martes, 16 de septiembre de 2008

LA SILLA VACÍA


La hija de un hombre le pidió al sacerdote que fuera a su casa a hacer una oración para su padre que estaba muy enfermo. Cuando el sacerdote llegó a la habitación del enfermo, encontró a este hombre en su cama con la cabeza alzada por un par de almohadas. Había una silla al lado de su cama, por lo que el sacerdote asumió que el hombre sabía que vendría a verlo.


-Supongo que me estaba esperando -le dijo.


-No, ¿quién es usted? -dijo el hombre.


-Soy el sacerdote que su hija llamó para que rezase con usted, cuando vi la silla vacía al lado de su cama supuse que usted sabía que venía a verle.


-Oh sí, la silla -dijo el hombre enfermo- ¿Le importa cerrar la puerta?


El sacerdote sorprendido la cerró.


-Nunca le he dicho esto a nadie, pero... toda mi vida la he pasado sin saber como orar. Cuando he estado en la iglesia he escuchado siempre al respecto de la oración, que se debe orar y los beneficios que trae, etc., pero siempre esto de las oraciones me entró por un oído y salió por el otro pues no tengo idea de cómo hacerlo. Hace mucho tiempo abandoné por completo la oración. Esto fue así hasta hace unos cuatro años, cuando conversando con mi mejor amigo me dijo: "José, esto de la oración es simplemente tener una conversación con Jesús. Así es como te sugiero que lo hagas... te sientas en una silla y colocas otra silla vacía enfrente de ti, luego con fe miras a Jesús sentado delante de ti. No es algo alocado hacerlo pues Él nos dijo: "Yo estaré siempre con vosotros." Por lo tanto, le hablas y le escuchas, de la misma manera como lo estás haciendo conmigo ahora mismo". Así lo hice una vez y me gustó tanto que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde entonces. Siempre tengo mucho cuidado que no me vaya a ver mi hija pues me internaría de inmediato en el manicomio.


El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar esto y le dijo a José que era muy bueno lo que había estado haciendo y que no cesara de hacerlo. Luego hizo una oración con él, le extendió una bendición, los santos óleos y se fue a su parroquia.


Dos días después, la hija de José llamó al sacerdote para decirle que su padre había fallecido. El sacerdote le preguntó:


-¿Falleció en paz?


-Sí, cuando salí de la casa a eso de las dos de la tarde me llamó y fui a verlo a su cama, me dijo lo mucho que me quería y me dio un beso. Cuando regresé de hacer las compras una hora más tarde, ya lo encontré muerto. Sólo me extrañó una cosa, pues justo antes de morir se acercó a la silla que estaba al lado de su cama y recostó su cabeza en ella, y así lo encontré. ¿Qué cree usted que pueda significar esto?"


El sacerdote se secó las lágrimas de emoción y le respondió:


- Ojalá que todos nos pudiésemos ir de esa manera.


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