martes, 19 de febrero de 2008

LECTIO DIVINA. Martes de la segunda semana de Cuaresma.



LECTIO


Primera lectura:


Isaías 1,10.16-20


Escuchad la Palabra del Señor,

jefes de Sodoma,

atiende a la enseñanza de nuestro Dios,

pueblo de Gomorra:


'Lavaos, purificaos,

apartad de mi vista vuestras malas acciones.

Dejad de hacer el mal,

aprended a hacer el bien.


Buscad el derecho,

proteged al oprimido,

socorred al huérfano,

defended a la viuda.


Luego venid, discutamos -dice el Señor-.


Aunque vuestros pecados sean como escarlata,

blanquearán como la nieve;

aunque sean rojos como púrpura,

quedarán como la lana.


Si obedecéis y hacéis el bien,

comeréis los frutos de la tierra;

Si os resistís y sois rebeldes,

os devorará la espada.

Lo ha dicho el Señor.




Como una especie de introducción a todo el libro de Isaías, el capítulo 1 anticipa la temática fundamental que aparecerá y se desarrollará después: al amor fiel de Dios el pueblo responde con infidelidad (v. 2-9), atrayendo el castigo divino. Pero no hay culpa, por muy grave que sea, que no la venza la misericordia de Dios: se salvará un pequeño resto, raíz de vida nueva.



La perícopa que nos presenta la liturgia de hoy es una enseñanza profética contra el ritualismo, enmarcada en el esquema literario de una disputa jurídica típica de la tradición deuteronomista (v. 10.19s). La referencia a Sodoma y Gomorra hace de gancho con el oráculo precedente (v. 4-9): por la infidelidad de sus jefes, el "pueblo de Judá y Jerusalén" -términos que no hay que tomar en sentido geográfico, sino como referencia a todo el pueblo elegido- está en situación de atraer sobre sí un castigo similar al de las dos ciudades tristemente famosas (cf. Gn 19; Dt 29,22; 32,32).



Cuando no se hay una adhesión a la Ley divina, la oración es ineficaz y el culto inútil, incluso hasta perverso (v. 11-15); viene a ser como ofrenda de incienso a los ídolos (cf. Dt 7,25s). Israel, aunque infiel, será siempre el destinatario de la Palabra de vida, y los dones de Dios son irrevocables: los dos imperativos que aparecen en sólo dos versículos (v. 16s) indican la urgencia de un cambio para acoger el perdón que ofrece el Señor. Todavía puede el pueblo optar por la bendición (v. 19) o por la maldición (v. 20).



Evangelio:




Mateo 23,1-12



Entonces Jesús, dirigiéndose a la gente y a sus discípulos, les dijo:



— En la Cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la Ley y los fariseos. Obedecedles y haced lo que os digan; pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas e insoportables, y las ponen a las espaldas de los hombres; pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas. Todo lo hacen para que los vea la gente: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto; les gusta el primer puesto en los convites y los primeros asientos en las sinagogas; que los saluden por la calle y los llamen maestros.



Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "maestro", porque uno es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Ni llaméis a nadie "padre" vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre: el del cielo. Ni os dejéis llamar "preceptores", porque uno sólo es vuestro preceptor: el Mesías. El mayor de vosotros será el que sirva a los demás. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.



El fragmento aparece después de los debates de Jesús en el Templo y constituye el primer cuadro del tríptico que el evangelista Mateo dedica a denunciar a escribas y fariseos (c. 23). Jesús se dirige "a la gente y a sus discípulos" con una doble enseñanza (vv. 1-12). Por una parte desenmascara la incoherencia (vv. 2-4), la ostentación y la vanagloria (vv. 5-7) de escribas y fariseos, contra los que lanzará sus siete "ayes" (vv. 13-36). Por otra, pone en guardia a los discípulos contra el detestable vicio de la ambición (vv. 8-10), verdadero cáncer de la comunidad -evidentemente- también en tiempos de la redacción del Evangelio. Cualquier actitud de puras formas externas o de búsqueda de prestigio personal desvirtúa la misma religiosidad y la convierte en idolátrica.



Entonces, ¿qué hay que hacer? ¿No escuchar la Palabra de la que los jefes son intérpretes incoherentes? Jesús invita al discernimiento, a hacer lo que dicen y no lo que hacen. El evangelista Mateo, implícitamente, nos invita a mirar a Jesús, el verdadero Maestro, fiel intérprete del Padre.




MEDITATIO



Dejemos que nos hieran las palabras que hoy la madre Iglesia hace resonar en nuestros oídos. No demos nada por descontado, pensando en nuestro interior: "Estas palabras le van bien a fulano o a mengano... ". Dios nos lo dice a nosotros.



Y es una gracia inestimable que todavía nos las diga: en su paciencia quiere brindarnos una posibilidad de evitar un merecido castigo, aunque sólo fuese por nuestra ingratitud y superficialidad o quizás por la malicia de nuestra falta de generosidad. Cuando dormimos seguros sobre los laureles de los preceptos que observamos (así nos parece), recibimos gloria unos de otros, en vez de dar gloria al Señor.



¿Y Él? Él vuelve la mirada a otra parte: a sus ojos somos como los fariseos que ostentan sus filacterias y alargan las franjas del manto. Además, Isaías nos dice que todavía no hemos aprendido lo que es amor: respuesta agradecida, generosa y total a un Dios fiel que ha salido a nuestro encuentro y se ha unido a nosotros con vínculos nupciales. Sacrificios y ofrendas no valen nada si nuestros oídos y el corazón, seducidos por el pecado, se endurecen en las relaciones. ¿Quién circuncidará nuestro corazón y lavará nuestras manos? Será precisamente la Palabra de Dios, escuchada con oído atento, interiorizada en el corazón, guardada con amor, practicada con sencillez.




ORATIO



¡Cuántas veces, Señor, hemos hecho ostentación de obras y méritos para "dejarnos ver"..., y no precisamente por tus ojos, que ven el corazón, sino para ser admirados por los hombres; cuántas veces hemos buscado la estima y la gloria! Ten piedad de nosotros, Señor, por todas las veces que la Palabra de vida de la que nos mostramos maestros deja insensible nuestra conducta.



Tú, único Maestro del hombre, nos das el ejemplo más preclaro, haciéndote siervo. Tú, Hijo unigénito de Dios, nos invitas a buscar la mirada del Padre celestial, quien por tu extrema humillación te ha exaltado a su derecha. Lávanos en la sangre de tu sacrificio, purifícanos de toda malicia y vanidad; haznos discípulos dóciles, abiertos a la escucha, prontos en el buen obrar, humildes y transparentes en la vida de cada día.




CONTEMPLATIO



Abre tu corazón a todos los que son discípulos de Dios, sin mirar con sospechas su aspecto, sin mirar con desconfianza su edad. Y si alguno te parece pobre o andrajoso o feo o perdido, que no se turbe tu espíritu ni retrocedas.



El aspecto visible engaña a la muerte y al diablo porque la riqueza interior es invisible para ellos. Y mientras insisten en lo material y lo desprecian porque saben que es débil, están ciegos para las riquezas interiores e ignoran "el tesoro" que llevan "en vasijas de barro"; que defiende el poder de Dios Padre, la sangre de Dios hijo y el rocío del Espíritu Santo. Pero no te dejes engañar tú, que has gustado la verdad y has sido considerado digno del gran rescate; y al contrario de lo que hacen otros hombres, opta por un ejército desarmado, pacífico, incruento, sereno, incontaminado: ancianos honrados, huérfanos piadosos, viudas rebosantes de mansedumbre, hombres adornados por la caridad (Clemente de Alejandría, C'é salvezza per el ricco? XXXIIls, passim).




ACTIO



Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:



"Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29)




PARA LA LECTURA ESPIRITUAL



Ser plenamente sinceros significa hacer todo preocupándose únicamente de lo que Dios piensa de nuestras acciones. Significa, por consiguiente, no adoptar actitudes diversas según el ambiente, no pensar de un modo cuando estamos solos y de otro cuando se está con alguien, sino hablar y actuar bajo la mirada de Dios, que lee los corazones. La sinceridad consiste en esforzarse para que nuestro porte externo coincida cada vez más con nuestro interior. Y, naturalmente, sin provocación, sino sencillamente siendo lo que somos, sin Falsear la verdad por temor a desagradar a los demás. Esta sinceridad exige pureza de intención, es decir, preocuparnos en nuestro actuar del juicio de Dios, no de los juicios humanos; actuar preocupándonos más de lo que agrada o desagrada a Dios que de lo que agrada o desagrada a los hombres. Este es uno de los puntos esenciales de la vida espiritual.



Habitualmente -no nos hagamos ilusiones- nos domina la preocupación de agradar o desagradar a los hombres, interesándonos de mejorar la imagen que los otros pueden tener de nosotros. Y, sin embargo, nos preocupamos poco de lo que somos a los ojos de Dios; y por esta razón nos saltamos con frecuencia lo que sólo Dios ve: la oración oculta, las obras de caridad secretas. Y ponemos mayor empeño en lo que, aunque lo hagamos por Dios, lo ven tamién los hombres y va implicada nuestra reputación. Llegar a una total sinceridad -esto es, a obrar bien lo mismo si no nos ven que si nos ven- significa llegar a una perfección altísima.


(J. Daniélou, Saggio sul mistero Bella storia, Brescia 1963, 334s, passim)

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