martes, 3 de junio de 2008

UN CUARTO DE HORA, POR LO MENOS...


Contempla a Jesús que, dándote su Cuerpo, te dice: "toma y come, éste es mi Cuerpo".


Dios mío, haz que te reciba siempre dignamente.


¿Qué es comulgar? Es tener la dicha incomprensible de recibir a Jesucristo real y sustancialmente...
Es tener la dignidad de albergar personalmente en nuestra humilde morada al Hijo de María Inmaculada...


Es ser rico con todas las riquezas del Hijo de Dios hecho hombre... ser dueño de su cuerpo, alma, divinidad y méritos infinitos...


Es juntar, con la unión más íntima, nuestro corazón con el Corazón de Cristo para divinizarlo con este sagrado contacto...¡Qué dicha es comulgar dignamente!


¿Cómo te preparas para recibir al Dios de tu Corazón, y al Corazón de tu Dios?... ¿Adornas tu corazón con afectos de humildad y de confianza... con actos de virtudes de fe, esperanza y caridad?... ¿Huyes y evitas con todo cuidado los menores defectos e imperfecciones?... ¿Tienes hambre espiritual de recibir a Jesús?... ¿Ansías juntar tu corazón al de Jesús para transformarte en Él?...¿Meditas quién es Jesús ... a qué viene a tu alma... qué exige de ti ... qué debes tú ofrecerle?...


Jesús, yo creo que estás en el Sacramento del altar. Te amo, te adoro, y deseo mucho recibirte. Dame a conocer quién soy yo y quién eres Tú, para recibirte dignamente.


¿Qué haces después de comulgar?


¿Adoras a Dios? ... ¿Le das gracias?... ¿Pides mercedes? ... ¿Le ofreces cuanto eres y vales?... ¿Cuál es el primer saludo que diriges a Dios?... ¿Cierras los ojos del cuerpo para que las cosas exteriores no te distraigan?


¿Llamas a todos tus sentidos y potencias a fin de que rindan sus homenajes y se ofrezcan al servicio de Aquel que los creó?...


¿Qué haces... qué dices... qué piensas... qué deseas?...


No dejes perder momento de ocasión tan oportuna, pues en un instante, si sabes negociar bien con Jesús, puedes hacerte rico con todas las riquezas de Dios...


¡Qué tiempo para merecer! Basta una comunión para hacerte santo...


Mira a Jesús en tu corazón como Rey en su trono, que con las manos llenas de gracias te dice con amor: ¿Qué quieres que te haga?... Yo he venido a ti para hacerte feliz, compadecido de tus miserias... Pide, pide cuanto necesites, que todo te lo daré... Me he dado a Mí mismo: ¿cómo podré negarte mis cosas?


Comulgaré a menudo preparándome antes con gran fervor, y dando gracias después por espacio de un cuarto de hora por lo menos.


Beato Enrique de Ossó (Del libro "Cuarto de hora de oración")


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