lunes, 5 de mayo de 2008

VEN, ESPÍRITU DIVINO


"Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.»

Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático.

Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos." (Hch. 1, 10-14)


Ahora que el Señor ha ascendido al Cielo, nos toca hacer lo mismo que a los discípulos, "perseverar en la Oración con un mismo espíritu en compañía de María, la madre de Jesús", pidiéndole a Dios que descienda sobre nosotros el Espíritu Santo que nos permita ser sus testigos hasta los confines del mundo. Por eso, todos estos días que quedan hasta Pentecostés, es bueno recitar el Veni Creator, pidiéndole al Espíritu Santo que venga en nuestro auxilio. Todo ello a través de María, que en la víspera de Pentecostés rogó a Dios para que el Espíritu Santo descendiera sobre la Iglesia naciente y que ahora también intercede para que obtengamos la gracia abundante del Espíritu de Dios.


Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.


Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.


Entra hasta el fondo del alma,

divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado,

cuando no envías tu aliento.


Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.


Reparte tus siete dones,

según la fe de tus siervos;

por tu bondad y gracia,

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno. Amén.

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