domingo, 30 de noviembre de 2008

ADVIENTO, TIEMPO DE ESPERANZA


Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para librarnos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.


La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.


La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.


Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísimo de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.




De las cartas pastorales de san Carlos Borromeo, obispo.
(Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, 916-917)

jueves, 27 de noviembre de 2008

"Necesitamos que digáis que podéis vivir bien sin tanto consumo, que estáis dispuestos a perder privilegios y bajar un poco vuestro nivel de vida"


No, estos niños no "juegan a la guerra", como pueden hacer los niños del primer mundo, como puede hacer tu hijo, tu primo o tu sobrino. No. Estos niños, a quienes han robado la niñez, son soldados de verdad, en el Congo.


Ayer me envió Paloma un correo electrónico que me hizo pensar. Como Paloma es buena amiga y lectora asidua de este blog, no le importará que lo colguemos aquí, para que todos nos podamos enriquecer.


¿De verdad estamos dispuestos a vivir sin tanto consumo, a perder nuestros privilegios, a rebajar nuestro nivel de vida para que otros, aunque sea en la otra parte del mundo, puedan subir el suyo?


Recordemos, ahora que empieza el Adviento, las palabras de Isaías para preparar el camino al Señor:


"Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie." (Is. 40, 3-4).


Gracias Paloma.



Hola a todos,


Hoy he podido leer la carta de un amigo.


Se trata de Andrés García, misionero de la Consolata de Jaén que lleva cinco años en el Congo compartiendo su vida entera con los pigmeos. He pensado que la carta es de interés de todos vosotros, porque habla en primera persona del conflicto que ahora azota a este país, y que supongo habréis escuchado en las noticias. Bueno, para el que le suene a chino, explico brevemente que todo gira en torno al coltán, materia prima de la que se extrae el tantalio, metal de gran resistencia al calor que posee propiedades eléctricas. Por ello es el material fundamental con el que se fabrican gran cantidad de componentes electrónicos que usamos hoy día, como teléfonos móviles, pantallas de plasma, ordenadores, etc. Como comprenderéis, se trata de uno de los recursos más deseados, ya que se transforma en definitiva, en una producción inmensa de dinero y riqueza.


Pues bien, este material, más valorado a día de hoy que el oro, encuentra en el Congo el 80% de su reserva mundial. Es decir, el control de este país es poder. De ahí las múltiples guerras.


Esto nos cuenta Andrés:


“Ahora, a inicios de este mes de noviembre, las expectativas se vuelven un poco sombrías: voces de guerra, que cambiarán el ritmo de vida y de trabajo de todos. Es tiempo de alimentar la esperanza con acciones concretas desde el interno del país, pero también y sobre todo desde el extranjero, desde ahí, desde Europa, pues parece que este conflicto que no se termina de apagar desde 1988 tiene su origen en los intereses del norte. En vuestras manos, hermanos, nuestras vidas. Necesitamos que compréis menos teléfonos móviles, que disminuyáis el consumo de productos de alta tecnología elaborados con el coltán, necesitamos que digáis a los gobiernos del norte que podéis vivir bien sin tanto consumo, que estáis dispuestos a perder privilegios y bajar un poco vuestro nivel de vida. Necesitamos que pidáis que dejen al Congo decidir sobre sus materias primas… Organizaos, manifestaos, que se oiga nuestra voz a través de la vuestra, que las miles de ocupaciones y distracciones de esa sociedad activista no dejen que se corte el hilo de la esperanza que ahora nos sostiene.


No nos basta la ayuda humanitaria que tranquiliza conciencias (aunque también tranquiliza nuestros estómagos), necesitamos también que cese esta inestabilidad dictada por los mercados y los intereses del norte, necesitamos que nos dejéis empeñarnos con todas nuestras fuerzas y con todos nuestros recursos en el camino de desarrollo y de reconstrucción de un país enorme, difícil de gobernar por su falta de estructuras y con una democracia aún “en periodo de lactancia”. Que los intereses del norte no nos compliquen más aún las cosas. Un abrazo a todos. Vuestro hermano Andrés”.


Solo quiero añadir, que quizás pienses que no puedes hacer nada… y que ahora viene la Navidad... y tenemos que comprar muchas cosas sin más remedio…los regalos... la comida…noche vieja…………pero…¿de verdad piensas que no puedes hacer nada.....?


Si quieres saber más de la labor de Andrés y colaborar, echa un vistazo a http://www.sedevida.blogspot.com/


Que Dios te bendiga,


Paloma.

lunes, 24 de noviembre de 2008

REPARTIR LA ALEGRÍA


Supongo que los lectores de esta columna ya conocen el cariño que yo siento hacia Francisco de Asís, un cariño mezclado con admiración y también con un poco de vergüenza al comprobar lo infinitamente lejos que todos estamos de él. Pero tal vez no he dicho que, aunque radicalmente lo que me admira es su entrega a Dios y su identificación con Cristo, lo que me conmueve especialmente es cómo supo vivir la pobreza con alegría y cómo, con raudales de imaginación, vivió hasta lo hondo la humanidad.


Repasando estos días la biografía -recientemente traducida al castellano- que sobre él escribe Jolien Green, me he detenido en una página conmovedora. Es aquella en la que, tras contar los vertiginosos ayunos que él y sus frailes hicieron en Rivo Torto, una noche, durmiendo ya, oyó los lamentos de un hermano que gemía. Se levantó. «¿Qué os pasa, hermano?» «Lloro -respondió aquél- porque me muero de hambre.» Y entonces aparece el mejor Francisco: despierta a los demás hermanos y les explica que el ayuno está muy bien, pero que no pueden dejar que un hermano se muera de hambre. Y como tampoco deben dejarle que sufra la vergüenza de comer él solo, es necesario que todos los compañeros se levanten y se pongan juntos a comer con él. Y el hambre del hermano se convirtió en una fiesta, aunque la comida estuvo compuesta sólo de pan y unos pocos rábanos, pero bien regados por la alegría común.


Me encanta este cristianismo. Está bien el ayuno. Está bien dar de comer al hambriento. Está mucho mejor compartir todos juntos la humilde alegría que tenemos.


Tengo la impresión de que hemos materializado incluso la justicia social. Los que hablan -y hacen bien- de ella suelen olvidarse de que repartir gozosamente el pan es la segunda parte fundamental de la justicia. Y que predicar amargamente el necesario reparto de los bienes es olvidarse de repartir lo fundamental: el gozo de amarse.


He pensado muchas veces en aquella primera Juana de Arco que pintó Peguy y que la dibujaba amargada y triste después de ayudar a los pobres, porque pensaba: «Yo estoy ayudando a este pobre, pero quedan millones sin socorrer, y además yo le ayudo hoy, pero ¿quién le ayudará nunca?» Hundida en estas ideas, Juana se sepultaba en el pesimismo.


Y es evidente que nadie, nunca, será capaz de curar todo el mal del mundo. Pero también lo es que el amor avanza lenta aunque implacablemente. Lo urgente es compartir el pan hoy y acompañarlo hoy con el reparto de la alegría. Quien tenga pan, que lo reparta. Quien tenga pan y sonrisa, que distribuya los dos. Quien sólo tenga sonrisa, que no se sienta pobre e impotente: que reparta sonrisa y amor.


Porque el hambre volverá mañana, pero el recuerdo de haber sido querido por alguien permanecerá floreciendo en el alma. Seguro que al buen fraile que se moría de hambre en los tiempos de Francisco, más que el pan y los rábanos le alimentó el cariño de sus compañeros, que interrumpieron su sueño sólo para que aquel hambriento se sintiera participante de un banquete común.


J. L. Martín Descalzo (del libro "Razones para el Amor")

domingo, 23 de noviembre de 2008

INDULGENCIA PLENARIA EN LA SOLEMNIDAD DE CRISTO REY


Según el 'Euchiridion de las Indulgencias', publicado por la Sagrada Penitenciaria Apostólica el 18 de Mayo de 1986, se concede indulgencia plenaria a quienes, en la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey, recen públicamente el acto de consagración del genero humano a Jesucristo Rey.



JESÚS DULCISIMO, REDENTOR


(Acto de consagración del género humano a Jesucristo Rey)


Jesús dulcísimo, Redentor del genero humano, míranos arrodillados humildemente en tu presencia. Tuyos somos y tuyos queremos ser; y para estar más firmemente unidos a ti, hoy cada uno de nosotros se consagra voluntariamente a tu Sagrado Corazón. Muchos nunca te han conocido; muchos te han rechazado, despreciando tus mandamientos. Compadécete de unos y otros benignísimo Jesús, y atráelos a todos a tu Sagrado Corazón. Reina, Señor, no solo sobre los que nunca se han separado de ti, sino también sobre los hijos pródigos que te han abandonado; haz que vuelvan pronto a la casa paterna, para que no mueran de miseria y de hambre. Reina sobre aquellos que están extraviados por el error o separados por la discordia, y haz que vuelvan al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que pronto no haya más que un solo rebaño y un solo pastor. Concede, Señor, a tu Iglesia una plena libertad y seguridad; concede a todo el mundo la tranquilidad del orden; haz que desde un extremo de la tierra no se oiga más que una sola voz:



Alabado sea el Divino Corazón, por quien nos ha venido la salvación: a él la gloria y el honor por los siglos. Amén.

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO.

LA CONSAGRACIÓN DE ESPAÑA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

El 30 de Mayo de 1919 el rey Alfonso XIII leyó la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Esta consagración se realizó en el Cerro de los Angeles, cerca de Madrid, ante una gran imagen de piedra del Sagrado Corazón situada en lo alto del cerro. El rey leyó la consagración de pie ante un altar con el Santísimo Sacramento. Al acto asistieron el gobierno en pleno, otras autoridades civiles y religiosas, y muchísima gente. Este es el texto de la consagración, leído por el rey:

"Corazón de Jesús Sacramentado, Corazón del Dios Hombre, Redentor del Mundo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan:

España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante este trono de tus bondades que para Tí se alza en el centro de la península. Todas las razas que habitan, todas las regiones que la integran, han constituido en la sucesión de los siglos y a través de comunes azares y mutuas lealtades esta gran patria española, fuerte y constante en el amor a la Religión y en su adhesión a la Monarquía.

Sintiendo la tradición católica de la realeza española y continuando gozosos la historia de su fe y de su devoción a Vuestra Divina Persona, confesamos que Vos vinisteis a la tierra a establecer el reino de Dios en la paz de las almas, redimidas por Vuestra Sangre y en la dicha de los pueblos que se rijan por vuestra santa Ley: reconocemos que tenéis por blasón de Vuestra Divinidad conceder participación de Vuestro Poder a los Príncipes de la tierra y que de Vos reciben eficacia y sanción todas las leyes justas, en cuyo cumplimiento estriba el imperio del orden y de la paz.

Vos sois el camino seguro que conduce a la posición de la vida eterna: luz inextinguible que alumbra los entendimientos para que conozcan la verdad y principio propulsor de toda vida y de todo legítimo progreso social, afianzándose en Vos y en el poderío y suavidad de vuestra gracia, todas las virtudes y heroísmo que elevan y hermosean el alma.

Venga, pues a nosotros tu Santísimo Reino, que es Reino de justicia y de amor. Reinad en los corazones de los hombres, en el seno de los hogares, en la inteligencia de los sabios, en las aulas de la ciencia y de las letras y en nuestras leyes e instituciones patrias.

Gracias, Señor, por habernos librado misericordiosamente de la común desgracia de la guerra, que tantos pueblos ha desangrado: continuad con nosotros la obra de vuestra amorosa providencia.

Desde estas alturas que para Vos hemos escogido, como símbolo del deseo que nos anima de que presidáis todas nuestras empresas, bendecid a los pobres, a los obreros, a los proletarios todos para que en la pacifica armonía de todas las clases sociales, encuentren justicia y caridad que haga mas suave su vida, mas llevadero su trabajo.

Bendecid al Ejército y a la Marina, brazos armados de la Patria, para que en la lealtad de su disciplina y en el valor de sus armas sean siempre salvaguardia de la Nación y defensa del derecho. Bendecidnos a todos los que aquí reunidos en la cordialidad de unos mismos santos amores de la Religión y de la Patria, queremos consagraros nuestra vida pidiéndoos como premio de ella el morir en la seguridad de Vuestro Amor y en el regalado seno de Vuestro Corazón Adorable. Así sea."



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lunes, 17 de noviembre de 2008

La donación de órganos, acto de amor.


Discurso que dirigió Benedicto XVI a los participantes en el congreso internacional sobre el tema "Un don para la vida. Consideraciones sobre la donación de órganos", celebrado del 6 al 8 de noviembre en Roma, por iniciativa de la Academia Pontificia para la Vida, en colaboración con la Federación Internacional de las Asociaciones Médicas Católicas y el Centro nacional Italiano de Trasplantes.



Venerados hermanos en el episcopado,
ilustres señores y señoras:


La donación de órganos es una forma peculiar de testimonio de la caridad. En un período como el nuestro, con frecuencia marcado por diferentes formas de egoísmo, es cada vez más urgente comprender cómo es determinante para una correcta concepción de la vida entrar en la lógica de la gratuidad.


Existe, de hecho, una responsabilidad del amor y de la caridad que compromete a hacer de la propia vida un don para los demás, si se quiere verdaderamente la propia realización. Como nos enseñó el Señor Jesús, sólo quien da la propia vida podrá salvarla (Cf. Lucas 9, 24). Saludo a todos los presentes, en particular al senador Maurizio Sacconi, ministro de Trabajo, Salud y Políticas Sociales de Italia, y doy las gracias al arzobispo monseñor Rino Fisichella, presidente de la Academia Pontificia para la Vida por las palabras que me ha dirigido, ilustrando el profundo significado de este encuentro y presentando la síntesis de los trabajos del congreso.


Junto a él, doy las gracias también al presidente de la Federación Internacional de las Asociaciones Médicas Católicas y al director del Centro Nacional de Trasplantes, subrayando con aprecio el valor de la colaboración de estos organismos en un ámbito como el del trasplante de órganos, que ha sido argumento de vuestras jornadas de estudio y de debate.


La historia de la medicina muestra con evidencia los grandes progresos que se han podido realizar para permitir una vida cada vez más digna a toda persona que sufre. Los trasplantes de tejidos de órganos representan una gran conquista de la ciencia médica y son ciertamente un signo de esperanza para muchas personas que atraviesan graves y a veces extremas situaciones clínicas.


Si nuestra mirada se amplía al mundo entero, es fácil constatar los numerosos y complejos casos en los que, gracias a la técnica del trasplante de órganos, muchas personas han superado fases sumamente críticas y se les ha restituido a la alegría de vivir. Esto nunca hubiera podido suceder si el compromiso de los médicos y la competencia de los investigadores no hubieran podido contar con la generosidad y el altruismo de quienes han donado sus órganos. El problema de la disponibilidad de órganos vitales, por desgracia, no es teórico, sino dramáticamente práctico; se puede constatar en la larga lista de espera de muchos enfermos cuyas únicas posibilidades de supervivencia están ligadas a las pocas donaciones que no corresponden a las necesidades objetivas.


Es útil, sobre todo en el contexto actual, volver a reflexionar en esta conquista de la ciencia para que la multiplicación de las peticiones de trasplantes no trastoque los principios éticos que constituyen su fundamento. Como dije en mi primera encíclica, el cuerpo nunca podrá ser considerado como un mero objeto (Cf. Deus caritas est, n. 5); de lo contrario se impondría la lógica del mercado. El cuerpo de toda persona, junto al espíritu que es dado a cada quien individualmente, constituye una unidad inseparable en la que está impresa la imagen del mismo Dios. Prescindir de esta dimensión lleva a caer perspectivas incapaces de comprender la totalidad del misterio presente en cada hombre. Es necesario, por tanto, que en primer lugar se ponga el respeto por la dignidad de la persona y la defensa de la tutela de su identidad personal.

Por lo que se refiere a la técnica del trasplante de órganos, esto significa que sólo se puede hacer una donación si no se pone en serio peligro la propia salud y la propia identidad y siempre por un motivo moralmente válido y proporcionado. Eventuales motivos de compraventa de órganos, así como la adopción de criterios discriminadores o utilitaristas, desentonarían hasta tal punto con el mismo significado de la donación de que por sí mismos se pondrían fuera de juego, calificándose como actos moralmente ilícitos. Los abusos en los trasplantes y su tráfico, que con frecuencia afectan a personas inocentes, como los niños, tienen que encontrar el rechazo unido de la comunidad científica y médica por ser prácticas inaceptables. Por tanto, deben ser condenadas con decisión como abominables. El mismo principio ético debe ser subrayado cuando se quiere llegar a la creación y destrucción de embriones humanos destinados a objetivos terapéuticos. La misma idea de considerar el embrión como "material terapéutico" contradice los fundamentos culturales, civiles y éticos sobre los que se basa la dignidad de la persona.


Con frecuencia, el trasplante de órganos tiene lugar como un gesto de total gratuidad por parte de los familiares de una persona a quien se ha certificado la muerte. En estos casos, el consentimiento informado es una condición de la libertad para que el trasplante se caracterice por ser un don y no se interprete como un acto coercitivo o de abuso. De todos modos, es útil recordar que los diferentes órganos vitales sólo pueden extraerse ex cadavere [del cadáver, ndt.], que posee una dignidad propia que debe ser respetada. La ciencia, en estos años, ha hecho progresos ulteriores para constatar la muerte del paciente. Es bueno, por tanto, que los resultados alcanzados reciban el consenso de toda la comunidad científica para favorecer la búsqueda de soluciones que den certeza a todos. En un ámbito como éste no se puede dar la mínima sospecha de arbitrio y, cuando no se haya alcanzado todavía la certeza, debe prevalecer el principio de precaución. Para esto es útil incrementar la búsqueda y la reflexión interdisciplinar de manera que se presente a la opinión pública la verdad más trasparente sobre las implicaciones antropológicas, sociales, éticas y jurídicas de la práctica del trasplante. En estos casos, de todos modos, debe asumirse como criterio principal el respeto por la vida del donante de manera que la extracción de órganos sólo tenga lugar tras haber constatado su muerte real (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (n. 476).
El acto de amor, que se expresa con el don de los propios órganos vitales, es un testimonio genuino de caridad que sabe ver más allá de la muerte para que siempre venza la vida. Debe ser consciente del valor de este gesto quien lo recibe, quien es destinatario de un don que va más allá del beneficio terapéutico. Antes que un órgano recibe un testimonio de amor que debe suscitar una respuesta igualmente generosa, de manera que se incremente la cultura del don y de la gratuidad.

La senda que hay que seguir, hasta que la ciencia descubra nuevas formas posibles y más avanzadas de terapia, tendrá que ser la de la formación y difusión de una cultura de la solidaridad que se abra a todos sin excluir a nadie. Una medicina de los trasplantes coherente con una ética de la donación exige el compromiso de todos por invertir todo esfuerzo posible en la formación y en la información para sensibilizar cada vez más a las conciencias en un problema que afecta diariamente a la vida de muchas personas. Será necesario, por tanto, superar prejuicios y malentendidos, disipar desconfianzas y miedos para sustituirlos con certezas y garantías, permitiendo que crezca en todos una conciencia cada vez más difundida del gran don de la vida.


Deseando que cada uno de vosotros continúe su propio compromiso con la debida competencia y profesionalidad, invoco la ayuda de Dios sobre las sesiones de trabajo del Congreso e imparto a todos de corazón mi bendición.



jueves, 13 de noviembre de 2008

CARTA DE DESPEDIDA DE D. JUAN JOSÉ ASENJO PELEGRINA A LA DIÓCESIS DE CÓRDOBA




Queridos hermanos y hermanas:

Escribo estas líneas cuando está a punto he hacerse público mi nombramiento como Arzobispo coadjutor de Sevilla. Son muchos los sentimientos que se agolpan en mi mente y en mi corazón en estos momentos. Son sentimientos encontrados, por una parte de gratitud al Señor que me envía a la Iglesia metropolitana hispalense para continuar en ella su obra de salvación, gratitud que quiero manifestar también al Santo Padre Benedicto XVI por la confianza que en mí deposita al hacerme este encargo. Junto a la alegría, la gratitud y la esperanza, os confieso también un fuerte sentimiento de tristeza y de nostalgia.

La Providencia de Dios quiso que hace cinco años –se cumplieron el pasado 27 de septiembre- me cupiera en suerte servir a la Iglesia en Córdoba, donde desde el principio me sentí acogido y querido y donde encontré unos sacerdotes magníficos, unos Seminarios bien orientados, una colaboración amplia y generosa de la vida consagrada en todos los sectores de la vida pastoral, y numerosos fieles laicos que aman verdaderamente a Jesucristo y a la Iglesia. Como he confesado en algunas ocasiones, lo primero que he hecho cada día a lo largo de estos cinco años, sin duda los más gozosos hasta ahora de mi vida sacerdotal y episcopal, ha sido dar gracias a Dios por ser Obispo de Córdoba, una Diócesis de profundas raíces cristianas y especialmente bendecida por Dios. A pesar de que mi servicio a Córdoba ha sido relativamente corto, con la ayuda de Dios y vuestra colaboración hemos ido día a día edificando la Iglesia y construyendo un pequeño tramo de la historia de nuestra Diócesis.

En estos años he tenido el gozo de ordenar 41 nuevos sacerdotes, he visto crecer nuestros Seminarios y hemos ido cumpliendo los objetivos de nuestro Plan Diocesano de Pastoral “¡Levantaos!, ¡vamos! (Mc 14,42)”, tratando de renovar la pastoral de la iniciación cristiana, cuyo fruto más visible es la publicación y puesta en marcha del Directorio de esta pastoral específica. Hemos tratado también de potenciar la pastoral juvenil y vocacional y la pastoral del matrimonio, de la familia y de la vida, que se ha plasmado, entre otras iniciativas, en la creación de tres Centros de Orientación familiar, en la Capital, en la Campiña y en la Sierra. Hemos logrado también ver aprobado el Propio de los Santos de la Diócesis y hemos dado un notable impulso a Caritas Diocesana, con proyectos cada vez más importantes y eficaces. Asimismo, con la ayuda del Delegado y de muchos Presidentes de Agrupaciones, Hermanos Mayores y Consiliarios, hemos ido dando pasos significativos en la clarificación de la neta identidad religiosa de nuestras Hermandades y Cofradías, a las que he procurado mostrar mi cercanía, viendo en ellas un camino privilegiado de evangelización y de vida cristiana en nuestra Diócesis. Me siento especialmente satisfecho del camino que hemos recorrido para afianzar la Acción Católica y recrear las ramas de jóvenes y de niños, y también de la creación de nuestra hoja Diocesana Iglesia en Córdoba. A través de ella he entrado en contacto cada semana con vosotros y a todos nos ha ayudado a crecer en comunión como familia diocesana.

Con la ayuda inestimable del Cabildo hemos comenzado la restauración del Palacio Episcopal, al que hemos trasladado ya los despachos y organismos de la Curia, a la espera de iniciar la obra del nuevo Museo Diocesano. También está a punto de concluir la obra de construcción de la parroquia de Santa Rafaela. Dios quiera que en las semanas que todavía voy a permanecer entre vosotros el Señor me conceda la gracia de ver iniciadas las obras de la parroquia de Ntra. Sra. de Consolación y de la nueva Casa Sacerdotal, que nuestros sacerdotes ancianos y enfermos necesitan y merecen. En los compases finales del trabajo preparatorio, siento en el alma no haber podido iniciar el Proceso Diocesano de Beatificación de nuestros mártires, que corresponderá a mi sucesor, a quien le tocará también, si lo estima conveniente, aplicar el nuevo Plan Diocesano de Pastoral ya aprobado, centrado en la Eucaristía y el servicio a los pobres.

A lo largo de estos años no han faltado los sufrimientos y la cruz, ni el trabajo muchas veces agotador, pero han sido incomparablemente mayores las satisfacciones y los gozos. En mis visitas a las parroquias he entrado en contacto con comunidades vivas, comprometidas con Jesucristo, con la Iglesia y la Nueva Evangelización. Siempre recordaré a los sacerdotes, buenos, entregados y generosos, que aspiran seriamente a la santidad, que he conocido en estos años. Por todo ello, tengo muchos motivos para dar gracias a Dios y a todos vosotros, los miembros del Consejo Episcopal y de la Curia diocesana, a los sacerdotes, consagrados, seminaristas y laicos, y a las autoridades que siempre me han tratado con deferencia y afecto. Bien sabe Dios que siempre pensé finalizar mi servicio episcopal entre vosotros. La Providencia de Dios ha dispuesto otra cosa y yo acato amorosamente su voluntad.

Estad seguros de que os llevo a todos en el corazón. Me quedo cerca, en la Iglesia hermana de Sevilla. Allí me tendréis siempre para serviros en lo que me sea posible. Estaremos unidos por los lazos invisibles pero reales de la Comunión de los Santos. Rezaré cada día por vosotros para que seáis siempre fieles a vuestra historia cristiana y para que el Señor os siga bendiciendo. Rezad también por mí para que sea un instrumento dócil y eficaz del ministerio de salvación que el Señor me encomienda en la Diócesis hispalense.

En las próximas semanas tendré la ocasión de despedirme de todos, especialmente en la Eucaristía de acción de gracias que tendrá lugar en nuestra Catedral el sábado 10 de enero.

Hasta entonces, para todos mi abrazo fraterno y mi bendición.


Córdoba, 13 de noviembre de 2008

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Obispo de Córdoba

Descargar en PDF:

CARTA DE DESPEDIDA DE D. JUAN JOSÉ ASENJO PELEGRINA A LA DIÓCESIS DE CÓRDOBA


SALUDO DEL ARZOBISPO COADJUTOR
ELECTO A LA ARCHIDIÓCESIS DE
SEVILLA


GRACIAS POR TODO, DON JUAN JOSÉ. QUE EL SEÑOR LO BENDIGA Y LO FORTALEZCA PARA SU NUEVO MINISTERIO POR TIERRAS HISPALENSES


Mons. Juan José Asenjo,
nombrado Arzobispo coadjutor de Sevilla.


El Papa Benedicto XVI ha nombrado obispo coajutor de la diócesis de Sevilla al hasta ahora obispo de Córdoba, monseñor Juan José Asenjo. Nació en Sigüenza (Guadalajara) hace 63 años. Hizo sus estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Sigüenza y fue ordenado sacerdote el 21 de septiembre de 1969.



Desde el año 1977 hasta el año 1979 realizó los cursos de doctorado en la Universidad Gregoriana de Roma. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en su diócesis de origen, donde trabajó en la enseñanza y en la formación sacerdotal. Estuvo vinculado especialmente al Patrimonio Cultural como Director del Archivo Artístico Histórico Diocesano (1979-1981), Canónigo encargado del Patrimonio Artístico (1985-1997) y Delegado Diocesano para el Patrimonio Cultural (1985-1993).


En 1993 fue nombrado Vicesecretario para Asuntos Generales de la CEE, cargo que desempeñó hasta su ordenación episcopal, el 20 de abril de 1997, como Obispo Auxiliar de Toledo. Tomó posesión de la diócesis de Córdoba el 27 de septiembre de 2003.


Mons. Asenjo fue Secretario General y Portavoz de la CEE de 1998 a 2003; Copresidente de la Comisión Mixta Ministerio de Educación y Cultura-Conferencia Episcopal Española para el seguimiento del Plan Nacional de Catedrales, de 1998 a 2003, y el Coordinador Nacional de la V Visita Apostólica del Papa Juan Pablo II a España (3 y 4 de mayo de 2003). Desde el año 2005 es Presidente de la Comisión Episcopal para el Patrimonio Cultural.


Por delegación de los Obispos del Sur, es el Obispo responsable de la Pastoral de la Salud de Andalucía.

GRACIAS POR TODO, D. JUAN JOSÉ. LOS JÓVENES DE ACCIÓN CATÓLICA DE LA DIÓCESIS DE CÓRDOBA LO TENDRÁN SIEMPRE PRESENTE EN SUS ORACIONES. QUE EL SEÑOR LO BENDIGA ABUNDANTEMENTE POR TODO EL BIEN QUE HA HECHO OCUPANDO LA SEDE DE OSIO.

CINCO PISTAS PARA LA COMUNIÓN


(Trascripción de la homilía de Mons. José Ignacio Munilla (Obispo de Palencia y Responsable del Departamento de Pastoral Juvenil de la CEE) en la Eucaristía de Clausura del Fórum de Pastoral con Jóvenes. Madrid, 10 de noviembre de 2008)


Queridos jóvenes: Os podéis imaginar que, un “servidor”, quisiera ahora acertar. Voy a decir que me he confesado hace un rato, y que le he pedido luz al Espíritu Santo para dirigirme a todos vosotros. Os hablo, no en nombre propio, sino en nombre de todos mis hermanos obispos, que con mucho gozo hemos compartido esta asamblea, y que queremos también deciros una palabra de aliento, de ánimo que ilumine vuestro camino.


Aquí ha habido una palabra que se ha repetido mucho. Yo creo que ha sido posiblemente la más repetida. Es de la que quisiera hablaros... es la palabra “Comunión”. Sí... precisamente, forma parte del ministerio episcopal ser “garante” de esa comunión, ser “animador” de esa comunión. Por eso, quisiera que esta homilía tuviera el siguiente título: “CINCO PISTAS PARA LA COMUNIÓN”. Es lo que yo os quisiera indicar. En este tono litúrgico, os pediría que no hubiera aplausos. Vamos a reservarlos para la homilía del Papa, en el 2011. Además, por otra parte, aunque no os parezca... soy tímido. Todavía recuerdo cómo a mis catorce o quince años, cuando sonaba el teléfono en casa, yo me escapaba a otra habitación por no cogerlo, pues me daba corte hablar con alguien sin verle la cara. Mi madre me echaba la bronca: “¡Qué va a ser de ti el día de mañana, tienes que dar la cara...! ¡Coge el teléfono!” A veces, cuando me acuerdo de esa anécdota de mi vida, pienso: “¡Hay que ver cómo el Señor te pega un empujón y te lanza a la piscina en muchas cosas!” Pero no penséis que se deja de ser tímido, aunque se vaya aprendiendo a dar la cara...


En este tono de familia en el que estamos, os presento cinco pistas para la comunión en la Iglesia.


Primera pista: Acabamos de terminar, providencialmente, el Sínodo de la Palabra. Nos resultará de gran ayuda una lectura “íntegra” y “profunda” de la Sagrada Escritura... No una lectura parcial o sesgada; sino una lectura íntegra y profunda.


Hay dos métodos para leer la Biblia. El primero suele ser: buscar en ella los textos en los que uno se ve más identificado -“Esta parte del evangelio me dice mucho... esta otra no me dice nada... Esta la dejo... paso la página... ”-. Es decir, en lo que me siento identificado me paro, lo reflexiono, lo comento...


El otro método es: leo la Biblia y me fijo en lo que me conmueve, pero también me paro y me fijo en esas otras partes de la Escritura que no me dicen nada; o incluso que parece que son un poco “chirriantes” para mi sensibilidad. Posiblemente, si llego a leer la Escritura de esta manera, caeré en cuenta de que tengo carencias que debo de completar. Y la Revelación viene en auxilio de mi visión parcial de Dios.


Si uno lee la Escritura únicamente con el primer método, tiene el peligro de “retroalimentarse”, tiene el peligro de pensar que la Revelación de Dios ha venido a apoyar su sensibilidad, “a reafirmarme en lo mío”. Es decir, tiene así el peligro de hacerse un dios a su medida.


Sin embargo, si leemos la Escritura con el segundo método, fijándonos en aquello que me cuesta más entender y hacerlo mío, porque es Revelación de Dios, Palabra de Dios... entonces seguro que alcanzaremos la “comunión” en el Dios Revelado, comunión en el Dios que me hizo a mí, y no en el dios que yo me he hecho.


Segunda Pista: En el Sínodo de la Palabra -lo habréis escuchado por los medios de comunicación- se ha insistido en que, a diferencia del mundo protestante, los católicos no creemos en la libre interpretación de la Sagrada Escritura; sino que la Iglesia católica afirma que la Escritura es leída en el interior de la Iglesia, en la Tradición de la Iglesia, en el seno de la Iglesia... Por lo tanto, la segunda pista que os quiero proponer para la Comunión es ésta: La fidelidad al Magisterio, la fidelidad a la Tradición de la Iglesia. Sin ella no encontraremos esa Comunión.


El “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” es básico, y no tenemos que avergonzarnos nunca de él. O dicho de otra manera: sin la “comunión con Pedro” no puede haber “comunión entre nosotros”. A lo sumo, tendremos coincidencia de sensibilidades o de ideologías y parecerá que estamos en comunión, pero eso... es otra cosa.


Sin Pedro no hay comunión. Esto es básico, porque de lo contrario, estamos condenados a acercarnos al misterio de la Iglesia con criterios que son ajenos a nosotros, que son extraños a nosotros. Fijaos... nos han querido colar... nos quieren colar -no hablo sólo del pasado-, lecturas de la realidad de la Iglesia con criterios extraños al Evangelio: Que si “derechas, izquierdas y centro”, que si “los carcas y los progres”, que si “Iglesia Jerárquica o la Iglesia Popular”, que si “Iglesia Magisterial o la Iglesia Caritativa”. TODO ESTO ES UN TIMO, ES UNA CARICATURA. No podemos caer en ese error. No podemos permitir que nos metan ese gol y mucho menos meterlo nosotros en propia puerta.


Hay un icono, que a mí siempre me ha impactado y que seguro que también vosotros lo habéis visto: aquella fotografía en el que aparecen Juan Pablo II y la Madre Teresa de Calcuta, en el que la Madre Teresa agarraba al Papa de la mano, y bajaban los dos la escalera, con cuidado de no tropezarse. Es la imagen de la iglesia “petrina” y de la iglesia “mariana”, y que caminan de la mano. No podemos permitir que nos metan ese gol. Es básico esto. No hacen falta muchos ejemplos. Estamos hoy en día sufriendo bombardeos contra la Comunión: Blogs de Internet que parece que se dedican a darse patadas en el tobillo uno contra otro... ¡CREEMOS EN LA COMUNIÓN, EN LA VERDAD REVELADA, EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA!


En tercer lugar: La tercera pista nos recuerda que la Iglesia no es sólo “Apostólica”, también es “Carismática”: Es Apostólica y Carismática al mismo tiempo. (Ya lo he explicado un poco antes, con el icono de Juan Pablo II y la Madre Teresa). Por lo tanto, es importantísimo para nuestra comunión, que valoremos todos los carismas que suscita el Espíritu Santo, que tengamos prontitud para gozar lo que el Espíritu Santo suscita.


¡Qué gozada que el Señor suscite este carisma o el otro! ¡Y hasta voy a tener santa curiosidad de conocerlos!... Vencer la mezquindad de quien sólo entiende lo suyo y lo demás lo mira con sospecha: “¡Estos no han entendido el concilio, estos no han entendido no se qué...!”


En la teoría, estamos todos de acuerdo, pero luego ocurre como lo del chiste de Cantinflas. Dicen que fue Cantinflas a un auditorio y pregunta: “¿De qué están hablando?” y le contestan: “están hablando de la mujer en general”. Y entonces Cantinflas respondió: “Sí, pero... ¿la mujer de cuál general?”


Esto nos pasa con los carismas, estamos abiertos a todos los carismas, hasta que nos ponen uno con rostro concreto, y ya me resulta antipático. ¡Hombre! Entonces... ¿de cuál general...? No, no ¡en general... no de cuál general!


Tenemos que amar todos los carismas de la Iglesia, todos los carismas que ha acogido la Iglesia en su seno, porque en todos ellos está la presencia del Espíritu Santo.


La cuarta Pista: La Iglesia es Carismática y Apostólica, como decíamos, pero antes de ser Carismática y Apostólica la Iglesia se compone de personas. Además de... “personas concretas”... Por eso, la comunión no se hace sólo en la Palabra de Dios y en el Magisterio. La Comunión se hace también en el Amor, en el cariño real y concreto a las otras personas, en la estima, en el querer a las otras personas con nombre y apellido... Porque nos puede pasar en el seno de la Iglesia que estemos muy motivados para salir, con la parábola del Samaritano, al encuentro del alejado, y tal vez, somos un tanto antipáticos con el que tengo a mi derecha y a mi izquierda.


Es como aquel que en la calle es “superenrollado”, pero luego su mujer tiene que decir: “¡Sí, sí!... si usted le conociese en casa... ¡no hay quien le aguante!” También puede pasar esto en el seno de la Iglesia: que seamos muy enrollados repartiendo con los alejados... y luego en casa... pego patadas a la izquierda y a la derecha. ¡Ojo con eso!


Tenemos que amar con cariño a quien Dios ha puesto a nuestro lado en la Iglesia: A ese que pertenece a ese determinado movimiento, a ese catequista... sin celotipias, sin bobadas. LA CARIDAD ES UN PRESUPUESTO INDISPENSABLE DE LA COMUNIÓN.


La quinta pista para la comunión: La comunión requiere de una Madre. SIN LA MADRE HAY DESMADRE, como ello mismo indica. Sabéis que en las familias suele ocurrir que cuando muere la madre, ya es muy difícil reunir a los hermanos. Ha fallecido la madre y los hijos ya no se ven... Antes se juntaban todos en su casa... Fallece la madre y nos desmembramos entre nosotros. No hay comunión sin Maria. ¡¡Y no se trata de buscar la belleza estética para acabar la homilía!! ¡NO HAY COMUNIÓN SIN MARIA!


La madre tiene la capacidad de conocer a sus hijos en su singularidad. Por ejemplo, cuando tú le dices a una madre: “¡Cuánto se parecen tus hijos!”. Te dice ella: “¿Que se parecen...?, pero... ¡Si son distintísimos!” No hay madre que diga que sus hijos son iguales. Ella tiene la capacidad de distinguirlos subrayando su singularidad a tope. Pero al mismo tiempo, la madre ve a sus hijos como una piña. Muy distintos, pero como una piña. Y no se le puede dar un disgusto mayor a una madre que mostrarle a sus hijos enfrentados entre ellos. Eso lleva a la tumba a una madre. Por eso no hay Comunión sin María.


Me vais a permitir que os muestre este rosario, que tiene cada misterio de un color y que esta mañana he sacado del interior de mi maleta. Este rosario es signo de que la Madre nos quiere en red. Nos quiere unidos en red. Cada una de estas bolas somos nosotros, cada una de estas cuentas... Ella nos quiere unidos en red. Cuando hablamos de “estar en red”, enseguida pensamos en Internet, que está bien... pero yo creo que cuando hablamos de “estar en red” debemos pensar también en que María nos quiere unidos entorno a la oración mariana.


Me estoy acordando que hace unos catorce años, un domingo a la tarde, me sonó el móvil y me llamaban porque había habido un atentado en una cafetería. (Sabéis que yo soy del País Vasco, y aquel era uno de los peores momentos del terrorismo...). Le habían disparado a un hombre por la nuca. Debía ser un guardia civil que estaba fuera de servicio. Me acerqué rápidamente y me impresionó tremendamente una cosa, fijaros... Me impresionó que aquel hombre, al que le di la absolución aunque no sé si estaría vivo, momentos antes de morir, había tenido tiempo, yo no sé cómo, de meterse la mano al bolsillo. Al sacársela, vi que la tenía agarrada a su rosario. Aquello me impactó tremendamente. Cada vez que rezo el rosario me acuerdo de aquella escena, de unos dedos agarrados levemente a un rosario.


¿Qué quiero decir con esto?... ¡que también la oración a María es la comunión en el dolor! En ella el pueblo cristiano y los jóvenes compartimos nuestros sufrimientos. María hace una “red” de comunión entre nosotros. Una red de comunión, porque comparte nuestro sufrimiento y tú lo compartes con el que está a tu lado, y tú llevas la cruz del de al lado. SE HACE COMUNIÓN COMPARTIENDO SUFRIMIENTO. Cuando tú has compartido un sufrimiento con alguien, estás unido con él para siempre. Eso une más que muchos discursos. Compartir la situación de dolor... esta es la comunión que María nos quiere dar. Por eso hay tanta gente que se une a María, porque le reza en sus momentos de máxima intensidad de cruz.


ESTO ES LO QUE OS QUIERO TRASMITIR EN NOMBRE DE MIS HERMANOS OBISPOS: estas pistas de comunión. Seguro que habrá más pistas, pero pienso ante el Señor que, sin éstas, difícilmente podremos alcanzar ese don, que en este Forum tantas veces se ha mencionado.


Además, hay un lugar en el que se “hace” Comunión -no sólo se “invoca”- que es la eucaristía. La eucaristía, todos somos conscientes... dicen los santos padres... San Ignacio de Antioquia: “que todos los granos de trigo se funden en un solo pan, trasformado en el Cuerpo de Cristo”.


Si todos nosotros nos uniésemos a Jesucristo, SI FUESEMOS UN SOLO CORAZÓN CON Él, no habría ningún problema de comunión. ES NUESTRO PECADO EL QUE DIFICULTA LA COMUNIÓN. Por tanto vamos a hacer Comunión, vamos a hacer que la Eucaristía la realice. Que la haga fáctica, que la haga no sólo utopía, sino realidad. Que la Virgen María nos conceda la gracia, cuando hoy comulguemos, de SER UNA SOLA COSA EN CRISTO. “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

martes, 11 de noviembre de 2008

VIDA, DULZURA, ESPERANZA NUESTRA...


¿Quién combate tanto como tú, Santa María, a favor de los pecadores? Tú, que gozas de una autoridad maternal en relación con Dios, obtienes la gracia de un generoso perdón, incluso para quienes han pecado muy gravemente.
No es posible, en efecto, que tú no seas escuchada, puesto que Dios, en todo y por todo, te obedece, como a su verdadera e inmaculada Madre. Por todo ello, el afligido confiadamente se refugia junto a ti, débil se apoya en ti y el que es combatido prevalece, por medio de ti, contra sus enemigos. Tú transformas «la cólera», el enojo, la tribulación, la expedición de ángeles malos (Sal 78); tú apartas las justas amenazas y cambias la sentencia de una merecida condena, porque tienes gran amor al pueblo que lleva el nombre de tu Hijo. Por eso, a su vez, el pueblo cristiano, que es posesión tuya, valorando su propia condición, confiadamente te encomienda sus plegarias, a fin de que tú las presentes a Dios.

¿Quién por tanto, no te proclamará bienaventurada? Tú eres el objeto de la contemplación de los ángeles; tú la dicha más extraordinaria de los hombres, tú el amparo del pueblo cristiano; tú el refugio al que acuden sin cesar los pecadores; tú, la invocada constantemente por los cristianos.



* * *


Único alivio mío, divino solio, refrigerio de mi sequedad, lluvia que desciende de Dios sobre mi árido corazón, lámpara resplandeciente en la oscuridad de mi alma, guía de mi camino, sostén de mi debilidad, vestido de mi desnudez, riqueza de mi extrema miseria, remedio de mis incurables heridas, término de mis lágrimas y de mis gemidos, liberación de toda desgracia, alivio de mis dolores, liberación de mi esclavitud, esperanza de mi salvación...

Que así sea, Señora mía. Que así sea, refugio mío, vida mía, ayuda mía, mi protección y mi gloria, esperanza mía y mi fortaleza. Concédeme disfrutar de los inenarrables e incomprensibles bienes de tu Hijo...



San Germán de Constantinopla

lunes, 10 de noviembre de 2008

LOS MIÉRCOLES MILAGRO


Aquella tarde a Gabriela -uno de los pequeños personajes de una novela de Gerard Bessiere- le preguntó su amigo Jacinto:

- ¿Qué has hecho hoy en la escuela?

- He hecho un milagro, respondió la niña.

- ¿Un milagro? ¿Cómo?

- Fue en el catecismo.

- ¿Y cómo hiciste el milagro?

- Tenemos como profesora a una señorita que está muy enferma. No puede hacer nada ella sola, sólo hablar y reír.

- ¿Y qué pasó?

- La señorita hablaba de los milagros de Jesús. Y los niños dijeron: No es verdad que haya milagros. Porque si los hubiera, Dios te hubiera curado a ti.

- Y ella, ¿qué dijo?

- Dijo: Sí, Dios hace también milagros para mi. Y los niños dijeron: ¿Qué milagro ha hecho?

- ¿Y entonces?

- Entonces ella dijo: Mi milagro sois vosotros.

- ¿Por qué?, le preguntamos.

- Y ella dijo: Porque me lleváis los miércoles a pasear, empujando mi carrito de ruedas. ¿Lo ves? Hacemos milagros todos los miércoles por la tarde. La señorita dijo también que habría muchos más milagros si la gente quisiera hacerlos.

- ¿Te gusta a ti hacer milagros?

- Si. Tengo ganas de hacer un montón. Primero pequeños. Cuando sea mayor voy a hacer milagros grandes.

- ¿Todos los miércoles?

- Quiero hacerlos todos los días, toda la vida.

- ¿No te parece que la vida es también un milagro?

- No -dijo Graciela-. La vida es para hacer milagros.

Gabriela tiene razón, la vida es para hacer milagros, los miércoles, y los jueves, y los domingos. La vida no es para sentarse esperando que Dios haga milagros espectaculares, no es para limitarse a confiar en que Él resuelva nuestros problemas, sino para empezar a hacer ese milagro pequeñito que Él puso ya en nuestras manos, el milagro de querernos y ayudarnos.

¿Es que será más milagroso devolverle la vista a un ciego que la felicidad a un amargado? ¿Más prodigioso multiplicar los panes que repartirlos bien? ¿Más asombroso cambiar el agua en vino que el egoísmo en fraternidad?

Si los hombres dedicásemos a construir milagros pequeñitos la mitad del tiempo que invertimos en soñarlos espectaculares, seguramente el mundo marcharía ya mucho mejor.

Y el milagro de amar pueden hacerlo todos, niños y grandes, pobres y ricos, sanos y enfermos. Fijaos bien, a un hombre pueden privarle de todo menos de una cosa: de su capacidad de amar. Un hombre puede sufrir un accidente y no poder volver ya nunca a andar.

Pero no hay accidente alguno que nos impida amar. Un enfermo mantiene entera su capacidad de amar: puede amar el paralítico, el moribundo, el condenado a muerte. Amar es una capacidad inseparable del alma humana, algo que conserva siempre incluso el más miserable de los hombres.

Sólo en el infierno no se podrá amar. Porque el infierno es literalmente eso: no amar, no tener nada que compartir, no tener la posibilidad de sentarse junto a nadie para decirle ¡ánimo!

Pero mientras vivimos no hay cadena que maniate al corazón, salvo claro está la del propio egoísmo, que es como un anticipo del infierno. «Los verdaderos criminales -decía Follerau- son los que se pasan la vida diciendo yo y siempre yo.»

En cambio, allí donde se ama se ha empezado a construir ya el cielo a golpe de milagros. En definitiva, los milagros, para Jesús, eran ante todo «los signos del reino», ¿y qué mejor signo de un reino de amor total que empezar queriéndose aquí con amores pequeñitos como el de Gabriela y sus compañeras de escuela?


J. L. Martín Descalzo (del libro "Razones para el amor")

viernes, 7 de noviembre de 2008

PLENO GENERAL CONJUNTO DE LA ACCIÓN CATÓLICA GENERAL





Como estaba previsto, los pasados 18 y 19 de octubre se celebró en Pozuelo (Madrid) el Pleno General Conjunto del Movimiento de Jóvenes de Acción Católica, la Acción Católica General de Adultos y las diócesis del Sector de Niños de Acción Católica General, al que pudimos asistir la Presidenta Diocesana de Jóvenes de Acción Católica, Magdalena Cantos, y yo mismo. Participaron en este Encuentro 46 presidentes diocesanos de los tres sectores antes mencionados, además de los 7 miembros de las Comisión Permanente Conjunta y contó con la presencia del Secretario General de la Federación de Movimientos de Acción Católica, Ricardo Loy.

Entre otros temas, además de algunos asuntos propios de cada sector, los contenidos de trabajo conjunto del Pleno General fueron los siguientes:

● Trabajo y aprobación de la propuesta de Estatutos del nuevo Movimiento Acción Católica General.

● Presentación del Marco Global de Formación de Acción Católica General.

● Preparación de la Asamblea de Constitución que se celebrará durante los días 30 de julio al 2 de agosto de 2009.

● Presentación del Plan de Visitas a las diócesis.

● Informaciones económicas de los Movimientos.

El Pleno General se caracterizó por el buen ambiente y la agilidad en los temas planteados así como en la toma de decisiones. La oración y la Eucaristía nos ayudaron a no perder de vista a quien da verdadero sentido a nuestras vidas y a la misión que desarrollamos en nuestras diócesis. Los momentos de distensión y la velada nocturna consiguieron que los miembros del Pleno General sigan conociéndose y fomentando el buen humor.
(Más información y fotos en http://www.accioncatolicageneral.es )

jueves, 6 de noviembre de 2008

SOY UN ASESINO DE MASAS: LA CONFESIÓN DEL DOCTOR BERNARD NATHANSON (EL REY ABORTO)









Bernard Nathanson: Cuando la "Mano de Dios" alcanzó al "Rey del aborto"

¿Qué puede llevar a un poderoso y reconocido médico abortista a convertirse en un fuerte defensor de la vida y abrazar las enseñanzas de Jesucristo?

¿Pudo más el peso de su conciencia por la muerte de 60 mil no nacidos o quizás las muchas oraciones de todos aquellos que rogaron incansablemente por su conversión?

Según Bernard Nathanson, el popular "rey del aborto", su conversión al catolicismo resultaría inconcebible sin las plegarias que muchas personas elevaron a Dios pidiendo por él. "Estoy totalmente convencido de que sus oraciones fueron escuchadas por Él", indicó emocionado Nathanson el día en que el Arzobispo de Nueva York, el fallecido Cardenal O´Connor, lo bautizó".
Hijo de un prestigioso médico judío especializado en ginecología, el Dr. Joey Nathanson, a quien el ambiente escéptico y liberal de la universidad hizo abdicar de su fe, Nathanson creció en un hogar sin fe y sin amor, donde imperaba demasiada malicia, conflictos y odio.

Profesional y personalmente Bernard Nathanson siguió durante buena parte de su vida los pasos de su padre. Estudió medicina en la Universidad de McGill (Montreal), y en 1945 se enamoró de Ruth, una joven y guapa judía con quienes hicieron planes de matrimonio. La joven, sin embargo, quedó embarazada y cuando Bernard le escribió a su padre para consultarle la posibilidad de contraer matrimonio, éste le envió cinco billetes de 100 dólares junto con la recomendación de que eligiese entre abortar o ir a los Estados Unidos para casarse, poniendo en riesgo su brillante carrera como médico que le esperaba.

Bernard puso su carrera por delante y convenció a Ruth de que abortase. No la acompañó a la intervención abortiva y Ruth volvió sola a casa, en un taxi, con una fuerte hemorragia, estando a punto de perder la vida. Al recuperarse -casi milagrosamente- ambos terminaron su relación. "Ese fue el primero de mis 75.000 encuentros con el aborto, me sirvió de excursión iniciadora al satánico mundo del aborto", confesó el Dr. Nathanson.

Luego de graduarse, Bernard inició su residencia en un hospital judío. Después pasó al Hospital de Mujeres de Nueva York donde sufrió personalmente la violencia del antisemitismo, y entró en contacto con el mundo del aborto clandestino. Para entonces ya había contraído matrimonio con una joven judía, tan superficial como él, según confesaría, con la cual permaneció unido cerca de cuatro años y medio. En esas circunstancias Nathanson conoció Larry Lader, un médico a quien sólo le obsesionaba la idea de conseguir que la ley permitiese el aborto libre y barato. Para ello fundó, en 1969, la "Liga de Acción Nacional por el Derecho al Aborto", una asociación que intentaba culpabilizar a la Iglesia de cada muerte que se producía en los abortos clandestinos.

Pero fue en 1971 cuando Nathanson se involucró directamente en la práctica de abortos. Las primeras clínicas abortistas de Nueva York comenzaban a explotar el negocio de la muerte programada, y en muchos casos su personal carecía de licencia del Estado o de garantías mínimas de seguridad. Tal fue el caso de la dirigida por el Dr. Harvey. Las autoridades estaban a punto de cerrar esta clínica cuando alguien sugirió que Nathanson podría ocuparse de su dirección y funcionamiento. Se daba la paradoja increíble de que, mientras estuvo al frente de aquella clínica, en aquel lugar existía también un servicio de ginecología y obstetricia: es decir, se atendían partos normales al mismo tiempo que se practicaban abortos.

Por otra parte, Nathanson desarrollaba una intensa actividad, dictando conferencias, celebrando encuentros con políticos y gobernantes de todo el país, presionándoles para lograr que fuese ampliada la ley del aborto.

"Estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía un hijo de pocos años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento amargamente esos años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi hijo crecer. También era un paria en la profesión médica. Se me conocía como el rey del aborto", afirmó.

Durante ese periódo, Nathanson realizó más de 60.000 abortos, pero a finales de 1972, agotado, dimitió de su cargo en la clínica.

"He abortado a los hijos no nacidos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores. Llegué incluso a abortar a mi propio hijo", lloró amargamente el médico, quien explicó que a la mitad de la década de los sesenta "dejó encinta a una mujer que lo quería mucho. (.) Ella quería seguir adelante con el embarazo pero él se negó. Puesto que yo era uno de los expertos en el tema, yo mismo realizaría el aborto, le expliqué. Y así lo hice", precisó.

Sin embargo, a partir de ese suceso las cosas empezaron a cambiar. Dejó la clínica abortista y pasó a ser jefe de obstetricia del Hospital de St. Luke´s. La nueva tecnología, el ultrasonido, hacía su aparición en el ámbito médico. El día en que Nathanson pudo observar el corazón del feto en los monitores electrónicos, comenzó a plantearse por vez primera "qué era lo que estábamos haciendo verdaderamente en la clínica".

Decidió reconocer su error. En la revista médica The New England Journal of Medicine, escribió un artículo sobre su experiencia con los ultrasonidos, reconociendo que en el feto existía vida humana. Incluía declaraciones como la siguiente: "el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad es el más craso tipo de evasión moral".

Aquel artículo provocó una fuerte reacción. Nathanson y su familia recibieron incluso amenazas de muerte, pero la evidencia de que no podía continuar practicando abortos se impuso. Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar: el aborto es un crimen.
Poco tiempo después, un nuevo experimento con los ultrasonidos sirvió de material para un documental que llenó de admiración y horror al mundo. Se titulaba "El grito silencioso", y sucedió en 1984 cuando Nathanson le pidió a un amigo suyo -que practicaba quince o quizás veinte abortos al día- que colocase un aparato de ultrasonidos sobre la madre, grabando la intervención.
"Lo hizo -explica Nathanso- y, cuando vio las cintas conmigo, quedó tan afectado que ya nunca más volvió a realizar un aborto. Las cintas eran asombrosas, aunque no de muy buena calidad. Seleccioné la mejor y empecé a proyectarla en mis encuentros provida por todo el país".

Regreso del hijo pródigo

Nathanson había abandonado su antigua profesión de "carnicero humano" pero aún quedaba pendiente el camino de vuelta a Dios. Una primera ayuda le vino de su admirado profesor universitario, el psiquiatra Karl Stern. "Transmitía una serenidad y una seguridad indefinibles. Entonces yo no sabía que en 1943, tras largos años de meditación, lectura y estudio, se había convertido al catolicismo. Stern poseía un secreto que yo había buscado durante toda mi vida: el secreto de la paz de Cristo".

El movimiento provida le había proporcionado el primer testimonio vivo de la fe y el amor de Dios. En 1989 asistió a una acción de Operación Rescate en los alrededores de una clínica. El ambiente de los que allí se manifestaban pacíficamente en favor de la vida de los aún no nacidos le había conmovido: estaban serenos, contentos, cantaban, rezaban. Los mismos medios de comunicación que cubrían el suceso y los policías que vigilaban, estaban asombrados de la actitud de esas personas. Nathanson quedó afectado "y, por primera vez en toda mi vida de adulto empecé a considerar seriamente la noción de Dios, un Dios que había permitido que anduviera por todos los proverbiales circuitos del infierno, para enseñarme el camino de la redención y la misericordia a través de su gracia".

"Durante diez años, pasé por un periodo de transición. Sentí que el peso de mis abortos se hacía más gravoso y persistente pues me despertaba cada día a las cuatro o cinco de la mañana, mirando a la oscuridad y esperando (pero sin rezar todavía) que se encendiera un mensaje declarándome inocente frente a un jurado invisible", señala Nathanson.

Pronto, el médico acaba leyendo "Las Confesiones", de San Agustín, libro que calificó como "alimento de primera necesidad", convirtiendose en su libro más leído ya que San Agustín "hablaba del modo más completo de mi tormento existencial; pero yo no tenía una Santa Mónica que me enseñara el camino y estaba acosado por una negra desesperación que no remitía".

En esa situación no faltó la tentación del suicidio, pero, por fortuna, decidió buscar una solución distinta. Los remedios intentados fallaban: alcohol, tranquilizantes, libros de autoestima, consejeros, hasta llegar incluso al psicoanálisis, donde permaneció por cuatro años.

El espíritu que animaba aquella manifestación provida enderezó su búsqueda. Empezó a conversar periódicamente con el Padre John McCloskey; no le resultaba fácil creer, pero lo contrario, permanecer en el agnosticismo, llevaba al abismo. Progresivamente se descubría a sí mismo acompañado de alguien a quien importaban cada uno de los segundos de su existencia. "Ya no estoy solo. Mi destino ha sido dar vueltas por el mundo a la búsqueda de ese Uno sin el cual estoy condenado, pero al que ahora me agarro desesperadamente, intentando no soltarme del borde de su manto".

Finalmente, el 9 de diciembre de 1996, a las 7.30 de un lunes, solemnidad de la Inmaculada Concepción, en la cripta de la Catedral de S. Patricio de Nueva York, el Dr. Nathanson se convertía en hijo de Dios. Entraba a formar parte del Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia. El Cardenal John O´Connor le administró los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía.
Un testigo expresa así ese momento: "Esta semana experimenté con una evidencia poderosa y fresca que el Salvador que nació hace 2.000 años en un establo continúa transformando el mundo. El pasado lunes fui invitado a un Bautismo. (...) Observé como Nathanson caminaba hacia el altar. ¡Qué momento! Al igual que en el primer siglo... un judío converso caminando en las catacumbas para encontrar a Cristo. Y su madrina era Joan Andrews. Las ironías abundan. Joan es una de las más sobresalientes y conocidas defensoras del movimiento provida... La escena me quemaba por dentro, porque justo encima del Cardenal O´Connor había una Cruz. Miré hacia la Cruz y me di cuenta de nuevo que lo que el Evangelio enseña es la verdad: la victoria está en Cristo".

Las palabras de Bernard Nathanson al final de la ceremonia, fueron escuetas y directas. "No puedo decir lo agradecido que estoy ni la deuda tan impagable que tengo con todos aquellos que han rezado por mí durante todos los años en los que me proclamaba públicamente ateo. Han rezado tozuda y amorosamente por mí. Estoy totalmente convencido de que sus oraciones han sido escuchadas. Lograron lágrimas para mis ojos".
(Fuente: Aciprensa)

lunes, 3 de noviembre de 2008

LA MÁS HONDA HISTORIA DE AMOR


Si preguntásemos a los creyentes españoles cuál ha sido la más bella historia de pureza y virginidad que ha producido nuestro planeta, estoy seguro de que una gran mayoría nos responderían sin dudar que la de María. Y si les interrogásemos por la historia de la mujer que con mayor coraje ha soportado el dolor, pensaron en seguida en la Virgen de los Dolores. Pero ya no serían muchos los que se acordasen de la fe de María si les pidiésemos el nombre del ser humano que más hondamente vivió su fe. Y poquísimos o tal vez nadie nos presentaría la historia de María como la más honda historia de amor. Y es que se habla mucho de las virtudes de María, pero menos de la raíz amorosa de todas ellas. Incluso se piensa que el amor de María fue, en todo caso, un amor «raro», ya que, asombrosamente, los hombres unimos la idea de amor a la de apasionamiento romántico, cuando no la emparejarnos con la de la carne y terminamos llamando amor «platónico» a todo el que no se expresa carnalmente y ponemos en ese calificativo un tono despectivo como si se tratara de un amor metafórico, una especie de sustitutivo del verdadero amor. Hay predicadores que parecen avergonzarse de hablar del amor de María a José, como si en ello pudiera haber algo turbio. Y hasta prefieren muchos hablar de la «caridad» de María como si todo su amor a Dios se hubiera realizado con una especie de efluvio místico y no con todo su corazón de mujer.

Y, sin embargo, no conocemos historia de amor como la de María. Yo pienso incluso que si tuviera que escribir una «historia del amor», me limitaría a narrar la de María. Y que toda la vida de la Virgen podría contarse perfectamente desde la única clave del amor.

Un gran amor cuya plenitud empieza, asombrosamente, por un ancho vacío. Un vaciado de egoísmos. Porque la razón por la que los más de los hombres no nos llenarnos de amor es que estamos ya llenos de nosotros mismos. Como una tierra a la que la planta de nuestro propio orgullo le devorase todo su jugo, así no se puede sembrar en nuestras almas ningún otro árbol. Vivimos tan pensando en nuestras cosas que ni llegamos a enterarnos de que hay otros seres a los que amar. Nos volvemos infecundos al autoadorarnos. El egoísmo es una especie de interminable turbación del alma. ¿Cómo podría amar quien siempre tuviera llena su boca con la palabra yo-yo-yo?

María pudo amar mucho y recibir mucho porque toda su infancia y adolescencia fue un permanente vaciarse de sí misma. Vivía a la espera de algo más grande que ella. El centro de su alma estaba fuera de sí misma, por encima de su propia persona. No sabia muy bien lo que esperaba, pero era pura expectación. No sólo es que fuera virgen, es que estaba llena de virginidad, de apertura integral de alma y cuerpo. Alguien la llenaría. Ella no tenía más que hacer que mantener bien abiertas sus puertas. Era libre para amar porque era esclava. Podía ser reina, porque era servidora. Podía ser llena de gracia, porque estaba vacía de caprichos, de falsos sueños, de intereses, de esperanzas humanas. Podía recibir al Amor, porque no se había atiborrado de amorcillos.

Y su amor a José era parte del gran amor, un camino misterioso. No sabia aún muy bien cómo se realizaría aquel noviazgo suyo, pero si intuía que, en todo caso, formara parte de un plan más ancho que sus ilusiones de muchacha. Por él, a través de él o quizá sólo a la sombra de él, vendría la gran fecundidad, una fecundidad más grande que ellos dos. En todos los enamoramientos -lo sabía- hay algo de misterio y tanto más cuanto más amor. El suyo era un misterio que, más que desbordarles, les ensancharía, les multiplicaría las almas. Una gran vocación nunca rebaja o recorta: dilata, estira, agranda. Así entraron ellos en su matrimonio, como una tierra que espera una semilla, aunque no podían sospechar qué honda y enorme sería la suya.

Y así llegó a su alma y a su seno un Amor que era mucho más grande que el que ella hubiera podido, con sus fuerzas de mujer, fabricar e incluso soñar. Ahora se dio cuenta de que su amor de muchacha había sido sólo un prólogo, una lejana intuición del que la invadiría. Pues si es cierto que había sido elegida porque antes amaba, también lo es que ahora amaba multiplicadamente porque había sido elegida.

¿Cómo pudo tanto Amor caberle dentro? Esto no lo entendería nunca, sólo la fe vislumbraba desde lejos el tamaño que había tomado su alma. Jamás en ser humano alguno cupo tanto Amor. Jamás soñó nadie engendrar un Amor semejante. Y, sin embargo, «cabía» en ella. Porque el enorme Amor se había hecho pequeñito, bebé. ¡Un bebé-Dios, qué cosas! Y ella era madre en el sentido más literal de la palabra. Pero «tan» madre que parecía imposible. Tenía el cielo en su corazón y en su seno. Sólo Dios podía hacer realizable esa paradoja del infinito empequeñecido que la habitaba.

Y desde entonces su alma más que llena de amor lo estaba de vértigo. Toda vocación nos desborda, nos saca de nosotros mismos, tira del alma hacia arriba, nos aboca al riesgo. ¿Cómo no desgarró su alma aquella tan enorme? ¿Cómo pudo soportar ella el tirón de todos los caballos de Dios cabalgándole dentro?

No se hizo, claro, sin desgarramiento. Y es que, antes o después, todo amor se vuelve prueba y desconcierto. No hay amor sin Vía Crucis. Y María recorrió todas las estaciones. Entrar primero a oscuras en la penumbra de la fe. Pasar luego por los túneles de la desconfianza. Exponerse a perder el amor de José para proteger el otro gran Amor. Conocer las dulces rechiflas de las murmuraciones y las sospechas. Y callar. Callar, la más difícil asignatura que tiene que aprobar todo amor. Olvidarse de sí misma y, sin defenderse, descubrir el otro gran rostro del amor: el que nos empuja a difundirlo. Pues por amor va corriendo hacia Isabel. Alguien la necesita. ¿Cómo podría ella quedarse cómoda en casita, esperando acontecimientos, cuando alguien está pasando una prueba parecida a la suya, aunque infinitamente menor?

Y allá va el amor de la muchacha corriendo campo a través para, sin preocuparse de la tormenta interior, volcarse en el canto de las misericordias de Dios sobre ella y su pueblo. El amor es poeta y del fuego interior sale esa milagrosa llamarada del Magnificat: Dios es grande aunque a veces nos vuelva locos con sus cosas.

Y Belén, que es la patria natal del amor. Dicen que no se puede querer una cosa que no se llega a estrechar entre los brazos. Y ahora el infinito amor se ha hecho digerible, abrazable, abarcable. Se le puede llamar Hijo. Ahora sí que el pequeño amor humano de María toma los límites de la eternidad, y por primera y única vez en la historia «el Amor es amado» si no como él merece, sí al menos esta vez sin metáforas, «con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas». Pues no hay un solo rincón en María que no esté amando.

Y, tras la pausa de gozo, el amor prosigue su Vía Crucis. Simeón le explica que el amor no es una confitería, que siempre hay una espada en el horizonte, que el dolor es el crisol del amor. Y hay que empezar a amar de esa manera absurda que es huir en la noche porque este mundo empieza a no soportar al amor apenas ha nacido. Amar -ahora lo entiende María bien- no es una historia de besos y caricias, no son las dulces consolaciones del alma, no es una fogarata de entusiasmo enamorado; es luchar por aquello que se ama, dejándose tiras de alma en las aristas de la realidad.

Para dejar luego paso al mejor de los amores: al amor gris, al lento y aburrido amor de treinta años sin hogueras, con el caliente rescoldo del amor de cada día. ¿Puede realmente llamarse amor al que no ha cruzado el desierto de treinta años de silencio? El paso de los días y los meses quita brillo al amor, pero le presta hondura y verdad. El tiempo -y no el entusiasmo- es la prueba del nueve del amor. Los amores de teatro duran horas o, cuando más, semanas. Los auténticos surgen de la suma de días y días de hacer calladamente la comida, acarrear el agua y la leña, estar juntos cuando ya no se tiene nada nuevo que decir. En Nazaret no se vive una «locura de amor»; se vive el denso, callado, lento, cotidiano, oscuro y luminoso, el enorme amor construido de infinitos pequeños minutos de cariño. Allí se ama a un Dios que no mima, a un Dios que parece haberse olvidado de nosotros, con un amor que parecería ser de ¡da sin vuelta. Un amor sin ángeles consoladores. La esclava descubre que aquello no fue una palabra, que la tratan realmente como una esclava, sin otro reino que sus manos cansadas.

Y después la soledad. Tampoco hay amor verdadero sin horas de soledad y abandono. Porque el Hijo-Amor se ha ido lejos, a su gran locura, y la madre tiene que vivir un amor de abandonada. ¿Abandonada? No en el corazón, pero sí en la cama del muchacho vacía, en la puerta que nunca cruza nadie.

Luego el amor se vuelve tragedia. ¿Puede decir que ha amado quien jamás ha sufrido por su amor? Santa María del amor hermoso es hermana gemela de Santa María del mayor dolor. Las cruces tienen una extraña tendencia a crecer en el corazón. Con la única diferencia de que en los corazones que aman esa cruz está llena y no vacía. Pero todas las cruces tienen sangre. Y todo amor se vive a contramuerte.

Por fortuna, ningún dolor es capaz de ahogar una esperanza verdadera. Y en la tarde de todos los sábados se junta al vacío de la soledad la plena luz de la esperanza. El amor es más fuerte que la muerte, cuanto más el Amor. El de María también es inmortal.

Y resucitará el domingo en el abrazo total, el amor sin eclipse de la mañana pascual. Porque sólo detrás de la muerte el amor está a salvo, definitivamente invencible, vuelto ya sólo luz. Ahora ya, sin temores, sin riesgos.
Una alegría que no logra empañar la nostalgia de la ausencia, durante esos años en los que se diría que hay dos cielos: uno arriba y otro, prestado, en el alma amante de Maria. ¿No es cielo allí donde está Dios?

Y, al fin, morir de amor. «No sólo -escribirá Terrién- murió en el amor y por el amor, sino también de amor. Morir de amor es tener por causa próxima de la muerte al amor mismo.»

Y luego, todavía el amor: «dedicarse» por toda la eternidad a ser madre de los hombres. María no se jubiló de la maternidad. Sigue engendrando, engendrándonos. Ejerce de madre, tal vez porque es lo único -¡lo único!- que sabe hacer. ¡Y qué bien lo hace! ¿Por qué entonces le pedimos que vuelva a nosotros esos sus ojos misericordiosos cuando sabemos que no tiene ojos sino para nosotros, madre, madre nuestra?


J. L. Martín Descalzo ("Razones para el Amor")