lunes, 24 de noviembre de 2008

REPARTIR LA ALEGRÍA


Supongo que los lectores de esta columna ya conocen el cariño que yo siento hacia Francisco de Asís, un cariño mezclado con admiración y también con un poco de vergüenza al comprobar lo infinitamente lejos que todos estamos de él. Pero tal vez no he dicho que, aunque radicalmente lo que me admira es su entrega a Dios y su identificación con Cristo, lo que me conmueve especialmente es cómo supo vivir la pobreza con alegría y cómo, con raudales de imaginación, vivió hasta lo hondo la humanidad.


Repasando estos días la biografía -recientemente traducida al castellano- que sobre él escribe Jolien Green, me he detenido en una página conmovedora. Es aquella en la que, tras contar los vertiginosos ayunos que él y sus frailes hicieron en Rivo Torto, una noche, durmiendo ya, oyó los lamentos de un hermano que gemía. Se levantó. «¿Qué os pasa, hermano?» «Lloro -respondió aquél- porque me muero de hambre.» Y entonces aparece el mejor Francisco: despierta a los demás hermanos y les explica que el ayuno está muy bien, pero que no pueden dejar que un hermano se muera de hambre. Y como tampoco deben dejarle que sufra la vergüenza de comer él solo, es necesario que todos los compañeros se levanten y se pongan juntos a comer con él. Y el hambre del hermano se convirtió en una fiesta, aunque la comida estuvo compuesta sólo de pan y unos pocos rábanos, pero bien regados por la alegría común.


Me encanta este cristianismo. Está bien el ayuno. Está bien dar de comer al hambriento. Está mucho mejor compartir todos juntos la humilde alegría que tenemos.


Tengo la impresión de que hemos materializado incluso la justicia social. Los que hablan -y hacen bien- de ella suelen olvidarse de que repartir gozosamente el pan es la segunda parte fundamental de la justicia. Y que predicar amargamente el necesario reparto de los bienes es olvidarse de repartir lo fundamental: el gozo de amarse.


He pensado muchas veces en aquella primera Juana de Arco que pintó Peguy y que la dibujaba amargada y triste después de ayudar a los pobres, porque pensaba: «Yo estoy ayudando a este pobre, pero quedan millones sin socorrer, y además yo le ayudo hoy, pero ¿quién le ayudará nunca?» Hundida en estas ideas, Juana se sepultaba en el pesimismo.


Y es evidente que nadie, nunca, será capaz de curar todo el mal del mundo. Pero también lo es que el amor avanza lenta aunque implacablemente. Lo urgente es compartir el pan hoy y acompañarlo hoy con el reparto de la alegría. Quien tenga pan, que lo reparta. Quien tenga pan y sonrisa, que distribuya los dos. Quien sólo tenga sonrisa, que no se sienta pobre e impotente: que reparta sonrisa y amor.


Porque el hambre volverá mañana, pero el recuerdo de haber sido querido por alguien permanecerá floreciendo en el alma. Seguro que al buen fraile que se moría de hambre en los tiempos de Francisco, más que el pan y los rábanos le alimentó el cariño de sus compañeros, que interrumpieron su sueño sólo para que aquel hambriento se sintiera participante de un banquete común.


J. L. Martín Descalzo (del libro "Razones para el Amor")

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