jueves, 5 de junio de 2008

La santidad está en las pequeñas cosas...




Un día, me postré ante Dios en el Sagrario, y le dije:


"Me parece, Señor, que sería capaz de llevar a cabo algunos actos extraordinarios de una vez...


Una acción que movilizaría todo mi ser, al conmoverme una miseria, al rebelarme ante una injusticia, ante el peligro de uno de los mios...


Creo algunos días que sería capaz de arriesgar mi vida, incluso darla, en bloque, de golpe, por un ideal, por la persona amada, por mi hijo, y hasta quizá por el de otros.


Y si esta idea, secretamente, me permite sentirme algo orgulloso, también me tranquiliza, porque tú nos dijiste, Señor, que dar la vida por los otros es la mayor prueba de amor que puede existir.


Pero lo que me humilla, y me desanima con frecuencia es que soy incapaz de dar mi vida poco a poco, en trocitos, día a día, hora a hora, minuto a minuto, dar, dar siempre, ... y darme.


No puedo, pese a ser lo que seguramente me pides.


¡Es tan sencillo lo que tú deseas de mí, Señor! Es demasiado sencillo... y demasiado dificil.


Hacer cada día lo que tengo que hacer, paso a paso hoy, paso a paso mañana, por el camino de cada día. Caminar cada día con los que están a mi lado, mis compañeros de trabajo, mis vecinos y los múltiples hermanos de mi vida. Cada día a cada instante, luchar para vivir como Tú quieres que viva y luchar con los otros para que todos los hombres puedan vivir humanamente. Dar cada día mi vida poco a poco a través de mil gestos posibles de amor, que no se ven de tan ordinarios como son, y que no llaman la atención por lo banales, pero que has dicho que los necesitas para tejer una ofrenda y para que un día, pueda decir de veras: dí toda mi vida por mis hermanos.


¿Por qué investaste, Señor, la duración del tiempo, la fidelidad en las pequeñas cosas y el amor exigente?


Soñé dar toda mi vida a mis hermanos e imaginaba, inconscientemente, que para conseguirlo bastaba un solo sí, un solo gesto, un solo ofrecimiento. Pero descubro que se necesitan millares, millones quizá.


Soñé una vida que ardiera en grandes gestos, y descubro que tiene que irse consumiendo lentamente, alimentada con minúsculas astillas que sin cesar reaniman las llama para que no se apague.


Volver a empezar siempre, siempre. No puedo, Señor, y sé y tengo miedo de que cuando delante de Ti, a tu luz, contemple toda mi vida, descubra entonces que junto a algunos instantes de entrega habré rechazado miles..."




Después de un largo silencio, en la soledad de la capilla, oí a Dios que me respondía:


"Es verdad, hijo mío, que en alguna ocasión, algunos han tenido la oportunidad de ofrecer toda su luz en algunos flashes fulgurantes. Pero a la mayoría se les pide que enciendan pequeños destellos de amor en la profunda noche de su vida.


No te quejes, no juzgues. Porque, ¿quién te dice que millones de lamparillas encendidas a lo largo de una larga vida no iluminarán más que el estallido de un castillo de fuegos artificiales?


Además, hijo mio, no te pido que triunfes siempre, sino que lo intentes, y, sobre todo, escúchame, te pido que por fin aceptes tus limitaciones, que reconozcas tu pobreza, y que me la des, porque dar la vida no consiste sólo en dar las propias riquezas, sino también la pobreza e incluso los pecados.


Hazlo, hijo mío, y con esquirlas de vida derrochadas y por ti entregadas a todos los que esperan, yo llenaré tus vacíos, dándoles plenitud, porque en mis manos tu pobreza ofrecida se convertirá en riqueza... por toda la eternidad".


No hay comentarios: