viernes, 30 de mayo de 2008

SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


Este viernes 30 de mayo, además de celebrar la memoria de San Fernando, Rey, la Iglesia celebra la solemnidad del Sacratísimo Corazón de Nuestro Señor Jesucristo. Por ello, y para que reflexionemos sobre ello, dejo aquí un documento interesante, que nos puede ayudar a cada uno a renovar nuestra consagración personal al Corazón de nuestro Divino Redentor.



MENSAJE DEL SIERVO DE DIOS JUAN PABLO II

CON MOTIVO DEL CENTENARIO DE LA CONSAGRACIÓN

DEL GÉNERO HUMANO AL SAGRADO CORAZÓN

REALIZADA POR LEÓN XIII




Amadísimos hermanos y hermanas:



1. La celebración del centenario de la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, establecida para toda la Iglesia por mi predecesor León XIII con la carta encíclica Annum sacrum (25 de mayo de 1899: Leonis XIII P. M. Acta, XIX [1899] 71-80), y que tuvo lugar el 11 de junio de 1899, nos impulsa en primer lugar a dar gracias «al que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre» (Ap 1, 5-6).


Esta feliz circunstancia es, además, muy oportuna para reflexionar en el significado y el valor de ese importante acto eclesial. Con la encíclica Annum sacrum, el Papa León XIII confirmó cuanto habían hecho sus predecesores para conservar religiosamente y dar mayor relieve al culto y a la espiritualidad del Sagrado Corazón. Además, con la consagración quería conseguir «insignes frutos en primer lugar para la cristiandad, pero también para toda la sociedad humana» (ib., o.c., p. 71). Al pedir que no sólo fueran consagrados los creyentes, sino también todos los hombres, imprimía una orientación y un sentido nuevos a la consagración que, desde hacía ya dos siglos, practicaban personas, grupos, diócesis y naciones.


Por tanto, la consagración del género humano al Corazón de Jesús fue presentada por León XIII como «cima y coronación de todos los honores que se solían tributar al Sacratísimo Corazón» (ib., o.c., p. 72). Como explica la encíclica, esa consagración se debe a Cristo, Redentor del género humano, por lo que él es en sí y por cuanto ha hecho por todos los hombres. El creyente, al encontrar en el Sagrado Corazón el símbolo y la imagen viva de la infinita caridad de Cristo, que por sí misma nos mueve a amarnos unos a otros, no puede menos de sentir la exigencia de participar personalmente en la obra de la salvación. Por eso, todo miembro de la Iglesia está invitado a ver en la consagración una entrega y una obligación con respecto a Jesucristo, Rey «de los hijos pródigos», Rey que llama a todos «al puerto de la verdad y a la unidad de la fe», y Rey de todos los que esperan ser introducidos «en la luz de Dios y en su reino» (Fórmula de consagración). La consagración así entendida se ha de poner en relación con la acción misionera de la Iglesia misma, porque responde al deseo del Corazón de Jesús de propagar en el mundo, a través de los miembros de su Cuerpo, su entrega total al Reino, y unir cada vez más a la Iglesia en su ofrenda al Padre y en su ser para los demás.


La validez de cuanto tuvo lugar el 11 de junio de 1899 ha sido confirmada con autoridad en lo que han escrito mis predecesores, ofreciendo profundizaciones doctrinales acerca del culto al Sagrado Corazón y disponiendo la renovación periódica del acto de consagración. Entre ellos, me complace recordar al santo sucesor de León XIII, el Papa Pío X, que en 1906 dispuso renovarla todos los años; al Papa Pío XI, de venerada memoria, que se refirió a ella en las encíclicas Quas primas, en el marco del Año santo 1925, y Miserentissimus Redemptor; y a su sucesor, el siervo de Dios Pío XII, que trató de ella en las encíclicas Summi Pontificatus y Haurietis aquas. De igual modo, el siervo de Dios Pablo VI, a la luz del concilio Vaticano II, habló de ella en la carta apostólica Investigabiles divitias y en la carta Diserti interpretes, que dirigió el 25 de mayo de 1965 a los superiores mayores de los institutos dedicados al Corazón de Jesús.


También yo he invitado muchas veces a mis hermanos en el episcopado, a los presbíteros, a los religiosos y a los fieles a cultivar en su vida las formas más genuinas del culto al Corazón de Cristo. En este año dedicado a Dios Padre, recuerdo cuanto escribí en la encíclica Dives in misericordia: «La Iglesia parece profesar de manera particular la misericordia de Dios y venerarla dirigiéndose al Corazón de Cristo. En efecto, precisamente el acercarnos a Cristo en el misterio de su corazón nos permite detenernos en este punto -en cierto sentido central y al mismo tiempo accesible en el plano humanode la revelación del amor misericordioso del Padre, que ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del Hombre» (n. 13). Con ocasión de la solemnidad del Sagrado Corazón y del mes de junio, he exhortado a menudo a los fieles a perseverar en la práctica de este culto, que «en nuestros días, cobra una actualidad extraordinaria», porque «precisamente del Corazón del Hijo de Dios, muerto en la cruz, ha brotado la fuente perenne de la vida que da esperanza a todo hombre. Del Corazón de Cristo crucificado nace la nueva humanidad, redimida del pecado. El hombre del año 2000 tiene necesidad del Corazón de Cristo para conocer a Dios y para conocerse a sí mismo; tiene necesidad de él para construir la civilización del amor». (Catequesis durante la audiencia general del miércoles 8 de junio de 1994, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de junio de 1994, p. 3).


La consagración del género humano realizada en el año 1899 constituye un paso de extraordinario relieve en el camino de la Iglesia, y todavía hoy se puede renovar cada año en la fiesta del Sagrado Corazón. Esto vale también para el acto de reparación que se suele rezar en la fiesta de Cristo Rey. Siguen siendo actuales las palabras de León XIII: «Así pues, se debe recurrir a Aquel que es el camino, la verdad y la vida. Si nos hemos desviado: debemos volver al camino; si se han ofuscado las mentes, es preciso disipar la oscuridad con la luz de la verdad; y si la muerte ha prevalecido, hay que hacer que triunfe la vida» (Annum sacrum, o.c., p. 78). ¿No es éste el programa del concilio Vaticano II y el de mi pontificado?



2. En nuestra preparación para celebrar el gran jubileo del año 2000, este centenario nos ayuda a contemplar con esperanza nuestra humanidad y a vislumbrar el tercer milenio iluminado con la luz del misterio de Cristo, «camino, verdad y vida» (Jn 14, 6).


Al constatar que «los desequilibrios que sufre el mundo moderno están relacionados con aquel otro desequilibrio más fundamental que tiene sus raíces en el corazón del hombre» (Gaudium et spes, 10), la fe descubre felizmente que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (ib., 22), puesto que «el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre y amó con corazón de hombre» (ib.). Dios ha dispuesto que el bautizado, «asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo y fortalecido por la esperanza, llegue a la resurrección. Esto vale no sólo para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón actúa la gracia de modo invisible» (ib.). «Todos los hombres -como recuerda también el Concilioestán llamados a esta unión con Cristo, que es la luz del mundo. De él venimos, por él vivimos y hacia él caminamos» (Lumen gentium, 3).


En la constitución dogmática sobre la Iglesia, se dice magistralmente que «los bautizados, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales y anuncien las maravillas del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (cf. 1 P 2, 4-10). Por tanto, todos los discípulos de Cristo, en oración continua y en alabanza a Dios (cf. Hch 2, 42-47), han de ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12, 1). Deben dar testimonio de Cristo en todas partes y han de dar razón de su esperanza de la vida eterna a quienes se la pidan (cf. 1 P 3, 15)» (ib., 10).


Frente a la tarea de la nueva evangelización, el cristiano que, contemplando el Corazón de Cristo, Señor del tiempo y de la historia, se consagra a él y a la vez consagra a sus hermanos, se redescubre portador de su luz. Animado por su espíritu de servicio, contribuye a abrir a todos los seres humanos la perspectiva de ser elevados hacia su plenitud personal y comunitaria. «Junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo» (Carta al prepósito general de la Compañía de Jesús, 5 de octubre de 1986: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de octubre de 1986, p. 4).


Deseo expresar mi aprobación y mi aliento a cuantos, de cualquier manera, siguen cultivando, profundizando y promoviendo en la Iglesia el culto al Corazón de Cristo, con lenguaje y formas adecuados a nuestro tiempo, para poder transmitirlo a las generaciones futuras con el espíritu que siempre lo ha animado. Se trata aún hoy de guiar a los fieles para que contemplen con sentido de adoración el misterio de Cristo, Hombre-Dios, a fin de que lleguen a ser hombres y mujeres de vida interior, personas que sientan y vivan la llamada a la vida nueva, a la santidad y a la reparación, que es cooperación apostólica a la salvación del mundo; personas que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo comprenda que el cristianismo es la religión del amor.


El Corazón del Salvador invita a remontarse al amor del Padre, que es el manantial de todo amor auténtico: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). Jesús recibe incesantemente del Padre, rico en misericordia y compasión, el amor que él prodiga a los hombres (cf. Ef 2, 4; St 5, 11). Su Corazón revela particularmente la generosidad de Dios con el pecador. Dios, reaccionando ante el pecado, no disminuye su amor, sino que lo ensancha en un movimiento de misericordia que se transforma en iniciativa de redención.


La contemplación del Corazón de Jesús en la Eucaristía impulsará a los fieles a buscar en este Corazón el misterio inagotable del sacerdocio de Cristo y de la Iglesia. Les hará gustar, en comunión con sus hermanos, la suavidad espiritual de la caridad en su misma fuente. Ayudando a cada uno a redescubrir su bautismo, los hará más conscientes de su dimensión apostólica, que deben vivir difundiendo la caridad y cumpliendo la misión evangelizadora. Cada uno se empeñará más en pedir al Dueño de la mies (cf. Mt 9, 38) que envíe a la Iglesia «pastores según su corazón» (Jr 3, 15), los cuales, enamorados de Cristo, buen Pastor, modelen su propio corazón a imagen del suyo y estén dispuestos a ir por los senderos del mundo para proclamar a todos que él es camino, verdad y vida (cf. Pastores dabo vobis, 82). A esto se añadirá la acción concreta, para que también muchos jóvenes de hoy, dóciles a la voz del Espíritu Santo, aprendan a permitir que resuenen en la intimidad de su corazón las grandes expectativas de la Iglesia y de la humanidad, y respondan a la invitación de Cristo a consagrarse juntamente con él, entusiastas y alegres, «por la vida del mundo» (Jn 6, 51).



3. La coincidencia de este centenario con el último año de preparación para el gran jubileo del año 2000, que tiene la «función de ampliar los horizontes del creyente según la visión misma de Cristo: la visión del iePadre celestialln (cf. Mt 5, 45)» (Tertio millennio adveniente, 49) constituye una ocasión oportuna para presentar el Corazón de Jesús, «hoguera ardiente de caridad, (...) símbolo e imagen expresiva del amor eterno con el que "Dios tanto amó el mundo que le dio su Hijo unigénito" (Jn 3, 16)» (Pablo VI, Investigabiles divitias, 5: AAS 57 [1965] 268). El Padre «es amor» (1 Jn 4, 8.16), y el Hijo unigénito, Cristo, manifiesta su misterio, al mismo tiempo que revela plenamente el hombre al hombre.


En el culto al Corazón de Jesús se ha cumplido la palabra profética a la que se refiere san Juan: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37; cf. Za 12, 10). Es una mirada contemplativa, que se esfuerza por penetrar en la intimidad de los sentimientos de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. En este culto el creyente confirma y profundiza la acogida del misterio de la Encarnación, en la que el Verbo se hizo solidario con los hombres y testigo de que Dios los busca. Esta búsqueda nace en la intimidad de Dios, que «ama» al hombre «eternamente en el Verbo y en Cristo lo quiere elevar a la dignidad de hijo adoptivo» (Tertio millennio adveniente, 7).
Al mismo tiempo, la devoción al Corazón de Jesús escruta el misterio de la Redención, para descubrir en él la dimensión de amor que animó su sacrificio de salvación.


En el Corazón de Cristo es continua la acción del Espíritu Santo, a la que Jesús atribuyó la inspiración de su misión (cf. Lc 4, 18; Is 61, 1) y cuyo envío había prometido durante la última cena. Es el Espíritu el que ayuda a captar la riqueza del signo del costado traspasado de Cristo, del que nació la Iglesia (cf. Sacrosanctum Concilium, 5). «En efecto -como escribió Pablo VI-, la Iglesia nació del Corazón abierto del Redentor y de ese Corazón se alimenta, ya que Cristo "se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra" (Ef 5, 25-26)» (Carta Diserti interpretes, a los superiores mayores de los institutos dedicados al Corazón de Jesús, 25 de mayo de 1965). De igual modo, por medio del Espíritu Santo, el amor del Corazón de Jesús se derrama en los corazones de los hombres (cf. Rm 5, 5) y los impulsa a la adoración de su «inescrutable riqueza» (Ef 3, 8) y a la súplica filial y confiada al Padre (cf. Rm 8, 15-16), a través del Resucitado, «siempre vivo para interceder en su favor» (Hb 7, 25).



4. El culto al Corazón de Cristo, «sede universal de la comunión con Dios Padre (...), sede del Espíritu Santo» (Catequesis durante la audiencia general del miércoles 8 de junio de 1994, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de junio de 1994, p. 3), tiende a reforzar nuestros vínculos con la santísima Trinidad. Por tanto, la celebración del centenario de la consagración del género humano al Sagrado Corazón prepara a los fieles para el gran jubileo, no sólo por lo que se refiere a su objetivo de «glorificación de la Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige en el mundo y en la historia» (Tertio millennio adveniente, 55), sino también por lo que atañe a su orientación a la Eucaristía (cf. ib.), en que la vida que Cristo vino a traer en abundancia (cf. Jn 10, 10) se comunica a quienes comerán de él para vivir de él (cf. Jn 6, 57). Toda la devoción al Corazón de Jesús en sus diversas manifestaciones es profundamente eucarística: se expresa en ejercicios piadosos que estimulan a los fieles a vivir en sintonía con Cristo, «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29), y se profundiza en la adoración. Está arraigada y encuentra su culminación en la participación en la santa misa, sobre todo en la dominical, en la que los creyentes, reunidos fraternalmente en la alegría y escuchando la palabra de Dios, aprenden a realizar con Cristo la entrega de sí y de toda su vida (cf. Sacrosanctum Concilium, 48), se alimentan del banquete pascual del Cuerpo y la Sangre del Redentor y, compartiendo plenamente el amor que palpita en su Corazón, se esfuerzan por ser cada vez más evangelizadores y testigos de solidaridad y esperanza.


Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que nos ha revelado su amor en el Corazón de Cristo y nos ha consagrado con la unción del Espíritu Santo (cf. Lumen gentium, 10), de modo que, unidos a Cristo, adorándolo en todo lugar y actuando santamente, le consagremos el mundo (cf. ib., 34) y el nuevo milenio.


Conscientes del gran desafío que tenemos ante nosotros, invoquemos la ayuda de la santísima Virgen, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia. Que ella guíe al pueblo de Dios más allá del umbral del milenio que está a punto de comenzar; lo ilumine por los caminos de la fe, la esperanza y la caridad; y, especialmente, ayude a todos los cristianos a vivir con generosa coherencia su consagración a Cristo, que tiene su fundamento en el sacramento del bautismo y que se confirma oportunamente en la consagración personal al Sacratísimo Corazón de Jesús, el único en quien la humanidad puede encontrar perdón y salvación.



Varsovia, 11 de junio de 1999, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

martes, 27 de mayo de 2008

Te quiero tal y como eres...


Cuenta Anthony de Mello una fábula que me gustaría comentar. Dice así:


«Durante años fui un neurótico. Era un ser oprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que era. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no me convencía la necesidad de hacerlo por mucho que lo intentara.


Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo, aunque tampoco podía ofenderme con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado.


Pero un día mi amigo me dijo: "No cambies. Sigue siendo tal y como eres. En realidad, no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte."


Aquellas palabras sonaron en mis oídos como una música: "No cambies, no cambies, te quiero."


Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡oh maravilla!, cambié.».


Supongo que habrá algunos lectores que no estén del todo de acuerdo con esta fábula y que hubieran preferido que el consejo de mi amigo fuera un poco diferente: «Harías bien en tratar de cambiar por tu propio bien, pero lo importante es que sepas que yo te quiero como eres o como puedes llegar a ser.» Pero lo que me parece claro es que, en todo caso, lo sustancial de la fábula pie: nadie es capaz de cambiar si no se siente querido, si no experimenta una razón «positiva» para cambiar, si no tiene a interior suficiente para subirse por encima de sus fallos.


Temo que esta elemental norma pedagógica y humana sea desconocida por muchísimas personas. Tal vez por eso el primer consejo yo doy siempre a los padres que me cuentan problemas de sus hijos sea éste: De momento, quiérele, quiérele ahora más que nunca. No le eches en cara sus defectos, que él ya conoce. Quiérele. Confía en él. Hazle comprender que le quieres y le querrás siempre, con defectos o sin ellos. El debe estar que, haga lo que haga, no perderá tu amor. Eso, lejos de empujarle al mal, le dará fuerza para sentirse hombre. Con reproches lo más probable es que multipliques su amargura y le hagas encastillarse en sus defectos, aunque sólo sea propio. El debe conocer que esos fallos suyos te hacen sufrir. Pero debe saber también que tú le amas lo suficiente como para sufrir por él todo lo que sea necesario.


Y nunca le pases factura por ese amor. Tú lo haces porque es tu deber, porque eres padre o madre, no como un gesto de magnanimidad. Y cuando te canses -porque también te cansarás de perdonar por mucho que le quieras-, acuérdate alguna vez de que también Dios nos quiere como somos y tiene con nosotros mucha más paciencia que nosotros con los nuestros.


Pero, ¿y si la técnica del amor termina fallando porque también la ingratitud es parte de la condición humana? Al menos habremos cumplido con nuestro deber y habremos aportado lo mejor de nosotros. En todo caso, es seguro que un poco de amor vale mucho más que mil reproches.



J. L. Martín Descalzo (Del libro "Razones para el amor")

lunes, 26 de mayo de 2008

Entonces, sólo entonces...



¡Cuánta será la dicha de esa vida, en la que habrá desaparecido todo mal, en la que no habrá bien oculto alguno y en la que no habrá más obra que alabar a Dios, será vista en todas las cosas!


No sé qué otra cosa va a hacerse en un lugar donde ni se dará ni la pereza ni la indigencia. A esto me induce el sagrado cántico que dice: "Bienaventurados los que moran en tu casa, Señor; por los siglos de los siglos te alabarán."


Todas las partes del cuerpo incorruptible, destinadas ahora a ciertos usos necesarios a la vida, no tendrán otra función que la alabanza divina, porque entonces ya no habrá necesidad, sino una felicidad perfecta, cierta, segura y eterna.


Todos los números de la armonía corporal, de que he hablado y que se nos ocultan, aparecerán entonces a nuestros ojos maravillosamente ordenados por todos los miembros del cuerpo. Y justamente las demás cosas admirables y extrañas que veremos inflamarán las mentes racionales con el deleite de la belleza racional y alabar a tan gran artífice.


No me atrevo a determinar cómo serán los movimientos de los cuerpos espirituales, porque no puedo ni imaginarlo. Pero de seguro que el movimiento, la actitud y la misma especie, sea cual fuere, serán armónicos, pues allí lo que no sea armónico no existirá.


Es cierto también que el cuerpo se presentará al instante donde el espíritu quiera y que el espíritu no querrá lo que sea contrario a la belleza del cuerpo o a la suya. La gloria allí será verdadera, porque no habrá ni error ni adulación en los panegiristas. Habrá honor verdadero, que no se negará a ninguno digno de él ni se dará a ninguno indigno, no pudiendo ningún indigno merodear por aquellas mansiones exclusivas del que es digno.


Allí habrá verdadera paz, donde nadie sufrirá contrariedad alguna, ni de sí mismo ni de otro.El premio de la virtud será el dador de la misma, que prometió darse a sí mismo, superior y mayor que el cual no puede haber nada.


¿Qué significa lo que dijo con el profeta: "Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo", sino: "Yo seré el objeto que colmará sus ansias; Yo seré cuanto los hombres pueden honestamente desear: vida, salud, riqueza, comida, gloria, honor, paz y todos los bienes"?


Este es el sentido recto de aquello del Apóstol a fin de que Dios sea todo en todas las cosas. El será el fin de nuestros deseos, y será visto sin fin, amado sin hastío y alabado sin cansancio.Este don, este afecto, esta ocupación será común a todos, como la vida eterna.


Por lo demás, ¿quién se siente con fuerza para imaginarse, cuanto menos para expresar los grados que habrá de gloria y de honor en proporción con los méritos?


Que habrá grados no puede ponerse en duda. Y uno de los grandes bienes de la dichosa ciudad será el ver que nadie envidiará a otro, ni al inferior ni al superior, como ahora los ángeles no envidian a los arcángeles. Y nadie deseará poseer lo que no ha recibido, aunque esté perfecta y concordemente unido a Aquel que lo ha recibido, como en el cuerpo el dedo no quiere ser el ojo, aunque el dedo y el ojo integran la estructura del mismo cuerpo. Cada uno poseerá su don, uno mayor y otro menor, de tal suerte que tendrá, además, el don de no desear más de lo que tiene.


Y no se crea que no tendrán libre albedrío porque no podrán deleitarles los pecados. Serán tanto más libres cuanto más libres se vean del placer de pecar hasta conseguir el placer indeclinable de no pecar. El primer libre albedrío que se dio al hombre cuando Dios lo creó recto, consistía en poder no pecar; pero podía también pecar. El último será superior a aquél y consistirá en no poder pecar. Y éste será también don de Dios, no posibilidad de su naturaleza. Porque una cosa es ser Dios, y otra, ser participación de Dios. Dios, por naturaleza, no puede pecar; en cambio, el que participa de Dios sólo recibe de El la gracia de no poder pecar. Guardar esta gradación es propio del don divino: dar primero un libre albedrío por el que el hombre pudiera no pecar y, al fin, otro por el que el hombre no pudiera pecar. El primero permitía la adquisición de méritos, y el último, la recepción de premios. Mas porque esta naturaleza pecó cuando podía pecar, es librada por una gracia más liberal para arribar a la libertad en que no pueda pecar.


Así como la primera inmortalidad, que Adán perdió pecando, consistió en poder no morir, y la última consistirá en no poder morir, así el primer libre albedrío consistió en poder no pecar y el último consistirá en no poder pecar. Y la voluntad de piedad y de equidad será tan inadmisible como la felicidad. Es cierto que al pecar no conservamos ni la piedad ni la felicidad; empero, el querer la felicidad no lo perdimos ni cuando perdimos la felicidad. ¿Hemos de negar a Dios libre albedrío porque no puede pecar?


Todos los miembros de la ciudad santa tendrán una voluntad libre, exenta de todo mal y llena de todo bien, gozando indeficientemente de la jocundidad de los goces divinos, olvidada de las culpas y de las penas, pero sin olvidarse de su liberación para no ser ingrata con el Libertador. El alma se acordará de los males pasados, pero intelectualmente y sin sentirlos. Un médico bien instruido, por ejemplo, conoce casi todas las enfermedades del cuerpo por su arte; pero muchas, las que no ha sufrido, las desconoce experimentalmente. Así, los males se pueden conocer de dos maneras: por ciencia intelectual o por experiencia corporal. De una manera conoce los vicios la sabiduría del hombre de bien, y de otra la vida rota del libertino. Y pueden olvidarse también de dos maneras. De una manera los olvida el sabio y el estudioso, y de otra el que los ha sufrido: aquél los olvida descuidando el estudio, y éste, despojado de su miseria. Según este último olvido, los santos no se acordarán de los males pasados. Estarán exentos de todos los males, sin que les reste el menor sentido, y, no, obstante, la ciencia que entonces poseerán en mayor grado no sólo les ocultará sus males pasados, sino ni la miseria eterna de los condenados. En efecto, si no recordaran que fueron miserables, ¿cómo, según dice el Salmo, cantarán eternamente las misericordias del Señor?




Sabemos que la mayor alegría de esta ciudad será cantar un cántico de gloria a la gracia de Cristo, que nos libertó con su sangre. Allí se cumplirá esto: "Descansad y ved que Yo soy el Señor." Este será realmente el gran sábado que no tendrá tarde, ese sábado encarecido por el Señor en las primeras obras de su creación al decir: "Dios descansó el día séptimo de todas sus obras y bendijo y lo santificó, porque en él reposó de todas las obras que había emprendido."


Nosotros mismos seremos allí el día séptimo, cuando seamos llenos y colmados de la bendición y de la santificación de Dios. Allí, en quietud, veremos que El es Dios, cualidad que quisimos usurpar cuando lo abandonamos siguiendo el señuelo de estas palabras: "Seréis como dioses..."ç


Este sabatismo aparecerá más claro si se computa el número de edades como otros tantos días, según las Escrituras, pues que se halla justamente ser el día séptimo. La primera edad, como el primer día, se cuenta desde Adán hasta el diluvio; la segunda, desde el diluvio hasta Abraham, aunque no comprende igual duración que la primera, pero sí igual número de generaciones, que son diez. Desde Abraham hasta Cristo, el evangelista San Mateo cuenta tres edades, que abarcan cada una catorce generaciones... La sexta transcurre ahora y no debe ser coartada a un número determinado de generaciones, por razón de estas palabras: "No os corresponde a vosotros conocer los tiempos que el Padre tiene reservados a su poder." Tras ésta, Dios descansará como en el día séptimo y hará descansar en sí mismo al día séptimo, que seremos nosotros.


Sería muy largo tratar ahora al detalle de cada una de estas edades. Baste decir que la séptima será nuestro sábado, que no tendrá tarde, que concluirá en el día dominical, octavo día y día eterno, consagrado por la resurrección de Cristo, y que figura el descanso eterno no sólo del espíritu, sino también del cuerpo.


Allí descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí la esencia del fin sin fin. Y ¡qué fin más nuestro que arribar al reino que no tendrá fin!"



San Agustín (De civitate Dei, XXII, 30)

sábado, 24 de mayo de 2008

CORPUS CHRISTI. LA FIESTA Y LA PROCESIÓN CON EL SANTÍSIMO SACRAMENTO


El jueves siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, "Corpus Christi". Es interesante saber que su título más antiguo fue "Festum Eucharistiae".



Al celebrarlo en jueves, recordamos el jueves santo, día de la institución de la eucaristía. Ambos días tienen un objetivo similar, pero no son un simple duplicado. El Corpus Christi nos proporciona una segunda oportunidad para ponderar el misterio de la eucaristía y considerar sus varios aspectos. Nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es el "sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera."


(Aunque en Roma y otras diócesis sigue celebrándose en jueves, dicha solemnidad ha sido trasladada al domingo siguiente en la Diócesis de Córdoba -salvo excepciones-).



Historia de la fiesta



Desde los albores del siglo XII la fe y la devoción eucarística se inclinaron notablemente hacia la doctrina de la presencia real de Cristo en la eucaristía. Esto se debió, en parte, a una reacción contra las herejías que prevalecían entonces; como la de Berengario, que minimizaba e incluso llegaba a negar tal doctrina. La práctica eucarística de aquel tiempo se caracterizaba por un fuerte deseo por parte de los fieles de ver la hostia y el cáliz en la misa. Esto iba acompañado por una sensación de temor reverencial ante la presencia real y una profunda conciencia de indignidad personal. Ver la hostia, venerar las sagradas especies, constituía una forma de comunión espiritual. La comunión sacramental se hizo poco frecuente.


Ese era el clima religioso, un clima de lo más favorable para introducir una nueva fiesta en honor de la eucaristía, considerada especialmente bajo el aspecto de presencia real. La iniciativa no llegó "de arriba", de la jerarquía, sino "de abajo", de un movimiento del Espíritu en la Iglesia. Una monja desconocida, de vida estrictamente claustral, sería la primera en promover la institución de una nueva fiesta eucarística. Era Santa Juliana de Mont Cornillon, de la diócesis de Lieja, en lo que hoy es Bélgica.



En 1208, Juliana tuvo su primera visión. Observó la luna llena, en la cual veía una mancha oscura. Recibió entonces la revelación, por parte de Cristo, de que aquella mancha significaba la ausencia en el calendario de una fiesta especial en honor a la eucaristía. Recibió, además, el encargo de promover esa fiesta. Pasaron varios años antes de que la vidente pudiera encontrar a alguien dispuesto a escuchar su propuesta favorablemente. En 1240, Roberto, obispo de Lieja, promulgó un decreto estableciendo la fiesta en su diócesis, para que se celebrara el segundo domingo después de pentecostés. En 1251 el legado papal cardenal Hugues de Saint-Cher inauguró la fiesta en Lieja. En adelante se celebraría el jueves después de la octava de pentecostés.



En 1264, el papa Urbano IV extendió la celebración a toda la Iglesia. Sin embargo, el decreto papal permaneció durante cincuenta años como letra muerta. Sólo cuando el papa Clemente V confirmó el decreto de su predecesor y Juan XXII lo publicó en 1317, la nueva fiesta encontró un lugar seguro en el calendario. No tardó en llegar a ser una de las fiestas más populares en el año litúrgico de la Iglesia.




Al principio no se hacía procesión. La primera noticia que se tiene de esta práctica se remonta al año 1279, en Colonia. Pronto siguieron su ejemplo otras iglesias. La hostia consagrada se llevaba procesionalmente por las calles y los campos, tributando así público homenaje a Cristo presente en el sacramento. Para exhibir la hostia se usaban entonces los relicarios. Más tarde comenzó a elaborarse lo que hoy conocemos con el nombre de custodias.


La procesión


Según el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa, "el pueblo cristiano da testimonio de fe y piedad religiosa ante el Santísimo Sacramento con las procesiones en que se lleva la eucaristía por las calles con solemnidad y con cantos" (101).



Desde luego, la procesión es opcional. El tráfico y abarrotamiento de nuestras ciudades y otros muchos núcleos urbanos importantes presentan algunas dificultades. Para asegurar una procesión más ordenada y digna, los pastores pueden transferirla al domingo siguiente y a una hora más tranquila por la tarde. Donde la procesión no es viable, se pueden considerar otros modos para tributar honor públicamente en este día a la presencia eucarística de Cristo. Una prolongada exposición del Santísimo en la iglesia podría, en tal caso, sustituir a la procesión.




Pero donde no hay inconvenientes para que se lleve a cabo con dignidad y reverencia, conviene hacerla. Es la procesión un hermoso acto público de homenaje a Cristo presente en la eucaristía y de acción de gracias a Dios por tan inmenso don. Constituye, además, una viva manifestación de la iglesia local.



Es importante enfatizar la íntima conexión que existe entre la misa y la procesión. El mencionado ritual, en el número 103, afirma: "Conviene que la procesión con el Santísimo Sacramento se celebre a continuación de la misa en la que se consagre la hostia que se ha de trasladar en procesión". No se trata de una mera rúbrica, sino de manifestar que la procesión es una prolongación de la misa y, por consiguiente, no debe considerarse separada. Viene a ser una acción de gracias más amplia. Toda devoción eucarística debe partir de la misa y conducir de nuevo a ella. Nos lo recuerda la instrucción de mayo de 1967 "Adoración del misterio eucarístico", n 3 E: "La celebración de la eucaristía en el sacrificio de la misa es verdaderamente el origen y el fin de la adoración que se tributa a la eucaristía fuera de la misa".


La hostia que se lleva en procesión es el pan vivo y dador de vida. Con razón recibe culto público, y su finalidad principal es ser recibida como alimento espiritual para unirnos con Cristo y asociarnos a su sacrificio. La hostia llevada en triunfo con luces e incienso está destinada a ser consumida por uno de los fieles, tal vez por un niño...


Durante la procesión se pueden hacer estaciones o paradas donde se da la bendición eucarística. "Los cantos y oraciones que se tengan se ordenen a que todos manifiesten su fe en Cristo y se entreguen solamente al Señor" (104). "Al final se da la bendición con el santísimo Sacramento en la iglesia en que acaba la procesión, o en otro lugar oportuno; y se reserva el Santísimo Sacramento" (108).



Una prueba del amor que podemos tener hacia Cristo Eucaristía está en cómo participamos en la procesión del Corpus. Ojalá nunca falten fieles dispuestos a acompañar al Señor que pasa caminando por nuestras calles, al igual que un día lo hizo por las calles y caminos de Tierra Santa.

jueves, 22 de mayo de 2008

CORPUS CHRISTI. LA EUCARISTÍA EN LOS SANTOS PADRES.



SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA


Vosotros dividís un pan, y este es el remedio para conseguir la inmortalidad, bálsamo que nos preserva de la muerte, y nos da la vida eterna en Jesucristo. (S. Ignacio, carta a los de Efeso, n. 14, Tric. T. I, sent. 2, p. 31.)


SAN IRENEO


Jesucristo tomó el pan, sustancia criada, dio gracias a Dios, y dijo: Este es mi cuerpo. Tomó el cáliz que también es criatura destinada a nuestros usos, y aseguró que era su sangre. Así enseñó la oblación del Nuevo Testamento, la Iglesia recibió de los Apóstoles, y ofrece este sacrificio en todo el mundo al Dios que nos sostiene como primicias de sus frutos en la nueva Ley. La Iglesia es como un paraíso plantado en este mundo. De todos sus árboles podemos comer, nos dice Dios, pero no tomemos de la doctrina de los herejes, no la toquemos, porque aunque se aprecian de saber del bien y del mal, son soberbios que arrojan sus impías doctrinas contra Dios, su Criador. (S. Ireneo, sent. 5, Tric. T. 1, p. 86 y 87.)



SAN CIPRIANO


Si toma el alimento y la santa bebida de la Eucaristía, como que viene del Sacramento de la Cruz, pues aquel misterioso madero fue figura suya, el que hizo dulces las aguas, del mar, llenará tu alma de verdadera suavidad. (S. Cipriano, lib. de la Oración, sent. 35, Tric. T. l.p.305.)



SAN CIRILO DE JERUSALÉN


Supuesto que Jesucristo asegura, hablando del pan, que aquello es su cuerpo, ¿quién se atreverá a poner en duda esta verdad? y pues que dijo después, esta es mi sangre, ¿quién puede dudar o decir que no lo es? En otro tiempo había convertido el agua en vino en Cana de Galilea con sola su voluntad, ¿y no le tendremos por digno de ser creído sobre su palabra, cuando convirtió el vino en su sangre? Si convidado a las bodas humanas y terrenas hizo en ellas un milagro tan pasmoso, ¿no debemos reconocer que aquí dio a los hijos del Esposo a comer su cuerpo y beber su sangre? para que le recibamos como que es ciertamente su cuerpo y su sangre, porque bajo del pan nos da su cuerpo, y bajo del vino su sangre, para que tomando su cuerpo y sangre, nos hagamos un mismo cuerpo y sangre con El y seamos Cristílcros, oslo es, hombres que llevamos a Jesucristo, en habiendo recibido en nuestro cuerpo su cuerpo y sangre, y según la expresión de San Pedro, vengamos a ser participantes de la naturaleza divina. (S. Cirilo de Jerusalén, Cath. Mystag., 4, sent. 7, Tric. T. 2, p. 337.)


No consideréis ya estas cosas como que son pan y vino comunes, supuesto que son el cuerpo y sangre de Jesucristo, como El mismo dijo, porque aunque los sentidos os digan que no lo es, la fe os debe persuadir y confirmar en que lo es. No juzguéis por el gusto, sino por la le, la que nos debe hacer creer con toda certidumbre, y sin que os quede duda en contrario, que os ha dado el cuerpo y sangre de Jesucristo. (S. Cirilo de Jerusalén, ibid., sent. 8, Tric. T. 2, p. 337.)



SAN BASILIO MAGNO


¿Cuál es la obligación propia y particular de los que comen el pan y reciben la bebida de Dios? Es la de conservar continuamente la memoria del que murió y resucitó por ellos. ¿A qué más les obliga esta memoria? a no vivir ya para sí, sino par el que murió y resucitó por ellos. (S. Basilio, Reg. 80, sent. 58, Tric. T. 3, p. 1 y 200.)



SAN GREGORIO DE NISA


El que es eterno, se nos da a todos para que le comamos con el fin de que recibiéndole en nosotros mismos, lleguemos a ser lo que El es, porque dice' Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. Cualquiera, pues, que ama esta divina carne, no ama la suya; y cualquiera que tiene amor a esta divina sangre, está purificado de todos los sentimientos que la sangre camal puede causarle. Porque la carne del Verbo, y la sangre de esta carne son suaves par ios que ias gustan, y deseables para los que las pretenden. (S. Gregorio de Nisa, in Eccies. II. 8, sent. 4, Tric. T. 4, p. 113.)


Así como un poco de levadura, según la doctrina del Apóstol, hace fermentar toda la masa, asi" también el divino cuerpo de Jesucristo, que padeció la muerte, y es el principio de nuestra vida., entra en nuestro cuerpo, nos le muda y transforma todo en si'. Porque al modo que un veneno que se ha derramado por los miembros sanos, los corrompe en poco tiempo, así por contraria razón, cuando el cuerpo inmortal de Jesucristo se ha llegado a mezclar con el del hombre, que en otro tiempo había comido el fruto envenenado, le transforma todo entero en su divina naturaleza. (S. Greg. de Nisa, c. 37, sent. 29, Tric. T. 4, p. 118 y 119.)


Sírvanos de ley el hecho de Joseph de Arimatea, para que cuando recibamos aquella prenda del sacrosanto cuerpo, no le envolvamos en lienzo de una conciencia sucia, ni le depositemos en el monumento del corazón, cuando está lleno de huesos de muertos y de todo género de inmundicias. Cada uno se prueba y examine, como dice el Apóstol: No le sirva de juicio de condenación si la recibe indignamente. (S. Greg. de Nisa, in Christ. Resurr., sent. 19, adic., Tric. T. 4, p. 364 y 365.)



SAN AMBROSIO


Con carne y con mana que nos figuran el precioso cuerpo de Jesucristo, se alimentó el pueblo de Israel: Jesucristo es para nosotros verdadera comida y verdadero maná, no ya en figura, sino en verdad; por su verdadera humanidad es realmente carne, y un pan que vive por su divinidad: de suerte, que cuando cómenos el cuerpo de Jesucristo, participamos de su divinidad y de su humanidad. (S. Ambrosio, sent. 26, Tric. T. 4, p. 318.)


Acercaos al alimento del cuerpo del Señor a aquella bebida que de tal suerte embriaga a los fieles, que los llena de contento con la remisión de sus culpas, y los libra de los cuidados del mundo, del miedo de la muerte y de las inquietudes de esta vida. Esta santa embriaguez no hace titubear al cuerpo, antes bien, le confirma, no turba el espíritu, sino que le consagra y santifica. (S. Ambrosio, in Psalm. 118, sent. 65, Tric. T. 4, p. 326.)


Jesucristo es mi comida, Jesucristo es mi bebida. La carne de un Dios es mi comida, la sangre de un Dios es mi bebida. En otro tiempo bajó del cielo el pan que llamo el Profeta pan de Angeles: mas aquel no era el verdadero pan, solo era sombra del que habia de venir. El pan Eterno me tenia reservado este verdadero pan que viene del cielo, y este es el pan de la vida. Aquel, pues, que come la vida, no podrá morir, porque ¿como había de morir el que tiene por alimento la misma vida? (S. Ambrosio).





SAN JERÓNIMO


Puede ser que me digáis que el pan recibís del altar, es pan común; pero al punto que se dijeron las palabras de la consagración, se convirtió ese mismo pan en la carne de Jesucristo. Si me preguntan: ¿Que palabras son las que sirven en esta consagración? Digo que nos valemos de las propias de Jesucristo. Antes de consagrar, es el cuerpo de Jesucristo. Oid que el mismo dice: Tomadle y comerle todos, porque este es mi cuerpo. Antes de las palabras de Jesucristo solo hay en el cáliz vino y agua mezclados pero después de lo que han obrado las palabras de Jesucristo, se convierten en su sangre, la cual redimió su pueblo.


Si el pan de la Eucaristía es el pan cotidiano, ¿porque le recibís una vez al año solamente? Recibidle todos los días para conseguir todos los días el fruto. Vivid de modo que merezcáis comulgar todos los días, a la verdad, el que no es digno de recibidle todos los días, tampoco merece recibirle una vez al año. Sabéis que el santo Job ofrecía sacrificio por sus hijos, receloso de que hubiesen pecado en pensamiento o en palabras: ¿Como, pues, sabiendo vosotros que siempre que se ofrece el Sacrificio se hace memoria de la muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, de la remisión de los pecados? ¿Como, vuelvo a decir lo que esto sabéis, no recibís todos los días este pan de la vida? El que se siente herido busca el remedio para sanar. Todos estamos heridos, pues hemos pecado. Ahora bien, este venerable y celestial sacramento es el remedio de todas nuestras heridas.


Llegad a el y saciaros, porque es divino pan: llegad y bebed, pues es fuente: llegad a el para ilustraros, pues es luz: llegad y libraos, porque es donde esta el Espíritu del Señor, esta la libertad; llegad quedad absueltos, pues es perdon de los pecados "Pruébese cada uno, y llegúese después al cuerpo de Jesucristo. No es decir que un día o dos que difiera la comunión, haga al cristiano más santo, ni que yo merezca mañana o después de mañana lo que hoy no he merecido; sino que el dolor que debo sentir de no haberme hallado en estado de comulgar, me obligue a separarme por algunos días del consorcio, de mi propia mujer, prefiriendo al amor que la tengo, el que debo a Jesucristo. (S. Jerónimo. Epist. 48, ad Pammach., sent. 40, Tric. T. 5, p. 245.)


"Debemos saber que el pan que partió el Salvador y le dio a sus discípulos, era su propio cuerpo, según lo que el mismo Señor dijo: Tomad y comed, este es mi cuerpo. Moisés, pues, no fue el que nos dio el verdadero pan, sino nuestro Señor Jesucristo: éste es el que está sentado en el convite y el mismo es nuestro convite: El es el que come y el que es comida. (S. Jerón., Quaes, 2, ad Hedib., ep. 120, sent. 59, Tric. T. 5, p. 248.)"


Como la carne de nuestro Señor es un verdadero alimento, y su sangre una verdadera bebida, el único bien que nos resta en este mundo, es comer su carne y beber su sangre, no solamente en los santos misterios, sino también en la lección de las Escrituras, porque las luces que en estas hallamos, son el sustento y la bebida que sacamos de la palabra de Dios. (S. Jerón., ¡n Ecciesiast., c. 3, sent. 82, Tric. T. 5, p. 253.)


Vosotros ofrecéis sobre mi altar un pan profanado y manchado. Sin duda profanamos y manchamos el pan, esto es, el cuerpo de Jesucristo cuando nos acercamos al altar en un estado indigno de participarle: cuando estando impuros bebemos aquella sangre pura; y no obstante decimos: ¿Es que es despreciada y deshonrada la mesa del Señor? No porque haya quien se atreva a decirlo, ni a proferir con delicuente voz la impiedad que tiene su alma, pero las malas obras de los pecadores son las que efectivamente deshonran la mesa de Dios. (S. Jerón., in Malach., c. 1, sent. 88, Tric. T. 5, p. 251.)



SAN JUAN CRISÓSTOMO


Así como aquel que no se siente reo de iniquidad alguna, debe comulgar todos los días; por el contrario, el que ha pecado y no ha hecho penitencia no lo puede hacer con seguridad ni en los de fiesta. (S. Juan Crisóst., Homil. 31, sent. 26, Tric. T. 6, p. 305.)


Vamos como la Hemorroisa a tocar la orla de la vestidura de Jesucristo, o por mejor decir, vamos a poseerle todo entero: pues tenemos ahora su cuerpo en nuestras manos. Ya no es sólo su vestido el que permite tocar, sino que nos presenta su mismo cuerpo para que lleguemos a comerle. Acerquémonos, pues, con ardiente fe, los que estamos enfermos. Si los que entonces tocaron solamente la orla de sus vestidos sintieron tan grande efecto, ¿qué no podrán esperar los que aquí le reciben todo entero? (S. Juan Crisóst., Homil. 51, sent. 62, Tric. T. 6, p. 311.)


Cuántos hay que dicen: Yo quisiera ver a nuestro Señor Jesucristo con aquel mismo cuerpo con que conversaba con los hombres; mucho me alegraría de ver su rostro y su traje. Yo os digo, que al mismo Señor veis, tocáis, y aun coméis. Deseáis ver sus vestidos, y veis aquí que os permite tocarle y recibirle en vuestro pecho. (S. Juan Crisót., Homil. 83, sent. 70, Tric. T. 6, p. 312 y 313.)


¿Quién debe estar más puro que aquel que participa de semejante sacrificio, que aquella mano que distribuye esta divina carne, que aquella boca que está llena de este fuego espiritual y aquella lengua que rojea con esta preciosa sangre? Imaginad bien la honra que recibís y a que mesa os sentáis. Aquel mismo a quien los ángeles miran con temblor, es el que ahora nos sirve de alimento, se une con nosotros, y somos con el un mismo cuerpo y una misma sangre. (S. Juan Crisóstomo, ibid., sent. 71, Tric. ihid., ¡bid.)


¿Qué pastor ha dado jamás su sangre para alimentar sus ovejas? Vemos muchas madres que habiendo parido sus hijos, los dan a criar a otras mujeres, pero no procede Jesucristo, así con nosotros: El mismo nos alimenta con su carne, nos junta y une consigo estrechamente. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 72, Tric. ibid., ibid.,)


No nos quedemos insensibles a tan grande honra, y a un amor tan religioso. Reparad con que ímpetu se arrojan los niños al seno de sus madres, y con qué ansia chupan los pechos. Imitémosles acercándonos con las mismas ansias a esta divina mesa, bebiendo, por decirlo así, la leche espiritual de aquellos sagrados pechos: pero vamos corriendo con mayor ardor para atraer a nuestros corazones, como hijos de Dios, la gracia del Espíritu Santo: sea nuestro mayor dolor el vernos privados de este alimento celestial. (S. Juan Crisóst. Homil., 87, sent. 73, Tric. T. 6, p. 313.)


Si vosotros no os atrevéis a arrojar del sagrado altar los indignos, decídmelo a mi, que yo no permitiré que se lleguen a él: porque primero perderé la vida, que dar el cuerpo del Señor al indigno; y primero permitiré que derramen mi sangre, que presentar tan santo y venerable cuerpo al que no se halla en estado de recibirle. Si vosotros ignoráis que los que se acercan son indignos, entonces no es falta vuestra, si antes habéis puesto el mayor cuidado en conseguir este discernimiento; porque no hablo ahora de aquellas personas que públicamente son conocidas por viciosas. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 74, Tric. ibid., ibid.)


Muchos una vez al año se acercan al Santo Sacramento: otros llegan más a menudo. ¿A quiénes estimaremos más? a los que comulgan a menudo, o a los que comulgan una vez? Solamente debemos estimar a los que comulgan con conciencia pura y sincera, con un corazón limpio y con una vida irreprensible; los que se hallan en esta disposición, lleguen todos los días; los que no, ni una vez se acerquen: porque no hacen otra cosa que irrilar contra sí el juicio de Dios y hacerse dignos de la más rigurosa condenación. (S. Juan Crisóstomo. Homil. 17, ad Hcbr., senl. 147, Tric. T. o, p. 327.)


¿Pensáis que comulgando una vez al año serán suficiente 40 días de penitencia para purificaros de los pecados que habéis cometido en tanto tiempo? No pasarán 8 días sin que volváis a los desórdenes de la vida anterior. ¡Por haber empleado así en penitencia 40 días, y acaso menos, esperáis que Dios os mirará con misericordia! Yo digo que eso es burlarse de Dios. No quiero por esto impediros el comulgar una vez al año; por el contrario, quisiera yo que continuamente pudierais llegar a los sagrados misterios; pero estos están destinados para los Santos, y esto es lo que dice en alta voz el Diácono cuando llama a los Santos a esta santa mesa. (S. Juan Crisóst., Homil, ihid., sent. 14, Tric. ibid., ibid.)


Cuando el Diácono pronuncia publicamente estas palabras: Las cosas son para los Santos, es lo mismo que si dijera: Si alguno no es Santo, no se acerque a esta mesa. Al hombre no le hace Santo la simple remisión de sus pecados, sino la presencia del Espíritu Santo en su alma, y la abundancia de las buenas obras; como si dijera: no quiero que estéis retirados del podre y de la basura, sino que se vea resplandecer en vosotros una blancura y una hermosura particular. (S. Juan Crisóst., ibid., senl. 149, Tric. ibid. ibid.)


No merezcamos la indignación de Dios llegando con mala disposición a la divina mesa. En esta debemos hallar el soberano remedio de todos nuestros males; debemos hallar un tesoro inagotable para comprar el reino celestial. Acerquémonos, pues, con respetuoso temblor, dando gracias a Jesucristo, postrándonos en su presencia con grande veneración, confesándole con humildad nuestros pecados, llorando amargamente nuestras ofensas, dirigiéndole oraciones largas y fervorosas. Purifiquémonos, llegando con el silencio y el respeto que le debemos, como a Rey de la gloria, (S. Juan Crisóst., Serm. de die H Nativit. Christ., n. 7, sent. 216.)


Cuando oímos la palabra de Dios, cuando nos ocupamos en la oración, y nos acercamos a la divina mesa, o practicamos alguna obra de piedad, hagámoslo todo con circunspección y reverencia, para no merecer por nuestra pereza o inconsideración aquella maldición de un Profeta: Maldito es el que hace con negligencia la obra del Señor. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 217, Tric. ibid.. ihid.)


Cuando os acercáis a la santa comunión no penséis que recibís aquel divino cuerpo de manos de un hombre: representaos vivamente que estáis recibiendo aquel carbón encendido que vio Isaías, y que un Angel no se atrevió a tocar con sus manos. Representaos también la sangre saludable del sagrado cáliz, como si estuviera corriendo de la llaga de aquel puro y divino costado de Jesucristo, y acercándoos con este pensamiento , recibidla con labios puros. Yo os suplico, pues, y conjuro a que lleguéis con temblor y respeto, con los ojos bajos, el alma levantada al cielo, llorando en silencio y con alegría en lo íntimo del corazón, semejantes a aquellos que estando en presencia del Rey de la tierra, sujetos a la corrupción y al tiempo, están como si no tuvieran voz, ni movimiento con el exceso de respeto que los tiene sobrecogidos. (S. Juan Crisóst., Serm. de Peniten., sent. 218, Tric. ibid., p. 343 y 344.)


El que come y bebe indignamente este pan y este vino, será reo del cuerpo y sangre del Señor: es decir, que los que participan indignamente de los sagrados misterios, serán castigados como los que crucificaron a Jesucristo. Los judíos le rasgaron su santísima carne clavándole en la cruz; mas vosotros, viviendo en pecado, le mancháis con una lengua y un alma impura: por este motivo, como dice el Apóstol: Caen muchos de vosotros en diversas enfermedades, y mueren muchos. (S. Juan Crisóst., Serm. o de Martyrih., n. 3, senl. 234, I Tric. T. 6, p. 34".)



¿No es la comunión de la sangre de Jesucristo el cáliz de bendición que bendecimos? Estas palabras del Apóstol deben imprimir en nosotros tanto terror como fe, pues nos enseñan que lo que está en el cáliz es la misma sangre que salió del costado de Jesucristo de la cruz, y nosotros participamos de ella. Llama el Apóstol cáliz de bendición, porque teniéndole en las manos, elevadas con la admiración, le honremos con himnos y cánticos, pasmados, y extáticos de recibir tan grande don. Le damos infinitas gracias, no sólo porque derramó por nosotros su divina sangre en la pasión, sino también porque se dignó de darla en este santo Sacramento. (San Juan Crisóst., Homl. 24, sent. 306, Tric. T. 6, p. 364.)


Debe notarse, que cuando el Apóstol habla de los judíos, no dice que participan de Dios, sino del altar, porque lo que antiguamente se ofrecía en el altar, debía consumirse con el fuego. No sucede esto con el cuerpo de Jesucristo. Y ¿en qué consiste esta diferencia? En que hay comunicación de este cuerpo santísimo con los hombres fieles, y así no participamos sólo del altar, sino del mismo cuerpo de Jesucristo. (S. Juan Crisóstomo, ibid., sent. 307, Tric. ibid., ibid.)


Si es verdad, que no hay hombre tan atrevido que se atreve a tocar la púrpura de un rey, ¿cómo hemos de ser nosotros tan temerarios que recibamos con indignidad el cuerpo del mismo Dios, que es infinitamente superior a los mayores reyes de la tierra, y a todas las cosas creadas, este cuerpo que es tan puro, y en el que no puede haber mancha: que está unido y habita la divinidad, por la cual recibimos el ser y la vida, y a Jesucristo que rompió las puertas del infierno, y nos abrió las bóvedas del cielo? No seamos por nuestra imprudencia, homicidas de nosotros mismos: acerquémonos a aquel divino cuerpo con mucho temor y pureza; consideradle cuando os lo presentan y decid: ¿Es este el cuerpo que hace que yo sea más que tierra y ceniza y que ya no esté cautivo, sino libre? ¿Es este cuerpo el que me da la esperanza de entrar algún día en el cielo y gozar de todos los bienes que hay en él, de conseguir una vida eterna, de verme sublimado al estado de los ángeles, y de ser admitido a la compañía de Jesucristo? (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 308, Tric. ibid., ibid.)


Si salimos de este mundo con la digna participación de este Sacramento, entraremos con grande confianza en el santuario del cielo, como que vamos revestido de armas de oro que nos hacen invulnerables a nuestros enemigos. Mas, ¿para qué hablo de las cosas que están por venir, cuando en esta vida nos hace este misterio un cielo de la tierra? Abrid las puertas del cielo, o por mejor decir, el cielo de los cielos, y veréis aquí abajo lo más precioso y venerable que se adora allá en la gloria; porque así como en los palacios de los reyes de la tierra no son las paredes ni los artesonados de oro lo más magnífico, sino la persona del rey sentado sobre su trono, así lo mejor del cielo se os permite ver en la tierra, porque yo os estoy mostrando, no a los Angeles, ni a los Arcángeles, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor y rey de los Angeles, Arcángeles y cielos. Considerad que veis sobre la tierra lo más excelente y adorable que hay en el cielo, y que no solamente le veis, sino que le tocáis, le coméis y le lleváis a vuestra casa. (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 309, Tric. ibid., p. 366.)


¿Cuánto más digno de castigo os parece que será el que hubiese pisado al Hijo de Dios, que hubiese tenido por cosa inútil y profana la sangre de la alianza, y hubiese ultrajado el Espíritu de la gracia? ¿Qué querrá, decía el Apóstol, con estas palabras? ¿Y cómo puede ser pisado el Hijo de Dios? Cuando el que ha participado de estos santos misterios, comete un pecado, entonces es verdad, que trató a Jesucristo con desprecio y con ultraje, porque así como damos a entender que no estimamos en nada las cosas que pisamos, así es preciso que los que pecan, en nada estimen a Jesucristo, recibido en la comunión. Vosotros fuisteis hecho cuerpo de Jesucristo y después os ponéis en estado de que el demonio os pise (S. Juan Crisóst. Homl. 20, ad. Hcbr., sent. 383, Tric. T. 6, p. 383.)


SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA


El que come, dice Jesucristo, tendrá la vida en mi. Nosotros realmente le comemos, pero no por esto debe decirse que consumimos la divinidad: ¡vaya lejos de nosotros semejante impiedad! Comemos la carne del Verbo que se ha hecho vivifica, porque es propia de aquel que vive por el Padre... Como cuerpo, pues, de este mismo Verbo, que se le apropió con una verdadera unión, la cual excede la inteligencia y todo cuanto se pudiera decir, da la vida. De este modo nosotros que participamos de su sagrado cuerpo y de su divina sangre, somos enteramente vivificados, pues el Verbo permanece en nosotros, no solamente de un modo divino por el Espíritu Santo, sino también de un modo humano por medio de su santa carne y de su sangre preciosa. (S. Cirilo Alejand., Comment, in Joan., lib. 4, adv. Nesl., p. 1 10, T. 6, sent. S, Tric. T. S, p. 99.)


Así como aquel que junta una masa de cera con otra, ya no ve sino sola una, así me parece que el que recibe el cuerpo de nuestro Salvador y bebe su preciosa sangre, se hace uno con El, como el mismo Señor lo dijo; porque en cierto modo queda mezclado en El y con El por esta participación; de suerte que Jesucristo se halla en él, y él en Jesucristo.


TEODORETO DE CIRO


Pruébese el hombre a sí mismo. Sed vuestros propios jueces; examinad cuidadosamente cual es vuestra vida: escudriñad vuestra conciencia, y después id a recibir aquel precioso don, esto es, el cuerpo del Salvador: porque el que le come y bebe indignamente, bebe y come su juicio. No solamente no conseguiréis la salud, sino que castigará Dios vuestra insolencia y la injuria que había hecho a Jesucristo. (Teodoreto, Ep. 1, Cor. c. 11, sent. 9, Tric. T. 8, p. 263.)


La participación del cuerpo y sangre de Jesucristo, nos transforma en lo mismo que recibimos: si estamos muertos y sepultados en Jesucristo, también resucitaremos con El. Es necesario, que siempre le llevemos en nuestro cuerpo y en nuestra alma; porque dice el Apóstol: Vosotros estáis muertos, y vuestra vida está escondida en Dios con Jesucristo. Cuando venga Jesucristo que es vuestra vida, también vosotros apareceréis con El en la gloria. (S. León, Papa, Serm. 63, sent. 51. Tric. T. S, p. 394.)


SAN JUAN DAMASCENO


Lleguemos al sacramento de la Eucaristía con un ardiente deseo: recibamos en ella el divino luego que ha de consumir nuestros pecados, iluminar nuestros entendimientos, inHamar nuestros cora/.ones y hacernos como otros tantos Dioses. (S. Juan Damas, de tide oriho-dox., lib. 4, sent. 2, Tric. T. 9, p. 201 y 202.)


El pan y el vino después de la consagración no son la figura del cuerpo y sangre de Jesucristo, ni Dios permite que se diga, pues son el mismo cuerpo de Jesucristo unido a la Divinidad. A la verdad, no dijo el Señor, esto es la figura de mi cuerpo, sino este es mi cuerpo, etc. (S. Juan Damas., ibid., sent. 3, Tric. ibid., p. 292.)

miércoles, 21 de mayo de 2008

SÓLO SEMILLAS...


Cuentan que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: «La Felicidad». Al entrar descubrió que, tras los mostradores, quienes despachaban eran ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó: «Por favor, ¿qué venden aquí ustedes?» «¿Aquí? —respondió en ángel—. Aquí vendemos absolutamente de todo». «¡Ah! — dijo asombrado el joven—. Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; un gran bidón de comprensión entre las familias; más tiempo de los padres para jugar con sus hijos...» Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, le cortó la palabra y le dijo: «Perdone usted, señor. Creo que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas.»


En los mercados de Dios (y en los del alma) siempre es así. Nunca te venden amor ya fabricado; te ofrecen una semillita que tú debes plantar en tu corazón; que tienes luego que regar y cultivar mimosa-mente; que has de preservar de las heladas y defender de los fríos, y que, al fin, tarde, muy tarde, quién sabe en qué primavera, acabará floreciéndote e iluminándote el alma.


Y con la paz ocurre lo mismo. Hay quienes gustarían de acudir a un comercio, pagar unas cuantas pesetas o unos cuantos millones y llevarse ya bien empaquetaditos unos kilos de paz para su casa o para el mundo.


Claro que a la gente este negocio no le gusta nada. Sería mucho más cómodo y sencillo que te lo dieran ya todo hecho y empaquetado. Que uno sólo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle: «Quiero paz» y la paz viniera volando como una paloma. Pero resulta que Dios tiene más corazón que manos.


Bueno, voy a explicarme, no vayan ustedes a entender esta última frase como una herejía. Sucedió en la última guerra mundial: en una gran ciudad alemana, los bombardeos destruyeron la más hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las «victimas» fue el Cristo que presidía el altar mayor, que quedó literalmente destrozado. Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia de mosaicistas su Cristo bombardeado, y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo de nuevo en todo su cuerpo... menos en los brazos. De éstos no había quedado ni rastro. ¿Y qué hacer? ¿Fabricarle unos nuevos? ¿Guardarlo para siempre, mutilado como estaba, en una sacristía? Decidieron devolverlo al altar mayor, tal y como había quedado, pero en el lugar de los brazos perdidos escribieron un gran letrero que decía:


«Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los nuestros.»


Y allí está, invitando a colaborar con Él, ese Cristo de los brazos inexistentes.


Bueno, en realidad, siempre ha sido así. Desde el día de la creación Dios no tiene más brazos que los nuestros. Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fuéramos nosotros quienes multiplicáramos su creación con las semillas que Él había sembrado.



J. L. Martín Descalzo (Del libro "Razones para la esperanza")

martes, 20 de mayo de 2008

DESDE MI CRUZ A TU SOLEDAD...


Te escribo desde mi cruz a tu soledad,

a ti, que tantas veces me miraste sin verme

y me oíste sin escucharme.

A ti, que tantas veces prometiste

seguirme de cerca

y sin saber por qué te distanciaste

de las huellas que dejé en el mundo

para que no te perdieras.

A ti, que no siempre crees que estoy contigo,

que me buscas sin hallarme

y a veces pierdes la fe en encontrarme,

a ti, que a veces piensas que soy un recuerdo

y no comprendes que estoy vivo.


Yo soy el principio y el fin,

soy el camino para no desviarte,

la verdad para que no te equivoques

y la vida para no morir.

Mi tema preferido es el amor,

que fue mi razón para vivir y para morir.


Yo fui libre hasta el fin,

tuve un ideal claro

y lo defendí con mi sangre para salvarte.

Fui maestro y servidor,

soy sensible a la amistad

y hace tiempo que espero

que me regales la tuya.


Nadie como yo conoce tu alma,

tus pensamientos, tu proceder,

y sé muy bien lo que vales.

Sé que quizás tu vida

te parezca pobre a los ojos del mundo,

pero Yo sé que tienes mucho para dar,

y estoy seguro que dentro de tu corazón

hay un tesoro escondido;

conócete a ti mismo

y me harás un lugar a mi.


Si supieras cuánto hace

que golpeo las puertas de tu corazón

y no recibo respuesta.

A veces también me duele que me ignores

y me condenes como Pilatos,

otras que me niegues como Pedro

y que otras tantas me traiciones como Judas.


Y hoy, te pido paciencia para tus padres,

amor para tu pareja,

responsabilidad para con tus hijos,

tolerancia para los ancianos,

comprensión para todos tus hermanos,

compasión para el que sufre,

servicio para todos.


Quisiera no volver a verte egoísta,

orgulloso, rebelde, disconforme, pesimista.

Desearía que tu vida fuera alegre,

siempre joven y cristiana.


Cada vez que aflojas, búscame y me encontrarás;

cada vez que te sientas cansado,

háblame, cuéntame.

Cada vez que creas que no sirves para nada

no te deprimas,

no te creas poca cosa,

no olvides que yo necesité de un asno

para entrar en Jerusalén

y necesito de tu pequeñez

para entrar en el alma de tu prójimo.

Cada vez que te sientas solo en el camino,

no olvides que estoy contigo.


No te canses de pedirme

que yo no me cansaré de darte,

no te canses de seguirme que yo

no me cansaré de acompañarte,

nunca te dejaré solo.

Aquí a tu lado me tienes,

estoy para ayudarte.


Recuérdalo siempre:

nadie te ama como yo.

lunes, 19 de mayo de 2008

"Echarle una mano a Dios"



En una obra del escritor brasileño Pedro Bloch encuentro un diálogo con un niño que me deja literalmente conmovido.


— ¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.

— Sí, cada noche —contesta el pequeño.

— ¿Y que le pides?

— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.


Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores, pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas por lo mal que marcha el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.


A lo mejor alguien hasta piensa que la cosa teológicamente no es muy correcta. Porque, ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que El?


Y, sin embargo, qué profunda es la intuición del chaval. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido «necesitar» de los hombres. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, El, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.


Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de felicitarse por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, se pasan la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que era tarea nuestra mejorar y arreglar.


Yo entiendo, claro, la oración de súplica: el hombre es tan menesteroso que es muy comprensible que se vuelva a Dios tendiéndole la mano como un mendigo. Pero me parece a mi que, si la mayoría de las veces que los creyentes rezan lo hicieran no para pedir cosas para ellos, sino para echarle una mano a Dios en el arreglo de los problemas de este mundo, tendríamos ya una tierra mucho más habitable.


Con la Iglesia ocurre tres cuartos de lo mismo. No hay cristiano que una vez al día no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por «Iglesia» el Papa y los obispos. «Si ellos vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habría hambre en el mundo». «Si los obispos fueran más accesibles y los curas predicasen mejor, tendríamos una Iglesia fascinante». Pero ¿cuántos se vuelven a la Iglesia para echarle una mano?


En la «Antología del disparate» hay un chaval que dice que «la fe es lo que Dios nos da para que podamos entender a los curas». Pero, bromas aparte, la fe es lo que Dios nos da para que luchemos por ella, no para adormecernos, sino para acicateamos.


«Dios —ha escrito Bernardino M. Hernando— comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades». El coge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores como El. Y por eso es tan apasionante esta cosa de ser hombre y de construir la tierra.


Por eso me desconcierta a mi tanto cuando se sitúa a los cristianos siempre entre los conservadores, los durmientes, los atados al pasado pasadísimo. Cuando en rigor debíamos ser «los esperantes, los caminantes». Theillard de Chardín decía que en la humanidad había dos alas y que él estaba convencido de que «cristianismo se halla esencialmente con el ala esperante de la humanidad», ya que él identificaba siempre lo cristiano con lo creativo, lo progresivo, lo esperanzado.


Claro que habría que empezar por definir qué es lo progresivo y qué lo que se camufla tras la palabra «progreso». También los cangrejos creen que caminan cuando marchan hacia atrás.


De todos modos hay cosas bastante claras: es progresivo todo lo que va hacia un mayor amor, una mayor justicia, una mayor libertad. Es progresivo todo lo que va en la misma dirección en la que Dios creó el mundo. Y desgraciadamente no todos los avances de nuestro tiempo van precisamente en esa dirección.


Pero también es muy claro que la solución no es llorar o volverse a Dios mendigándole que venga a arreglarnos el reloj que se nos ha atascado. Lo mejor será, como hacía el niño de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo.




J. L. Martín Descalzo. (Del libro "Razones para vivir")

sábado, 17 de mayo de 2008

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Sagrada Escritura


Primera: Ex 34,3b-6.8-9

Salmo: Dn 3,52-56

Segunda: 2Co13,11-13

Evangelio: Jn 3,16-18


Nexo entre las lecturas


La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros (2L). Con este saludo trinitario se nos manifiesta el sentido de esta solemnidad litúrgica. La iglesia en este día quiere adentrarse en el misterio uno y trino de Dios y de su incomparable amor por el género humano. La lectura del libro del Éxodo nos narra el momento misterioso en el que, en el Sinaí y en forma de nube, Dios se revela a Moisés como el Señor compasivo y misericordioso (1L).


La petición que hace Moisés a continuación conmueve el corazón: Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros... perdona nuestros pecados y tómanos como heredad tuya. En La segunda lectura (2L) Pablo habla del Dios del amor que ofrece la paz a los corazones. En este día, por tanto, nos introducimos de algún modo en la intimidad de Dios. Lo contemplamos como Dios trino y uno. Dios paciente y misericordioso. Nos revela su vida íntima y nos invita a compartir de un modo inefable esta vida por la adopción como Hijos suyos. En efecto Dios ha amado tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito para que todo el que crea tenga la vida eterna. (EV) Dios quiere que el hombre tenga vida y la tenga en abundancia.


Mensaje doctrinal


1. Un misterio.


El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. En esta fiesta se acoge el misterio de la revelación de Dios: tanto ha amado al mundo que llegó a la donación hecha redención en su Hijo Unigénito. Esto es posible acogerlo gracias a la nueva condición del bautizado abierto, por las virtudes teologales, a la intimidad divina. El cristiano bautizado es testigo, confidente del misterio trinitario. La Iglesia conserva este dogma como el misterio más profundo que le confió el Señor y lo mantiene, en la oración, como herencia viva y preciosa a través de los siglos. La exhortación de Gregorio Nacianceno revela muy bien el pensamiento de la Iglesia desde los primeros siglos:


“Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje... Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero... Dios los Tres considerados en conjunto... No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo...(0r. 40,41: PG 36,417).


Dios se ha dado a conocer como comunión de vida y de amor: un Dios que en sí mismo no está aislado es Padre, Hijo y Espíritu Santo. La comunión trinitaria en Dios es la realidad más profunda y más perfecta. No es posible comprenderla con la inteligencia humana porque es un misterio. El nuevo catecismo nos dice en el número 258: "Toda la economía divina es la obra común de las tres personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola y misma operación (cf. Cc. de Constantinopla, año 553: DS 421). "El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de las criaturas, sino un solo principio" (Cc. de Florencia, año 1442: DS 1331). Sin embargo, cada persona divina realiza la obra común según su propiedad personal. Así la Iglesia confiesa, siguiendo al Nuevo Testamento (cf. 1 Co 8,6): "uno es Dios y Padre de quien proceden todas las cosas, un solo el Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y uno el Espíritu Santo en quien son todas las cosas (Cc. de Constantinopla II: DS 421)".


2. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros. Con estas palabras comienza el saludo trinitario paulino. En efecto, es la experiencia de fe y de vida cristiana la que llevo a Paulo a formular esta bella bendición usada ahora en cada Celebración Eucarística.


El cristiano experimenta a lo largo de su vida la gracia de Cristo que es el don de la redención. Con la recepción de los sacramentos actualiza y hace propios los dones que le deja Cristo. Él nos introduce en calidad de Hijos adoptivos en el misterio trinitario. "Por medio de Cristo tenemos acceso, en un solo Espíritu, al Padre". (Ef 2,18). A lo largo de su vida, el cristiano ha de buscar imitar a Cristo en sus virtudes aplicando las enseñanzas del Evangelio a todas sus acciones y relaciones humanas.


Experimentar el amor del Padre es experimentar la realidad de su Providencia divina. Al Padre se le atribuye la creación de cuanto existe. Y su conservación. Dios Padre es rico en misericordia y bondad, tardo a la ira y clemente; lo experimentamos al ver la pequeñez y debilidad de nuestro ser. Dios Padre ha querido introducirnos en su misma intimidad al enviarnos a Jesucristo, camino que nos lleva a Él.


El Espíritu Santo mora en nosotros, actúa en nuestra oración. Cuanto hacemos en la vida sobrenatural es bajo su influencia. Inspira a la mente, mueve la voluntad, alienta las virtudes etc. para que en Él glorifiquemos con Cristo a Dios Padre.


3. La Trinidad y la vida cristiana. Por medio de las virtudes teologales, que nos elevan al nivel sobrenatural, podemos experimentar una amistad creciente con cada una de estas Personas divinas. Esto es lo que pretende la Liturgia de hoy. En esta experiencia misteriosa se fundan la alegría, la paz operante, el ideal de santidad y de perfección personal y comunitaria, la concordia fraterna y el fervor entusiasta que deben caracterizar toda la comunidad eclesial. La fe nos permite aceptar el misterio sin cuestionarlo. La fe nos ayuda a ver que Dios es la verdad misma y no puede engañarse ni engañarnos. La esperanza nos infunde confianza y firme seguridad de que llegaremos a gozar de la eternidad gozosa a pesar de las dificultades de esta vida. El amor, finalmente, nos hace donarnos sin límites para reflejar la gloria y la bondad de Dios en nuestros hermanos los hombres.


Ya desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: "Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23). No podemos desperdiciar el tiempo en disquisiciones mentales y no disfrutar de la presencia de tan ilustres huéspedes en nuestras almas.


Hagamos nuestra esta oración:


"Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora". (Oración de la Beata Isabel de la Trinidad).



Sugerencias pastorales


En una sociedad como la nuestra, que por una parte tiene sed del misterio de Dios, pero por otra, se aleja de la práctica litúrgica y sacramental de la Iglesia, nos conviene ayudar a nuestros fieles a descubrir por experiencia las maravillas y tesoros de nuestra fe en la Trinidad. No basta una formulación teórica -que también es importante-. No basta saber que Dios es uno en tres personas, es necesario que este misterio se viva de modo experiencial.


Debemos promover todo aquello que ayude para que nuestros fieles sientan y experimenten el amor de Dios Padre, la amistad profunda y generosa con Cristo Señor, la presencia amorosa del “dulce huésped de sus almas”. Ciertamente ayudará mucho la predicación, pero no cabe duda que el mejor modo de transmitir a Dios es haciendo uno mismo la experiencia de Dios. Conocemos muchas personas ignorantes en cuanto a ciencia, pero sabias en cuanto a experiencia de Dios. Carecen de la instrucción más básica y, sin embargo, han hecho una profunda experiencia de Dios que pueden transmitir a los demás con profundidad.


En este sentido qué importantes se revelan las primeras oraciones que aprenden los niños de labios de sus madres, o de sus educadoras en la catequesis. Esas oraciones aprendidas bajo el calor del hogar acompañan al hombre en las más variadas vicisitudes de la vida. El misterio trinitario se hace así, el misterio del amor, el misterio que se adentra en el corazón del hombre, el misterio por el que el hombre aprende a relacionarse con Dios. Con un Dios trascendente y a la vez un Dios íntimo que inhabita en el alma.


En la catequesis podemos hacer hincapié en aquellos signos trinitarios que practicamos diariamente como son: el acto de signarse, el rezo del Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo, la bendición de la mesa o de otros momentos del día. Romano Guardini tiene explicaciones excelentes sobre algunos de estos signos.


(Fuente: catholic.net)

viernes, 16 de mayo de 2008

El mundo necesita "PUENTES"...



De todos los títulos que en el mundo se conceden el que mas me gusta es el de Pontífice, que quiere decir literalmente constructor de puentes... En la antigüedad cristiana se refería a todos los sacerdotes y en buena lógica, iría muy bien a todas las personas que viven con el corazón abierto.

Es un titulo que me entusiasma porque no hay tarea mas hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en el que tanto abundan los constructores de barreras.

En un mundo de zanjas ¿que mejor que entregarse a la tarea de superarlas?




Pero hacer puentes -y sobre todo hacer de puente- es tarea muy dura. Y que no se hace sin mucho sacrificio.

Un puente por de pronto, es alguien que es fiel a dos orillas pero no pertenece a ninguna de ellas... Y lógicamente, sale caro ser puente... Este es un oficio por el que se paga mucho mas de lo que se cobra.

Un puente es fundamentalmente alguien que soporta el peso de todos los que pasan por él. La resistencia, el aguante, la solidez son sus virtudes...

Y un puente vive el desagradecimiento: nadie se queda a vivir encima de los puentes, su tarea posterior es el olvido.


Incluso un puente es lo primero que se bombardea en las guerras cuando riñen las dos orillas. De ahí que el mundo este lleno de puentes destruidos

A pesar de ello, amigos míos que gran oficio ser "puentes", entre las gentes, entre las cosas, entre las ideas, entre las generaciones.

El mundo dejaría de ser habitable el día en que hubiera en el mas constructores de zanjas que de puentes.

Hay que tender puentes, en primer lugar hacia nosotros mismos, hacia nuestra alma..., y un puente hacia los demás...


J.L. MARTÍN DESCALZO

jueves, 15 de mayo de 2008

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE.


Nuestro corazón está herido por el pecado, nuestra mente vive dispersa en mil distracciones vanas, nuestra voluntad flaquea entre el bien y el mal, entre el egoísmo y el amor.

¿Quién nos salvará? ¿Quién nos apartará del pecado y de la muerte? Sólo Dios. Por eso necesitamos acercarnos a Él para pedir perdón.

Pero, entonces, “¿quién subirá al monte de Yahveh?, ¿quién podrá estar en su recinto santo?” Sólo alguien bueno, sólo alguien santo: “El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con engaño jura” (Sal 24,3-4).

Sabemos quién es el que tiene las manos limpias, quién es el que tiene un corazón puro, quién puede rezar por nosotros: Jesucristo.

Jesucristo puede presentarse ante el Padre y suplicar por sus hermanos los hombres. Es el verdadero, el único, el “Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec” (Hb 5,10; 6,20). Es el auténtico “mediador entre Dios y los hombres” (1Tm 2,5), como explica el “Catecismo de la Iglesia Católica” (nn. 1544-1545).

Cristo es el único Salvador del mundo. De un modo personal, profundo, quiere ser, también, mi Salvador.




Celebrar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos llena de alegría. El altar recibe la Sangre del Cordero. El Sacerdote que ofrece, que se ofrece como Víctima, es el Hijo de Dios e Hijo de los hombres. El Padre, desde el cielo, mira a su Hijo, el Cordero que quita el pecado del mundo, el Sumo Sacerdote que se compadece de sus hermanos.

El pecado queda borrado, el mal ha sido vencido, porque el Hijo entregó su vida para salvar a los que vivían en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1,79).

Podemos, entonces, subir al monte del Señor, acercarnos al altar de Dios, participar en el Banquete, tocar al Salvador.

Como en la Última Cena, Jesús nos dará su Cuerpo y su Sangre. Como a los Apóstoles, lavará nuestros pies, y nos pedirá que le imitemos: “Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). “Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13,15).

Ese es nuestro Sumo Sacerdote, el Cordero que salva, el Hijo amado del Padre. A Él acudimos, cada día, con confianza: “Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna” (Hb 4,15-16).





Fuente: Catholic.net