domingo, 20 de julio de 2008

NAMASTE!!!

Paz y Bien, desde Calcuta.

Solo escribo un momento para informaros a todos que estamos bien. Llegamos la madrugada del viernes al sabado [a las 1]. Todos los dias os encomiendo ante la tumba de la Madre Teresa y ofrecere mi trabajo por vosotros. Espero que esteis bien, Inma en Inglaterra, Virginia, José Ángel y Auxi en sus vacaciones, Juan en el Rocio, etc. Me encomiendo a vuestras oraciones, que vosotros estais asegurados en las mias.

Un fuerte abrazo en Cristo Jesus.

(P.D.: Perdonad pero este cacharro no pone tildes)

lunes, 7 de julio de 2008

TE NECESITO, TAMBIÉN EN VACACIONES...


Señor Jesús, tú dijiste a tus discípulos
"venid conmigo a un lugar apartado y descansad un poco",
te pedimos por nuestras vacaciones.
El afán de cada día multiplica nuestra vida
de quehaceres, urgencias, agobios, prisas e impaciencias.
Necesitamos el reposo y sosiego.
Necesitamos la paz y el diálogo.
Necesitamos el encuentro y la ternura.
Necesitamos la oxigenación del cuerpo y del alma.
Necesitamos descansar. Necesitamos las vacaciones.
Bendice, Señor, nuestras vacaciones.
Haz que sean tiempo fecundo para la vida de familia,
para el encuentro con nosotros mismos y con los demás,
para la brisa suave de la amistad y del diálogo,
para el ejercicio físico que siempre rejuvenece,
para la lectura que siempre enriquece
para las visitas culturales que siempre abren horizontes,
para la fiesta auténtica que llena el corazón del hombre.
Haz que nuestras vacaciones de verano sean tiempo santo
para nuestra búsqueda constante de Ti,
para el reencuentro con nuestras raíces cristianas,
para los espacios de oración y reflexión,
para compartir la fe y el testimonio,
para la práctica de tu Ley y la de tu Iglesia,
para la escucha de tu Palabra,
para participar en la mesa de tu Eucaristía.
Tú vienes siempre a nosotros.
Tú siempre te haces el encontradizo.
Tus caminos buscan siempre los nuestros.
Haz que en las vacaciones de verano,
sepamos remar mar adentro y te encontremos a Ti,
el Pescador, el Pastor, el Salvador, el Hermano, el Amigo,
y encontremos a nuestros hermanos.
Juntos realizaremos la gran travesía de nuestras vidas.
En tu nombre, Señor,
también en vacaciones,
quiero estar dispuesto a remar mar adentro.
Ayúdame. Te necesito, también en vacaciones.
AMÉN.

jueves, 3 de julio de 2008

EL MILAGRO DE LAS MANOS VACÍAS


En mis años de seminarista me explicaron muchas veces que también en el mundo de las almas regía el viejo principio de que "nadie da lo que no tiene". Pero la verdad es que ahora - treinta años después- yo no estoy tan seguro. Y creo que es más cierta la afirmación de Urs von Balthasar cuando escribe que "el privilegio del cristiano es poder dar más, infinitamente más, de lo que posee". Voy a ver si consigo explicarme.


Recuerdo aún hoy cuánto me escandalizó, en mis años de estudiante de teología, la conferencia de un sacerdote - un apóstol brillante y muy conocido en la España de entonces- que nos decía que no era necesario ser santos para ser eficaces apostólicamente. La idea me pareció entonces disparatada y me lo sigue pareciendo en el tono en el que aquel conferenciante lo decía: como si la inteligencia, la técnica oratoria, la picardía pudieran suplir a la santidad y al amor. Nunca he creído ni en la inteligencia ni en la técnica referidas al mundo de la gracia. Son, me parece, lo que la flanera al flan: que si se hace con huevos podridos, resultará incomible por muy buena que la flanera sea. Siempre me interesará más la carga interior de lo que se dice que los adjetivos con que se ornamenta. Aunque pienso también que unos contenidos serios exigen del orador o el apóstol tomarse muy en serio los métodos de transmisión. Pero sabiendo que son eso: simple métodos.


Sin embargo, en la idea hay una pizca de verdad y hay muchísima tal como Balthasar la formula. Y es que treinta años de ministerio me han enseñado, que uno puede dar mucho más de lo que personalmente tiene. Y esto por una razón elemental: en rigor, en el mundo de la gracia ningún hombre da nada. Dios es el único que puede dar, él solo. Y la experiencia de cualquier sacerdote o de cualquier cristiano es que, si él no pone demasiados obstáculos, Dios da a través de nosotros cosas que nosotros ni llegamos a sospechar. Es lo que Bernanos llamaba «el dulce milagro de las manos vacías», a través de las cuales puede pasar el torrente de Dios.


En el terreno sacramental esto es evidente, ¿qué son mis manos para absolver, qué mi palabra para consagrar? Alguien «funciona» dentro de mí para que eso «salga», como el vino sale de la botella sin que ella lo haya engendrado o fabricado.


Pero ocurre también en otros terrenos más misteriosos. ¿Qué cristiano no ha sembrado esperanzas en días en que la creía perdida? ¿Cuántas veces hemos dado alegría a alguien y nos hemos alejado pensando que éramos nosotros quienes más la necesitábamos? A veces te ocurren cosas misteriosas. Un día se acerca alguien a ti y te dice que desde hace veinte años se alimenta de una frase que tú le dijiste una vez. Tú preguntas de qué frase se trata. Y cuando te la dicen, tú jurarías que esa idea jamás pasó por tu cabeza, que la dijiste casualmente. Y mira por donde la flecha fue derecha al blanco que la necesitaba. Cualquier sacerdote sabe que tal vez ha preparado una conferencia o una homilía con todo cuidado y que, de pronto, según está hablando, le sube a los labios una frase en la que ni había pensado. Y luego resulta que es precisamente la que alguien de los oyentes estaba necesitando. A mí me ha ocurrido lo de venir un desconocido a darme las gracias por un articulo mío que ayudó a resolver en su casa una seria crisis. Y yo ni acordarme siquiera de haber escrito tal artículo o sobre ese tema. ¿Tengo un ángel custodio que escribe y firma con mi nombre artículos que yo no he elaborado? ¿O es que yo escribía de otra cosa, pero aquella familia --que necesitaba una respuesta- la encontró donde el autor no había ni pensado? ¡Vaya usted a saberlo!


No sé si todo esto que estoy contando será una herejía. Pero, al menos, a mí me sirve. Porque si tengo que esperar a ser santo para empezar a hablar a la gente de Dios, aún me estaría calladito. Y si sólo puedo escribir de la alegría cuando todo me va bien, me pasaría mi vida ayunando letras. Comprendo que tengo obligación de tener las manos llenas porque Dios se lo merece, pero no me desaliento cuando las veo vacías. Y me encanta la idea de ser un canuto a través del que Alguien, más importante que todos nosotros juntos, sopla. Y de tanto pasarme gracias por las manos, alguna se me pegará, digo yo.


Nuestro problema está, entonces, en ser buenos transmisores, volvernos transparentes, para que pueda verse detrás de nosotros al Dios escondido que llevamos dentro. Y luego repartir sin tacañerías lo poquito que tenemos - esa pizca de fe, esa esquirla de esperanza, esos gramos de alegría -, sabiendo que no faltará quien venga a multiplicarlo como el pan del milagro. Seguros de que la pequeña llama de una cerilla puede hacer un gran fuego. No porque la cerilla, sea importante, sino porque la llama es infinita.


José Luis Martín Descalzo

martes, 1 de julio de 2008

TODO SE PASA, DIOS NO SE MUDA...


Existió un Rey que tenía un consejero sabio; un hombre anciano de avanzada edad, pasos lentos y larga barba blanca; el Rey para cualquier acción o decisión que tomara siempre se dirigía primeramente a su sabio, en ningún momento dudaba en consultarle los problemas y referirle las cosas que sucedían en su reino, sintiéndose siempre seguro de que todo cuanto le decía salía siempre bien.


Hasta que un día el sabio por su avanzada edad enfermó de gravedad… en su lecho de muerte, el Rey, desesperado le decía:


-Sabio y viejo amigo, ¿qué voy a hacer sin ti cuando tú no estés?, ¿quién me dará sus sabios consejos y me ayudará cuando tenga problemas que no pueda resolver?… ¿qué haré… qué haré?


El sabio, al ver su desesperación, le entregó un anillo que tenía un compartimento secreto, pero le dijo que sólo y únicamente cuando tuviera un problema que fuera imposible resolverlo… sólo así lo abriera y allí encontraría la respuesta.


El sabio murió y pasaron muchos años; al Rey se le presentaron múltiples problemas.


En varias ocasiones estuvo a punto de romper el sello y abrir el compartimento de la sortija, sin embargo no lo hizo, posponiéndolo para un problema mayor que no pudiera ser resuelto.


Siguió pasando el tiempo y un día al Rey se le presentó un problema tan grande que no podía resolver.


Pasaron los días tratando de resolverlo, hasta que no pudo más. Se acordó de lo que le dijo el sabio: ¡sólo ábrelo cuando tengas un problema que pienses que no tenga solución!


El Rey rompió el sello y abrió el compartimento secreto. Adentro había un papelito que decía:


"Esto también pasará."





Nada turbe,
Nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta.


Eleva tu pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
nada te turbe.

A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
nada te espante.


¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
todo se pasa.


Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.


Ámala cual merece
bondad inmensa;
pero no hay amor fino
sin la paciencia.


Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
todo lo alcanza.


Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
quien a Dios tiene.


Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios tu tesoro
nada te falta.


Id, pues, bienes del mundo;
id dichas vanas;
aunque todo lo pierda,
sólo Dios basta.


(Santa Teresa de Jesús)