viernes, 25 de diciembre de 2009

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!


Sí, en este mundo... Como está... Como es... Con sus bondades y, sobre todo, por sus pecados... Dios se ha hecho hombre. Se vuelve a abajar, a hacer pequeño, "abrazable", porque no se puede amar lo que no se puede abarcar con las manos. Y a este Dios lo podemos amar; y alimentar; y contemplar; y cantar; y besar; y llorar ante Él; y reirnos con Él; y sentir el dulce latido de su Sacratísimo Corazón, pequeñito Corazón en el que todos cabemos y en el que ya estamos dentro todos. Admirable locura del Dios que se hace hombre... Realmente admirable intercambio, Dios se hace hombre para que nosotros, tú y yo, lleguemos a ser dioses. Acojamos al Dios que se acerca. No puede acercarse más. ¿No ves entre pajas a Aquél que por tí morirá en el madero? Alégrate, que Dios viene a tu vida para quedarse. Corramos como los niños y los pastorcillos a ver a Dios hecho niño. Si Dios se hace niño, ¿te dará vergüenza a tí hacerte niño?. Contémplalo como los magos en brazos de su Madre y aprende dónde lo tienes que buscar siempre, en brazos de la Pura y Limpia Madre de Dios.



¡¡¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!!!

domingo, 13 de diciembre de 2009

ADELANTÉMONOS A LA SALIDA DEL SOL, SALGAMOS A SU ENCUENTRO


Invitados por una tan extraordinaria gracia eclesial y por los premios prometidos a la devoción, adelantémonos a la salida del sol, salgamos a su encuentro antes de que nos diga: Aquí estoy. El Sol de justicia anhela ser precedido y espera que se le preceda.

Escucha cómo espera y desea ser precedido. Dice al ángel de la Iglesia de Pérgamo: A ver si te arrepientes, que, si no, iré en seguida. Al ángel de la Iglesia de Laodicea: Sé ferviente y arrepiéntete. Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos. Sí, podrá entrar. Pues resucitado corporalmente, ni las mismas puertas atrancadas fueron capaces de retenerle, sino que inesperadamente se presentó a los apóstoles encerrados en el cenáculo. Pero desea poner a prueba el ardor de tu devoción; la de los apóstoles la tenía bien experimentada. Quizá sea él quien te preceda en la tribulación, pero en las épocas de paz desea ser precedido.

Tú procura preceder a este sol que ves: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. Si te adelantas a la salida de este sol, acogerás a Cristo-Luz. Primero él brillará allá en el hondón de tu corazón; y al decirle tú: Mi espíritu en mi interior madruga por ti, hará resplandecer la luz mañanera en las horas nocturnas, si meditas las palabras de Dios. Mientras meditas, tienes luz: y viendo la luz —luz de la gracia, no del tiempo—dirás: La norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. Y cuando el día te sorprenda meditando la Palabra de Dios y esta tan grata ocupación de orar y salmodiar sea las delicias de tu alma, nuevamente dirás al Señor Jesús: A las puertas de la aurora y del ocaso las llenas de júbilo.

Siguiendo las enseñanzas de Moisés, el pueblo judío, por medio de sus ancianos elegidos precisamente para este ministerio, repite las sagradas Escrituras noche y día ininterrumpidamente; y si al anciano le preguntamos sobre otra cuestión, no sabría hacer otra cosa que repetir la serie de la sagrada Escritura. Entre ellos no hay tiempo para los temas mundanos: la Escritura es el único tema de sus conversaciones; unos se suceden en la recitación, para que jamás cese el sagrado resonar de los mandatos celestiales. Y tú, cristiano, que tienes a Cristo por maestro, ¿duermes y no te avergüenzas de que pueda decirse de ti: Este pueblo ni con los labios me honra; el pueblo judío me honraba al menos con los labios, en cambio tú ni siquiera con los labios? Si el corazón del que le honra siquiera con los labios está lejos de Dios, ¿cómo puede el tuyo estar cerca de Dios, tú que ni con los labios le honras? ¡Qué esclavizado te tienen el sueño, los intereses del mundo, las preocupaciones de esta vida, las cosas de esta tierra!

Divide al menos tu tiempo entre Dios y el mundo. O bien, cuando no puedas ocuparte en público de los negocios de este mundo porque te lo impide la oscuridad de la noche, date a Dios, dedícate a la oración y, para evitar el sueño, canta salmos, defraudando a tu sueño con un fraude sagaz. Acude temprano a la iglesia llevando las primicias de tus buenos propósitos; y, después, si te reclaman los asuntos cotidianos de la vida, no te faltarán motivos para decir: Mis ojos se adelantan a las vigilias, meditando tu promesa, y marcharás tranquilo a tus ocupaciones.

¡Qué hermoso es comenzar la jornada con himnos y cánticos, con las bienventuranzas que lees en el evangelio! ¡Qué promesa de prosperidad ser bendecido por la palabra de Cristo y, mientras canturreas interiormente las bendiciones del Señor, te inspire el deseo de alguna virtud, para que puedas reconocer también en ti mismo la eficacia de la divina bendición.


San Ambrosio de Milán,
Comentario sobre el salmo 118
(Sermón 19, 30-32: CSEL 62, 437-439)

martes, 8 de diciembre de 2009

PURÍSIMA, INMACULADA, LLENA DE GRACIA, KEJARITOMENE


1. "Establezco hostilidades entre ti y la mujer... ella te herirá en la cabeza" (Gen 3, 15).

Estas palabras pronunciadas por el Creador en el jardín del Edén, están presentes en la liturgia de la fiesta de hoy.

Están presentes en la teología de la Inmaculada Concepción. Con ellas Dios ha abrazado la historia del hombre en la tierra después del pecado original:

"Hostilidad": entre en tentador -el abogado del pecado- y la mujer.

Esta lucha colma la historia del hombre en la tierra, crece en la historia de los pueblos, de las naciones, de los sistemas y, finalmente de toda la humanidad.

Esta lucha alcanza, en nuestra época, un nuevo nivel de tensión.

La Inmaculada Concepción no te ha excluido de ella, sino que te ha enraizado aún más en ella.

Tú, Madre de Dios, estás en medio de nuestra historia. Estás en medio de esta tensión.

2. Venimos hoy, como todos los años, a Ti, Virgen de la Plaza de España, conscientes más que nunca de esa lucha y del combate que se desarrolla en las almas de los hombres, entre la gracia y el pecado , entre la fe y la indiferencia e incluso el rechazo de Dios.

Somos conscientes de estas luchas que perturban el mundo contemporáneo. Conscientes de esta "hostilidad" que desde los orígenes te contrapone al tentador, a aquel que engaña al hombre desde el principio y es el "padre de la mentira", el "príncipe de las tinieblas" y, a la vez, el "príncipe de este mundo" (Jn 12, 31).

Tú, que "aplastas la cabeza de la serpiente", no permitas que cedamos.No permitas que nos dejemos vencer por el mal, sino que haz que nosotros mismos venzamos al mal con el bien.

3. Oh, Tú, victoriosa en tu Innmaculada Concepción, victoriosa con la fuerza de Dios mismo, con la fuerza de la gracia.

Mira que se inclina ante Ti Dios Padre Eterno.

Mira que se inclina ante Ti el Hijo, de la mima naturaleza que el Padre, tu Hijo crucificado y resucitado.

Mira que te abraza la potencia del Altísimo: el Espíritu Santo, el abogado de la Santidad.

La heredad del pecado es extraña a Ti.

Eres "llena de gracia".

Se abre en Ti el reino de Dios mismo.

Se abre en Ti el nuevo porvenir del hombre, del hombre redimido, liberado del pecado.

Que este porvenir penetre, como la luz del Adviento, las tinieblas que se extienden sobre la tierra, que caen sobre los corazones humanos y sobre las consciencias.

¡Oh Inmaculada!

"Madre que nos conoces, permanece con tus hijos".

Amén.


Juan Pablo II
Plaza de España, Roma
8 de diciembre de 1984

domingo, 6 de diciembre de 2009

"TODOS VERÁN LA SALVACIÓN DE DIOS". SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO.



En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del Profeta Isaías.

- Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.


Lc. 3, 1-6

sábado, 5 de diciembre de 2009

«Seguiré comulgando», lamentable y escandalosa desobediencia.


Hay tres errores en un mismo comportamiento. Me estoy refiriendo a los políticos que han manifestado en los medios de comunicación su voluntad de seguir participando de la Eucaristía, a pesar de las manifestaciones de la Iglesia sobre la responsabilidad en que incurren quienes defienden el aborto y promueven mayores facilidades para practicarlo.

El error primero, y el más importante, es la actitud interior de desobediencia a la Iglesia, presentándose, simultáneamente, como cristianos practicantes. El segundo, es el hecho de proclamar públicamente y, en tono desafiante, su propósito de incumplir las normas morales de la Iglesia que debieron aprender desde niños en el catecismo. Suponiendo que sea cierto que viven el catolicismo del que alardean estos hermanos, deberían haber cultivado, profundizado y asumido firmemente a lo largo de la vida el sentido y la fuerza de la moral cristiana. Han tenido tiempo. Por este motivo, o su autosuficiencia es mayor, o su incoherencia es total. El tercero, es adoptar en público la postura manifestada en los medios de comunicación social, sabiendo que las gentes les reconocen, además, como políticos, como parlamentarios, cuya misión, entre otras, es procurar las leyes de obligado cumplimiento para lograr el orden y el bien común entre los ciudadanos.

Sorprende que estas mismas personas, exhibiendo su desobediencia interior y exterior a la Iglesia, de la que se manifiestan hijos salvo que hayan inventado una secta y se hayan apropiado sin derecho alguno del nombre que no les pertenece, sean defensores y protagonistas de una inflexible fidelidad de voto, y cerrados enemigos de la objeción de conciencia en casos verdaderamente graves. ¿Es posible que pasen por alto las palabras de la Sagrada Escriturar en las que S. Pedro nos enseña que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» ( Hch. 5, 29)? ¿O es que las desconocen? Quizás el profundo autoconvencimiento de su autoridad para establecer los perfiles de la verdad y del bien, y para definir los derechos humanos prescindiendo incluso de la ley natural (como si la humanidad comenzara con ellos), les obligue en conciencia a adoptar actitudes mesiánicas para cuya comprensión no estamos preparados los que queremos obedecer a la Iglesia.

Probablemente nuestra limitación esté en fundamentar nuestra conducta en una fe y en una cultura que no cuentan más que con dos mil años de historia, y que no parte de la democrática horizontalidad parlamentaria (muy sectorial, por cierto), sino de la palabra vertical de Dios manifestado en Jesucristo, de quien esos políticos a que nos referimos toman el nombre de cristianos.

Dichos fundamentos de fe y los criterios morales, nada caprichosos ni arbitrarios, que de ellos se desprenden, han permanecido por encima de ideologías, de sistemas políticos, de presiones sociales adversas, de constantes persecuciones de todo tipo, y de la abierta enemistad por parte de pretendidos profetas que no cuentan más que con el brillo instantáneo y pasajero de un flash demagógico que se agota en sí mismo.De todos modos, es posible que, a los preclaros ojos de los dichos personajes, estemos fundamentando nuestra moral sobre conceptos radicalmente equivocados en lo que se refiere al hombre, a la sociedad, al progreso, a la justicia, a la libertad y a la honestidad personal y social.

¿Será que semejante exhibición de autarquía por parte de los hermanos a quienes me estoy refiriendo se debe a su personal convencimiento de que poseen una sabiduría superior a la de la Iglesia en cuestiones de moral personal y social y, por ello, se consideran legítimos promotores de leyes y conductas más justas que las del Evangelio? ¿O es que el mal está en la interpretación que, del Evangelio, hace la Iglesia que obra por mandato de Jesucristo y animada por el Espíritu Santo en materia de fe y costumbres? ¿Ignoran u olvidan la expresión de Jesucristo referida a los Apóstoles fundamento de la Iglesia: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió» (Mt. 10, 40)? ¿O es que el poder les llega hasta el privilegio de reservar el derecho a la objeción de conciencia exclusivamente para ellos mismos? ¿Con qué derecho, con qué razón o por qué privilegio? ¿No somos todos iguales y con los mismos derechos?

Me llama seria y tristemente la atención el despotismo con que muchos actúan a favor de sí mismos y en contra de quienes piensan de forma distinta. ¿Es eso la tolerancia y la aceptación elegante de la diversidad en el seno de una sociedad democrática y plural? ¿Actuarían de este modo si no contaran con el apoyo de un laicismo militante, con los anhelos de una mentalidad permisiva, y con la esperanza de obtener votos de quienes desean la supresión de límites, normas y criterios que se opongan a su personal decisión en cada momento? ¿Actuarían de este modo si tuvieran que sufrir las consecuencias de fuerzas coercitivas y de sistemas represores externos que la Iglesia no posee y desea no poseer? ¿Dónde está la fe, la conciencia eclesial y el nivel moral de estas personas? No cabe duda de que tenemos que rezar mucho por ellos.

Los cristianos que nos sentimos deudores de obediencia a la Iglesia no nos sentimos mejores que nadie. Continuamente debemos implorar a la misericordia divina conscientes de nuestras debilidades y pecados. Pero una cosa es considerarse pecador y pedir humildemente perdón, y otra muy distinta, es enarbolar individualmente la bandera de la verdad y de la moral cristiana sin saber demasiado de ella.

Debemos luchar para que se vaya alcanzando en nuestra sociedad un nivel más elevado de coherencia interior y de solvencia pública. ¿Consentirían estas posturas de autosuficiencia en los hijos pequeños al interior de la propia familia? No vale justificarse aduciendo que los pequeños necesitan pautas ajenas que les orienten por el camino del bien dada su reducida capacidad de discernimiento. ¿Es que la sociedad y los miembros de la Iglesia estamos en esa situación de primera infancia?

Hay una gran necesidad de coherencia y una sobrada autosuficiencia, alimentada por el ansia de la propia satisfacción y por la equivocada conciencia de lo que son los auténticos derechos humanos y la esencia de la fe cristiana y de la identidad de la Iglesia. Por ello aprovecho la ocasión para reiterar mi constante llamada a la formación cristiana. De lo contrario, podemos caer inconscientemente en un subjetivismo reinante en la sociedad y que deriva, entre otros factores, del abandono de la referencia a Dios como Verdad objetiva y plena, trascendente y universal.

Es necesario pensar y concluir con el rigor de la razón, ayudada de la luz de la fe. Fuera de ello, es posible exigir y ejercer toda la dureza posible con quienes desobedecen las normas de respeto a la propiedad privada, por ejemplo, cuando unos padres de familia, sin culpa suya o sin posible alternativa, se ven forzados por el hambre propia, de su esposa y de sus hijos, por el desahucio que le priva de un legítimo techo donde cobijarse en el frío invierno, y por el oscuro futuro que amenaza con prolongar la tremenda situación de verse privados de trabajo. No digo que no haya que procurar el orden social y el respeto a la propiedad privada. Pero pregunto, ¿es más importante obedecer a los intereses considerados legítimos por los hombres y desobedecer a Dios y a su Iglesia?


Mons. García Aracil
Arzobispo de Mérida- Badajoz

martes, 1 de diciembre de 2009

EL SENTIDO DEL ADVIENTO: LA ESPERANZA CONTRA TODA ESPERANZA.


Del libro del profeta Isaías 11, 1-16


Así dice el Señor:

«Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor.

No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas.

Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar.

Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

Aquel día, el Señor tenderá otra vez su mano para rescatar el resto de su pueblo: los que queden en Asiria y Egipto, en Patros y en Cus y en Elam, en Senar y en Hamat y en las islas. Izará una enseña para las naciones, para reunir a los dispersos de Israel, y congregará a los desperdigados de Judá, de los cuatro extremos del orbe. Cesará la envidia de Efraín y se acabarán los rencores de Judá: Efraín no envidiará a Judá, ni Judá tendrá rencor contra Efraín. Hombro con hombro marcharán contra Filistea a occidente, y unidos despojarán a los habitantes de oriente: Edom y Moab caerán en sus manos, y los hijos de Amón se les someterán.

El Señor secará el golfo del mar de Egipto, y alzará la mano contra el río; con su soplo potente herirá sus siete canales, que se pasarán en sandalias. Y habrá una calzada para el resto de su pueblo que quede en Asiria, como la tuvo Israel cuando subió de Egipto».

domingo, 29 de noviembre de 2009

¡MARANATHÁ! ¡VEN, SEÑOR JESÚS!


Justo es, hermanos, que celebréis con toda devoción el Adviento del Señor, deleitados por tanta consolación, asombrados por tanta dignación, inflamados con tanta dilección. Pero no penséis únicamente en la primera venida, cuando el Señor viene a buscar y a salvar lo que estaba perdido, sino también en la segunda, cuando volverá y nos llevará consigo. ¡Ojalá hagáis objeto de vuestras continuas meditaciones estas dos venidas, rumiando en vuestros corazones cuánto nos dio en la primera y cuánto nos ha prometido en la segunda!

Ha llegado el momento, hermanos, de que el juicio empiece por la casa de Dios. ¿Cuál será el final de los que no han obedecido al evangelio de Dios? ¿Cuál será el juicio a que serán sometidos los que en este juicio no resucitan? Porque quienes se muestran reacios a dejarse juzgar por el juicio presente, en el que el jefe del mundo este es echado fuera, que esperen o, mejor, que teman al Juez quien, juntamente con su jefe, los arrojará también a ellos fuera. En cambio nosotros, si nos sometemos ya ahora a un justo juicio, aguardemos seguros un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Entonces los justos brillarán, de modo que puedan ver tanto los doctos como los indoctos: brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

Cuando venga el Salvador transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, a condición sin embargo de que nuestro corazón esté previamente transformado y configurado a la humildad de su corazón. Por eso decía también: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Considera atentamente en estas palabras que existen dos tipos de humildad: la del conocimiento y la de la voluntad, llamada aquí humildad del corazón. Mediante la primera conocemos lo poco que somos, y la aprendemos por nosotros mismos y a través de nuestra propia debilidad; mediante la segunda pisoteamos la gloria del mundo, y la aprendemos de aquel que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo; que buscado para proclamarlo rey, huye; buscado para ser cubierto de ultrajes y condenado al ignominioso suplicio de la cruz, voluntariamente se ofreció a sí mismo.


San Bernardo de Claraval,
Sermón 4 en el Adviento del Señor
(1, 3-4: Opera omnia, edit. cister. 4, 1966, 182-185)

miércoles, 11 de noviembre de 2009

A MÍ ME LO HICISTEIS...

Busca Cristo un alma donde poder entrar con los suyos. Por eso, cuando preparamos nuestro corazón con las diversas virtudes para acogerle a él o a los suyos, lo estamos ya recibiendo a él mismo como peregrino en la casa de nuestro corazón, disponiéndole una sala grande, arreglada y adornada para acoger a Cristo, peregrino en el mundo, y, con él, a todos sus discípulos. De hecho, damos acogida dentro de nosotros a aquellos cuyas palabras aceptamos; y, a través de ellos, al mismo Cristo, cuya palabra nos transmiten.

Del mismo modo, en aquellos que son débiles en la fe o en el ejercicio de cualquier obra buena, o bien en aquellos que se escandalizan, es Cristo mismo el que es débil o que sufre escándalo, como él mismo dice a Pedro, animado aún por criterios humanos: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar. Y también todos sus amados discípulos se hacen débiles con los débiles y, junto con ellos, reciben el escándalo, pues afirman: ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? Y si sus discípulos se hacen débiles con los débiles, ¡cuánto más el Salvador, que los ha creado! Porque quien siente una mayor compasión para con los hombres enfermos, experimenta también con mayor violencia cómo se le encoge el corazón ante tales enfermedades.

Así pues, cuando visitamos a alguno de nuestros hermanos débiles, y con nuestras reflexiones, reprensiones, consuelos o con la plegaria o bien con una obra buena lo hemos inducido a mejorar en Cristo, hemos visitado al mismo Cristo y lo hemos reconfortado en su enfermedad. Actuando de este modo, reconfortamos asimismo a los demás discípulos de Cristo, débiles con su misma debilidad.

Y no creas que sea blasfemo afirmar que Cristo es débil. Porque es verdad que Cristo fue crucificado por su debilidad, a impulsos de su misericordia, y cargó con nuestras enfermedades, al igual que todos sus discípulos. Ademas, todo este mundo es como una cárcel para Cristo y para aquellos que le pertenecen. Vayamos, por tanto, a los que, como encadenados en esta morada, se hallan como en una prisión y sufren en este mundo como oprimidos por las estrecheces de una cárcel. Así pues, cada vez que nos dirigimos a ellos y les prodigamos toda clase de obras buenas, es como si les hubiéramos visitado en la cárcel y, en ellos, visitásemos al mismo Cristo.

Pero veamos si estas cosas, entendidas de manera más genérica, no son para nosotros una exhortación a cualquier expresión de bondad y a la realización de cuanto hay de laudable, y poder de este modo conseguir la bendición prometida: «Venid vosotros, benditos de mi Padre».

Entonces los justos contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre?», y no porque no recuerden lo que hicieron, sino proclamándose indignos, por humildad, de la alabanza que sus obras buenas merecen. Pero él, queriendo demostrarles cómo sufre en los suyos, declara hallarse personalmente envuelto en los sufrimientos de sus hermanos: Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.


Orígenes,
Comentario sobre el evangelio de san Mateo
(PG 13, 1715-1716)

domingo, 1 de noviembre de 2009

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS



¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.

El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes; para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.

El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordarnos que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con él. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.

Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.



San Bernardo de Claraval,
Sermón 2 (Opera omnia, ed. Cister. 5, 1968, 364-368)

domingo, 25 de octubre de 2009

EL MUNDO SIGUE NECESITANDO QUE, EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA, TÚ SEAS EL AMOR


Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros .que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado».


De la narración de la vida de
santa Teresa del Niño Jesús,
escrita por ella misma
(Mss autobiográficos, Lisieux 1957, 227-229)

lunes, 12 de octubre de 2009

DICHOSO EL DÍA EN QUE MARÍA VINO EN CARNE MORTAL A ZARAGOZA


Según una venerada tradición, la Santísima Virgen María se manifestó en Zaragoza sobre una columna o pilar, signo visible de su presencia. Esta tradición encontró su expresión cultual en la misa y en el Oficio que, para toda España, decretó Clemente XII. Pío VII elevó la categoría litúrgica de la fiesta. Pío XII otorgó a todas las naciones sudamericanas la posibilidad de celebrar la misma misa que se celebraba en España.


Historia de la Virgen del Pilar


La tradición, tal como ha surgido de unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo, cuando los apóstoles, fortalecidos con el Espíritu Santo, predicaban el Evangelio. Se dice que, por entonces (40 AD), el Apóstol Santiago el Mayor, hermano de San Juan e hijo de Zebedeo, predicaba en España. Aquellas tierras no habían recibido el evangelio, por lo que se encontraban atadas al paganismo. Santiago obtuvo la bendición de la Santísima Virgen para su misión.

Los documentos dicen textualmente que Santiago, "pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro. Allí predicó Santiago muchos días y, entre los muchos convertidos eligió como acompañantes a ocho hombres, con los cuales trataba de día del reino de Dios, y por la noche, recorría las riberas para tomar algún descanso".

En la noche del 2 de enero del año 40, Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro cuando "oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".

Desapareció la Virgen y quedó ahí el pilar. El Apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron inmediatamente a edificar una iglesia en aquel sitio y, con el concurso de los conversos, la obra se puso en marcha con rapidez. Pero antes que estuviese terminada la Iglesia, Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma, la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresarse a Judea. Esta fue la primera iglesia dedicada en honor a la Virgen Santísima.

Muchos historiadores e investigadores defienden esta tradición y aducen que hay una serie de monumentos y testimonios que demuestran la existencia de una iglesia dedicada a la Virgen de Zaragoza. El mas antiguo de estos testimonios es el famoso sarcófago de Santa Engracia, que se conserva en Zaragoza desde el siglo IV, cuando la santa fue martirizada. El sarcófago representa, en un bajo relieve, el descenso de la Virgen de los cielos para aparecerse al Apóstol Santiago.

Asimismo, hacia el año 835, un monje de San Germán de París, llamado Almoino, redactó unos escritos en los que habla de la Iglesia de la Virgen María de Zaragoza, "donde había servido en el siglo III el gran mártir San Vicente", cuyos restos fueron depositados por el obispo de Zaragoza, en la iglesia de la Virgen María. También está atestiguado que antes de la ocupación musulmana de Zaragoza (714) había allí un templo dedicado a la Virgen.

La devoción del pueblo por la Virgen del Pilar se halla tan arraigada entre los españoles y desde épocas tan remotas, que la Santa Sede permitió el establecimiento del Oficio del Pilar en el que se consigna la aparición de la Virgen del Pilar como "una antigua y piadosa creencia".

Numerosos milagros de la Virgen

En 1438 se escribió un Libro de milagros atribuidos a la Virgen del Pilar, que contribuyó al fomento de la devoción hasta el punto de que, el rey Fernando el católico dijo: "creemos que ninguno de los católicos de occidente ignora que en la ciudad de Zaragoza hay un templo de admirable devoción sagrada y antiquísima, dedicado a la Sta. y Purísima Virgen y Madre de Dios, Sta. María del Pilar, que resplandece con innumerables y continuos milagros".

El Gran milagro del Cojo de Calanda (1640)
Se trata de un hombre a quien le amputaron una pierna. Un día años mas tarde, mientras soñaba que visitaba la basílica de la Virgen del Pilar, la pierna volvió a su sitio. Era la misma pierna que había perdido. Miles de personas fueron testigos y en la pared derecha de la basílica hay un cuadro recordando este milagro.

El Papa Clemente XII señaló la fecha del 12 de octubre para la festividad particular de la Virgen del Pilar, pero ya desde siglos antes, en todas las iglesias de España y entre los pueblos sujetos al rey católico , se celebraba la dicha de haber tenido a la Madre de Dios en su región, cuando todavía vivía en carne mortal.

Tres rasgos peculiares que caracterizan a la Virgen del Pilar y la distinguen de las otras:

1- Se trata de una venida extraordinaria de la Virgen durante su vida mortal. A diferencia de las otras apariciones la Virgen viene cuando todavía vive en Palestina: ¨Con ninguna nación hizo cosa semejante", cantará con razón la liturgia del 2 de enero, fiesta de la Venida de la Virgen.

2- La Columna o Pilar que la misma Señora trajo para que, sobre él se construyera la primera capilla que, de hecho, sería el primer Templo Mariano de toda la Cristiandad.

3- La vinculación de la tradición pilarista con la tradición jacobea (del Santuario de Santiago de Compostela). Por ello, Zaragoza y Compostela, el Pilar y Santiago, han constituido dos ejes fundamentales, en torno a los cuales ha girado durante siglos la espiritualidad de la patria española.

Simbolismo del pilar
El pilar o columna: la idea de la solidez del edificio-iglesia con la de la firmeza de la columna-confianza en la protección de María.

La columna es símbolo del conducto que une el cielo y la tierra, "manifestación de la potencia de Dios en el hombre y la potencia del hombre bajo la influencia de Dios". Es soporte de los sagrado, soporte de la vida cotidiana. María, la puerta del cielo, la escala de Jacob, ha sido la mujer escogida por Dios para venir a nuestro mundo. En ella la tierra y el cielo se han unido en Jesucristo.

Las columnas garantizan la solidez del edificio, sea arquitectónico o social. Quebrantarlas es amenazar el edificio entero. La columna es la primera piedra del templo, que se desarrolla a su alrededor; es el eje de la construcción que liga entre si los diferentes niveles. María es también la primera piedra de la Iglesia, el templo de Dios; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.

Vemos en Ex 13, 21-22, que una columna de fuego por la noche acompañaba al pueblo de Israel peregrino en el desierto, dirigiendo su itinerario.

En la Virgen del Pilar el pueblo ve simbolizada "la presencia de Dios, una presencia activa que, guía al pueblo de elegido a través de las emboscadas de la ruta".

El día 12 de octubre de 1492, precisamente cuando las tres carabelas de Cristóbal Colón avistaban las desconocidas tierras de América, al otro lado del Atlántico, los devotos de la Virgen del Pilar cantaban alabanzas a la Madre de Dios en su santuario de Zaragoza, pues ese mismo día, conocido hoy como el Día de la Raza, era ya el día de la Virgen del Pilar.

La Basílica de la Virgen del Pilar es la mas extraordinaria que tiene España como prueba de una antiquísima y profunda devoción por la Santísima Virgen María. Esa gran basílica mariana con sus once cúpulas y sus cuatro campanarios es famosa en el mundo entero, puesto que en el año 40 AD se apareció ahí la Madre de Dios al Apóstol Santiago. La Virgen vino mientras aún vivía en la tierra. Es decir apareció en carne mortal. Desde entonces, a través de los siglos, ha mostrado su protección especial con repetidas gracias, milagros y portentos, ganándose la piedad de los españoles, que le tributan culto con gran devoción.El interior de la Basílica es de una gran belleza y una serena grandiosidad. Toda la traza del templo está acomodada a la idea, siempre defendida por el Cabildo del Pilar, de no mover de su sitio la Sagrada Columna de la Virgen.
La Basílica de Nuestra Señora del Pilar es visitada por millares de personas cada día. Son los hijos que vienen a rezarle a su madre quien nunca los abandona.
El Papa Juan Pablo II en 1984, al hacer escala en su viaje a Santo Domingo para iniciar la conmemoración del descubrimiento de América, reconoció a la Virgen del Pilar como "patrona de la hispanidad".
No nos podemos olvidar la importancia que tuvo en aumentar la devoción a la Virgen del Pilar la guerra civil de 1936-1939. Las tres bombas que cayeron sobre el templo no estallaron y muchos vieron en este hecho un signo de la especial protección de la Virgen sobre las tropas nacionalistas. De toda España acudían peregrinos a pie a dar gracias a la Virgen por haberlos librado de los peligros de la guerra.

miércoles, 7 de octubre de 2009

EL ROSARIO, MEDITACIÓN DE LOS MISTERIOS DE CRISTO Y MARÍA


El Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. ¡La fuente de la sabiduría, la Palabra del Padre en las alturas! Esta Palabra, por tu mediación, Virgen santa, se hará carne, de manera que el mismo que afirma: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí, podrá afirmar igualmente: Yo salí de Dios, y aquí estoy.

En el principio —dice el Evangelio— ya existía la Palabra. Manaba ya la fuente, pero hasta entonces sólo dentro de sí misma. Y continúa el texto sagrado: Y la Palabra estaba junto a Dios, es decir, morando en la luz inaccesible; y el Señor decía desde el principio: Mis designios son de paz y no de aflicción. Pero tus designios están escondidos en ti, y nosotros no los conocemos; porque, ¿quién había penetrado la mente del Señor?, o ¿quién había sido su consejero?

Pero llegó el momento en que estos designios de paz se convirtieron en obra de paz: La Palabra se hizo carne y ha acampado ya entre nosotros; ha acampado, ciertamente, por la fe en nuestros corazones, ha acampado en nuestra memoria, ha acampado en nuestro pensamiento y desciende hasta la misma imaginación. En efecto, ¿qué idea de Dios hubiera podido antes formarse el hombre, que no fuese un ídolo fabricado por su corazón? Era incomprensible e inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano; pero ahora ha querido ser comprendido, visto, accesible a nuestra inteligencia.

¿De qué modo?, te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, reposando en el regazo virginal, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien pendiente de la cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y dominando sobre el poder de la muerte, como también resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como signo de victoria, y subiendo finalmente, ante la mirada de ellos, hasta lo más íntimo de los cielos.

¿Hay algo de esto que no sea objeto de una verdadera, piadosa y santa meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta Dios y, a través de todas ellas, llego hasta mi Dios. A esta meditación la llamo sabiduría, y para mí la prudencia consiste en ir saboreando en la memoria la dulzura que la vara sacerdotal infundió tan abundantemente en estos frutos, dulzura de la que María disfruta con toda plenitud en el cielo y la derrama abundantemente sobre nosotros.


San Bernardo de Claraval,
Sermón sobre el acueducto
(Opera omnia, Edic. Cister. 5, 1968, 282-283)

jueves, 1 de octubre de 2009

OCTUBRE: MES DEL ROSARIO, MES DE LAS MISIONES.


Ministros del Altísimo, predicadores de la verdad, clarines del Evangelio, permitidme que os presente la rosa blanca de este librito para introducir en vuestro corazón y en vuestra boca las verdades que en él se exponen sencillamente y sin aparato.

En vuestro corazón, para que vosotros mismos emprendáis la práctica santa del Rosario y gustéis sus frutos.

En vuestra boca para que prediquéis a los demás la excelencia de esta santa práctica y los convirtáis por este medio. Guardaos, si no lo lleváis a mal, de mirar esta práctica como insignificante y de escasas consecuencias, como hace el vulgo y aun muchos sabios orgullosos; es verdaderamente grande, sublime, divina. El cielo es quien os la ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y los herejes más obstinados. Dios ha vinculado a ella la gracia en esta vida y la gloria en la otra. Los santos la han ejercitado y los Soberanos Pontífices la han autorizado.

¡Oh, cuán feliz es el sacerdote y director de almas a quien el Espíritu Santo ha revelado este secreto, desconocido de la mayor parte de los hombres o sólo conocido superficialmente! Si logra su conocimiento práctico, lo recitará todos los días y lo hará recitar a los otros. Dios y su Santísima Madre derramarán copiosamente la gracia en su alma para que sea instrumento de su gloria; y producirá más fruto con su palabra, aunque sencilla, en un mes que los demás predicadores en muchos años.

No nos contentemos, pues, mis queridos compañeros, en aconsejarlo a los demás: es necesario que lo practiquemos. Bien podremos estar convencidos de la excelencia del Santo Rosario, mas si no lo practicamos, poco empeño se tomará quien nos oiga en cumplir lo que aconsejamos, porque nadie da lo que no tiene "Coepit Jesus facere et docere". Imitemos a Jesucristo, que comenzó por hacer aquello que enseñaba.

Imitemos al Apóstol, que no conocía ni predicaba más que a Jesucristo crucificado: y eso es lo que haréis al predicar el Santo Rosario, que, según más abajo veréis, no es sólo un compuesto de padrenuestros y avemarías, sino un divino compendio de los misterios de la vida, pasión, muerte y gloria de Jesús y de María.


San Luis María Grignon de Montfort,
El Secreto Admirable del Santísimo Rosario

martes, 29 de septiembre de 2009

SANTOS ARCÁNGELES MIGUEL, GABRIEL Y RAFAEL


Hay que saber que el nombre de «ángel» designa la función, no el ser del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles.

Por esto, a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría.

Por la misma razón, se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y, así, Miguel significa: «¿Quién como Dios?», Gabriel significa: «Fortaleza de Dios», y Rafael significa: «Medicina de Dios».

Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando, al fin del mundo, será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se trabó una batalla con el arcángel Miguel.

A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: «Fortaleza de Dios», porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas.

Rafael significa, como dijimos: «Medicina de Dios»; este nombre le viene del hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con razón es llamado «Medicina de Dios».


San Gregorio Magno,
Homilía 34 sobre los evangelios
(8-9 PL 76, 1250-1251)

miércoles, 23 de septiembre de 2009

SAN PÍO DE PIETRELCINA


Oh María,
madre dulcísima de los sacerdotes,
mediadora de todas las gracias,
desde el profundo amor de mi corazón
te ruego, te suplico, te conjuro,
que le des gracias hoy, mañana, siempre,
a Jesús
por el don inestimable
de los cincuenta años de mi sacerdocio.
Jesús,concédeme el perdón
de mis pecados, negligencias y omisiones,
dame la gracia
de perdonar y perseverar,
bendice con abundancia
a mis superiores y a todos mis hermanos,
haz que los Grupos de Oración sean
faros de luz y de amor en el mundo.
Oh María,
madre y salud de los enfermos,
haz que florezca tu
Casa di Sollievo della Sofferenza,
otorga al mundo desolado la verdadera paz,
a la Iglesia católica
el triunfo de Tu Hijo.




Padre Pío Da Pietrelcina, Capuchino
en recuerdo de sus Bodas de oro sacerdotales.
Benevento, 10-8-1910
San Giovanni Rotondo, 10-8-1960
(Texto de la estampa conmemorativa)

domingo, 20 de septiembre de 2009

VOX POPULI MARIAE MEDIATRICI


Dice el adagio latino: “Vox populi, vox Dei”. La voz del pueblo es la voz de Dios. Y es verdad, pero es preciso saber que lo que se oye es verdaderamente la voz del pueblo de Dios, expresada en las sanas tradiciones que llegan desde los antepasados y es transmitida de padres a hijos.

Expresamente desechamos aquí la opinión impuesta por los medios de comunicación social y otros, a veces de forma perversa y frecuentemente usada para logros de poder en la política mal entendida, o para servir a intereses económicos. En estos casos la opinión es de las “masas”, concepto opuesto al de pueblo.

La Iglesia escucha la voz del pueblo, o las voces de los pueblos, es decir, lo que dicen los cristianos en sus familias y comunidades centradas en Cristo: “Vox populi, vox Dei”.

En la última década del siglo que hemos dejado, surgió en la Iglesia un movimiento esencialmente espiritual, que vive de oración, en torno a Jesús Sacramentado y consagrado al Inmaculado Corazón de María. Ese movimiento pujante y entusiasta, se llamó “Vox populi Mariae Mediatrici”-“La voz del pueblo: María es Mediadora”.

La voz del pueblo es la voz de Dios. Pues bien, la voz del pueblo cristiano, que llega de todas las generaciones pasadas, y que hoy se hace oír con especial fervor, dice que María es Mediadora, lo que significa que es Corredentora y Abogada, tres títulos que son como tres facetas de un mismo diamante.

Monseñor Alfredo Mario Espósito Castro CMF, que prologa este libro, nos hace notar que el pedido de un dogma nace en el pueblo fiel, y tiene un proceso ascendente: llega primero a los sacerdotes, luego a los obispos y por fin al Sumo Pontífice.

Así se desarrolló el proceso del quinto dogma mariano: nació en el pueblo, su portavoz el Dr. Mark Miravalle, que si bien es un prominente teólogo, es un padre de familia. Su empuje fue acompañado por otros y así se enviaron ya 6 millones de peticiones al Santo Padre. Acompañaron religiosos, religiosas, sacerdotes. Los obispos suman más de 500, entre los cuales hay 40 cardenales. Todos piden –pedimos- la proclamación como dogma de María Corredentora, Medianera de todas las Gracias y Abogada del Pueblo de Dios.

El Dr. Mark Miravalle preside “Vox Populi Mariae Mediatrici”. No se trata de una asociación en el sentido corriente de la palabra, se trata de un gran movimiento eclesial, que une a obispos, sacerdotes y fieles de los cinco continentes que ruega con fervor a Dios y al Santo Padre ese honor para María, que sería una gracia inmensa para la Iglesia y la humanidad.

Mark Miravalle ha escrito el libro “María Corredentora, Mediadora, Abogada” - “Dedicado al Papa Juan Pablo II y los obispos de la Iglesia Universal”, que recorrió el mundo, suscitando el apoyo decidido y entusiasta de pastores de todas partes. El prólogo fue su mayor aval teológico, ya que lo hizo el Cardenal Luigi Ciappi OP, teólogo papal de los últimos cinco Sumos Pontífices: Pío XII, el Beato Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, gloriosamente reinante.

Una segunda parte lleva el subtítulo: “Fundamentos Teológicos II – papales, pneumatológicos, ecuménicos”. Más adelante difundió un fervoroso alegato mariano: “El dogma y el Triunfo” (del Inmaculado Corazón de María) y últimamente nos llegó el volumen “Discernimientos Contemporáneos sobre un Quinto Dogma Mariano, María Corredentora, Mediadora y Abogada, Fundamentos Teológicos III” en el que intervienen cardenales, teólogos, científicos, diplomáticos y hasta un pastor protestante.

Como símbolo identificatorio de este movimiento realmente providencial se ha tomado “La Pietá” de Miguel Ángel. Esa inigualable obra de arte aparece encabezando todas las publicaciones del movimiento. Quien la mira comprende que ante Ella, la Corredentora, sólo cabe un emocionado y agradecido silencio.

El Papa ha dialogado repetidas veces con el Presidente de Vox Populi, lo ha bendecido y ha bendecido el movimiento.

Vox Populi ha realizado varias conferencias internacionales en Roma y prosigue alentando encuentros regionales y nacionales.

Misas, Rosarios, adoraciones al Santísimo, oraciones y sacrificios se ofrecen en todo el mundo por la proclamación del dogma.
Las cartas de adhesión de los obispos son conmovedoras, fervorosas, entusiastas. Esas cartas y los boletines de Vox Populi alientan a perseverar en la gran causa de María, la del triunfo de Su Corazón Inmaculado.

Transcribimos a modo de símbolo sólo dos , la de los obispos de Haarlem – Ámsterdam y la de la Madre Teresa de Calcuta:

Hace más de cincuenta años – durante la segunda guerra mundial en 1943 – los obispos holandeses publicaron una carta importante sobre la consagración del país al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María, y sobre su lugar en los planes de Salvación de Dios. El episcopado lo hizo explicando porqué y en qué sentido los títulos de “Corredentora”, “Mediadora de Gracias” y “Abogada” deberían ser atribuidos a nuestra Señora.

De acuerdo con nuestros predecesores, nosotros, el obispo y el obispo auxiliar de Haarlem-Ámsterdam, queremos subrayar la importancia esencial que tiene el que la verdad total y la profundidad plena de nuestra salvación, sea traída a la conciencia de la gente de nuestro tiempo:

Cristo, el Hijo encarnado del Padre, el nuevo Adán, quien es el único y solo mediador entre Dios y el Hombre.

María, la Inmaculada Concepción por la gracia de Dios, habiendo sido llamada a ser la Hija del Padre, la Esposa del Espíritu Santo, la Madre del Hijo, y la asociada a Cristo como la nueva Eva en la historia de la salvación del hombre.

Su tarea fue: preparar el camino para la Redención a través de su libre consentimiento, participar en el trabajo de la Redención a través de su libre cooperación en el Sacrificio de su hijo, y distribuir las gracias de la Redención al convertirse la concreta y universal Madre de toda la humanidad, Mujer y Señora de todos los Pueblos.

Especialmente en nuestro tiempo, cuando tanta gente está confundida sobre su origen y su destino, sobre su dignidad como seres humanos, y sobre la verdadera naturaleza de ser hombre o mujer, pensamos que es de gran importancia que el significado de la misión de la Santísima Virgen María sea reconocida por la Iglesia de la manera más directa. Los tres títulos Marianos de “Corredentora”, “Mediadora” y “Abogada” deben ser especialmente clarificados en su preciso significado y proclamados dogmáticamente, de tal manera que alienten a los fieles en su devoción hacia su Madre Celestial.

Firman: el Obispo de Haarlem, Monseñor Henrik Bomers, y el Obispo Auxiliar, Monseñor Joseph Marianus Punt, el 2 de mayo de 1997.


Si hay alguien que pudo ser reconocida indiscutiblemente como representante del pueblo de Dios ante el Vicario de Cristo, fue la Madre Teresa de Calcuta; ella pidió el dogma el 14 de agosto de 1993 con esta carta:

María es nuestra Corredentora con Jesús.
Ella le dio su cuerpo y sufrió con Él al pie de la cruz.
María es la Mediadora de Todas las Gracias.
Ella nos dio a Jesús y como nuestra Madre nos obtiene todas las gracias.
María es nuestra Abogada que reza a Jesús por nosotros.
Sólo a través del Corazón de María podemos llegar al Corazón Eucarístico de Jesús.
La definición papal de María como Corredentora, Mediadora y Abogada, traerá grandes gracias a la Iglesia.
Todo por Jesús a través de María.

Madre Teresa, MC.



Giorgio Sernani
(Del libro "Los dogmas de María.
Las piedras más preciosas de su corona")

miércoles, 16 de septiembre de 2009

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO...


- Padre nuestro que estás en el cielo...
- Sí...
- No me interrumpas. Estoy rezando. Padre nuestro que estás en el cielo...
- ¿Ves? Otra vez...
- ¿Otra vez qué?
- Me has llamado. Has dicho: “Padre nuestro que estás en el cielo”. Aquí estoy; ¿Qué tienes en la cabeza?
- Pero yo no quería decir nada con eso. Yo estaba ... ya sabes, simplemente rezando mis oraciones del día. Yo siempre rezo el Padrenuestro. Me hace sentir bien, algo así como cumplir un deber.
- Bueno... Sigue.
- “Santificado sea tu nombre”...
- Un momento. ¿ Que quieres decir con eso?
- ¿Con que?
- Con “Santificado sea tu nombre”
- Quiere decir... quiere decir... caramba, yo no sé lo que quiere decir. ¿Cómo debo saberlo? Esto es parte de la oración... Oye, ¿qué quiere decir?.
- Significa que sea honrado, reconocido y venerado por todos los hombres a través de sus palabras y sus obras, y que sea invocado como fuente de salvación.
- Oye, esto tiene sentido. Yo nunca pensé lo que significaba “Santificado sea tu nombre”... Bueno, déjame continuar, que no acabaré nunca...“Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
- ¿Quieres decir esto de verdad?.
- Claro, ¿Porqué no?.
- ¿Qué haces para ello?
- ¿Hacer? Nada, me imagino, solo pienso que sería fenomenal que tu tuvieras control sobre todo lo de aquí abajo como lo tienes por ahí arriba.
- ¿Tengo control sobre ti?
- Bueno, yo voy a misa.
- Eso no es lo que te he preguntado. ¿Que tal esa envidia que sientes?.¿ Y tu mal genio?. Desde luego ahí tienes en problema, ¿sabes? ¿Y que me dices de tu egoísmo? ¿Todo para ti? ¿Y que tal con las cosas que ves por televisión?
- Deja de meterte conmigo. Yo soy tan bueno como el resto de los que van a la iglesia.
- Perdona, yo pensaba que estabas rezando para que se hiciera mi voluntad. Si esto tiene que ocurrir tendrá que empezar por los que me lo están pidiendo. Como tú, por ejemplo.
-Sí... está bien. Creo que tengo algunos defectos; en realidad me gustaría quitarlos, líbrarme de ellos. Me gustaría ¿Sabes?, ser realmente libre.
-¡Bien! Ahora estamos llegando realmente a algo. Trabajaremos juntos tú y Yo. Algunas victorias pueden ser grandes. Estoy orgulloso de tí.
- Mira señor, vamos a terminar. Esto se está haciendo mucho más largo de lo normal...
- Adelante.
- “Danos hoy nuestro pan de cada día”
- ¿Cuál pan me pides? ¿El que te doy Yo o el que te da el panadero? Del primero te hace falta,... del segundo, te sobra por ahora.
- ¡Oye, un minuto! ¿Qué es esto de criticar mi día? Aquí estaba yo haciendo mi deber religioso, de repente te metes en medio y me recuerdas todos mis defectos... Orar es algo peligroso.
- Hacer oración te puede transformar, ¿sabes? Esto es lo que estoy intentando hacerte ver. Tú llamas y aquí estoy. Es un poco tarde para detenernos ahora. Sigue rezando; estoy interesado en la parte siguiente de tu oración.
- Tengo miedo de seguir...
- ¿Miedo? ¿Miedo de qué? Ya sé lo que dirás. Prueba y verás.
- “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
- ¿Qué me dices de Pepito?
- ¡Ves, lo sabía ! Sabía que lo nombrarías. ¿Por qué, Señor? Él... ha dicho mentiras de mi. He jurado que me las pagará.
- Pero, ¿y tu oración, qué?
- No sé...
- No se está muy bien llevando ese peso de amargura que llevas.
- No. Pero me sentiré mucho mejor cuando me las pague.
- Perdona a Pepito. Entonces te perdonaré yo a tí y habrás tranquilizado tu corazón.
- Pero Señor, no puedo perdonar a Pepito.
- Entonces yo tampoco puedo perdonarte a tí.
- Está bien. Tienes razón. Siempre la tienes y más que mi revancha con Pepito quiero estar bien contigo... está bien... está bien... lo perdono. Ayúdale a encontrar el camino recto en la vida, Señor. Va camino a ser muy desgraciado, ahora que pienso esto, cualquiera que vaya por ahí haciendo a los demás las cosas que él hace, tiene que estar mal de la cabeza. De algún modo alguna vez, muéstrale el camino recto.
- Así es, muy bien. Ahora dime, ¿como te sientes?
- Bueno, no muy mal, no mal del todo. En realidad me encuentro bastante bien. Sabes, yo creo que no tengo que ir a la cama intranquilo esta noche por primera vez desde hace mucho tiempo. A lo mejor no estaré tan cansado a partir de esta noche por no descansar lo suficiente.
- Todavía no has terminado tu oración. Sigue.
- Está bien... “Y no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”.
- ¡Estupendo! ¡Estupendo! Lo haré. Solamente no te pongas en un sitio donde puedas ser tentado.
- ¿Que quieres decir con eso?
- Deja de ir con aquellos que no te convienen. Cambia alguna de tus amistades.. algunos de los llamados amigos no te hacen bien. Te tendrán metidos en asuntos difíciles y escabrosos dentro de poco tiempo, no seas tonto. Ellos anuncian que lo están pasando bien pero pueden ser tu ruina. Siempre estaré a tu lado, pero no me "regatees".
- No te entiendo.
- Claro que me entiendes. Lo has hecho muchas veces. Estás metido de lleno en una situación peligrosa, te metes en un lío, y entonces vienes corriendo mi, rezando: “Señor ayúdame a salir de este jaleo y te prometo que no lo haré más”. ¿Te acuerdas de alguno de estos regateos?
- Si... y me da vergüenza... Lo siento, Señor. De verdad que lo siento. Hasta ahora pensaba que si rezaba podía hacer lo que quisiera. Yo nunca esperé que las cosas pasaran como pasaron.
- Continúa, termina tu oración.
- “Tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre”. Amén
- ¿Sabes lo que me da gloria? ¿Qué es lo que realmente me agrada?
- No, pero me gustaría saberlo. Yo quiero agradarte ahora. Veo el jaleo que he armado con mi vida, ahora veo lo bueno que sería si yo fuese uno de tus seguidores.
- Acabas de contestar mi pregunta.
- ¿Si?
- Si, lo que me daría gloria es tener gente como tú que de verdad me amase. Veo lo que está ocurriendo entre nosotros. Ahora que esos pecados han salido fuera no hay que decir cuánto podemos hacer juntos.
- Señor, veamos lo que puedes hacer conmigo, ¿vale?
- Si, hijo.
- “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Amén. Buenas noches, Señor.
- Buenas noches, hijo mío.

lunes, 14 de septiembre de 2009

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ



En efecto, toda la perfección cristiana consiste:
1. En querer ser santo: El que quiera venirse conmigo,
2. En abnegarse: Que reniegue de sí mismo,
3. En padecer: Que cargue con su cruz
4. En obrar: Y me siga.

1. «El que quiera venirse conmigo»

El que quiera. Y no los que quieran, para indicar el reducido número de los elegidos que quieren conformarse a Jesucristo llevando la cruz. Es tan limitado, tan limitado este número, que, si lo conociéramos, quedaríamos pasmados de dolor.

Es tan reducido, que apenas si hay uno por cada diez mil -como fue revelado, a varios santos, entre ellos a San Simón Estilita, según refiere el santo abad Nilo después de San Efrén, San Basilio y otros más-. Es tan reducido, que, si Dios quisiera agruparlos, tendría que gritarles, como en otro tiempo, por boca de un profeta: Congregaos uno a uno; uno de esta provincia, otro de aquel país.

El que quiera. El que tenga voluntad sincera, voluntad firme y resuelta. Y esto no por instinto natural, rutina, egoísmo, interés o respeto humano, sino por la gracia triunfante del Espíritu Santo, que no se comunica a todos: No a todos ha sido dado conocer el misterio. El conocimiento práctico del misterio de la cruz se comunica a muy pocos. Para que alguien suba al Calvario y se deje crucificar con Jesucristo, en medio de los suyos, es necesario que sea un valiente, un héroe, un decidido, un amigo de Dios; que haga trizas al mundo y al infierno, a su cuerpo y a su propia voluntad; un hombre resuelto a sacrificarlo todo, emprenderlo y padecerlo todo por Jesucristo.

Sabed, queridos Amigos de la Cruz, que aquellos de entre vosotros que no tienen tal determinación andan sólo con un pie, vuelan sólo con un ala y no son dignos de estar entre vosotros, pues no merecen llamarse Amigos de la Cruz, a la que hay que amar, como Jesucristo, con corazón generoso y de buena gana. Una voluntad a medias -lo mismo que una oveja sarnosa- basta para contagiar todo el rebaño. Si una de éstas hubiera entrado en el redil por la falsa puerta de lo mundano, echadla fuera en nombre de Jesucristo, como al lobo de entre las ovejas.

El que quiera venirse conmigo, que me humillé y anonadé tanto que parezco más gusano que hombre: Yo soy un gusano, no un hombre (Salmo 22,7); conmigo, que vine al mundo solamente para abrazar la cruz: Aquí estoy para enarbolarla en medio de mi corazón, en las entrañas; para amarla desde mi juventud: la quise desde muchacho; para suspirar por ella toda mi vida: ¡Qué más quiero!; para llevarla con alegría, prefiriéndola a todos los goces y delicias del cielo y de la tierra: En vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz (Heb 12,2); conmigo, finalmente, que no encontré el gozo colmado sino cuando pude morir en sus brazos divinos.

2. «Que reniegue de sí mismo»

El que quiera, pues, venirse conmigo, anonadado y crucificado en esta forma, debe, a imitación mía, gloriarse sólo en la pobreza, las humillaciones y padecimientos de mi cruz: que reniegue de sí mismo.

¡Lejos de la compañía de los Amigos de la Cruz los que sufren orgullosamente, los sabios según el siglo, los grandes genios y espíritus agudos, henchidos y engreídos de sus propias luces y talentos! ¡Lejos de aquí los grandes charlatanes, que aman mucho el ruido, sin otro fruto que la vanidad! ¡Lejos de aquí los devotos orgullosos, que hacen resonar en todas partes el «en cuanto a mí» del orgulloso Lucifer: No soy como los demás: que no pueden soportar que los censuren, sin excusarse; que los ataquen, sin defenderse; que los humillen, sin ensalzarse!

¡Mucho cuidado! No admitáis en vuestras filas a esas personas delicadas y sensuales que rehuyen la menor molestia, que gritan y se quedan ante el más leve dolor, que jamás han experimentado los instrumentos de penitencia -cadenilla, cilicio, disciplina, etc.- y que mezclan a sus devociones, según la moda, la más solapada y refinada sensualidad y falta de mortificación.

3. «Que cargue con su cruz»

Que cargue con su cruz. ¡La suya propia! Que ese tal, ese hombre, esa mujer excepcional que toda la tierra no alcanzaría a pagar, cargue con alegría, abrace con entusiasmo y lleve con valentía sobre sus hombros la propia cruz y no la de otro: -la cruz, que mi Sabiduría le fabricó con número, peso y medida; -la cruz cuyas dimensiones: espesor, longitud, anchura y profundidad, tracé por mi propia mano con extraordinaria perfección; -la cruz que le he fabricado con un trozo de la que llevé al Calvario, como fruto del amor infinito que le tengo; -la cruz, que es el mayor regalo que puedo hacer a mis elegidos en este mundo; -la cruz, constituida, en cuanto a su espesor, por la pérdida de bienes, las humillaciones, menosprecios, dolores, enfermedades y penalidades espirituales que, por permisión mía, le sobrevendrán día a día hasta la muerte; -la cruz, constituida, en cuanto a su longitud, por una serie de meses o días en que se verá abrumado de calamidades, postrado en el lecho, reducido a mendicidad, víctima de tentaciones, sequedades, abandonos y otras congojas espirituales; -la cruz, constituida, en cuanto a su anchura, por las circunstancias más duras y amargas de parte de sus amigos, servidores o familiares; -la cruz, constituida, por último, en cuanto a su profundidad, por las aflicciones más ocultas con que le atormentaré, sin que pueda hallar consuelo en las criaturas. Estas, por orden mía, le volverán las espaldas y se unirán a mí para hacerle sufrir.

Que cargue. Que la cargue: que no la arrastre, ni la rechace, ni la recorte, ni la oculte. En otras palabras, que la lleve con la mano en alto, sin Impaciencia ni repugnancia, sin quejas ni criticas voluntarias, sin medias tintas ni componendas, sin rubor ni respeto humano.

Que la cargue. Que la lleve estampada en la frente, diciendo como San Pablo: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme más que de la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal. 6,14), mi Maestro.

Que la lleve a cuestas, a ejemplo de Jesucristo, para que la cruz sea el arma de sus conquistas y el cetro de su imperio.

Por último, que la plante en su corazón por el amor, para transformarla en zarza ardiente, que día y noche se abrase en el puro amor de Dios, sin que llegue a consumirse.

La cruz. Que cargue con la cruz, puesto que nada hay tan necesario, tan útil, tan dulce ni tan glorioso como padecer algo por Jesucristo.


San Luis María Grignión de Montfort
(Carta a los Amigos de la Cruz)

jueves, 10 de septiembre de 2009

LA SANTÍSIMA VIRGEN, EL SECRETO DE LOS SANTOS.


Si honrar a María Santísima, es necesario a todos los hombres para alcanzar su salvación, lo es mucho más a los que son llamados a una perfección particular. Creo personalmente que nadie puede llegar a una íntima unión con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro.

Sólo María halló gracia delante de Dios, sin auxilio de ninguna creatura. Sólo por Ella han hallado gracia ante Dios cuantos después de Ella la han hallado y sólo por Ella la encontrarán cuantos la hallarán en el futuro.

Ya estaba llena de gracia cuando la saludó el arcángel San Gabriel.

María quedó sobreabundantemente llena de gracia, cuando el Espíritu Santo la cubrió con su sombra inefable. Y siguió creciendo de día en día y de momento en momento en esta doble plenitud de tal manera que llegó a un grado inmenso e incomprensible.

Por ello, el Altísimo le ha constituido tesorera única de sus tesoros y única dispensadora de sus gracias para que embellezca, levante y enriquezca a quien Ella quiera; introduzca, a pesar de todos los obstáculos, por la angosta senda de la vida a quien Ella quiera; y dé el trono, el cetro y la corona regia a quien Ella quiera-Jesús es siempre y en todas partes el fruto y el Hijo de María y María es en todas partes el verdadero árbol que lleva el fruto de vida y la verdadera Madre que lo produce.

Sólo a María ha entregado Dios las llaves que dan entrada a la intimidad del amor divino y el poder de dar entrada a los demás por los caminos más sublimes y secretos de la perfección.

Sólo María permite la entrada en el paraíso terrestre a los pobres hijos de la Eva infiel para pasearse allí agradablemente con Dios, esconderse de sus enemigos con seguridad, alimentarse deliciosamente sin temer ya a la muerte del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia del bien y del mal, y beber a boca llena las aguas celestiales de la hermosa fuente que allí mana en abundancia. Mejor dicho, siendo Ella misma este paraíso terrestre o esta tierra virgen y bendita de la que fueron arrojados Adán y Eva pecadores, permite entrar solamente a aquellos a quienes le place para hacerlos llegar a la santidad.

De siglo en siglo, pero de modo especial hacia el fin del mundo, todos los "ricos del pueblo suplicarán tu rostro". San Bernardo comenta así estas palabras del Espíritu Santo: los mayores santos, las personas más ricas en gracia y virtud son los más asiduos en rogar a la Santísima Virgen y contemplarla siempre como el modelo perfecto a imitar y la ayuda eficaz que les debe socorrer.

He dicho que esto acontecerá especialmente hacia el fin del mundo y muy pronto porque el Altísimo y su Santísima Madre han de formar grandes santos que superarán en santidad a la mayoría de los otros santos cuanto los cedros del Líbano exceden a los arbustos. Así fue revelado a un alma santa, cuya vida escribió de Renty.

Estos grandes santos, llenos de gracia y dinamismo, serán escogidos por Dios para oponerse a sus enemigos, que bramarán por todas partes. Tendrán una excepcional devoción a la Santísima Virgen, quien les esclarecerá con su luz, les alimentará con su leche, les sostendrá con su brazo y les protegerá, de suerte que combatirán con una mano y construirán con la otra. Con una mano combatirán, derribarán, aplastarán a los herejes con sus herejías, a los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con sus idolatrías y a los pecadores con sus impiedades. Con la otra edificarán el templo del verdadero Salomón y la mística ciudad de Dios, es decir, la Santísima Virgen, llamada precisamente por los Padres, Templo de Salomón y Ciudad de Dios.

Con sus palabras y ejemplos atraerán a todos a la verdadera devoción a María. Esto les granjeará muchos enemigos, pero también muchas victorias y gloria para Dios solo. Así lo reveló Dios a Vicente Ferrer, gran apóstol de su siglo, como lo consignó claramente en uno de sus escritos.


San Luis María Grignion de Montfort,
Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

PASTORA, DIVINA PASTORA...


En toda esta dura jornada de la vida he tenido muy cerquita de mí a María; mi dulce Madre del Cielo. ¡Qué gentil pero firme pastora ha sido para guiar mis pasos! Nunca permite que sienta compasión de mí mismo.

Aunque no es un título, éste de pastora, que se aplica tradicionalmente a María, sin embargo, el papel que María desempeña en la Iglesia y en la vida de los cristianos tiene mucho parecido con el oficio del pastor: cuidar, defender, mantener en el redil de la Iglesia a todas las ovejas a ella, madre y pastora, encomendadas. No más de medio siglo atrás era frecuente encontrar esa escena entrañablemente humana del pastor al frente o en medio de su rebaño de ovejas. El pastor que caminaba delante de ellas o que se encontraba descansando, plácidamente, sobre su cayado. El pastor es símbolo del hombre vigilante que, con ojo avizor, está atento a su rebaño. Con mucha frecuencia, en el Antiguo Testamento, Dios se llama a sí mismo pastor de Israel y así gusta ser llamado. Una de sus tristezas es ver a su pueblo que está como ovejas sin pastor. El pastor conoce a las ovejas y cuida de ellas; el pastor camina delante de ellas para llevarlas hasta las buenas pasturas. En definitiva, el pastor vive para sus ovejas y está dispuesto a afrontar todos los riesgos para que no se pierda ninguna oveja de su rebaño.

María cuidó de su único “Cordero”. María presidía y estaba en medio del primer rebaño cuando el Pastor se fue al “redil definitivo”. Y María no se ha desentendido de su tarea de cuidar de todas las ovejas que formamos parte del redil de la Iglesia. María tiene, por tanto, esa función de ser pastora.

En primer lugar, es pastora porque es madre del buen pastor y porque se preocupa de que el rebaño en general y cada una de las ovejas en particular vivan dentro de la grey de su Hijo: la Iglesia.

María es pastora porque realiza muchas de las funciones del pastor, sobre todo defiende al rebaño. Así se refleja en una de las primeras plegarias con la cual el pueblo cristiano se ha dirigido a María: “Bajo tu amparo nos acogemos...; líbranos de todo peligro”. “Sé la compañera de viaje -decía el monje Pedro, obispo de Argos, en el siglo XI- de quien está en camino y sé navegante para quien está en alta mar”.

Cuando se invoca a María como madre de los desamparados o refugio de los pecadores, se nos sugiere esa preocupación de María de ir en busca de la oveja perdida. María les llama con su voz maternal para que regresen al redil y puedan escuchar la voz del Pastor.

Ella es la pastora que toma en sus brazos a las ovejas necesitadas: consoladora de los afligidos, auxilio de los cristianos.

Pedidle a María que, cuando tengamos la debilidad de apartarnos del redil, ella, como dulce pastora, nos lleve de su mano y nos devuelva a su Hijo.

Porque tengo confianza en todas tus riquezas, María, te suplico que conduzcas a este tu rebaño a los pastos de la salvación, mediante la experiencia que posee el que cuida de un rebaño.

Tú sabes muy bien cuan necesitado estoy.

Que nunca suceda que una fiera dañina arremeta contra el rebaño y que ninguna de mis ovejas caiga en ningún peligro espiritual.

Por lo tanto, te pido que seas tú la que me gobierne a mí, como pastor, que seas tú la que proteja el rebaño de toda asechanza.

Que seas tú la que dirijas hacia la inmortalidad a los que peregrinan en este mundo para que allí podamos también gozar de tu protección por la gracia y el amor hacia todos los hombres de tu Hijo primogénito, nuestro Señor Jesucristo. (León VI el Sabio, homilía en la Anunciación.)

jueves, 3 de septiembre de 2009

ARROJARSE EN LOS BRAZOS DE DIOS


Supongo, por ejemplo, que un cristiano se ha liberado de todas las ilusiones del mundo por sus reflexiones y por las luces que ha recibido de Dios, que reconoce que todo es vanidad, que nada puede llenar su corazón, que lo que ha deseado con las mayores ansias es a menudo fuente de los pesares más mortales; que apenas si se puede distinguir lo que nos es útil de lo que nos es nocivo, porque el bien y el mal están mezclados casi por todas partes, y lo que ayer era lo más ventajoso es hoy lo peor; que sus deseos no hacen más que atormentarle, que los cuidados que toma para triunfar le consumen y algunas veces le perjudican, incluso en sus planes, en lugar de hacerlos avanzar; que, al fin y al cabo, es una necesidad el que se cumpla la voluntad de Dios, que no se hace nada fuera de su mandato y que no ordena nada a nuestro respecto que no nos sea ventajoso.

Después de percibir todo esto, supongo también que se arroja a los brazos de Dios como un ciego, que se entrega a Él, por decirlo así, sin condiciones ni reservas, resuelto enteramente a fiarse a Él en todo y de no desear nada, no temer nada, en una palabra, de no querer nada más que lo que Él quiera, y de querer igualmente todo lo que Él quiera; afirmo que desde este momento esta dichosa criatura adquiere una libertad perfecta, que no puede ser contrariada ni obligada, que no hay ninguna autoridad sobre la tierra, ninguna potencia que sea capaz de hacerle violencia o de darle un momento de inquietud.

Pero, ¿no es una quimera que a un hombre le impresionen tanto los males como los bienes? No, no es ninguna quimera; conozco personas que están tan contentas en la enfermedad como en la salud, en la riqueza como en la indigencia; incluso conozco quienes prefieren la indigencia y la enfermedad a las riquezas y a la salud.

Además no hay nada más cierto que lo que os voy a decir: Cuanto más nos sometamos a la voluntad de Dios, más condescendencia tiene Dios con nuestra voluntad. Parece que desde que uno se compromete únicamente a obedecerle, Él sólo cuida de satisfacernos: y no sólo escucha nuestras oraciones, sino que las previene, y busca hasta el fondo de nuestro corazón estos mismos deseos que intentamos ahogar para agradarle y los supera a todos.

En fin, el gozo del que tiene su voluntad sumisa a la voluntad de Dios es un gozo constante, inalterable, eterno. Ningún temor turba su felicidad, porque ningún accidente puede destruirla. Me lo represento como un hombre sentado sobre una roca en medio del océano; ve venir hacia él las olas más furiosas sin espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a romperse a sus pies; que el mar esté calmo o agitado, que el viento impulse las olas de un lado o del otro, sigue inalterable porque el lugar donde se encuentra es firme e inquebrantable.

De ahí nace esa paz, esta calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre igual que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.



"El Abandono confiado a la Divina Providencia".

martes, 1 de septiembre de 2009

REINA DE NUESTRAS ALMAS


Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía, en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor.

Así pues, durante su vida mortal, gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente san Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le hubiese encomendado su Madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su Reina, éstos a su Señora, y unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.

Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes, inundada como estaba por el mar inagotable de los carismas divinos, derramaba en abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que superaban a las de cualquiera otra criatura. Daba la salud a los cuerpos y el remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la Madre del Señor lo que deseaban.

Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, la Esposa, Madre del Esposo único, suave y agradable, llena de delicias, como una fuente de los jardines espirituales, como un pozo de agua viva y vivificante, que mana con fuerza del Líbano divino, desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras, hacía derivar ríos de paz y torrentes de gracia celestial. Por esto, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el Rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del Salmista, que decía al Señor: De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.


San Amadeo de Lausana,
Homilía 7 (SC 72, 188.190.192. 200)