miércoles, 30 de abril de 2008

Mucho tengo todavía que deciros...


Juan 16, 12-15.


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.


Reflexión


Mucho tengo todavía que deciros… Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al oído, al corazón. Quiere verte a los ojos y, con sólo su mirada, decirte que te ama. Él es el Maestro, el Señor. Y sus palabras son palabras de vida eterna, alimento para nuestras almas.


Pero quizá tampoco ahora estemos preparados para digerir lo que Cristo nos quiere decir. Quizá aún vemos demasiado con los ojos de la carne y pensamos demasiado como los hombres y no como Dios. Quizá todavía vivimos apegados a las cosas de la tierra y no hemos aprendido aún a poner nuestros ojos y nuestro corazón en los bienes del cielo. Debemos por tanto aprender a abrir nuestras almas a la luz nueva de Cristo. Una luz que ilumina nuestras vidas y la historia del mundo haciéndonos descubrir la mano amorosa y providente de Dios. Aprenderemos a ver todo desde Dios, con los ojos de Dios. Entonces seremos los golosos de Dios. Llegaremos así a saborear, degustar, paladear el plan magistral y la maravillosa acción de Dios en la historia de la salvación.


Es cuestión de ser dóciles al Espíritu Santo, al Espíritu de la verdad. Él nos llevará hasta la verdad plena. Nos anunciará lo que ha de venir. Nos enseñará a leer los signos de los tiempos, a ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, a amar los caminos misteriosos y fascinantes por los cuales conduce al hombre y a la creación entera a la instauración total en Cristo.


(Fuente: catholic.net)

martes, 29 de abril de 2008

AQUEL CRISTO A QUIEN DIJE SÍ


Pero aquel Cristo a quien dije Sí,

porque le oí, muy dentro, que insistente me llamaba,

aquél, que me invitó a seguirle a donde fuera,

aquél, que me sedujo locamente,

por quien dejé mis redes soñadoras,

es hoy también el mismo en el que creo,

el mismo en quien confío y a quien sigo,

a pesar de mil dudas y quebrantos,

de cansancios oscuros,

tropiezos y reservas.


Creo en Jesús, mi impulso y mi destino,

mi punto de partida, mi horizonte,

mi sueño y mi término seguro.


Nadie como Tú me ha convencido.

Nadie como Tú marcó mi vida:

ni héroe, ni sabio,

ni líder, ni poeta.


Ni libros ni teatros,

ni historias ni películas,

ni crisis ni aventuras,

ni viajes ni retornos,

ni gritos ni blasfemias,

ni horrores ni desgracias,

ni chistes ni sarcasmos,

ni burlas ni silencios,

ni luces ni luceros,

ni gozos ni delirios

me apartaron de Tí.


A Tí me arrimo.

Te conozco.

Te quiero y te necesito.

Te espero y te acompaño.

De ti me fío.

A ti me entrego.

Y me unges de nuevo

la vida con tu gracia.

lunes, 28 de abril de 2008

DIOS, HABLA CONMIGO...

Un hombre susurró:


-Dios, habla conmigo...


Y un ruiseñor comenzó a cantar.


Pero el hombre no oyó.




Entonces el hombre repitió:


-Dios, habla conmigo...


Y el eco de un trueno se oyó.


Más el hombre fue incapaz de oír.




El hombre miró alrededor y dijo:


-Dios, déjame verte...


Y una estrella brilló en el cielo.


Pero el hombre no la vio.




El hombre comenzó a gritar:


-Dios, muéstrame un milagro...


Y un niño nació,


mas el hombre no sintió el latir de la vida.




Entonces el hombre comenzó a llorar y a desesperarse:


-Dios, tócame y déjame saber que estás aquí conmigo...


Y una mariposa se posó


suavemente en su hombro.




El hombre espantó la mariposa con la mano y, desilusionado, continuó su camino,


triste, solo y con miedo.

lunes, 21 de abril de 2008

LA SEMANA DE LA MISIÓN...


El Papa en la Asamblea General de las Naciones Unidas


El Secretario General de las Naciones Unidas

destaca papel de la fe en el trabajo de la ONU


"La Organización de las Naciones Unidas es una institución laica pero su lenguaje es la fe", afirmó el Secretario General, Ban Ki-moon, al presentar al Papa Benedicto XVI ante la Asamblea General.


En la ONU tenemos seis idiomas oficiales pero no una religión oficial. No tenemos una capilla, pero sí una sala de meditación, agregó Ban.“Pero si usted nos pregunta a quienes trabajamos para las Naciones Unidas cuáles son nuestras motivaciones, muchos responderemos en un lenguaje de fe. En la ONU, vemos nuestra labor no sólo como un empleo, sino como una misión. De hecho, ésta es la palabra que usamos para describir nuestro trabajo alrededor mundo, sea éste de paz y seguridad, de desarrollo o de derechos humanos”, subrayó.


El Secretario General destacó las coincidencias de la ONU y la Iglesia Católica en apreciaciones como la urgencia de combatir la pobreza, evitar la proliferación de armas nucleares, respetar los derechos humanos y velar por la buena gestión de los recursos naturales.“Usted ha hecho un llamamiento a la confianza y el compromiso con las Naciones Unidas. Ha dicho que la ONU es capaz de auspiciar un diálogo y entendimiento genuinos que reconcilie diferentes visiones y desarrolle políticas y estrategias multilaterales capaces de afrontar los desafíos de nuestro complejo mundo de hoy”, recordó Ban.Para terminar su discurso, el titular de la ONU insistió en los objetivos compartidos por Naciones Unidas y la Iglesia Católica y pugnó por la prevalencia de la fe en la tarea diaria del personal de la Organización.



ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS DE LA ASAMBLEA GENERAL

DE LAS NACIONES UNIDAS

DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Nueva York

Viernes 18 de abril de 2008




Señor Presidente,

Señoras y Señores:


Al comenzar mi intervención en esta Asamblea, deseo ante todo expresarle a usted, Señor Presidente, mi sincera gratitud por sus amables palabras. Quiero agradecer también al Secretario General, el Señor Ban Ki-moon, por su invitación a visitar la Sede central de la Organización y por su cordial bienvenida. Saludo a los Embajadores y a los Diplomáticos de los Estados Miembros, así como a todos los presentes: a través de ustedes, saludo a los pueblos que representan aquí. Ellos esperan de esta Institución que lleve adelante la inspiración que condujo a su fundación, la de ser un «centro que armonice los esfuerzos de las Naciones por alcanzar los fines comunes», de la paz y el desarrollo (cf. Carta de las Naciones Unidas, art. 1.2-1.4). Como dijo el Papa Juan Pablo II en 1995, la Organización debería ser “centro moral, en el que todas las naciones del mundo se sientan como en su casa, desarrollando la conciencia común de ser, por así decir, una ‘familia de naciones’” (Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Nueva York, 5 de octubre de 1995, 14).


A través de las Naciones Unidas, los Estados han establecido objetivos universales que, aunque no coincidan con el bien común total de la familia humana, representan sin duda una parte fundamental de este mismo bien. Los principios fundacionales de la Organización –el deseo de la paz, la búsqueda de la justicia, el respeto de la dignidad de la persona, la cooperación y la asistencia humanitaria– expresan las justas aspiraciones del espíritu humano y constituyen los ideales que deberían estar subyacentes en las relaciones internacionales. Como mis predecesores Pablo VI y Juan Pablo II han hecho notar desde esta misma tribuna, se trata de cuestiones que la Iglesia Católica y la Santa Sede siguen con atención e interés, pues ven en vuestra actividad un ejemplo de cómo los problemas y conflictos relativos a la comunidad mundial pueden estar sujetos a una reglamentación común. Las Naciones Unidas encarnan la aspiración a “un grado superior de ordenamiento internacional” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 43), inspirado y gobernado por el principio de subsidiaridad y, por tanto, capaz de responder a las demandas de la familia humana mediante reglas internacionales vinculantes y estructuras capaces de armonizar el desarrollo cotidiano de la vida de los pueblos. Esto es más necesario aún en un tiempo en el que experimentamos la manifiesta paradoja de un consenso multilateral que sigue padeciendo una crisis a causa de su subordinación a las decisiones de unos pocos, mientras que los problemas del mundo exigen intervenciones conjuntas por parte de la comunidad internacional.


Ciertamente, cuestiones de seguridad, los objetivos del desarrollo, la reducción de las desigualdades locales y globales, la protección del entorno, de los recursos y del clima, requieren que todos los responsables internacionales actúen conjuntamente y demuestren una disponibilidad para actuar de buena fe, respetando la ley y promoviendo la solidaridad con las regiones más débiles del planeta. Pienso particularmente en aquellos Países de África y de otras partes del mundo que permanecen al margen de un auténtico desarrollo integral, y corren por tanto el riesgo de experimentar sólo los efectos negativos de la globalización. En el contexto de las relaciones internacionales, es necesario reconocer el papel superior que desempeñan las reglas y las estructuras intrínsecamente ordenadas a promover el bien común y, por tanto, a defender la libertad humana. Dichas reglas no limitan la libertad. Por el contrario, la promueven cuando prohíben comportamientos y actos que van contra el bien común, obstaculizan su realización efectiva y, por tanto, comprometen la dignidad de toda persona humana. En nombre de la libertad debe haber una correlación entre derechos y deberes, por la cual cada persona está llamada a asumir la responsabilidad de sus opciones, tomadas al entrar en relación con los otros. Aquí, nuestro pensamiento se dirige al modo en que a veces se han aplicado los resultados de los descubrimientos de la investigación científica y tecnológica. No obstante los enormes beneficios que la humanidad puede recabar de ellos, algunos aspectos de dicha aplicación representan una clara violación del orden de la creación, hasta el punto en que no solamente se contradice el carácter sagrado de la vida, sino que la persona humana misma y la familia se ven despojadas de su identidad natural. Del mismo modo, la acción internacional dirigida a preservar el entorno y a proteger las diversas formas de vida sobre la tierra no ha de garantizar solamente un empleo racional de la tecnología y de la ciencia, sino que debe redescubrir también la auténtica imagen de la creación. Esto nunca requiere optar entre ciencia y ética: se trata más bien de adoptar un método científico que respete realmente los imperativos éticos.


El reconocimiento de la unidad de la familia humana y la atención a la dignidad innata de cada hombre y mujer adquiere hoy un nuevo énfasis con el principio de la responsabilidad de proteger. Este principio ha sido definido sólo recientemente, pero ya estaba implícitamente presente en los orígenes de las Naciones Unidas y ahora se ha convertido cada vez más en una característica de la actividad de la Organización. Todo Estado tiene el deber primario de proteger a la propia población de violaciones graves y continuas de los derechos humanos, como también de las consecuencias de las crisis humanitarias, ya sean provocadas por la naturaleza o por el hombre. Si los Estados no son capaces de garantizar esta protección, la comunidad internacional ha de intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales. La acción de la comunidad internacional y de sus instituciones, dando por sentado el respeto de los principios que están a la base del orden internacional, no tiene por qué ser interpretada nunca como una imposición injustificada y una limitación de soberanía. Al contrario, es la indiferencia o la falta de intervención lo que causa un daño real. Lo que se necesita es una búsqueda más profunda de los medios para prevenir y controlar los conflictos, explorando cualquier vía diplomática posible y prestando atención y estímulo también a las más tenues señales de diálogo o deseo de reconciliación.


El principio de la “responsabilidad de proteger” fue considerado por el antiguo ius gentium como el fundamento de toda actuación de los gobernadores hacia los gobernados: en tiempos en que se estaba desarrollando el concepto de Estados nacionales soberanos, el fraile dominico Francisco de Vitoria, calificado con razón como precursor de la idea de las Naciones Unidas, describió dicha responsabilidad como un aspecto de la razón natural compartida por todas las Naciones, y como el resultado de un orden internacional cuya tarea era regular las relaciones entre los pueblos. Hoy como entonces, este principio ha de hacer referencia a la idea de la persona como imagen del Creador, al deseo de una absoluta y esencial libertad. Como sabemos, la fundación de las Naciones Unidas coincidió con la profunda conmoción experimentada por la humanidad cuando se abandonó la referencia al sentido de la trascendencia y de la razón natural y, en consecuencia, se violaron gravemente la libertad y la dignidad del hombre. Cuando eso ocurre, los fundamentos objetivos de los valores que inspiran y gobiernan el orden internacional se ven amenazados, y minados en su base los principios inderogables e inviolables formulados y consolidados por las Naciones Unidas. Cuando se está ante nuevos e insistentes desafíos, es un error retroceder hacia un planteamiento pragmático, limitado a determinar “un terreno común”, minimalista en los contenidos y débil en su efectividad.


La referencia a la dignidad humana, que es el fundamento y el objetivo de la responsabilidad de proteger, nos lleva al tema sobre el cual hemos sido invitados a centrarnos este año, en el que se cumple el 60° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El documento fue el resultado de una convergencia de tradiciones religiosas y culturales, todas ellas motivadas por el deseo común de poner a la persona humana en el corazón de las instituciones, leyes y actuaciones de la sociedad, y de considerar a la persona humana esencial para el mundo de la cultura, de la religión y de la ciencia. Los derechos humanos son presentados cada vez más como el lenguaje común y el sustrato ético de las relaciones internacionales. Al mismo tiempo, la universalidad, la indivisibilidad y la interdependencia de los derechos humanos sirven como garantía para la salvaguardia de la dignidad humana. Sin embargo, es evidente que los derechos reconocidos y enunciados en la Declaración se aplican a cada uno en virtud del origen común de la persona, la cual sigue siendo el punto más alto del designio creador de Dios para el mundo y la historia. Estos derechos se basan en la ley natural inscrita en el corazón del hombre y presente en las diferentes culturas y civilizaciones. Arrancar los derechos humanos de este contexto significaría restringir su ámbito y ceder a una concepción relativista, según la cual el sentido y la interpretación de los derechos podrían variar, negando su universalidad en nombre de los diferentes contextos culturales, políticos, sociales e incluso religiosos. Así pues, no se debe permitir que esta vasta variedad de puntos de vista oscurezca no sólo el hecho de que los derechos son universales, sino que también lo es la persona humana, sujeto de estos derechos.


La vida de la comunidad, tanto en el ámbito interior como en el internacional, muestra claramente cómo el respeto de los derechos y las garantías que se derivan de ellos son las medidas del bien común que sirven para valorar la relación entre justicia e injusticia, desarrollo y pobreza, seguridad y conflicto. La promoción de los derechos humanos sigue siendo la estrategia más eficaz para extirpar las desigualdades entre Países y grupos sociales, así como para aumentar la seguridad. Es cierto que las víctimas de la opresión y la desesperación, cuya dignidad humana se ve impunemente violada, pueden ceder fácilmente al impulso de la violencia y convertirse ellas mismas en transgresoras de la paz. Sin embargo, el bien común que los derechos humanos permiten conseguir no puede lograrse simplemente con la aplicación de procedimientos correctos ni tampoco a través de un simple equilibrio entre derechos contrapuestos. La Declaración Universal tiene el mérito de haber permitido confluir en un núcleo fundamental de valores y, por lo tanto, de derechos, a diferentes culturas, expresiones jurídicas y modelos institucionales. No obstante, hoy es preciso redoblar los esfuerzos ante las presiones para reinterpretar los fundamentos de la Declaración y comprometer con ello su íntima unidad, facilitando así su alejamiento de la protección de la dignidad humana para satisfacer meros intereses, con frecuencia particulares. La Declaración fue adoptada como un “ideal común” (preámbulo) y no puede ser aplicada por partes separadas, según tendencias u opciones selectivas que corren simplemente el riesgo de contradecir la unidad de la persona humana y por tanto la indivisibilidad de los derechos humanos.


La experiencia nos enseña que a menudo la legalidad prevalece sobre la justicia cuando la insistencia sobre los derechos humanos los hace aparecer como resultado exclusivo de medidas legislativas o decisiones normativas tomadas por las diversas agencias de los que están en el poder. Cuando se presentan simplemente en términos de legalidad, los derechos corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión ética y racional, que es su fundamento y su fin. Por el contrario, la Declaración Universal ha reforzado la convicción de que el respeto de los derechos humanos está enraizado principalmente en la justicia que no cambia, sobre la cual se basa también la fuerza vinculante de las proclamaciones internacionales. Este aspecto se ve frecuentemente desatendido cuando se intenta privar a los derechos de su verdadera función en nombre de una mísera perspectiva utilitarista. Puesto que los derechos y los consiguientes deberes provienen naturalmente de la interacción humana, es fácil olvidar que son el fruto de un sentido común de la justicia, basado principalmente sobre la solidaridad entre los miembros de la sociedad y, por tanto, válidos para todos los tiempos y todos los pueblos. Esta intuición fue expresada ya muy pronto, en el siglo V, por Agustín de Hipona, uno de los maestros de nuestra herencia intelectual. Decía que la máxima no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti “en modo alguno puede variar, por mucha que sea la diversidad de las naciones” (De doctrina christiana, III, 14). Por tanto, los derechos humanos han de ser respetados como expresión de justicia, y no simplemente porque pueden hacerse respetar mediante la voluntad de los legisladores.


Señoras y Señores, con el transcurrir de la historia surgen situaciones nuevas y se intenta conectarlas a nuevos derechos. El discernimiento, es decir, la capacidad de distinguir el bien del mal, se hace más esencial en el contexto de exigencias que conciernen a la vida misma y al comportamiento de las personas, de las comunidades y de los pueblos. Al afrontar el tema de los derechos, puesto que en él están implicadas situaciones importantes y realidades profundas, el discernimiento es al mismo tiempo una virtud indispensable y fructuosa.


Así, el discernimiento muestra cómo el confiar de manera exclusiva a cada Estado, con sus leyes e instituciones, la responsabilidad última de conjugar las aspiraciones de personas, comunidades y pueblos enteros puede tener a veces consecuencias que excluyen la posibilidad de un orden social respetuoso de la dignidad y los derechos de la persona. Por otra parte, una visión de la vida enraizada firmemente en la dimensión religiosa puede ayudar a conseguir dichos fines, puesto que el reconocimiento del valor trascendente de todo hombre y toda mujer favorece la conversión del corazón, que lleva al compromiso de resistir a la violencia, al terrorismo y a la guerra, y de promover la justicia y la paz. Además, esto proporciona el contexto apropiado para ese diálogo interreligioso que las Naciones Unidas están llamadas a apoyar, del mismo modo que apoyan el diálogo en otros campos de la actividad humana. El diálogo debería ser reconocido como el medio a través del cual los diversos sectores de la sociedad pueden articular su propio punto de vista y construir el consenso sobre la verdad en relación a los valores u objetivos particulares. Pertenece a la naturaleza de las religiones, libremente practicadas, el que puedan entablar autónomamente un diálogo de pensamiento y de vida. Si también a este nivel la esfera religiosa se mantiene separada de la acción política, se producirán grandes beneficios para las personas y las comunidades. Por otra parte, las Naciones Unidas pueden contar con los resultados del diálogo entre las religiones y beneficiarse de la disponibilidad de los creyentes para poner sus propias experiencias al servicio del bien común. Su cometido es proponer una visión de la fe, no en términos de intolerancia, discriminación y conflicto, sino de total respeto de la verdad, la coexistencia, los derechos y la reconciliación.


Obviamente, los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que es al mismo tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la de creyente. La actividad de las Naciones Unidas en los años recientes ha asegurado que el debate público ofrezca espacio a puntos de vista inspirados en una visión religiosa en todas sus dimensiones, incluyendo la de rito, culto, educación, difusión de informaciones, así como la libertad de profesar o elegir una religión. Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos –su fe– para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos. Los derechos asociados con la religión necesitan protección sobre todo si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva. No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan la construcción del orden social. A decir verdad, ya lo están haciendo, por ejemplo, a través de su implicación influyente y generosa en una amplia red de iniciativas, que van desde las universidades a las instituciones científicas, escuelas, centros de atención médica y a organizaciones caritativas al servicio de los más pobres y marginados. El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto –expresión por su propia naturaleza de la comunión entre personas– privilegiaría efectivamente un planteamiento individualista y fragmentaría la unidad de la persona.


Mi presencia en esta Asamblea es una muestra de estima por las Naciones Unidas y es considerada como expresión de la esperanza en que la Organización sirva cada vez más como signo de unidad entre los Estados y como instrumento al servicio de toda la familia humana. Manifiesta también la voluntad de la Iglesia Católica de ofrecer su propia aportación a la construcción de relaciones internacionales en un modo en que se permita a cada persona y a cada pueblo percibir que son un elemento capaz de marcar la diferencia. Además, la Iglesia trabaja para obtener dichos objetivos a través de la actividad internacional de la Santa Sede, de manera coherente con la propia contribución en la esfera ética y moral y con la libre actividad de los propios fieles. Ciertamente, la Santa Sede ha tenido siempre un puesto en las asambleas de las Naciones, manifestando así el propio carácter específico en cuanto sujeto en el ámbito internacional. Como han confirmado recientemente las Naciones Unidas, la Santa Sede ofrece así su propia contribución según las disposiciones de la ley internacional, ayuda a definirla y a ella se remite.


Las Naciones Unidas siguen siendo un lugar privilegiado en el que la Iglesia está comprometida a llevar su propia experiencia “en humanidad”, desarrollada a lo largo de los siglos entre pueblos de toda raza y cultura, y a ponerla a disposición de todos los miembros de la comunidad internacional. Esta experiencia y actividad, orientadas a obtener la libertad para todo creyente, intentan aumentar también la protección que se ofrece a los derechos de la persona. Dichos derechos están basados y plasmados en la naturaleza trascendente de la persona, que permite a hombres y mujeres recorrer su camino de fe y su búsqueda de Dios en este mundo. El reconocimiento de esta dimensión debe ser reforzado si queremos fomentar la esperanza de la humanidad en un mundo mejor, y crear condiciones propicias para la paz, el desarrollo, la cooperación y la garantía de los derechos de las generaciones futuras.


En mi reciente Encíclica Spe salvi, he subrayado “que la búsqueda, siempre nueva y fatigosa, de rectos ordenamientos para las realidades humanas es una tarea de cada generación” (n. 25). Para los cristianos, esta tarea está motivada por la esperanza que proviene de la obra salvadora de Jesucristo. Precisamente por eso la Iglesia se alegra de estar asociada con la actividad de esta ilustre Organización, a la cual está confiada la responsabilidad de promover la paz y la buena voluntad en todo el mundo. Queridos amigos, os doy las gracias por la oportunidad de dirigirme hoy a vosotros y prometo la ayuda de mis oraciones para el desarrollo de vuestra noble tarea.


Antes de despedirme de esta ilustre Asamblea, quisiera expresar mis mejores deseos, en las lenguas oficiales, a todas las Naciones representadas en ella:



¡Paz y prosperidad con la ayuda de Dios!



Muchas gracias.

jueves, 17 de abril de 2008

Discurso de Benedicto XVI a George Bush en la Casa Blanca


(WASHINGTON, miércoles, 16 abril de 2008)



Señor Presidente:


Gracias por las amables palabras de bienvenida en nombre del pueblo de los Estados Unidos de América. Aprecio profundamente su invitación a visitar este gran País. Mi llegada coincide con un momento importante de la vida de la comunidad católica en América, como es la celebración del segundo centenario de la elevación de la primera diócesis del País, Baltimore, a Archidiócesis metropolitana, y la fundación de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville.


También me siento dichoso de ser huésped de todos los estadounidenses. Vengo como amigo y anunciador del Evangelio, como uno que tiene gran respeto por esta vasta sociedad pluralista. Los católicos estadounidenses han ofrecido y siguen ofreciendo una excelente contribución a la vida de su País. Al comenzar mi visita, confío en que mi presencia pueda ser fuente de renovación y esperanza para la Iglesia en los Estados Unidos y refuerce la voluntad de los católicos de contribuir más responsablemente aún a la vida de la Nación, de la que están orgullosos de ser ciudadanos.


Ya desde los albores de la República, la búsqueda de libertad de Estados Unidos ha sido guiada por la convicción de que los principios que gobiernan la vida política y social están íntimamente relacionados con un orden moral, basado en la señoría de Dios Creador. Los redactores de los documentos constitutivos de esta Nación se basaron en esta convicción al proclamar la "verdad evidente por sí misma" de que todos los hombres han sido creados iguales y dotados de derechos inalienables, fundados en la ley natural y en el Dios de esta naturaleza. El curso de la historia norteamericana demuestra las dificultades, las luchas y la gran determinación intelectual y moral que han sido necesarias para formar una sociedad que incorporara fielmente estos nobles principios. A lo largo de ese proceso, que ha plasmado el alma de la Nación, las creencias religiosas fueron una constante inspiración y una fuerza orientadora, como, por ejemplo, en la lucha contra la esclavitud y en el movimiento en favor de los derechos civiles. También en nuestro tiempo, especialmente en los momentos de crisis, los estadounidenses siguen encontrando energía en sí mismos adhiriéndose a este patrimonio de ideales y aspiraciones compartidos.


En los próximos días, espero encontrarme no solamente con la comunidad católica de Estados Unidos, sino también con otras comunidades cristianas y representaciones de las numerosas tradiciones religiosas presentes en este País. Históricamente, no sólo los católicos, sino todos los creyentes han encontrado aquí la libertad de adorar a Dios según los dictámenes de su conciencia, siendo aceptados al mismo tiempo como parte de una confederación en la que cada individuo y cada grupo puede hacer oír su propia voz. Ahora que la Nación tiene que afrontar cuestiones políticas y éticas cada vez más complejas, confío que los estadounidenses encuentran en sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y una inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y respetuoso en el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más libre.


La libertad no es sólo un don, sino también una llamada a la responsabilidad personal. Los estadounidenses lo saben por experiencia: casi todas las ciudades de este País tienen monumentos en honor a cuantos han sacrificado su vida en defensa de la libertad, tanto en su propia tierra como en otros lugares. La defensa de la libertad es una llamada a cultivar la virtud, la autodisciplina, el sacrificio por el bien común y un sentido de responsabilidad ante los menos afortunados. Además, exige el valor de empeñarse en la vida civil, llevando las propias creencias religiosas y los valores más profundos a un debate público razonable. En una palabra, la libertad es siempre nueva. Se trata de un desafío que se plantea a cada generación, y ha de ser ganado constantemente en favor de la causa del bien (cf. Spe salvi, 24). Pocos han entendido esto tan claramente como el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria. Al reflexionar sobre la victoria espiritual de la libertad sobre el totalitarismo en su Polonia nativa y en Europa oriental, nos recordó que la historia demuestra en muchas ocasiones que «en un mundo sin verdad la libertad pierde su fundamento», y que una democracia sin valores puede perder su propia alma (cf. Centesimus annus, 46). En estas palabras proféticas resuena de algún modo la convicción del Presidente Washington, expresada en su discurso de despedida, de que la religión y la moralidad son «soportes indispensables» para la prosperidad política.


Por su parte, la Iglesia desea contribuir a la construcción de un mundo cada vez más digno de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26-27). Está convencida de que la fe proyecta una luz nueva sobre todas las cosas, y que el Evangelio revela la noble vocación y el destino sublime de todo hombre y mujer (cf. Gaudium et spes, 10). La fe, además, nos ofrece la fuerza para responder a nuestra alta vocación y la esperanza que nos lleva a trabajar por una sociedad cada vez más justa y fraterna. Como vuestros Padres fundadores bien sabían, la democracia sólo puede florecer cuando los líderes políticos, y los que ellos representan, son guiados por la verdad y aplican la sabiduría, que nace de firmes principios morales, a las decisiones que conciernen la vida y el futuro de la Nación.


Los Estados Unidos de América han desempeñado desde hace más de un siglo un papel importante en la comunidad internacional. El viernes próximo, si Dios quiere, tendré el honor de dirigir la palabra a la Organización de las Naciones Unidas, donde espero alentar los esfuerzos que se están haciendo para dar a esa institución una voz todavía más eficaz en favor de las expectativas legítimas de todos los pueblos del mundo. A este respecto, en el 60° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, la exigencia de una solidaridad global es más urgente que nunca, si se quiere que todos puedan vivir de acuerdo con su dignidad, como hermanos y hermanas que habitan en una misma casa, alrededor de la mesa que la bondad de Dios ha preparado por todos sus hijos. Los Estados Unidos se han mostrado siempre generosos en salir al encuentro de las necesidades humanas inmediatas, promoviendo el desarrollo y ofreciendo alivio a las víctimas de las catástrofes naturales. Tengo la confianza de que esta preocupación por la gran familia humana seguirá manifestándose con el apoyo a los esfuerzos pacientes de la diplomacia internacional orientados a solucionar los conflictos y a promover el progreso. Así, las generaciones futuras podrán vivir en un mundo en el que florezca la verdad, la libertad y la justicia, un mundo donde la dignidad y los derechos dados por Dios a cada hombre, mujer y niño, sean tenidos en consideración, protegidos y promovidos eficazmente.


Señor Presidente, queridos amigos: al comenzar mi visita en los Estados Unidos, deseo expresar un vez más mi gratitud por su invitación, mi alegría por encontrarme entre vosotros y mi oración ferviente para que Dios Omnipotente fortalezca a esta Nación y a su pueblo en el camino de la justicia, la prosperidad y la paz. ¡Que Dios bendiga a los Estados Unidos!
S.S. Benedicto XVI

ORACIÓN DESESPERADA



(Publicamos a continuación el texto de una oración que dejó escrita un judío piadoso poco antes de ser ejecutado por los alemanes durante el Holocausto. Es un ejemplo sobrecogedor de este tipo de plegaria que podemos denominar de imprecación o queja, en la línea de continuidad con la tradición del libro de Job)


Lo más tarde dentro de una hora volveré a reunirme con mi mujer, mis hijos y los millones de víctimas pertenecientes a mi pueblo en un mundo mejor donde ya no hay dudas y desesperación y donde Dios es el único Señor.


Muero sereno pero no contento, golpeado pero no desesperado, como un creyente pero no como un orante, como un enamorado de Dios pero no como un ciego conformista. Le he seguido siempre, incluso cuando Él me ha apartado de su lado. He cumplido sus mandamientos, incluso cuando como recompensa por ello me ha golpeado. Le he querido y he estado y estoy enamorado de Él, aunque a veces me ha derribado por tierra, me ha atormentado mortalmente y me ha avergonzado convirtiéndome en burla de los demás.


Mi rabino me ha contado muchas veces la historia de un judío que logró huir, con mujer e hijos, de la Inquisición española. Comenzó a navegar hacia una isla en un bote minúsculo por entre el oleaje de un mar encrespado. Entonces cayó un rayo sobre la mujer y la mató. Vino después una tormenta que arrancó al niño del barco ahogándole entre las aguas. Solo y desnudo, agotado por el temporal y aterrorizado por truenos y relámpagos, con las manos alzadas a Dios, prosiguió el judío su camino sobre la isla desierta diciéndole a Dios:


"Dios de Israel, he huido hasta aquí para poder servirte sin estorbos, para poder cumplir tus mandamientos y santificar tu Nombre. Pero Tú has hecho todo lo posible para que no crea en Ti. Si has pensado que podías apartarme de tu camino, entonces yo te digo a Ti, mi Dios y Dios de mis padres: no lo conseguirás.


Puedes golpearme, arrebatarme lo más entrañable y querido que tengo en este mundo. Puedes afligirme y atormentarme hasta la muerte. Yo siempre creeré en Ti, siempre te querré a pesar de Ti mismo; y estas son mis últimas palabras a Ti dirigidas, mi Dios iracundo: no lo conseguirás. Has hecho todo lo posible para que no crea en Ti, para que dude de Ti. Yo, sin embargo, muero como he vivido, con una fe, firme cual la roca, en Ti".


Sea alabado por toda la eternidad el Dios de los muertos, el Dios de la venganza, el Dios de la verdad y de la Ley, que pronto mostrará su rostro al mundo y sacudirá sus cimientos con voz todopoderosa.


Escucha Israel: el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es uno y único".



miércoles, 16 de abril de 2008

BUSCAR A DIOS



No le reces a Dios mirando al cielo, ¡mira hacia adentro!
No busques a Dios lejos de ti, sino en tí mismo...

No le pidas a Dios lo que te falta: ¡búscalo tú mismo!, y Dios lo buscará contigo, porque ya te lo dio como promesa y como meta para que tú lo alcances...

No reproches a Dios por tu desgracia; ¡súfrela con Él! y Él sufrirá contigo; y si hay dos para un dolor, se sufre menos...

No le exijas a Dios que te gobierne a golpe de milagros desde afuera; ¡gobiérnate tú mismo! con responsable libertad, amando, y Dios te estará guiando ¡desde adentro y sin que sepas cómo!..

No le pidas a Dios que te responda cuando le hablas; ¡respóndele tú!, porque Él te habló primero; y si quieres seguir oyendo lo que falta escucha lo que ya te dijo...

No le pidas a Dios que te libere, desconociendo la libertad que ya te dió. ¡Anímate a vivir tu libertad! y sabrás que sólo fue posible porque tu Dios te quiere libre...

No le pidas a Dios que te ame, mientras tengas miedo de amar y de saberte amado. ¡Ámalo tú! y sabrás que si hay calor es porque hubo fuego, y que si tu puedes amar es porque Él te amó primero.


San Agustín

martes, 15 de abril de 2008

Le reconocieron al partir el pan...


Pues bien, hermanos, ¿cuándo se dejó reconocer el Señor? En la fracción del pan. En nosotros no hay ninguna sorpresa: partimos el pan y reconocemos al Señor. (...) Tú, que crees en El, que no llevas en vano el nombre de cristiano; tú, que no entras en la Iglesia por azar; tú, que escuchas la palabra de Dios con temor y esperanza, hallas consuelo en la fracción del pan. La ausencia de Dios no es una ausencia. Ten fe, y El estará contigo, aunque no lo veas. Estos discípulos durante su conversación con el Señor no tenían fe. No creían que hubiese resucitado y no sabían que podía resucitar. Caminaban, muertos, junto a un viviente; caminaban, muertos, junto a la vida. Junto a ellos caminaba la vida. Pero en sus corazones no había renacido vida alguna.


Si tú quieres la vida, imita a los discípulos y reconocerás al Señor. Le ofrecieron su hospitalidad. El Señor parecía decidido a seguir camino, pero lo retuvieron. Cuando llegaron al término de su viaje, le dijeron: «Quédate con nosotros, porque es tarde y el día se acaba» Retened con vosotros al extranjero, si queréis reconocer al Señor. La hospitalidad les devolvió lo que la duda les había quitado. El Señor se manifestó en la fracción del pan. Aprended a buscar al Señor, a poseerlo, a reconocerlo cuando coméis. Instruidos en esta verdad, los fieles entienden el sentido de este texto mejor que aquéllos que no son iniciados.


San Agustín

martes, 8 de abril de 2008

DAR EL PASO


Pascua es siempre paso. Ya en la Pascua de Navidad celebrábamos el paso de un Dios que se revela en la Palabra a un Dios que se hace carne: ahora, contemplamos y celebramos el paso de un Dios torturado y ejecutado, a un Dios resucitado y vivo entre nosotros.


Seguro que esto lo sabemos desde hace tiempo. Seguro que también nos podemos remontar a la Pascua judía; al paso del mar rojo, o a la travesía del desierto, y quizá sepamos el significado profundo de todo ello. Ya.


Todo esto, el conocimiento de los sucesos, es importante, fundamental diría más bien, pero ¿es algo decisivo para nuestras vidas'? ¿Qué cosas cambian en nosotros? ¿Cuales son nuestras actitudes, nuestros pasos?


Sin duda, cualquier momento es oportuno para hacernos estas preguntas, más todavía lo será en este tiempo en que celebramos dichos misterios.


Que cada cual examine sus "actitudes pascuales", su grado de transformación, de conversión; sus "pasos". A mi se me ocurre exponer tres tipos de comportamientos (sin duda habrá mucho más, y de estos tres se derivarán muchos otros): serían estos. Los que "Pasan de Pascua". No les interesa porque el asunto de la muerte y resurrección es muy serio. Algunas veces lo han intuido y han visto que aquello podría "meterlos en líos", desinstalarlos de sus comodidades, comprometerlos, y... ¡quita, quita! yo estoy con lo "mío" y me basta.


Los que "ven pasar la Pascua". Y no me refiero a los que ven pasar las procesiones, aunque a lo mejor también; me refiero a los "contemplativos" que disfrutan con los "cirios litúrgicos", con la estética de las celebraciones, y que incluso llegan a sentir una especie de arrobo o "calorcillo" en sus entrañas en estos días tan señalados. Esperan estas fechas con agrado, estrenan ropa, e incluso llegan a conmoverse de tanta cruz y tanto sufrimiento y a alegrarse de la resurrección porque "gracias a Dios" los días de ayuno y luto han pasado. Acaban incluso siendo felices porque el Señor vence, y porque el año que viene vencerá de nuevo.


Los que "celebran la Pascua". Los que tratan de abrirse al acontecimiento Pascual, y se dejan inundar por su misterio. Rememorando y conmemorando, celebrando en definitiva el paso como un presente que estamos hoy actuando, llevando a cabo. Junto a la perplejidad y el asombro, se puede y se debe "dar el paso", esto es, incorporarse al acontecimiento y al sentido de la Pascua.

Desde esta perspectiva el "dar el paso" significa convertirse, incorporarse a una vida nueva que supera toda muerte, lo cual nos urge a cambiar nuestro punto de vista, nuestro compromiso con los demás, vencer nuestras limitaciones y cobardías e incorporarnos a la utopia de Aquel que venció a la muerte. No sé. Cada uno sabrá los pasos que debe dar, pero en definitiva no hay Pascua sin paso, sin un paso decisivo por nuestra parte que transforme nuestra realidad y en consecuencia nuestro entorno, en una vida y un mundo de Resucitados.



J. Pérez Minguez

lunes, 7 de abril de 2008

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI EN LA MISA EN SUFRAGIO DE JUAN PABLO II


MISA EN SUFRAGIO DE JUAN PABLO II EN EL TERCER ANIVERSARIO DE SU MUERTE
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI


Plaza de San Pedro

Miércoles 2 de abril de 2008



Queridos hermanos y hermanas:



La fecha del 2 de abril ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia como el día de la partida de este mundo del siervo de Dios Papa Juan Pablo II. Revivimos con emoción las horas de aquel sábado por la noche, cuando la gran multitud en oración que llenaba la plaza de San Pedro recibió la noticia de su muerte. Durante varios días la basílica vaticana y esta plaza fueron realmente el corazón del mundo. Un río ininterrumpido de peregrinos rindió homenaje a los restos mortales del venerado Pontífice y su funeral constituyó un testimonio ulterior de la estima y del afecto que había conquistado en el corazón de numerosísimos creyentes y personas de todas las partes de la tierra.


Como hace tres años, también hoy no ha pasado mucho tiempo desde la Pascua. El corazón de la Iglesia está aún profundamente inmerso en el misterio de la resurrección del Señor. En verdad, podemos leer toda la vida de mi amado predecesor, especialmente su ministerio petrino, bajo el signo de Cristo resucitado. Albergaba una fe extraordinaria en él, y con él mantenía una conversación íntima, singular e ininterrumpida.


En efecto, entre sus numerosas cualidades humanas y sobrenaturales tenía también la de una excepcional sensibilidad espiritual y mística. Bastaba observarlo cuando oraba: se sumergía literalmente en Dios y parecía que en aquellos momentos todo lo demás le resultaba ajeno. En las celebraciones litúrgicas estaba atento al misterio que se realizaba, con una notable capacidad de captar la elocuencia de la palabra de Dios en el devenir de la historia, en el nivel profundo del plan de Dios. La santa misa, como repetía a menudo, era para él el centro de cada jornada y de toda su vida. La realidad "viva y santa" de la Eucaristía le daba la energía espiritual para guiar al pueblo de Dios por el camino de la historia.


Juan Pablo II murió en la vigilia del segundo domingo de Pascua, cuando se iniciaba el "día que hizo el Señor". Su agonía se desarrolló enteramente dentro de este "día", en este espacio-tiempo nuevo que es el "octavo día", querido por la santísima Trinidad mediante la obra del Verbo encarnado, muerto y resucitado.


El Papa Juan Pablo II mostró repetidamente que ya desde antes, durante su vida, y especialmente en el desempeño de su misión de Sumo Pontífice, se encontraba inmerso de algún modo en esta dimensión espiritual. En efecto, su pontificado, en su conjunto y en muchos momentos específicos, se presenta como un signo y un testimonio de la resurrección de Cristo. El dinamismo pascual que hizo de la existencia de Juan Pablo II una respuesta total a la llamada del Señor no podía expresarse sin participación en los sufrimientos y en la muerte del divino Maestro y Redentor.


"Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él" (2 Tm 2, 11-12). Desde niño, Karol Wojtyla había experimentado la verdad de estas palabras, encontrando la cruz a lo largo de su camino, en su familia y en su pueblo. Pronto decidió cargarla juntamente con Jesús, siguiendo sus huellas. Quiso ser su fiel servidor hasta acoger la llamada al sacerdocio como don y compromiso de toda la vida. Con él vivió y con él quiso también morir. Y todo ello a través de la singular mediación de María santísima, Madre de la Iglesia, Madre del Redentor, asociada de forma íntima y efectiva a su misterio salvífico de muerte y resurrección.


En esta reflexión evocativa nos guían las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar: "¡No tengáis miedo!" (Mt 28, 5). Las palabras del ángel de la resurrección, que acabamos de escuchar, dirigidas a las mujeres junto al sepulcro vacío, se convirtieron en una especie de lema en labios del Papa Juan Pablo II, desde el inicio solemne de su ministerio petrino. Las repitió muchas veces a la Iglesia y a la humanidad en camino hacia el año 2000, luego durante aquella meta histórica, y también después, en el alba del tercer milenio. Siempre las pronunció con inflexible firmeza, primero blandiendo el báculo pastoral que culmina en la cruz y luego, cuando sus energías físicas estaban decayendo, casi agarrándose a él, hasta aquel último Viernes santo en el que participó en el vía crucis desde su capilla privada estrechando la cruz entre sus brazos.


No podemos olvidar ese último y silencioso testimonio de amor a Jesús. También esa elocuente escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel último Viernes santo, indicaba a los creyentes y al mundo el secreto de toda la vida cristiana. Su "¡No tengáis miedo!" no se apoyaba en las fuerzas humanas, ni en los éxitos obtenidos, sino solamente en la palabra de Dios, en la cruz y en la resurrección de Cristo.


Este abandono en Cristo se puso de manifiesto de un modo cada vez más evidente a medida que era despojado de todo, al final incluso de la palabra misma. Como aconteció a Jesús, también a Juan Pablo II, al final, las palabras dejaron su lugar al sacrificio extremo, al don de sí mismo. Y la muerte fue el sello de una existencia totalmente entregada a Cristo, configurada a él incluso físicamente por los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado en los brazos del Padre celestial. Como atestiguan los que estuvieron cerca de él, sus últimas palabras fueron: "Dejad que vaya al Padre"; así culminaba una vida totalmente orientada a conocer y contemplar el rostro del Señor.


Venerados y queridos hermanos, os doy a todos las gracias por haberos unido a mí en esta santa misa de sufragio por el amado Juan Pablo II. Saludo en particular a los participantes en el primer Congreso mundial sobre la Misericordia divina, que comienza precisamente hoy, en el que se quiere profundizar su rico magisterio sobre este tema. Como dijo él mismo, la misericordia de Dios es una clave de lectura privilegiada de su pontificado. Quería que el mensaje del amor misericordioso de Dios llegara a todos los hombres y exhortaba a los fieles a ser sus testigos (cf. Homilía durante la consagración del santuario de la Misericordia divina en Cracovia-Lagiewniki, 17 de agosto de 2002: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de agosto de 2002, p. 4). Por eso quiso elevar al honor de los altares a sor Faustina Kowalska, humilde religiosa que por misterioso designio de Dios se convirtió en mensajera profética de la Misericordia divina.
El siervo de Dios Juan Pablo II había conocido y vivido personalmente las enormes tragedias del siglo XX, y durante mucho tiempo se preguntó qué podía detener la marea del mal. La única respuesta posible era el amor de Dios. En efecto, sólo la Misericordia divina puede poner un límite al mal; sólo el amor todopoderoso de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio. Por eso, durante la última visita a Polonia, al volver a su tierra natal, dijo: "Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre" (ib.).


Demos gracias al Señor por haber hecho a la Iglesia el don de este fiel y valiente servidor suyo. Alabemos y bendigamos a la santísima Virgen María por haber velado sin cesar sobre su persona y su ministerio, en beneficio del pueblo cristiano y de la humanidad entera. Y, a la vez que ofrecemos por su alma elegida el sacrificio redentor, le pedimos que continúe intercediendo desde el cielo por cada uno de nosotros, a los que la Providencia ha llamado a recoger su inestimable herencia espiritual, y por mí de modo especial.


Quiera Dios que la Iglesia, siguiendo sus enseñanzas y sus ejemplos, prosiga fielmente y sin componendas su misión evangelizadora, difundiendo incansablemente el amor misericordioso de Cristo, fuente de verdadera paz para el mundo entero. Amén.



Saludos


(En castellano)


Saludo con afecto a los fieles de lengua española aquí presentes, y les invito a seguir el ejemplo de fidelidad y amor a Cristo y a la Iglesia, que nos dejó como preciosa herencia el recordado Papa Juan Pablo II. Que Dios os bendiga"

miércoles, 2 de abril de 2008

TERCER ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE S.S. JUAN PABLO II




CONCELEBRACIÓN EN SUFRAGIO DEL PAPA JUAN PABLO II
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Plaza de San Pedro

Lunes 2 de abril de 2007


Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;

queridos hermanos y hermanas:


Hace dos años, un poco más tarde de esta hora, partía de este mundo hacia la casa del Padre el amado Papa Juan Pablo II. Con esta celebración queremos ante todo renovar a Dios nuestra acción de gracias por habérnoslo dado durante veintisiete años como padre y guía seguro en la fe, pastor celoso, profeta valiente de esperanza, testigo incansable y servidor apasionado del amor de Dios. Al mismo tiempo, ofrecemos el sacrificio eucarístico en sufragio de su alma elegida, con el recuerdo imborrable de la gran devoción con que celebraba los sagrados misterios y adoraba el Sacramento del altar, centro de su vida y de su incansable misión apostólica.


Deseo expresaros mi agradecimiento a todos los que habéis querido participar en esta santa misa. Dirijo un saludo particular al cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia, imaginando los sentimientos que se agolpan en este momento en su alma. Saludo a los demás cardenales, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas presentes; a los peregrinos que han venido desde Polonia para esta celebración; a los muchos jóvenes a quienes el Papa Juan Pablo II amaba con singular afecto; y a los numerosos fieles que, procedentes de todas las partes de Italia y del mundo, se han dado cita hoy aquí, en la plaza de San Pedro.


El segundo aniversario de la piadosa muerte de este amado Pontífice se celebra en un contexto muy propicio al recogimiento y a la oración, pues ayer, con el domingo de Ramos, hemos entrado en la Semana santa, y la liturgia nos hace revivir los últimos días de la vida terrena del Señor Jesús. Hoy nos conduce a Betania, donde, precisamente "seis días antes de la Pascua", como anota el evangelista san Juan, Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro.


El relato evangélico confiere un intenso clima pascual a nuestra meditación: la cena de Betania es preludio de la muerte de Jesús, bajo el signo de la unción que María hizo en honor del Maestro y que él aceptó en previsión de su sepultura (cf. Jn 12, 7). Pero también es anuncio de la resurrección, mediante la presencia misma del resucitado Lázaro, testimonio elocuente del poder de Cristo sobre la muerte.


Además de su profundo significado pascual, la narración de la cena de Betania encierra una emotiva resonancia, llena de afecto y devoción; una mezcla de alegría y de dolor: alegría de fiesta por la visita de Jesús y de sus discípulos, por la resurrección de Lázaro, por la Pascua ya cercana; y amargura profunda porque esa Pascua podía ser la última, como hacían temer las tramas de los judíos, que querían la muerte de Jesús, y las amenazas contra el mismo Lázaro, cuya muerte se proyectaba.


En este pasaje evangélico hay un gesto sobre el que se centra nuestra atención, y que también ahora habla de modo singular a nuestro corazón: en un momento determinado, María de Betania, "tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos" (Jn 12, 3). Es uno de los detalles de la vida de Jesús que san Juan recogió en la memoria de su corazón y que contienen una inagotable fuerza expresiva. Habla del amor a Cristo, un amor sobreabundante, pródigo, como el ungüento "muy caro" derramado sobre sus pies. Un hecho que, sintomáticamente, escandalizó a Judas Iscariote: la lógica del amor contrasta con la del interés económico.


Para nosotros, reunidos en oración para recordar a mi venerado predecesor, el gesto de la unción de María de Betania entraña ecos y sugerencias espirituales. Evoca el luminoso testimonio que Juan Pablo II dio de un amor a Cristo sin reservas y sin escatimar sacrificios. El "perfume" de su amor "llenó toda la casa" (Jn 12, 3), es decir, toda la Iglesia. Ciertamente, resultamos beneficiados nosotros, que estuvimos cerca de él, y por esto damos gracias a Dios, pero también pudieron gozar de él todos los que lo conocieron de lejos, porque el amor del Papa Wojtyla a Cristo era tan fuerte e intenso que rebosó, podríamos decir, a todas las regiones del mundo.


La estima, el respeto y el afecto que creyentes y no creyentes le expresaron a su muerte, ¿no son acaso un testimonio elocuente? San Agustín, comentando este pasaje del evangelio de san Juan, escribe: "La casa se llenó de perfume; es decir, el mundo se llenó de la buena fama. El buen olor es la buena fama... Por mérito de los buenos cristianos, el nombre del Señor es alabado" (In Io. evang. tr., 50, 7). Es verdad: el intenso y fecundo ministerio pastoral, y más aún el calvario de la agonía y la serena muerte de nuestro amado Papa, dieron a conocer a los hombres de nuestro tiempo que Jesucristo era de verdad su "todo".


La fecundidad de este testimonio, como sabemos, depende de la cruz. En la vida de Karol Wojtyla la palabra "cruz" no fue sólo una palabra. Desde su infancia y su juventud experimentó el dolor y la muerte. Como sacerdote y como obispo, y sobre todo como Sumo Pontífice, se tomó muy en serio la última llamada de Cristo resucitado a Simón Pedro, en la ribera del lago de Galilea: "Sígueme... Tú sígueme" (Jn 21, 19. 22). Especialmente en el lento pero implacable avance de la enfermedad, que poco a poco lo despojó de todo, su existencia se transformó en una ofrenda completa a Cristo, anuncio vivo de su pasión, con la esperanza llena de fe en la resurrección.


Su pontificado se desarrolló bajo el signo de la "prodigalidad", de una entrega generosa y sin reservas. Lo movía únicamente el amor místico a Cristo, a Aquel que, el 16 de octubre de 1978, lo había llamado con las palabras del ceremonial: "Magister adest et vocat te", "el Maestro está aquí y te llama". El 2 de abril de 2005, el Maestro volvió a llamarlo, esta vez sin intermediarios, para llevarlo a casa, a la casa del Padre. Y él, una vez más, respondió prontamente con su corazón intrépido, y susurró: "Dejadme ir al Señor" (cf. S. Dziwisz, Una vita con Karol, p. 223).


Desde mucho tiempo antes se preparaba para este último encuentro con Jesús, como lo atestiguan las diversas redacciones de su Testamento. Durante los largos ratos de oración en su capilla privada hablaba con él, abandonándose totalmente a su voluntad, y se encomendaba a María, repitiendo el Totus tuus. Como su divino Maestro, vivió su agonía en oración. Durante el último día de su vida, víspera del domingo de la Misericordia divina, pidió que se le leyera precisamente el evangelio de san Juan. Con la ayuda de las personas que lo acompañaban, quiso participar en todas las oraciones diarias y en la liturgia de las Horas, hacer la adoración y la meditación. Murió orando. Verdaderamente, se durmió en el Señor.


"Y toda la casa se llenó del olor del perfume" (Jn 12, 3). Volvamos a esta anotación, tan sugestiva, del evangelista san Juan. El perfume de la fe, de la esperanza y de la caridad del Papa llenó su casa, llenó la plaza de San Pedro, llenó la Iglesia y se difundió por el mundo entero. Lo que aconteció después de su muerte fue, para quien cree, efecto de aquel "perfume" que llegó a todos, cercanos y lejanos, y los atrajo hacia un hombre que Dios había configurado progresivamente con su Cristo.


Por eso, podemos aplicarle a él las palabras del primer canto del Siervo del Señor, que hemos escuchado en la primera lectura: "Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones" (Is 42, 1). "Siervo de Dios": es lo que fue, y así lo llamamos ahora en la Iglesia, mientras se desarrolla con rapidez su proceso de beatificación: precisamente esta mañana se ha clausurado la investigación diocesana sobre su vida, sus virtudes y su fama de santidad.


"Siervo de Dios" es un título particularmente apropiado para él. El Señor lo llamó a su servicio por el camino del sacerdocio y le abrió poco a poco horizontes cada vez más amplios: desde su diócesis hasta la Iglesia universal. Esta dimensión de universalidad alcanzó su máxima extensión en el momento de su muerte, acontecimiento que el mundo entero vivió con una participación nunca vista en la historia.


Queridos hermanos y hermanas, el Salmo responsorial ha puesto en nuestros labios palabras llenas de confianza. En la comunión de los santos, nos parece escuchar la viva voz del amado Juan Pablo II, que desde la casa del Padre —estamos seguros— no deja de acompañar el camino de la Iglesia: "Espera en el Señor, sé valiente; ten ánimo, espera en el Señor" (Sal 26, 14).


Sí, tengamos ánimo, queridos hermanos y hermanas; que nuestro corazón esté lleno de esperanza. Con esta invitación en el corazón prosigamos la celebración eucarística, vislumbrando ya la luz de la Resurrección de Cristo, que brillará en la Vigilia pascual después de la dramática oscuridad del Viernes santo.


Que el Totus tuus del amado Pontífice nos estimule a seguirlo por la senda de la entrega de nosotros mismos a Cristo por intercesión de María, y nos lo obtenga precisamente ella, la Virgen santísima, mientras encomendamos a sus manos maternales a este padre, hermano y amigo nuestro, para que en Dios descanse y goce en paz. Amén.