jueves, 22 de mayo de 2008

CORPUS CHRISTI. LA EUCARISTÍA EN LOS SANTOS PADRES.



SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA


Vosotros dividís un pan, y este es el remedio para conseguir la inmortalidad, bálsamo que nos preserva de la muerte, y nos da la vida eterna en Jesucristo. (S. Ignacio, carta a los de Efeso, n. 14, Tric. T. I, sent. 2, p. 31.)


SAN IRENEO


Jesucristo tomó el pan, sustancia criada, dio gracias a Dios, y dijo: Este es mi cuerpo. Tomó el cáliz que también es criatura destinada a nuestros usos, y aseguró que era su sangre. Así enseñó la oblación del Nuevo Testamento, la Iglesia recibió de los Apóstoles, y ofrece este sacrificio en todo el mundo al Dios que nos sostiene como primicias de sus frutos en la nueva Ley. La Iglesia es como un paraíso plantado en este mundo. De todos sus árboles podemos comer, nos dice Dios, pero no tomemos de la doctrina de los herejes, no la toquemos, porque aunque se aprecian de saber del bien y del mal, son soberbios que arrojan sus impías doctrinas contra Dios, su Criador. (S. Ireneo, sent. 5, Tric. T. 1, p. 86 y 87.)



SAN CIPRIANO


Si toma el alimento y la santa bebida de la Eucaristía, como que viene del Sacramento de la Cruz, pues aquel misterioso madero fue figura suya, el que hizo dulces las aguas, del mar, llenará tu alma de verdadera suavidad. (S. Cipriano, lib. de la Oración, sent. 35, Tric. T. l.p.305.)



SAN CIRILO DE JERUSALÉN


Supuesto que Jesucristo asegura, hablando del pan, que aquello es su cuerpo, ¿quién se atreverá a poner en duda esta verdad? y pues que dijo después, esta es mi sangre, ¿quién puede dudar o decir que no lo es? En otro tiempo había convertido el agua en vino en Cana de Galilea con sola su voluntad, ¿y no le tendremos por digno de ser creído sobre su palabra, cuando convirtió el vino en su sangre? Si convidado a las bodas humanas y terrenas hizo en ellas un milagro tan pasmoso, ¿no debemos reconocer que aquí dio a los hijos del Esposo a comer su cuerpo y beber su sangre? para que le recibamos como que es ciertamente su cuerpo y su sangre, porque bajo del pan nos da su cuerpo, y bajo del vino su sangre, para que tomando su cuerpo y sangre, nos hagamos un mismo cuerpo y sangre con El y seamos Cristílcros, oslo es, hombres que llevamos a Jesucristo, en habiendo recibido en nuestro cuerpo su cuerpo y sangre, y según la expresión de San Pedro, vengamos a ser participantes de la naturaleza divina. (S. Cirilo de Jerusalén, Cath. Mystag., 4, sent. 7, Tric. T. 2, p. 337.)


No consideréis ya estas cosas como que son pan y vino comunes, supuesto que son el cuerpo y sangre de Jesucristo, como El mismo dijo, porque aunque los sentidos os digan que no lo es, la fe os debe persuadir y confirmar en que lo es. No juzguéis por el gusto, sino por la le, la que nos debe hacer creer con toda certidumbre, y sin que os quede duda en contrario, que os ha dado el cuerpo y sangre de Jesucristo. (S. Cirilo de Jerusalén, ibid., sent. 8, Tric. T. 2, p. 337.)



SAN BASILIO MAGNO


¿Cuál es la obligación propia y particular de los que comen el pan y reciben la bebida de Dios? Es la de conservar continuamente la memoria del que murió y resucitó por ellos. ¿A qué más les obliga esta memoria? a no vivir ya para sí, sino par el que murió y resucitó por ellos. (S. Basilio, Reg. 80, sent. 58, Tric. T. 3, p. 1 y 200.)



SAN GREGORIO DE NISA


El que es eterno, se nos da a todos para que le comamos con el fin de que recibiéndole en nosotros mismos, lleguemos a ser lo que El es, porque dice' Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. Cualquiera, pues, que ama esta divina carne, no ama la suya; y cualquiera que tiene amor a esta divina sangre, está purificado de todos los sentimientos que la sangre camal puede causarle. Porque la carne del Verbo, y la sangre de esta carne son suaves par ios que ias gustan, y deseables para los que las pretenden. (S. Gregorio de Nisa, in Eccies. II. 8, sent. 4, Tric. T. 4, p. 113.)


Así como un poco de levadura, según la doctrina del Apóstol, hace fermentar toda la masa, asi" también el divino cuerpo de Jesucristo, que padeció la muerte, y es el principio de nuestra vida., entra en nuestro cuerpo, nos le muda y transforma todo en si'. Porque al modo que un veneno que se ha derramado por los miembros sanos, los corrompe en poco tiempo, así por contraria razón, cuando el cuerpo inmortal de Jesucristo se ha llegado a mezclar con el del hombre, que en otro tiempo había comido el fruto envenenado, le transforma todo entero en su divina naturaleza. (S. Greg. de Nisa, c. 37, sent. 29, Tric. T. 4, p. 118 y 119.)


Sírvanos de ley el hecho de Joseph de Arimatea, para que cuando recibamos aquella prenda del sacrosanto cuerpo, no le envolvamos en lienzo de una conciencia sucia, ni le depositemos en el monumento del corazón, cuando está lleno de huesos de muertos y de todo género de inmundicias. Cada uno se prueba y examine, como dice el Apóstol: No le sirva de juicio de condenación si la recibe indignamente. (S. Greg. de Nisa, in Christ. Resurr., sent. 19, adic., Tric. T. 4, p. 364 y 365.)



SAN AMBROSIO


Con carne y con mana que nos figuran el precioso cuerpo de Jesucristo, se alimentó el pueblo de Israel: Jesucristo es para nosotros verdadera comida y verdadero maná, no ya en figura, sino en verdad; por su verdadera humanidad es realmente carne, y un pan que vive por su divinidad: de suerte, que cuando cómenos el cuerpo de Jesucristo, participamos de su divinidad y de su humanidad. (S. Ambrosio, sent. 26, Tric. T. 4, p. 318.)


Acercaos al alimento del cuerpo del Señor a aquella bebida que de tal suerte embriaga a los fieles, que los llena de contento con la remisión de sus culpas, y los libra de los cuidados del mundo, del miedo de la muerte y de las inquietudes de esta vida. Esta santa embriaguez no hace titubear al cuerpo, antes bien, le confirma, no turba el espíritu, sino que le consagra y santifica. (S. Ambrosio, in Psalm. 118, sent. 65, Tric. T. 4, p. 326.)


Jesucristo es mi comida, Jesucristo es mi bebida. La carne de un Dios es mi comida, la sangre de un Dios es mi bebida. En otro tiempo bajó del cielo el pan que llamo el Profeta pan de Angeles: mas aquel no era el verdadero pan, solo era sombra del que habia de venir. El pan Eterno me tenia reservado este verdadero pan que viene del cielo, y este es el pan de la vida. Aquel, pues, que come la vida, no podrá morir, porque ¿como había de morir el que tiene por alimento la misma vida? (S. Ambrosio).





SAN JERÓNIMO


Puede ser que me digáis que el pan recibís del altar, es pan común; pero al punto que se dijeron las palabras de la consagración, se convirtió ese mismo pan en la carne de Jesucristo. Si me preguntan: ¿Que palabras son las que sirven en esta consagración? Digo que nos valemos de las propias de Jesucristo. Antes de consagrar, es el cuerpo de Jesucristo. Oid que el mismo dice: Tomadle y comerle todos, porque este es mi cuerpo. Antes de las palabras de Jesucristo solo hay en el cáliz vino y agua mezclados pero después de lo que han obrado las palabras de Jesucristo, se convierten en su sangre, la cual redimió su pueblo.


Si el pan de la Eucaristía es el pan cotidiano, ¿porque le recibís una vez al año solamente? Recibidle todos los días para conseguir todos los días el fruto. Vivid de modo que merezcáis comulgar todos los días, a la verdad, el que no es digno de recibidle todos los días, tampoco merece recibirle una vez al año. Sabéis que el santo Job ofrecía sacrificio por sus hijos, receloso de que hubiesen pecado en pensamiento o en palabras: ¿Como, pues, sabiendo vosotros que siempre que se ofrece el Sacrificio se hace memoria de la muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, de la remisión de los pecados? ¿Como, vuelvo a decir lo que esto sabéis, no recibís todos los días este pan de la vida? El que se siente herido busca el remedio para sanar. Todos estamos heridos, pues hemos pecado. Ahora bien, este venerable y celestial sacramento es el remedio de todas nuestras heridas.


Llegad a el y saciaros, porque es divino pan: llegad y bebed, pues es fuente: llegad a el para ilustraros, pues es luz: llegad y libraos, porque es donde esta el Espíritu del Señor, esta la libertad; llegad quedad absueltos, pues es perdon de los pecados "Pruébese cada uno, y llegúese después al cuerpo de Jesucristo. No es decir que un día o dos que difiera la comunión, haga al cristiano más santo, ni que yo merezca mañana o después de mañana lo que hoy no he merecido; sino que el dolor que debo sentir de no haberme hallado en estado de comulgar, me obligue a separarme por algunos días del consorcio, de mi propia mujer, prefiriendo al amor que la tengo, el que debo a Jesucristo. (S. Jerónimo. Epist. 48, ad Pammach., sent. 40, Tric. T. 5, p. 245.)


"Debemos saber que el pan que partió el Salvador y le dio a sus discípulos, era su propio cuerpo, según lo que el mismo Señor dijo: Tomad y comed, este es mi cuerpo. Moisés, pues, no fue el que nos dio el verdadero pan, sino nuestro Señor Jesucristo: éste es el que está sentado en el convite y el mismo es nuestro convite: El es el que come y el que es comida. (S. Jerón., Quaes, 2, ad Hedib., ep. 120, sent. 59, Tric. T. 5, p. 248.)"


Como la carne de nuestro Señor es un verdadero alimento, y su sangre una verdadera bebida, el único bien que nos resta en este mundo, es comer su carne y beber su sangre, no solamente en los santos misterios, sino también en la lección de las Escrituras, porque las luces que en estas hallamos, son el sustento y la bebida que sacamos de la palabra de Dios. (S. Jerón., ¡n Ecciesiast., c. 3, sent. 82, Tric. T. 5, p. 253.)


Vosotros ofrecéis sobre mi altar un pan profanado y manchado. Sin duda profanamos y manchamos el pan, esto es, el cuerpo de Jesucristo cuando nos acercamos al altar en un estado indigno de participarle: cuando estando impuros bebemos aquella sangre pura; y no obstante decimos: ¿Es que es despreciada y deshonrada la mesa del Señor? No porque haya quien se atreva a decirlo, ni a proferir con delicuente voz la impiedad que tiene su alma, pero las malas obras de los pecadores son las que efectivamente deshonran la mesa de Dios. (S. Jerón., in Malach., c. 1, sent. 88, Tric. T. 5, p. 251.)



SAN JUAN CRISÓSTOMO


Así como aquel que no se siente reo de iniquidad alguna, debe comulgar todos los días; por el contrario, el que ha pecado y no ha hecho penitencia no lo puede hacer con seguridad ni en los de fiesta. (S. Juan Crisóst., Homil. 31, sent. 26, Tric. T. 6, p. 305.)


Vamos como la Hemorroisa a tocar la orla de la vestidura de Jesucristo, o por mejor decir, vamos a poseerle todo entero: pues tenemos ahora su cuerpo en nuestras manos. Ya no es sólo su vestido el que permite tocar, sino que nos presenta su mismo cuerpo para que lleguemos a comerle. Acerquémonos, pues, con ardiente fe, los que estamos enfermos. Si los que entonces tocaron solamente la orla de sus vestidos sintieron tan grande efecto, ¿qué no podrán esperar los que aquí le reciben todo entero? (S. Juan Crisóst., Homil. 51, sent. 62, Tric. T. 6, p. 311.)


Cuántos hay que dicen: Yo quisiera ver a nuestro Señor Jesucristo con aquel mismo cuerpo con que conversaba con los hombres; mucho me alegraría de ver su rostro y su traje. Yo os digo, que al mismo Señor veis, tocáis, y aun coméis. Deseáis ver sus vestidos, y veis aquí que os permite tocarle y recibirle en vuestro pecho. (S. Juan Crisót., Homil. 83, sent. 70, Tric. T. 6, p. 312 y 313.)


¿Quién debe estar más puro que aquel que participa de semejante sacrificio, que aquella mano que distribuye esta divina carne, que aquella boca que está llena de este fuego espiritual y aquella lengua que rojea con esta preciosa sangre? Imaginad bien la honra que recibís y a que mesa os sentáis. Aquel mismo a quien los ángeles miran con temblor, es el que ahora nos sirve de alimento, se une con nosotros, y somos con el un mismo cuerpo y una misma sangre. (S. Juan Crisóstomo, ibid., sent. 71, Tric. ihid., ¡bid.)


¿Qué pastor ha dado jamás su sangre para alimentar sus ovejas? Vemos muchas madres que habiendo parido sus hijos, los dan a criar a otras mujeres, pero no procede Jesucristo, así con nosotros: El mismo nos alimenta con su carne, nos junta y une consigo estrechamente. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 72, Tric. ibid., ibid.,)


No nos quedemos insensibles a tan grande honra, y a un amor tan religioso. Reparad con que ímpetu se arrojan los niños al seno de sus madres, y con qué ansia chupan los pechos. Imitémosles acercándonos con las mismas ansias a esta divina mesa, bebiendo, por decirlo así, la leche espiritual de aquellos sagrados pechos: pero vamos corriendo con mayor ardor para atraer a nuestros corazones, como hijos de Dios, la gracia del Espíritu Santo: sea nuestro mayor dolor el vernos privados de este alimento celestial. (S. Juan Crisóst. Homil., 87, sent. 73, Tric. T. 6, p. 313.)


Si vosotros no os atrevéis a arrojar del sagrado altar los indignos, decídmelo a mi, que yo no permitiré que se lleguen a él: porque primero perderé la vida, que dar el cuerpo del Señor al indigno; y primero permitiré que derramen mi sangre, que presentar tan santo y venerable cuerpo al que no se halla en estado de recibirle. Si vosotros ignoráis que los que se acercan son indignos, entonces no es falta vuestra, si antes habéis puesto el mayor cuidado en conseguir este discernimiento; porque no hablo ahora de aquellas personas que públicamente son conocidas por viciosas. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 74, Tric. ibid., ibid.)


Muchos una vez al año se acercan al Santo Sacramento: otros llegan más a menudo. ¿A quiénes estimaremos más? a los que comulgan a menudo, o a los que comulgan una vez? Solamente debemos estimar a los que comulgan con conciencia pura y sincera, con un corazón limpio y con una vida irreprensible; los que se hallan en esta disposición, lleguen todos los días; los que no, ni una vez se acerquen: porque no hacen otra cosa que irrilar contra sí el juicio de Dios y hacerse dignos de la más rigurosa condenación. (S. Juan Crisóstomo. Homil. 17, ad Hcbr., senl. 147, Tric. T. o, p. 327.)


¿Pensáis que comulgando una vez al año serán suficiente 40 días de penitencia para purificaros de los pecados que habéis cometido en tanto tiempo? No pasarán 8 días sin que volváis a los desórdenes de la vida anterior. ¡Por haber empleado así en penitencia 40 días, y acaso menos, esperáis que Dios os mirará con misericordia! Yo digo que eso es burlarse de Dios. No quiero por esto impediros el comulgar una vez al año; por el contrario, quisiera yo que continuamente pudierais llegar a los sagrados misterios; pero estos están destinados para los Santos, y esto es lo que dice en alta voz el Diácono cuando llama a los Santos a esta santa mesa. (S. Juan Crisóst., Homil, ihid., sent. 14, Tric. ibid., ibid.)


Cuando el Diácono pronuncia publicamente estas palabras: Las cosas son para los Santos, es lo mismo que si dijera: Si alguno no es Santo, no se acerque a esta mesa. Al hombre no le hace Santo la simple remisión de sus pecados, sino la presencia del Espíritu Santo en su alma, y la abundancia de las buenas obras; como si dijera: no quiero que estéis retirados del podre y de la basura, sino que se vea resplandecer en vosotros una blancura y una hermosura particular. (S. Juan Crisóst., ibid., senl. 149, Tric. ibid. ibid.)


No merezcamos la indignación de Dios llegando con mala disposición a la divina mesa. En esta debemos hallar el soberano remedio de todos nuestros males; debemos hallar un tesoro inagotable para comprar el reino celestial. Acerquémonos, pues, con respetuoso temblor, dando gracias a Jesucristo, postrándonos en su presencia con grande veneración, confesándole con humildad nuestros pecados, llorando amargamente nuestras ofensas, dirigiéndole oraciones largas y fervorosas. Purifiquémonos, llegando con el silencio y el respeto que le debemos, como a Rey de la gloria, (S. Juan Crisóst., Serm. de die H Nativit. Christ., n. 7, sent. 216.)


Cuando oímos la palabra de Dios, cuando nos ocupamos en la oración, y nos acercamos a la divina mesa, o practicamos alguna obra de piedad, hagámoslo todo con circunspección y reverencia, para no merecer por nuestra pereza o inconsideración aquella maldición de un Profeta: Maldito es el que hace con negligencia la obra del Señor. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 217, Tric. ibid.. ihid.)


Cuando os acercáis a la santa comunión no penséis que recibís aquel divino cuerpo de manos de un hombre: representaos vivamente que estáis recibiendo aquel carbón encendido que vio Isaías, y que un Angel no se atrevió a tocar con sus manos. Representaos también la sangre saludable del sagrado cáliz, como si estuviera corriendo de la llaga de aquel puro y divino costado de Jesucristo, y acercándoos con este pensamiento , recibidla con labios puros. Yo os suplico, pues, y conjuro a que lleguéis con temblor y respeto, con los ojos bajos, el alma levantada al cielo, llorando en silencio y con alegría en lo íntimo del corazón, semejantes a aquellos que estando en presencia del Rey de la tierra, sujetos a la corrupción y al tiempo, están como si no tuvieran voz, ni movimiento con el exceso de respeto que los tiene sobrecogidos. (S. Juan Crisóst., Serm. de Peniten., sent. 218, Tric. ibid., p. 343 y 344.)


El que come y bebe indignamente este pan y este vino, será reo del cuerpo y sangre del Señor: es decir, que los que participan indignamente de los sagrados misterios, serán castigados como los que crucificaron a Jesucristo. Los judíos le rasgaron su santísima carne clavándole en la cruz; mas vosotros, viviendo en pecado, le mancháis con una lengua y un alma impura: por este motivo, como dice el Apóstol: Caen muchos de vosotros en diversas enfermedades, y mueren muchos. (S. Juan Crisóst., Serm. o de Martyrih., n. 3, senl. 234, I Tric. T. 6, p. 34".)



¿No es la comunión de la sangre de Jesucristo el cáliz de bendición que bendecimos? Estas palabras del Apóstol deben imprimir en nosotros tanto terror como fe, pues nos enseñan que lo que está en el cáliz es la misma sangre que salió del costado de Jesucristo de la cruz, y nosotros participamos de ella. Llama el Apóstol cáliz de bendición, porque teniéndole en las manos, elevadas con la admiración, le honremos con himnos y cánticos, pasmados, y extáticos de recibir tan grande don. Le damos infinitas gracias, no sólo porque derramó por nosotros su divina sangre en la pasión, sino también porque se dignó de darla en este santo Sacramento. (San Juan Crisóst., Homl. 24, sent. 306, Tric. T. 6, p. 364.)


Debe notarse, que cuando el Apóstol habla de los judíos, no dice que participan de Dios, sino del altar, porque lo que antiguamente se ofrecía en el altar, debía consumirse con el fuego. No sucede esto con el cuerpo de Jesucristo. Y ¿en qué consiste esta diferencia? En que hay comunicación de este cuerpo santísimo con los hombres fieles, y así no participamos sólo del altar, sino del mismo cuerpo de Jesucristo. (S. Juan Crisóstomo, ibid., sent. 307, Tric. ibid., ibid.)


Si es verdad, que no hay hombre tan atrevido que se atreve a tocar la púrpura de un rey, ¿cómo hemos de ser nosotros tan temerarios que recibamos con indignidad el cuerpo del mismo Dios, que es infinitamente superior a los mayores reyes de la tierra, y a todas las cosas creadas, este cuerpo que es tan puro, y en el que no puede haber mancha: que está unido y habita la divinidad, por la cual recibimos el ser y la vida, y a Jesucristo que rompió las puertas del infierno, y nos abrió las bóvedas del cielo? No seamos por nuestra imprudencia, homicidas de nosotros mismos: acerquémonos a aquel divino cuerpo con mucho temor y pureza; consideradle cuando os lo presentan y decid: ¿Es este el cuerpo que hace que yo sea más que tierra y ceniza y que ya no esté cautivo, sino libre? ¿Es este cuerpo el que me da la esperanza de entrar algún día en el cielo y gozar de todos los bienes que hay en él, de conseguir una vida eterna, de verme sublimado al estado de los ángeles, y de ser admitido a la compañía de Jesucristo? (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 308, Tric. ibid., ibid.)


Si salimos de este mundo con la digna participación de este Sacramento, entraremos con grande confianza en el santuario del cielo, como que vamos revestido de armas de oro que nos hacen invulnerables a nuestros enemigos. Mas, ¿para qué hablo de las cosas que están por venir, cuando en esta vida nos hace este misterio un cielo de la tierra? Abrid las puertas del cielo, o por mejor decir, el cielo de los cielos, y veréis aquí abajo lo más precioso y venerable que se adora allá en la gloria; porque así como en los palacios de los reyes de la tierra no son las paredes ni los artesonados de oro lo más magnífico, sino la persona del rey sentado sobre su trono, así lo mejor del cielo se os permite ver en la tierra, porque yo os estoy mostrando, no a los Angeles, ni a los Arcángeles, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor y rey de los Angeles, Arcángeles y cielos. Considerad que veis sobre la tierra lo más excelente y adorable que hay en el cielo, y que no solamente le veis, sino que le tocáis, le coméis y le lleváis a vuestra casa. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 309, Tric. ibid., p. 366.)


¿Cuánto más digno de castigo os parece que será el que hubiese pisado al Hijo de Dios, que hubiese tenido por cosa inútil y profana la sangre de la alianza, y hubiese ultrajado el Espíritu de la gracia? ¿Qué querrá, decía el Apóstol, con estas palabras? ¿Y cómo puede ser pisado el Hijo de Dios? Cuando el que ha participado de estos santos misterios, comete un pecado, entonces es verdad, que trató a Jesucristo con desprecio y con ultraje, porque así como damos a entender que no estimamos en nada las cosas que pisamos, así es preciso que los que pecan, en nada estimen a Jesucristo, recibido en la comunión. Vosotros fuisteis hecho cuerpo de Jesucristo y después os ponéis en estado de que el demonio os pise (S. Juan Crisóst. Homl. 20, ad. Hcbr., sent. 383, Tric. T. 6, p. 383.)


SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA


El que come, dice Jesucristo, tendrá la vida en mi. Nosotros realmente le comemos, pero no por esto debe decirse que consumimos la divinidad: ¡vaya lejos de nosotros semejante impiedad! Comemos la carne del Verbo que se ha hecho vivifica, porque es propia de aquel que vive por el Padre... Como cuerpo, pues, de este mismo Verbo, que se le apropió con una verdadera unión, la cual excede la inteligencia y todo cuanto se pudiera decir, da la vida. De este modo nosotros que participamos de su sagrado cuerpo y de su divina sangre, somos enteramente vivificados, pues el Verbo permanece en nosotros, no solamente de un modo divino por el Espíritu Santo, sino también de un modo humano por medio de su santa carne y de su sangre preciosa. (S. Cirilo Alejand., Comment, in Joan., lib. 4, adv. Nesl., p. 1 10, T. 6, sent. S, Tric. T. S, p. 99.)


Así como aquel que junta una masa de cera con otra, ya no ve sino sola una, así me parece que el que recibe el cuerpo de nuestro Salvador y bebe su preciosa sangre, se hace uno con El, como el mismo Señor lo dijo; porque en cierto modo queda mezclado en El y con El por esta participación; de suerte que Jesucristo se halla en él, y él en Jesucristo.


TEODORETO DE CIRO


Pruébese el hombre a sí mismo. Sed vuestros propios jueces; examinad cuidadosamente cual es vuestra vida: escudriñad vuestra conciencia, y después id a recibir aquel precioso don, esto es, el cuerpo del Salvador: porque el que le come y bebe indignamente, bebe y come su juicio. No solamente no conseguiréis la salud, sino que castigará Dios vuestra insolencia y la injuria que había hecho a Jesucristo. (Teodoreto, Ep. 1, Cor. c. 11, sent. 9, Tric. T. 8, p. 263.)


La participación del cuerpo y sangre de Jesucristo, nos transforma en lo mismo que recibimos: si estamos muertos y sepultados en Jesucristo, también resucitaremos con El. Es necesario, que siempre le llevemos en nuestro cuerpo y en nuestra alma; porque dice el Apóstol: Vosotros estáis muertos, y vuestra vida está escondida en Dios con Jesucristo. Cuando venga Jesucristo que es vuestra vida, también vosotros apareceréis con El en la gloria. (S. León, Papa, Serm. 63, sent. 51. Tric. T. S, p. 394.)


SAN JUAN DAMASCENO


Lleguemos al sacramento de la Eucaristía con un ardiente deseo: recibamos en ella el divino luego que ha de consumir nuestros pecados, iluminar nuestros entendimientos, inHamar nuestros cora/.ones y hacernos como otros tantos Dioses. (S. Juan Damas, de tide oriho-dox., lib. 4, sent. 2, Tric. T. 9, p. 201 y 202.)


El pan y el vino después de la consagración no son la figura del cuerpo y sangre de Jesucristo, ni Dios permite que se diga, pues son el mismo cuerpo de Jesucristo unido a la Divinidad. A la verdad, no dijo el Señor, esto es la figura de mi cuerpo, sino este es mi cuerpo, etc. (S. Juan Damas., ibid., sent. 3, Tric. ibid., p. 292.)

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