «A lo mejor se ríen del regalo») para no hacerlo o para ponerse coloradísimos ante la simple idea.

La verdad es que lo que más se aprende en un viaje por Oriente es la absoluta naturalidad con la que lo religioso se inserta en la vida de los creyentes. Mi primer recuerdo de los países árabes es el de un musulmán postrado en el aeropuerto de El Cairo haciendo sus oraciones sobre el cemento de la pista, insensible al gruñido de los motores de los aviones. He visto amigos judíos profundamente creyentes que, también con plena naturalidad y sin escrúpulos, cumplían en público algunas prescripciones de su religión que para un no judío resultaban absolutamente ridículas, pero que realizadas con aquella seriedad terminaban siendo conmovedoras. Y en las calles de la India uno puede encontrarse docenas de gurús y santones que muestran su desnudez o se encierran en la contemplación sin que la curiosidad de los turistas o los fotógrafos les produzca el menor embarazo.

Pero aquí es otra cosa: aquí oscilamos entre el orgullo agresivo por ser católicos y la vergüenza de demostrarlo en público. Aún no hace muchos días un amigo me contaba que, en una de esas largas esperas de los aeropuertos, decidió rezar el rosario. Y su mujer le decía: «Pero pasa las cuentas con él en el bolsillo. Se van a reír de nosotros.» Y mi amigo le respondió: «Si a aquella parejita del sillón de enfrente no le da vergüenza besarse en público, ¿por qué me va a mi darla el rezar?»

Sí, ha habido tiempos en los que en España casi contaba más el exhibicionismo religioso que la misma fe. No faltaban quienes convertían su creencia en una cierta agresividad y se la metían hasta en la sopa a quienes no la tenían. Y hay que reconocer que parte de las increencias de hoy pueden deberse a empachos de ayer. Gentes que se vieron obligadas a ir a misa a diario en los colegios o rosarios rezados «a la fuerza» en algunos hogares te dicen hoy que ya hicieron en sus años infantiles o juveniles suficientes actos religiosos para toda la vida.

Pero ahora hemos emigrado al hemisferio de la «vergüenza». Periódicos hay que ignoran las noticias religiosas o sólo las dan cuando son estrambóticas, porque piensan que eso es cosa sólo de curas. Dueños hay de salas de cine a quienes aterra la idea de proyectar un filme religioso -que, además, ya prácticamente sólo los hay en las filmotecas- por miedo a coger fama de beatos. Universitarios que se pondrían colorados antes que confesar que van a misa los domingos. Curas, incluso, que procuran hablar de «lo que la gente habla», porque conversar en una cafetería sobre temas religiosos es algo que «no se lleva».

Yo supongo que esto es, en parte, la vieja ley del péndulo y que esta «moda de la vergüenza» se nos pasará cuando nos demos cuenta de lo ridícula que es. Pero es, de todos modos, un signo bastante triste de nuestra colectiva cobardía.

Pero obsérvese bien que no estoy pidiendo que regresemos al «orgullo exterior» de ser católicos, sino simplemente a serlo con espontaneidad y a expresarlo naturalmente. No se trata de convertir a los cristianos en hinchas futbolísticos, que sólo saben hablar de su propio equipo, sino en gente a quien la fe le salga por las obras como sale de los pulmones la respiración.

Claro que hay que empezar por tener el corazón muy en Dios para hablar bien de Él. El cristiano es un apóstol, no un charlatán de feria. Y tiene que empezar por cumplir aquel consejo que daba Von Hügel: «Cuando el cristianismo es odiado por el mundo, la hazaña que al cristiano le corresponde realizar no es mostrar elocuencia de palabra, sino grandeza de alma. Por eso no hables demasiado de las cosas grandes: déjalas crecer en ti.»

Cuando hayan crecido lo suficiente, la fe saldrá en nuestras palabras como les brotan las rosas a los rosales.


J. L. Martín Descalzo
(del libro "Razones para el amor")

miércoles, 28 de enero de 2009

¡ADELANTE!


Ruego a los lectores de KEJARITOMENE me disculpen por lo que voy a hacer. Ya saben que no es mi estilo entrar en discusiones políticas ni la página está hecha para eso, pero esto ya clama al cielo.

El Tribunal Supremo ha decidido hoy mismo negar el derecho a la objeción de conciencia de los padres a que sus hijos cursen la asignatura Educación para la Ciudadanía.

No decimos nada nuevo al afirmar que esta asignatura plantea serias dudas jurídicas acerca de su contenido moral. Nadie al margen de los padres, NADIE, repito, puede arrogarse el derecho a educar moralmente a los hijos. Algo que de forma tan clara viene expresado en el art. 27 de nuestra Carta Magna (la del consenso de todas las fuerzas políticas, la de la reconciliación de España, la que votaron todos los españoles) ha sido borrado por un plumazo de los señores magistrados del Tribunal Supremo, que se han alineado con solícita obediencia a los postulados cuasitotalitarios del gobierno de turno. De estos y aquellos no merece la pena hablar, así que no les dedicaré ni una palabra más.

Lo que toca ahora es mostrar nuestro más sincero y cariñoso acercamiento a los padres objetores, cuyo derecho a educar a sus hijos ha sido perversa e injustamente fulminado.

Vosotros, padres objetores, sois el orgullo de la libertad en España y la bandera del buen juicio. No os rindáis, aunque me consta que no lo haréis. Seguid luchando por la libertad y por una educación libre de imposiciones morales de estado, que no pretende sino educar las más tiernas conciencias en una cosmovisión antinatural y socialmente suicida. Vosotros, y no los jueces, sois los protagonistas del día. Dios quiera que lo que hoy significa la pérdida de una importante batalla no suponga la derrota de esta guerra contra el fanatismo socialista y sus "colegas". Que vuestras lágrimas de hoy no hagan sino regar amplios campos de esperanza, de esa esperanza que representáis vosotros, la esperanza de la educación en España, de la que dais el buen ejemplo de los que no se rebajan a acatar las directrices morales que dictan quienes buscan un "revanchismo" irracional e injustificado. La Iglesia también os agradece hoy vuestra valentía, vuestro trabajo y vuestros sufrimientos.

Hoy, todos los hombres y mujeres de buena voluntad de esta bendita tierra de María somos padres y madres objetores.

Hoy, más que nunca, podemos cantar aquello de: ¡Adelante, por los sueños que aún nos quedan...! Que son muchos, gracias a Dios (que por cierto, sí existe, y por eso, disfrutamos de la vida).

SANTO TOMÁS DE AQUINO. LA ORACIÓN DEL ESTUDIANTE.



Oh inefable Creador nuestro, altísimo principio y fuente verdadera de luz y sabiduría, dígnate infundir el rayo de tu claridad sobre las tinieblas de mi inteligencia, removiendo la doble oscuridad con la que nací: la del pecado y la ignorancia. Tu, que haces elocuentes las lenguas de los pequeños, instruye la mía, e infunde en mis labios la gracia de tu bendición. Dame agudeza para entender, capacidad para retener, método y facilidad para atender, sutileza para interpretar y gracia abundante para hablar. Dame acierto al empezar, dirección al progresar y perfección al acabar. ¡Oh Señor! Dios y hombre verdadero, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén


Santo Tomás de Aquino

lunes, 26 de enero de 2009

GRATIA PLENA



Acudamos a la esposa del Señor, acudamos a su madre, acudamos a su más perfecta esclava. Pues todo esto es María.

¿Y qué es lo que le ofrecemos? ¿Con qué dones le obsequiaremos? ¡Ojalá pudiéramos presentarle lo que en justicia le debemos! Le debemos honor, porque es la madre de nuestro Señor. Pues quien no honra a la madre sin duda que deshonra al hijo. La Escritura, en efecto, afirma: Honra a tu padre y a tu madre.

¿Qué es lo que diremos, hermanos? ¿Acaso no es nuestra madre? En verdad, hermanos, ella es nuestra madre. Por ella hemos nacido no al mundo, sino a Dios.

Como sabéis y creéis, nos encontrábamos todos en el reino de la muerte, en el dominio de la caducidad, en las tinieblas, en la miseria. En el reino de la muerte, porque habíamos perdido al Señor; en el dominio de la caducidad, porque vivíamos en la corrupción; en las tinieblas, porque habíamos perdido la luz de la sabiduría, y, como consecuencia de todo esto, habíamos perecido completamente. Pero por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz.

María es nuestra madre, la madre de nuestra vida, la madre de nuestra incorrupción, la madre de nuestra luz.

El Apóstol afirma de nuestro Señor: Dios lo ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.

Ella, pues, que es madre de Cristo, es también madre de nuestra sabiduría, madre de nuestra justicia, madre de nuestra santificación, madre de nuestra redención. Por lo tanto, es para nosotros madre en un sentido mucho más profundo aún que nuestra propia madre según la carne. Porque nuestro nacimiento de María es mucho mejor, pues de ella viene nuestra santidad, nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención.

Afirma la Escritura: Alabad al Señor en sus santos. Si nuestro Señor debe ser alabado en sus santos, en los que hizo maravillas y prodigios, cuánto más debe ser alabado en María, en la que hizo la mayor de las maravillas, pues él mismo quiso nacer de ella.



Beato Elredo de Rievaulx,
Sermón 20, en la Natividad de santa María
(PL 195, 322-324)

domingo, 25 de enero de 2009

CONVERSIÓN DEL APÓSTOL SAN PABLO



Pablo lo sufrió todo por amor a Cristo

Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo: Estad alegres y asociaos a mi alegría; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también y dice, escribiendo a los corintios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven de gran provecho.

Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo. Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que otros apetecen el descanso que lo sigue. La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.

Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los condenados, que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.

Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable.

Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves.

Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y al pueblo enfurecido contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito.

Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo.


San Juan Crisóstomo,
Homilía sobre las alabanzas de san Pablo
(PG 50, 477-480)

miércoles, 21 de enero de 2009

ALABANZAS A LA MADRE DE DIOS


Tengo ante mis ojos la asamblea de los santos padres, que, llenos de gozo y fervor, han acudido aquí, respondiendo con prontitud a la invitación de la santa Madre de Dios, la siempre Virgen María. Este espectáculo ha trocado en gozo la gran tristeza que antes me oprimía. Vemos realizadas en esta reunión aquellas hermosas palabras de David, el salmista: Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos.

Te saludamos, santa y misteriosa Trinidad, que nos has convocado a todos nosotros en esta iglesia de santa María, Madre de Dios.

Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, madre y virgen, por quien es llamado bendito, en los santos evangelios, el que viene en nombre del Señor.

Te saludamos, a ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a ti, por quien la santa Trinidad es adorada y glorificada; por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles; por quien son puestos en fuga los demonios; por quien el diablo tentador cayó del cielo; por quien la criatura, caída en el pecado, es elevada al cielo; por quien toda la creación, sujeta a la insensatez de la idolatría, llega al conocimiento de la verdad; por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las Iglesias en todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión.

Y ¿qué más diré? Por ti, el Hijo unigénito de Dios ha iluminado a los que vivían en tinieblas y en sombra de muerte; por ti, los profetas anunciaron las cosas futuras; por ti, los apóstoles predicaron la salvación a los gentiles; por ti, los muertos resucitan; por ti reinan los reyes, por la santísima Trinidad.

¿Quién habrá que sea capaz de cantar como es debido las alabanzas de María? Ella es madre y virgen a la vez: ¡qué cosa tan admirable! Es una maravilla que me llena de estupor. ¿Quién ha oído jamás decir que le esté prohibido al constructor habitar en el mismo templo que él ha construido? ¿Quién podrá tachar de ignominia el hecho de que la sirviente sea adoptada como madre?

Mirad: hoy todo el mundo se alegra; quiera Dios que todos nosotros reverenciemos y adoremos la unidad, que rindamos un culto impregnado de santo temor a la Trinidad indivisa, al celebrar, con nuestras alabanzas, a María siempre Virgen, el templo santo de Dios, y a su Hijo y esposo inmaculado: porque a Él pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


San Cirilo de Alejandría,
Homilía 4, pronunciada en el Concilio de Efeso
(PG 77, 991.995-996)

martes, 20 de enero de 2009

SAN SEBASTIÁN Y EL TESTIMONIO FIEL DE CRISTO


Hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios. Muchas son las persecuciones, muchas las pruebas; por tanto, muchas serán las coronas, ya que muchos son los combates. Te es beneficioso el que haya muchos perseguidores, ya que entre esta gran variedad de persecuciones hallarás más fácilmente el modo de ser coronado.

Pongamos como ejemplo al mártir san Sebastián, cuyo día natalicio celebramos hoy.

Este santo nació en Milán. Quizá ya se había marchado de allí el perseguidor, o no había llegado aún a aquella región, o la persecución era más leve. El caso es que Sebastián vio que allí el combate era inexistente o muy tenue.

Marchó, pues, a Roma, donde recrudecía la persecución por causa de la fe; allí sufrió el martirio, allí recibió la corona consiguiente. De este modo, allí, donde había llegado como transeúnte, estableció el domicilio de la eternidad permanente. Si sólo hubiese habido un perseguidor, ciertamente este mártir no hubiese sido coronado.

Pero, además de los perseguidores que se ven, hay otros que no se ven, peores y mucho más numerosos.

Del mismo modo que un solo perseguidor, el emperador, enviaba a muchos sus decretos de persecución y había así diversos perseguidores en cada una de las ciudades y provincias, así también el diablo se sirve de muchos ministros suyos que provocan persecuciones, no sólo exteriores, sino también interiores, en el alma de cada uno.

Acerca de estas persecuciones, dice la Escritura: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido. Se refiere a todos, a nadie exceptúa. ¿Quién podría considerarse exceptuado, si el mismo Señor soportó la prueba de la persecución?

¡Cuántos son los que practican cada día este martirio oculto y confiesan al Señor Jesús! También el Apóstol sabe de este martirio y de este testimonio fiel de Cristo, pues dice: Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia.


San Ambrosio de Milán,
Comentario sobre el salmo 118
(Cap 20, 43-45.48: CSEL 62, 466-468)

domingo, 18 de enero de 2009

BENDITA TÚ ENTRE LAS MUJERES



Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues has cambiado la maldición de Eva en bendición; pues has hecho que Adán, que yacía postrado por una maldición, fuera bendecido por medio de ti.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti la bendición del Padre ha brillado para los hombres y los ha liberado de la antigua maldición.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti encuentran la salvación tus progenitores, pues tú has engendrado al Salvador que les concederá la salvación eterna.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues sin concurso de varón has dado a luz aquel fruto que es bendición para todo el mundo, al que ha redimido de la maldición que no producía sino espinas.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues a pesar de ser una mujer, criatura de Dios como todas las demás, has llegado a ser, de verdad, Madre de Dios. Pues lo que nacerá de ti es, con toda verdad, el Dios hecho hombre, y, por lo tanto con toda justicia y con toda razón, te llamas Madre de Dios, pues de verdad das a luz a Dios.

Pero no temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios, la más espléndida de todas las gracias; has encontrado ante Dios una gracia absolutamente insuperable; has encontrado ante Dios una gracia que durará siempre. Aunque otros –y muchos– antes de ti fueron eminentes en santidad, pero a ninguno como a ti le fue otorgada la plenitud de la gracia. Ninguno como tú pudo gozar de tanta dicha; nadie fue adornado de santidad como tú; nadie fue elevado a tan alto honor de magnificencia como tú; nadie como tú fue prevenido desde el primer instante por la gracia purificadora; nadie como tú fue iluminado con la luz celestial; nadie como tú fue elevado más allá de toda ponderación.

Y justamente, pues nadie estuvo tan próximo a Dios como tú; nadie como tú fue enriquecido con los dones de Dios; nadie recibió tanta gracia divina. Tú superas todas las grandezas humanas; tú excedes todos los dones que lamagnificencia de Dios haya jamás concedido a persona humana alguna. Superas a todos en riqueza, pues posees a Dios presente en ti. Nadie ha podido acoger a Dios en sí del modo que tú lo hiciste; nadie como tú pudo gozar de la presencia divina; nadie fue tan digno como tú de ser iluminado por Dios.

Por eso, no sólo has recibido en ti misma al Dios Creador y Señor de todas las cosas, sino que inefablemente lo posees encarnado en ti, lo llevas en tu seno, y luego lo das a luz como Redentor de todos los hombres fulminados por la condena del Padre, dándoles una salvación que no tendrá fin.


San Sofronio de Jerusalén,
Sermón 2, en la Anunciación de la Santísima Virgen
(22.25: PG 87, 3, 3242.3246.3247)

lunes, 12 de enero de 2009

TIEMPO ORDINARIO: LA SANTIDAD DE LAS PEQUEÑAS COSAS DE LA VIDA COTIDIANA


Si yo tuviera que decir cuál es la mayor de las bienaventuranzas de este mundo señalaría, sin vacilar, que la de poder vivir de lo que uno ama. A continuación añadiría que una segunda y formidable bienaventuranza, aunque de segunda clase, es llegar a amar aquello de lo que uno vive.

Pero, curiosamente, parece que son pocos los que disfrutan de la primera y no muchos más los que conquistan la segunda. Porque charlas con la gente y casi todos te hablan mal de sus trabajos. Son abogados, pero sueñan ser escritores; médicos, pero les hubiera entusiasmado ser directores de orquesta; obreros, pero habrían sido felices siendo boxeadores o futbolistas. Son pocos, en cambio, los que reconocen haber nacido para ser lo que son y los que no se cambiarían de tarea si volvieran a nacer.

Pero aún es más grave descubrir que un altísimo porcentaje de los humanos se muere sin llegar a descubrir cuál era su verdadera vocación. Y uso esta palabra en todo su alto y hermoso sentido. Porque, curiosa y extrañamente, es éste un vocablo que en el uso común se ha restringido a las vocaciones sacerdotales y religiosas, cuando en realidad "todos" los hombres tienen no una, sino varias vocaciones muy específicas.

Todos hemos sido llamados, por de pronto, a vivir. Entre los miles de millones de seres posibles fuimos nosotros los invitados a la existencia. Si nuestros padres no se hubieran cruzado "aquel" día, en "aquella" esquina, o en "aquel" baile, hoy no existiríamos. Y si nuestro padre se hubiera casado con otra mujer, habría nacido "Otra" persona distinta de la que nosotros somos. Alguien -decimos los creyentes- o algo -dicen los materialistas- se trenzó para que esta persona concretísima que cada uno de nosotros es llegara a la existencia. Y ésta fue nuestra primera y radical vocación, a nacer, a realizarnos en plenitud, a vivir en integridad el alma que nos dieron.

Ya esto sólo sería materia más que suficiente para llenar de entusiasmo toda una existencia, por oscura y desgraciada que sea.

Fuimos, después, llamados al gozo, al amor y a la fraternidad, otras tres vocaciones universales. Colocados en un mundo que, aunque haya de vivirse cuesta arriba, estalla de placeres (la luz, el sol, la compañía y medio millón más), ¿cómo entender el aburrimiento de los que han llegado a convencerse de que son vegetales o animales de carga?

Y fuimos finalmente llamados a realizar en este mundo una tarea muy concreta, cada uno la suya. Todas son igualmente importantes, pero para cada persona sólo hay una -la suya- verdaderamente importante y necesaria.

Porque la vocación no es un lujo de elegidos ni un sueño de quiméricos. Todos llevan dentro encendida una estrella. Pero a muchos les pasa lo que ocurrió en tiempos de Jesús: en el cielo apareció una estrella anunciando su llegada y sólo la vieron los tres Magos. Y es que -como comenta Rosales en un verso milagroso- "la estrella es tan clara que mucha gente no la ve".

Efectivamente, no es que la luz de la propia vocación suela ser oscura. Lo que pasa es que muchos la confunden con las tenues estrellas del capricho o de las ilusiones superficiales. Y que, con frecuencia, como les ocurrió también a los Magos, la estrella de la vocación suele ocultarse a veces -y entonces hay que seguir buscando a tientas- o que avanza por los extraños vericuetos de las circunstancias.

Y, sin embargo, ninguna búsqueda es más importante que ésta y ninguna fidelidad más decisiva. Unamuno decía que la verdadera cuestión social no es un problema de mejor reparto de las riquezas, sino un asunto de reparto de vocaciones.

Dejo aquí de lado las vocaciones a la santidad -que éstas, sí, casi siempre se realizan por caminos diversos a los lógicos y previsibles, porque ahí Dios guía casi siempre a ciegas- y me refiero a las pequeñas y cotidianas vocaciones humanas. En éstas el primer elemento decisivo es la libertad. En ningún campo son más graves las violaciones que en las decisiones del alma. Y por eso yo entiendo mal a la gente que anda "pescando" curas o médicos o poetas. Todas las grandes cosas o salen de una pasión interior o amenazan inmediata ruina.

Supone después capacidad, coraje y lucha. Una vocación no es un sueño, un caprichillo pasajero, menos un afán de notoriedad. Todas las aventuras espirituales son calvarios. Y el que se embarque en una verdadera vocación sabe que será feliz, pero no vivirá cómodo.

Supone, sobre todo, terquedad en la entrega. Un escritor que se desanima al segundo fracaso mejor es que no intente el tercero, porque no nació para eso. Sólo tiene vocación el que no sería capaz de vivir sin realizarla.

Y supone también realismo. ¡Cuántas veces una gran vocación ha de vivir "protegida" por una segunda tarea práctica que nos dé los garbanzos mientras la otra vocación construye el alma!Pero benditos los que saben adónde van, para qué viven y qué es lo que quieren, aunque lo que quieran sea pequeño. De ellos es el reino de estar vivos.


J. L. MARTÍN DESCALZO
(La estrella de la vocación,
del libro "Razones para la alegría")

domingo, 11 de enero de 2009

EL BAUTISMO DE CRISTO

Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él.

Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado; y sin duda para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua.

Juan se niega, Jesús insiste. Entonces: Soy yo el que necesito que tú me bautices, le dice la lámpara al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el mayor entre los nacidos de mujer al Primogénito de toda la creación, el que había saltado de júbilo en el seno materno al que había sido ya adorado cuando estaba en él, el que era y habría de ser precursor al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo el que necesito que tú me bautices; y podría haber añadido: «Por tu causa». Pues sabía muy bien que habría de ser bautizado con el martirio; o que, como a Pedro, no sólo le lavarían los pies.

Pero Jesús, por su parte, asciende también de las aguas; pues se lleva consigo hacia lo alto al mundo, y mira cómo se abren de par en par los cielos que Adán había hecho que se cerraran para sí y para su posteridad, del mismo modo que se había cerrado el paraíso con la espada de fuego.

También el Espíritu da testimonio de la divinidad, acudiendo en favor de quien es su semejante; y la voz desciende del cielo, pues del cielo procede precisamente Aquel de quien se daba testimonio; del mismo modo que la paloma, aparecida en forma visible, honra el cuerpo de Cristo, que por deificación era también Dios. Así también, muchos siglos antes, la paloma había anunciado el fin del diluvio.

Honremos hoy nosotros, por nuestra parte, el bautismo de Cristo, y celebremos con toda honestidad su fiesta.

Ojalá que estéis ya purificados, y os purifiquéis de nuevo. Nada hay que agrade tanto a Dios como el arrepentimiento y la salvación del hombre, en cuyo beneficio se han pronunciado todas las palabras y revelado todos los misterios; para que, como astros en el firmamento, os convirtáis en una fuerza vivificadora para el resto de los hombres; y los esplendores de aquella luz que brilla en el cielo os hagan resplandecer, como lumbreras perfectas, junto a su inmensa luz, iluminados con más pureza y claridad por la Trinidad, cuyo único rayo, brotado de la única Deidad, habéis recibido inicialmente en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien le sean dados la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.


San Gregorio de Nacianzo,
Sermón 39, en las sagradas Luminarias
(14-16.20: PG 36, 350-351.354.358-359)

sábado, 10 de enero de 2009

HOMILÍA DE LA SOLEMNE EUCARISTÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LOS AÑOS DE EPISCOPADO DE D. JUAN JOSÉ ASENJO EN LA DIÓCESIS DE CÓRDOBA


1. "El Señor sostiene mi vida". Con estas palabras, queridos hermanos y hermanas, hemos respondido a la Palabra de Dios de la primera lectura. Con ellas, el autor del salmo 53 da gracias a Dios, auxilio de los débiles, padre bondadoso, providente y fiel, que lo ha tutelado y defendido.

Por ello, ofrece a Dios un sacrificio voluntario, dando gracias a su nombre que es bueno. Con estas palabras del salmo 53 doy yo también gracias a Dios, en mi despedida de la Iglesia de Córdoba para iniciar el ministerio pastoral en la Archidiócesis de Sevilla. Sin rubor alguno proclamo con el salmista que "el Señor sostiene mi vida". A su providencia amorosa debo todo lo que soy, el don del bautismo y la vocación cristiana, el don del sacerdocio y el ministerio episcopal. A su providencia amorosa debo también el privilegio de haber servido durante cinco años largos a esta Diócesis, venerable por su pasado glorioso y por sus espléndidas realidades actuales.

2. Ha sido Él en persona, y no un mensajero o un enviado, quien me ha alentado con su gracia, me ha custodiado en su amor y me ha acompañado y sostenido en el servicio pastoral a esta Iglesia tan querida; y todo ello como fruto de su misericordia, de su fidelidad y de su amor sin medida, como reconoce el profeta Isaías cuando hace balance de la historia de Israel. Por ello, es justo que en esta mañana, con los hermanos sacerdotes, con los consagrados, los seminaristas y con todos vosotros, hermanos y hermanas, ofrezca al Señor, como el salmista, un sacrificio de alabanza; y no cualquier sacrificio, sino el sacrificio de la sangre de Cristo que tiene valor infinito, dando gracias al Padre por medio de Él, con salmos, himnos y cánticos inspirados, como nos ha pedido San Pablo en la segunda lectura.

3. Mi acción de gracias se extiende también a todos vosotros, a los Vicarios Generales y Episcopales que han colaborado conmigo, al Colegio de Consultores, al Cabildo Catedral, a los Delegados Diocesanos y Directores de Secretariados, a los Consejos del Presbiterio y de Arciprestes, al personal de la Curia, a los formadores de los Seminarios, y a todos vosotros, sacerdotes, consagrados y laicos, miembros de la Acción Católica, de los grupos y movimientos apostólicos, del Camino Neocatecumenal, de Cursillos de Cristiandad y de las Hermandades y Cofradías, que a mi llegada a Córdoba en septiembre de 2003 me acogisteis con los brazos abiertos y me habéis dado tantas pruebas de afecto y amistad sincera, colaborando con entusiasmo y eficacia en la edificación de nuestra Iglesia diocesana.

4. Permitidme que nombre también a los seminaristas de los tres Seminarios y a los jóvenes integrados en la Delegación de Pastoral Juvenil, en la Pastoral Universitaria, en la Acción Católica y en la Pastoral de ETEA, motivo vivísimo de esperanza para esta Iglesia diocesana. No puedo dejar de manifestar también mi gratitud a las autoridades civiles, militares, y judiciales y académicas, que han querido participar en esta Eucaristía de despedida, por la colaboración y el aprecio que siempre me han mostrado. Todos tendréis siempre en Sevilla una casa, un hermano y un amigo leal, dispuesto a serviros en lo que me sea posible.

5. Estad seguros de que me llevo de Córdoba un recuerdo imborrable. Es mucho lo que de vosotros he recibido. Por ello, os reitero una vez más que llevo a la Diócesis en el corazón y que siempre recordaré con gratitud la calidad humana y cristiana de sus gentes y la bondad, entrega, celo y hondo espíritu sacerdotal de los buenos sacerdotes cordobeses, que tanto me han edificado y ayudado. Recordaré también con gratitud lo que ha representado para mí en estos años la oración de los contemplativos y el testimonio y el trabajo abnegado de los consagrados, en la escuela católica, en la catequesis, en el servicio a las parroquias y en las tareas caritativas y sociales. Os aseguro que recordaré siempre con nostalgia las ceremonias solemnísimas de esta Catedral y las celebraciones que me ha correspondido presidir en las parroquias de la Diócesis en los más diversas circunstancias.

6. Durante cinco años habéis sido mi familia en la fe. Con vosotros he compartido las preocupaciones, el trabajo y el intercambio de dones. A partir del próximo sábado, me integraré en una nueva familia diocesana sin romper del todo los vínculos que me unen con vosotros. Seguiré sirviendo durante unos meses a la Diócesis como Administrador Apostólico, y después, como os decía en mi carta del pasado 13 de noviembre, seguiremos unidos a través de los lazos misteriosos e invisibles, pero reales, de la Comunión de los Santos. Cada mañana o cada tarde nos encontraremos en la celebración de la Eucaristía. Encomendad entonces mi fidelidad y la fecundidad de mi ministerio.

7. Tened por cierto que yo encomendaré cada día a vuestro nuevo Pastor y a todos los hijos e hijas de la Diócesis para que seáis siempre fieles a vuestra historia cristiana, para que sigáis siendo, como os pedía en la homilía de mi toma de posesión en esta Catedral, una comunidad cristiana viva, orante y fervorosa, que vive de la Palabra de Dios y de la Eucaristía, una comunidad fraterna y unida, que vive la alegría de la salvación y que anuncia a Jesucristo vivo con la palabra y, sobre todo, con el testimonio elocuente, atractivo y luminoso de su propia vida. Pediré también que respondáis con generosidad a las muchas gracias con que el Señor os ha bendecido en los últimos años compartiendo vuestros dones con otras Iglesias cercanas o lejanas. Todo ello será el mejor modo de revivir hoy la historia gloriosa de esta Diócesis, venerable por la santidad de sus hijos más preclaros que son los santos.

8. La Eucaristía, además de sacrificio de alabanza y de acción de gracias, es también sacrificio expiatorio. En esta mañana, tengo muy presentes mis faltas personales y mis deficiencias en el servicio a la comunidad diocesana a lo largo de estos cinco años. Por todas ellas he pedido perdón al Señor en el acto penitencial y os pido perdón también a vosotros, mis hermanos y hermanas. Siento en el alma no haber sabido entregarme al servicio de la Diócesis como vosotros os merecíais. Siento especialmente no haber servido a los sacerdotes con la intensidad que hubiera deseado y no haber podido llegar a tantos lugares de la Diócesis que reclamaban mi presencia. Pido perdón humildemente a aquellos hermanos y hermanas a los que haya podido ofender o molestar y a quienes han sufrido por mis acciones u omisiones.

9. Acabamos de escuchar un fragmento del Evangelio de San Marcos, que he elegido a propósito para esta ocasión. Jesús está subiendo a Jerusalén para consumar su misión salvadora y aprovecha los descansos del camino para anunciar a los Apóstoles su cercana pasión e instruirles sobre su futura misión pastoral entendida como servicio. Son indicaciones preciosas también para mí, llamado a prolongar la misión de Jesucristo, Buen Pastor. En esta mañana quisiera sentarme una vez más en la escuela de Jesús con las actitudes y el corazón del discípulo, para que Él me aleccione y enseñe a apreciar y gustar la cruz, que es locura para los gentiles y escándalo para los judíos, pero, "para nosotros, fuerza de Dios y sabiduría de Dios". En la cruz se hizo patente el amor inaudito de Dios por la humanidad. Jesucristo declaró su amor a los hombres con el lenguaje de la cruz; y nosotros, los Obispos, los sacerdotes y diáconos, ministros de Cristo y dispensadores de la gracia redentora, no podemos anunciar a los hombres que Dios les ama, ni comunicarles la gracia que nace del costado de Cristo dormido en la cruz si no es a través de este lenguaje. Pedid al Señor en esta Eucaristía que en la etapa que ahora inicio anuncie siempre a Jesucristo muerto y resucitado para nuestra salvación, que crezca cada día en amor al Crucificado y en mi identificación con Él.

10. En esta mañana percibo como dirigida especialmente a mí la palabra de Jesús que se nos acaba de anunciar: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". Este es el fin último de todo ministerio ordenado en la Iglesia y muy especialmente del ministerio del Obispo: ser servidor humilde y fiel de Jesucristo, nuestro único Señor; ser servidor, abnegado hasta el agotamiento, del pueblo que se le ha confiado; ser servidor de la fe, de la verdad y del encuentro de los hombres con Dios; ser servidor de la esperanza, de la comunión, la reconciliación y la paz; ser servidor de los más débiles, de los más despreciados y necesitados, acogiéndoles y cuidándoles con especial esmero, como hace el Señor con el niño en el Evangelio que acabamos de escuchar, con la conciencia de que al acoger a los más pobres estamos acogiendo, recibiendo y sirviendo a Jesús y en Él al Padre que le envió.

11. En la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, el Santo Padre Juan Pablo II, que me llamó al ministerio episcopal, que me envió a esta Diócesis, y cuyo testimonio de entrega a Jesucristo y a la Iglesia tanto ha significado para mi y para muchos de nosotros, al tiempo que describía los retos y urgencias más acuciantes de esta hora en nuestro Continente, nos decía que la misión de la Iglesia en este contexto social es "seguir el camino del amor... un amor que pasa por la caridad evangelizadora, el esfuerzo multiforme en el servicio y la opción por una generosidad sin pausas ni límites". Es lo que pido al Señor en esta Eucaristía: que no olvide nunca que la verdad más profunda del ministerio episcopal es servir, que recorra cada día el camino del amor y que me conceda la generosidad sin pausas ni límites a la que se refiere el Papa y de la que él ha sido el espejo en el que todos debemos mirarnos. Al mismo tiempo que lo pido al Señor para mí, lo pido también para vosotros, hermanos y hermanas que habéis tenido la deferencia, que yo os agradezco de corazón, de acompañarme en esta Eucaristía de acción de gracias.

12. En las manos maternales de la Virgen, la humilde sierva del Señor, en sus títulos de la Fuensanta y Araceli, ante cuyas imágenes tantas veces he celebrado la Eucaristía, puse en su día el ministerio que la Iglesia me encomendaba en esta Diócesis. Ella me ha acompañado y protegido a lo largo de estos años. A ella, en sus títulos de la Sierra de Cabra y de Gracia de Benamejí, cuyas imágenes he tenido el honor de coronar; a María Auxiliadora de los cristianos, que si Dios quiere coronaré en nombre del Papa Benedicto XVI en la próxima primavera; a las Vírgenes de Belén de Palma del Río y del Campo de Cañete de las Torres, que serán coronadas en el año 2010, y a la Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla, encomiendo hoy el ministerio que estoy a punto de comenzar. Que su intercesión maternal lo haga fecundo para gloria de Dios y bien de la Iglesia que se me confía. Así sea.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo coadjutor electo de Sevilla

martes, 6 de enero de 2009

EL GRAN SILENCIO


Hace aún pocas semanas tuve la suerte de concelebrar, junto con un grupo de compañeros sacerdotes, en la pequeña capilla en la que, a las siete en punto de la mañana, dice cada día su misa Juan Pablo II. Y a la salida, uno de mis amigos, impresionado, me decía: «¡Qué fe la de este papa! ¡Se podría cortar con un cuchillo!»

Lo que a mi amigo le había impresionado -porque la fe es invisible- era el espeso silencio que rodea la oración de este papa, al que tan tontas caricaturas dibujan como amigo del espectáculo. Allí, en la intimidad, aparecía el verdadero: aquellos ojos semicerrados en la oración, aquel rostro concentrado dentro de si mismo, una sensación de alguien que está descendiendo al vértigo dentro de su propia alma. Sí, el silencio de sus gestos, el mismo silencio que rodeaba sus palabras, se podía cortar con un cuchillo. Sobre todo cuando, después de leer el Evangelio, nos obsequió con la «homilía» de cinco minutos -que se hicieron inacabables y cortísimos- de silencio absoluto, como el de quien trata de que las palabras leídas casen bien hondas en su alma, en una especie de sagrada soledad, como la de la tierra después de llover o nevar.

Y entonces, en aquellos interminables minutos, me pregunté yo por qué las cosas de Dios están siempre tan unidas al silencio. Y brotó dentro de mí un recuerdo: aquellos años de seminario en los que, el día de Navidad, el viejo martirologio explicaba que el Verbo, la Palabra, se encarnó «dum magnum silentium tenerent omnia».

Me imaginaba yo entonces que, en el momento exacto en el que nació Cristo, todas las cosas, el mundo entero, contuvo el aliento y se hizo en todo el universo ese «gran silencio» que ya nunca se ha repetido jamás. Y es que me es imposible entender la historia de Belén como una página más, como una anécdota ocurrida en un rincón cualquiera de los tiempos. Fue, tuvo que ser, un giro cósmico, una especie de segunda creación, una hora en la que la naturaleza entera se sintió implicada. ¿O es que podría Dios hacerse hombre sin que se detuvieran de asombro las estrellas, se callaran absortos los animales, vivieran un misterioso temblor las flores y las cosas todas?

En Belén se cree o no se cree. Pero ¿cómo creer sin temblores? ¿Cómo no sentir que el alma se deshuesa, que todo gira, si «aquello» fue verdad? ¿O es que podría decirse «Dios se ha hecho hombre, ha tomado la misma carne que nosotros» y, a continuación, encender un cigarrillo y seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido?

Se hizo un gran silencio, un dramático, espeso y milagroso silencio, tras el cual la condición humana había dejado de ser lo que era, y hasta el mismo concepto que el hombre podía tener de Dios era diverso. Se desmenuzaría el corazón si verdaderamente lo creyéramos.

Tal vez por eso -para no tener que tomarlo «demasiado» en serio- el hombre moderno ha llenado su vida de ruidos. Creo que no hemos descubierto el oscuro sentido que tiene ese afán del hombre moderno de aturdirse a sí mismo. Alguien ha hablado del carácter demoníaco que tiene el estruendo de nuestra sociedad: chirrían los autobuses por las calles, la gente habla a gritos, aúllan los televisores, se alimentan de estrépito las radios, nada se teme tanto como la soledad silenciosa.

Y sólo en ella nace Dios y se le encuentra. En realidad, todas las cosas verdaderamente importantes ocurren en silencio: se crece en silencio, se sueña en silencio, se ama en silencio, se piensa en silencio, se vive en silencio, hasta la misma muerte se acerca a los hombres con pies de terciopelo. Pero ¡explicadles a los jóvenes que en el silencio está la verdad! Pronto preferirán esas discotecas, en las que nunca podrán escuchar su propia alma, o la sierra feroz de esa moto que rasga la soledad de la noche como una blasfemia.

Luego, claro, se habla mucho de «el silencio de Dios», que dicen que es el signo de nuestra civilización increyente: Dios -dicen- no habla, se ha quedado mudo, nos ha dejado solos en este planeta o se ha vuelto sordo a nuestras plegarias.

Y nadie percibe que en el silencio está Dios, que hace dos mil años se nos volvió Palabra silenciosa. Pisó el mundo sin ruido, no entró en la humanidad precedido de heraldos trompeteros, sino calladamente, en un portal perdido en un poblacho, entre dos bestias silenciosas y dos padres que le miraban atónitos y callados. Es terrible, sí: «Vino Dios al mundo y ni los periodistas se enteraron.» La buena noticia estaba construida de silencio. Sus únicos titulares fueron los vagidos de un bebé. ¿Cómo podía enterarse un mundo habituado a los sabores fuertes y picantes, a las noticias precedidas de redobles de tambor?

Lo malo es que al no haber sabido «escuchar» aquel silencio nos perdimos las muchas maravillas que traía consigo. «El árbol del silencio -dice un aforismo árabe- da el fruto de la paz.» Y «el silencio -añadiría Shakespeare- es el mejor heraldo de la alegría». ¿A quién puede extrañar entonces que el hombre actual viva en guerra consigo mismo y haya puesto su tienda en el país de la tristeza? Lo más dramático del mundo moderno no es que le falten los mejores dones concedidos a la humanidad, sino que está sentado a la misma puerta de esos regalos que nunca poseerá mientras no limpie sus ojos y sus oídos.

Quienes han visitado Belén lo saben: la única entrada de acceso a la basílica de la Natividad es una portezuela de poco más de un metro y medio de altura, por la que sólo se puede penetrar siendo niño o agachándose. Y el hombre aún no ha aprendido a crecer agachándose. No sabe que a Dios sólo se llega por la puerta del asombro. No por la de la grandeza, sino por la de la pequeñez. No por la de las enormes y sabias teorías, sino por la del silencio. En Belén -dice San Pablo- «se apareció la benignidad de nuestro Dios y su amor al hombre». Y, ya lo he dicho, la benignidad y el amor son realidades silenciosas.

Me pregunto cuántos ateos de hoy rechazarán a Dios porque lo creen más ruidoso y tremendo de lo que es. Se han fabricado un ídolo gigante y les aterra. Se niegan a venerarle, no sabrían cómo amarle. Porque, sólo se ama aquello que se puede estrechar entre los brazos. Y olvidan que él se hizo bebé para eso, para ser «digerible», para estar más cercano.

No han descubierto aún lo que tan bien entendió el profeta Elías y que se cuenta en el libro primero de los Reyes. Una tarde el profeta oyó una voz que le anunciaba: «El Señor va a pasar.» Y el profeta salió para esperarle. «Y vino un huracán tan violento, que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas.» Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto vino un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó el susurro de una brisa suave. Y, al oírlo, Elías se tapó el rostro con el manto.» Porque había entendido que en el susurro de la brisa estaba Dios.

Belén fue el susurro silencioso de la brisa de Dios. Entró en la tierra de puntillas, como pidiendo disculpas por visitarnos, se sentó a nuestro lado, dijo unas pocas palabras verdaderas y nada ruidosas, murió y entró en el gran silencio que dura desde hace veinte siglos. Y el silencio era amor. Era ese silencio que sucede al amor para hacerlo más verdadero, cuando ya ni los besos ni las palabras son necesarias. Ese amor de los que ya ni necesitan decirse que se aman. Así, pienso, será el gran abrazo cuando le reencontremos. Se hará -como en Belén- un «gran silencio» y el mundo entero -al fin- cambiará el ruido por el asombro y la alegría.


J. L. Martín Descalzo (del libro "Razones para el amor")