lunes, 26 de mayo de 2008

Entonces, sólo entonces...



¡Cuánta será la dicha de esa vida, en la que habrá desaparecido todo mal, en la que no habrá bien oculto alguno y en la que no habrá más obra que alabar a Dios, será vista en todas las cosas!


No sé qué otra cosa va a hacerse en un lugar donde ni se dará ni la pereza ni la indigencia. A esto me induce el sagrado cántico que dice: "Bienaventurados los que moran en tu casa, Señor; por los siglos de los siglos te alabarán."


Todas las partes del cuerpo incorruptible, destinadas ahora a ciertos usos necesarios a la vida, no tendrán otra función que la alabanza divina, porque entonces ya no habrá necesidad, sino una felicidad perfecta, cierta, segura y eterna.


Todos los números de la armonía corporal, de que he hablado y que se nos ocultan, aparecerán entonces a nuestros ojos maravillosamente ordenados por todos los miembros del cuerpo. Y justamente las demás cosas admirables y extrañas que veremos inflamarán las mentes racionales con el deleite de la belleza racional y alabar a tan gran artífice.


No me atrevo a determinar cómo serán los movimientos de los cuerpos espirituales, porque no puedo ni imaginarlo. Pero de seguro que el movimiento, la actitud y la misma especie, sea cual fuere, serán armónicos, pues allí lo que no sea armónico no existirá.


Es cierto también que el cuerpo se presentará al instante donde el espíritu quiera y que el espíritu no querrá lo que sea contrario a la belleza del cuerpo o a la suya. La gloria allí será verdadera, porque no habrá ni error ni adulación en los panegiristas. Habrá honor verdadero, que no se negará a ninguno digno de él ni se dará a ninguno indigno, no pudiendo ningún indigno merodear por aquellas mansiones exclusivas del que es digno.


Allí habrá verdadera paz, donde nadie sufrirá contrariedad alguna, ni de sí mismo ni de otro.El premio de la virtud será el dador de la misma, que prometió darse a sí mismo, superior y mayor que el cual no puede haber nada.


¿Qué significa lo que dijo con el profeta: "Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo", sino: "Yo seré el objeto que colmará sus ansias; Yo seré cuanto los hombres pueden honestamente desear: vida, salud, riqueza, comida, gloria, honor, paz y todos los bienes"?


Este es el sentido recto de aquello del Apóstol a fin de que Dios sea todo en todas las cosas. El será el fin de nuestros deseos, y será visto sin fin, amado sin hastío y alabado sin cansancio.Este don, este afecto, esta ocupación será común a todos, como la vida eterna.


Por lo demás, ¿quién se siente con fuerza para imaginarse, cuanto menos para expresar los grados que habrá de gloria y de honor en proporción con los méritos?


Que habrá grados no puede ponerse en duda. Y uno de los grandes bienes de la dichosa ciudad será el ver que nadie envidiará a otro, ni al inferior ni al superior, como ahora los ángeles no envidian a los arcángeles. Y nadie deseará poseer lo que no ha recibido, aunque esté perfecta y concordemente unido a Aquel que lo ha recibido, como en el cuerpo el dedo no quiere ser el ojo, aunque el dedo y el ojo integran la estructura del mismo cuerpo. Cada uno poseerá su don, uno mayor y otro menor, de tal suerte que tendrá, además, el don de no desear más de lo que tiene.


Y no se crea que no tendrán libre albedrío porque no podrán deleitarles los pecados. Serán tanto más libres cuanto más libres se vean del placer de pecar hasta conseguir el placer indeclinable de no pecar. El primer libre albedrío que se dio al hombre cuando Dios lo creó recto, consistía en poder no pecar; pero podía también pecar. El último será superior a aquél y consistirá en no poder pecar. Y éste será también don de Dios, no posibilidad de su naturaleza. Porque una cosa es ser Dios, y otra, ser participación de Dios. Dios, por naturaleza, no puede pecar; en cambio, el que participa de Dios sólo recibe de El la gracia de no poder pecar. Guardar esta gradación es propio del don divino: dar primero un libre albedrío por el que el hombre pudiera no pecar y, al fin, otro por el que el hombre no pudiera pecar. El primero permitía la adquisición de méritos, y el último, la recepción de premios. Mas porque esta naturaleza pecó cuando podía pecar, es librada por una gracia más liberal para arribar a la libertad en que no pueda pecar.


Así como la primera inmortalidad, que Adán perdió pecando, consistió en poder no morir, y la última consistirá en no poder morir, así el primer libre albedrío consistió en poder no pecar y el último consistirá en no poder pecar. Y la voluntad de piedad y de equidad será tan inadmisible como la felicidad. Es cierto que al pecar no conservamos ni la piedad ni la felicidad; empero, el querer la felicidad no lo perdimos ni cuando perdimos la felicidad. ¿Hemos de negar a Dios libre albedrío porque no puede pecar?


Todos los miembros de la ciudad santa tendrán una voluntad libre, exenta de todo mal y llena de todo bien, gozando indeficientemente de la jocundidad de los goces divinos, olvidada de las culpas y de las penas, pero sin olvidarse de su liberación para no ser ingrata con el Libertador. El alma se acordará de los males pasados, pero intelectualmente y sin sentirlos. Un médico bien instruido, por ejemplo, conoce casi todas las enfermedades del cuerpo por su arte; pero muchas, las que no ha sufrido, las desconoce experimentalmente. Así, los males se pueden conocer de dos maneras: por ciencia intelectual o por experiencia corporal. De una manera conoce los vicios la sabiduría del hombre de bien, y de otra la vida rota del libertino. Y pueden olvidarse también de dos maneras. De una manera los olvida el sabio y el estudioso, y de otra el que los ha sufrido: aquél los olvida descuidando el estudio, y éste, despojado de su miseria. Según este último olvido, los santos no se acordarán de los males pasados. Estarán exentos de todos los males, sin que les reste el menor sentido, y, no, obstante, la ciencia que entonces poseerán en mayor grado no sólo les ocultará sus males pasados, sino ni la miseria eterna de los condenados. En efecto, si no recordaran que fueron miserables, ¿cómo, según dice el Salmo, cantarán eternamente las misericordias del Señor?




Sabemos que la mayor alegría de esta ciudad será cantar un cántico de gloria a la gracia de Cristo, que nos libertó con su sangre. Allí se cumplirá esto: "Descansad y ved que Yo soy el Señor." Este será realmente el gran sábado que no tendrá tarde, ese sábado encarecido por el Señor en las primeras obras de su creación al decir: "Dios descansó el día séptimo de todas sus obras y bendijo y lo santificó, porque en él reposó de todas las obras que había emprendido."


Nosotros mismos seremos allí el día séptimo, cuando seamos llenos y colmados de la bendición y de la santificación de Dios. Allí, en quietud, veremos que El es Dios, cualidad que quisimos usurpar cuando lo abandonamos siguiendo el señuelo de estas palabras: "Seréis como dioses..."ç


Este sabatismo aparecerá más claro si se computa el número de edades como otros tantos días, según las Escrituras, pues que se halla justamente ser el día séptimo. La primera edad, como el primer día, se cuenta desde Adán hasta el diluvio; la segunda, desde el diluvio hasta Abraham, aunque no comprende igual duración que la primera, pero sí igual número de generaciones, que son diez. Desde Abraham hasta Cristo, el evangelista San Mateo cuenta tres edades, que abarcan cada una catorce generaciones... La sexta transcurre ahora y no debe ser coartada a un número determinado de generaciones, por razón de estas palabras: "No os corresponde a vosotros conocer los tiempos que el Padre tiene reservados a su poder." Tras ésta, Dios descansará como en el día séptimo y hará descansar en sí mismo al día séptimo, que seremos nosotros.


Sería muy largo tratar ahora al detalle de cada una de estas edades. Baste decir que la séptima será nuestro sábado, que no tendrá tarde, que concluirá en el día dominical, octavo día y día eterno, consagrado por la resurrección de Cristo, y que figura el descanso eterno no sólo del espíritu, sino también del cuerpo.


Allí descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí la esencia del fin sin fin. Y ¡qué fin más nuestro que arribar al reino que no tendrá fin!"



San Agustín (De civitate Dei, XXII, 30)

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