jueves, 4 de septiembre de 2008

CON DIOS EN BICICLETA


La vida es como ir en bicicleta, …
te caes sólo si dejas de pedalear.





Al principio veía a Dios como el que me observaba, como un juez que llevaba cuenta de lo que hacía mal, como para ver si merecía el cielo o el infierno cuando muriera. Era como un presidente, reconocía su foto cuando la veía, pero realmente a Él no lo conocía.

Pero luego Dios se me hizo el encontradizo, como un padre que juega con su hijo pequeño al escondite y, tras las cortinas del salón, asoma medio cuerpo y hace algún ruido para que el pequeño lo pueda encontrar. Y, como el niño, creí haberlo encontrado (cuando en realidad fue Él quien se dejó encontrar). Desde entonces, siempre estuvo conmigo.

La vida, entonces, parecía un viaje en bicicleta, pero era una bici de dos plazas, y noté que Dios viajaba atrás y me ayudaba a pedalear. No sé cuando sucedió, pero, un buen día, Él sugirió que cambiáramos los lugares. Mi vida no ha sido la misma desde entonces.

Mi vida con Dios es muy emocionante. Cuando yo tenía el control, yo sabía a dónde iba. Era un tanto aburrido, pero predecible. Era la distancia más corta entre dos puntos.

Pero cuando Él tomó el liderazgo, Él conocía otros caminos, caminos diferentes, hermosos, por las montañas, a través de lugares con paisajes, velocidades increíbles. Lo único que podía hacer era sostenerme; aunque pareciera una locura, Él sólo me decía: "¡Pedalea!". Me preocupaba y ansiosamente le preguntaba, "¿A dónde me llevas?". Él sólo sonreía y no me contestaba, así que comencé a confiar en Él. Me olvidé de mi aburrida vida y comencé una aventura, y cuando yo decía "estoy asustado". Él se inclinaba un poco para atrás y tocaba mi mano. Él me llevó a conocer a gente con grandes dones, dones de santidad, de fe, de alegría, de esperanza... Ellos me dieron algo de esos "talentos" para llevarlos en mi viaje; nuestro viaje, de Dios y mío.

Y allá íbamos otra vez. Él me dijo: "Comparte estos dones, dáselos a la gente, y sin escatimar, con alegría". Y así lo hice... y encontré que en el dar yo recibía y mi carga era ligera.

Él sabía como girar para dar vueltas cerradas y saltar para librar obstáculos llenos de piedras. Y ahora estoy aprendiendo a callar y a pedalear por los más extraños lugares. Estoy aprendiendo a disfrutar de la vista y de la suave brisa en mi cara y, sobre todo, de la dulce compañía de mi Dios. Y cuando estoy seguro de que ya no puedo más, Él sólo sonríe y me dice: "¡Pedalea!"
(Autor anónimo)

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