viernes, 22 de febrero de 2008

LECTIO DIVINA. Viernes de la segunda semana de Cuaresma.


LECTIO


Primera lectura:

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28

Israel amaba a José más que a los demás hijos, porque le había tenido siendo ya viejo, y mandó que le hicieran una túnica de mangas largas. Al ver sus hermanos que su padre lo amaba más que a sus otros hijos, empezaron a odiarlo y ni siquiera le saludaban.
Sus hermanos habían ido a apacentar las ovejas de su padre a Siquén. Israel dijo a José:
Tus hermanos están apacentando las ovejas en Siquén; ven, que quiero enviarte a donde están ellos.
José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron de lejos y, antes de que se acercara, se pusieron de acuerdo para matarlo. Decían:
Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo. Lo echaremos en cualquiera de estas cisternas y, luego, diremos que una fiera salvaje lo devoró; a ver en qué paran sus sueños.
Al oír esto Rubén, intentando salvarlo de sus manos, dijo:
¡No, matarlo no! Y añadió:
No derraméis su sangre; echadlo en esa cisterna que hay en el desierto, pero no pongáis las manos sobre él.
Lo dijo para librarlo de sus manos y devolverlo luego a su padre.
Cuando llegó José junto a sus hermanos, le quitaron su túnica, la túnica de mangas largas que llevaba, lo agarraron y lo echaron en la cistema. Era una cisterna vacía, en la que no había agua. Después se sentaron a comer.
Alzando la vista, divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad con camellos cargados de aromas, bálsamo y mirra, en ruta hacia Egipto. Entonces Judá propuso a sus hermanos:
— ¿Qué sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su muerte? Propongo que se lo vendamos a los ismaelitas sin hacerle daño alguno, pues es nuestro hermano y carne nuestra.
Sus hermanos asintieron y, cuando pasaban los mercaderes madianitas, sacaron a José de la cisterna, se lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata y éstos se lo llevaron a Egipto.

En la historia de José resuena el eco de las leyendas del antiguo Oriente Próximo entrelazadas con las diversas tradiciones literarias de la Biblia (yavista, elohísta, sacerdotal). El tema de la narración pone de relieve, una vez más, la misteriosa pedagogía divina: Dios escoge a los "pequeños" (v 3), lo cual suscita odio y celos (v 4), hasta provocar el alejamiento, casi la eliminación del predilecto (vv 20-28).

La historia se narra con un tinte sapiencial y resulta evidente su finalidad didáctica. De vez en cuando aparecen matices de las diversas tradiciones particulares que explican algunas divergencias; por ejemplo, la iniciativa de salvar a José atribuida bien a Rubén (v. 21), bien a Judá (vv. 26s). El horizonte está abierto al optimismo y a la universalidad (v. 28): dentro del juego mezquino de contiendas tribales, y en aparente repetición del pasar las caravanas (v 28), en realidad actúa la invisible providencia de Dios (cf. 45,7; 50,20), que conduce a su elegido por caminos aparentemente de muerte, para salvar a todos. José está atento a los signos de la voluntad de Dios: es, de hecho, un ba'al hajalomóth ("intérprete de sueños": cf. v 19), revestido con una túnica principesca (v 3) que le separa e, inevitablemente, le contrapone al resto de sus hermanos, creando entre ellos una profunda incomunicación (v. 4). Su persecución, su sangre -figura de la de Cristo-, es el precio que el padre debe pagar para estrechar en un único abrazo de salvación a todos sus hijos, ya no mancomunados por su corresponsabilidad en el mal (v 25), sino por el beso de paz que les ofrece el hermano inocente, capaz de perdonar (cf. 45,15).


Evangelio:


Mateo 21,33-43.45-46

Escuchad esta otra parábola: Había un hacendado que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores, y se ausentó. Al llegar la vendimia, envió sus criados a los labradores para recoger los frutos. Pero los labradores agarraron a los criados, hirieron a uno, mataron a otro y al otro lo apedrearon. De nuevo envió otros criados, en mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Finalmente les envió a su hijo pensando: "A mi hijo lo respetarán". Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia". Le echaron mano, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. ¿Qué os parece? Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?
Le respondieron:
Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.
Jesús les dijo:
¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular.; esto es obra del Señor y es realmente admirable?
Por eso os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponden. [El que caiga sobre esta piedra quedará deshecho, y sobre quien ella caiga será aplastado.]
Cuando los jefes de los sacerdotes y los fariseos oyeron estas parábolas, comprendieron que Jesús se refería a ellos. Querían echarle mano, pero tuvieron miedo de la gente, porque lo tenían por profeta.


El fragmento propuesto culmina en el v. 37 con ese adverbio temporal -"finalmente"- que viene a ser como una piedra angular (v. 42; cf. Sal 117,22s). Ese momento decisivo está en acto, mientras Jesús, en el recinto sagrado del templo, está hablando a los jefes de los judíos con una parábola que comprenden muy bien porque utiliza imágenes de la alegoría de la viña (cf. Is 5,1-7).

Algunos viñadores -los jefes de Israel- tienen el gran privilegio de cultivar la viña predilecta de su patrón, Dios. Pero en el momento de la vendimia, en vez de entregar los frutos de su trabajo, pretenden apoderarse de la viña y no dudan en maltratar a los siervos -los profetas- enviados por el propietario. "Finalmente" -en el momento en que Jesús está hablando- mandó a su propio Hijo, ofreciendo de este modo la última posibilidad de convertirse en colaboradores suyos en el campo de la salvación. En realidad sucede lo que narra la parábola de los viñadores malvados: "Comprendieron que Jesús se refería a ellos y querían echarle mano"(v. 45).

Jesús no pronuncia un juicio; deja que sean los mismos jefes quienes saquen las consecuencias inevitables por su obstinación: "Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?... Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores" (vv. 40s). Cuando escribe el evange lista la historia ha hecho patente la verdad manifestada alegóricamente por Isaías y profetizada por Jesús en la parábola: ciertamente, los jefes han matado al Hijo, echándole fuera del recinto de la viña -los muros de la ciudad santa-; Jerusalén ha caído en manos extranjeras (destrucción del 70 d. C.) y ahora otros viñadores (los paganos) cultivan la nueva viña (la Iglesia) y dan al Señor copiosos frutos: la adhesión de pueblos cada vez más numerosos a la fe.


MEDITATIO


Uno es el protagonista de los casos narrados por las presentes lecturas. Una sola es también la reacción de los personajes en cuestión. Se habla de Jesús. Se habla de nosotros. Él es quien está detrás de la historia de José, vendido por sus envidiosos hermanos. El es el heredero enviado a percibir el fruto de la viña. Nosotros somos los hermanos malvados. Nosotros somos los pérfidos viñadores. Pero no se actualizan estos relatos para condenarnos, sino que más bien nos invitan a levantar la mirada al corazón del Padre. De hecho, es de él de quien sobre todo se habla; de él, al que Jesús ha venido a revelar. Por amor, el Padre envía a Jesús, como José -figura que lo anuncia- a "buscar a sus hermanos" (cf. Gn 37,16). La predilección por ellos, que los hace "diferentes", es sólo una mayor participación en el amor paterno. Al final, triunfando, mostrará la inconsistencia del mal y vencerá perdonando sobre el odio y la rivalidad.

También sobre nosotros, hijos en el Hijo amado, se ha volcado un amor que nos hace "diversos", partícipes desde ahora de una naturaleza regia. Pero así como el "plus" de amor por José sufrió la prueba de ser arrojado al pozo, la prisión, la soledad, también cada uno de nosotros está llamado a reconocer que el camino de Dios pasa siempre, como para Jesús, por el sufrimiento y la cruz. Sólo a este precio podremos ser colaboradores de la salvación de nuestros hermanos y testimoniarles el gozo de ser llamados juntos a la libertad del amor.


ORATIO


Padre Santo, viñador celestial, queremos cantar tu inconcebible amor por la viña que tu mano plantó y que confiaste a viñadores infieles y hostiles; nos reconocemos también entre ellos, por ignorancia, por superficialidad.

También queremos cantar tu amor por tu Hijo predilecto, que has enviado en el momento oportuno, diciendo: "A mi hijo lo respetarán ". Era justo, bueno, manso. Lo vieron aquellos viñadores y le odiaron. ¡Qué gran vendimia en este tiempo de gracia! Y nosotros estábamos allá mirando y ninguno le defendió...

Padre, ¡qué infinito amor te llevó a entregar a tu Hijo, el Amado, como precio altísimo por el rescate de tu viña, la amada infiel! ¡Qué locura de amor te mueve hoy, Padre bueno, a entregar a tu Hijo en nuestras manos, sabiendo que son capaces de ejercer violencia!


CONTEMPLATIO

Para amar a los enemigos, que es en lo que consiste la perfección de la caridad fraterna, nada nos anima tanto como considerar con agradecimiento la admirable paciencia del "más bello entre los hijos de los hombres" (Sal 44,3).

Considera, oh humana soberbia, oh altanera impaciencia, lo que soportó, quién y cómo lo soportaba. ¿Quién hay que ante este admirable cuadro no se sosiegue al punto en su cólera? ¿Quién, al escuchar aquella maravillosa voz llena de dulzura, de caridad y de imperturbable serenidad: "Padre, perdónalos" (Lc 23,24), no abrazará inmediatamente a sus enemigos con todo afecto? ¿Podría añadir a esta petición algo más dulce,y caritativo? Pues lo añadió y, pareciéndole poco el rogar, quiso además excusarles: "Padre", dijo, "perdónalos, porque no saben lo que hacen".

Así pues, para aprender a amar, el hombre no debe degradarse con los placeres de la carne. Para que no sucumba ante la concupiscencia carnal, derrame todo su afecto en la suavidad de la carne del Señor. Descansando así, más suave y perfectamente en el deleite de la caridad fraterna, también abrazará a sus enemigos con los brazos del verdadero amor. Y para que este divino fuego no se apague por la condición de las injurias, contemple continuamente con los ojos del alma la tranquila paciencia de su amado Señor y Salvador.

(Elredo de Rieval, El espejo de la caridad, III, 5, passim)



ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

"Me ha revestido un traje de salvación" (Is 61,10).


PARA LA LECTURA ESPIRITUAL


La única realidad inquebrantable en la historia de José, que no se ha perdido, aunque se haya olvidado, incomprendida, no asumida conscientemente, es el amor de Jacob. El amor de Jacob que vive en los hijos y no puede ser pisoteado, muerto, olvidado, porque resucitará en los mismos hijos como amor fraterno. Existe un valor, al que podemos llamar "el valor", que está en el fondo de todos los deseos, de todos los esfuerzos, de toda la actividad humana, y es el amor del Padre, el amor con que crea a todo hombre. El hombre puede vivir desvinculado de este amor, incluso negando este amor, pero nunca podrá destruirlo, porque es un valor que resucita siempre; es la realidad que actúa en la pascua. A veces hablamos acaloradamente sobre los valores, pero la historia de José nos dice que cada valor es valor si crece a partir de este único valor fundante que es el amor del Padre vivido en los hijos, resucitado en los hermanos. Un valor es valor si ayuda a las personar a adherirse libremente al organismo de la fraternidad de todos los hombres.

Lo que no ayuda a la libre adhesión, a la fraternidad, a la comunicación cada vez más universal, a descubrir la unidad del amor que crea a todos y que se ejercita al reconocerse uno al otro, no es valor; es ilusión, engaño, una especie de idolatría cultural. Al final de la historia de José, en una carestía, en una tragediá fratricida a la que lleva una falsa cultura, emerge una cultura del amor o, mejor, una cultura entendida como un tejido en el que la actividad humana, su creatividad, respira y recibe vida del único valor indestructible, que es el amor del Padre y mueve el universo hacia una filiación y fraternidad consciente.

(M. I. Rupnik, "Cerco i miei frateIli". Lectio divina su Giuseppe d'Egitto, Roma 1998, 106s, passim)

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