jueves, 21 de febrero de 2008

LECTIO DIVINA. Jueves de la segunda semana de Cuaresma.



LECTIO

Primera lectura:

Jeremías 17,5-10

Así dice el Señor:

¡Maldito quien confía en el hombre

y se apoya en los mortales,

apartando su corazón del Señor!

Será como un cardo en la estepa,

que no ve venir la lluvia,

pues habita en un desierto abrasado,

en tierra salobre y despoblada.


Bendito el hombre

que confía en el Señor,

y pone en el Señor su confianza.

Será como un árbol

plantado junto al agua,

que alarga hacia la corriente su raíces;

nada teme cuando llega el calor;

su follaje se conserva verde;

en año de sequía no se inquieta

ni deja de dar fruto.


Nada más traidor y perverso

que el corazón del hombre:

¿Quién llegará a conocerlo?


Yo, el Señor, sondeo el corazón,

examino la conciencia,

para dar a cada cual según su conducta,

según lo que merecen sus acciones.



El profeta Jeremías nos ofrece dos sentencias sapienciales: en la primera (vv 5-8), contraponiendo los extremos, con un típico estilo semítico, nos indica claramente dónde se encuentra la maldición del hombre cuyo final es la muerte y dónde la bendición portadora de vida.

Al impío no se le caracteriza directamente como el que obra mal, sino como el hombre que confía sólo en lo humano ("carne") y se aleja interiormente del Señor: de esta actitud del corazón sólo pueden venir acciones malvadas. Aquello en lo que el hombre confía se asemeja al terreno del que succiona sus nutrientes un árbol. Por eso, al impío se le compara con un cardo arraigado en tierra salobre e inhóspita (v 6): no dará fruto, ni durará mucho.

También al hombre piadoso se le describe partiendo del interior: confía en el Señor y se asemeja a un árbol plantado al borde de la acequia (cf. Sal 1) que no teme el estío ni las circunstancias adversas: prosperará y dará fruto (vv. 7s).

La segunda sentencia (vv. 9s) insiste más explícitamente en la importancia del "corazón", centro de las decisiones y de los afectos del hombre. Sólo Dios puede conocerlo de verdad y sanarlo, sopesarlo y valorar con equidad la conducta y el fruto de las obras de cada uno.

Evangelio:

Lucas 16,19-31

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. Y había también un pobre, llamado Lázaro, tendido en el portal y cubierto de úlceras, que deseaba saciar su hambre con lo que tiraban de la mesa del rico. Hasta los perros venían a lamersus úlceras. Un día, el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. También murió el rico y fue sepultado. Y en el abismo, cuando se hallaba entre torturas, levantó los ojos el rico y vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno. Y gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la yema de su dedo y refresqué mi lengua, porque no soporto estas llamas". Abrahán respondió: "Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida, y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado mientras tú estás atormentado. "Pero, además, entre vosotros y nosotros se abre un gran abismo, de suerte que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni tampoco puedan venir de ahí a nosotros". Replicó el rico: "Entonces te ruego, padre, que lo envíes a mi casa paterna, para que diga a mis cinco hermanos la verdad y no vengan también ellos a este lugar de tormento". Pero Abrahán le respondió: "Ya tienen a Moisés y a los profetas, ¡que los escuchen!". El insistió: "No, padre Abrahán; si se les presenta un muerto, se convertirán". Entonces Abrahán le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco harán caso aunque resucite un muerto".

Lucas recoge en el capítulo 16 de su evangelio la catequesis de Jesús sobre el uso de las riquezas. La conocida parábola que nos propone hoy la liturgia nos enseña en particular a considerar la presente condición a la luz de la eterna, que dará un vuelco total. Se sacan a continuación las consecuencias prácticas (v 25). El hombre rico que nos presenta Jesús no tiene nombre. Pero como en el centro de sus intereses está el opíparo banquete cotidiano, tradicionalmente se le da el apelativo de Epulón ("banqueteador", "comilón"). Jesús, por el contrario, saca del anonimato al pobre. Su mismo nombre es significativo, ya que significa "Dios ayuda". El hambre y la enfermedad le hacen yacer a la puerta del rico, en espera (v. 21) de lo que cae descuidadamente de la mesa puesta. Hasta los perros le muestran piedad, pero pasa desapercibido para el rico.

Pero la vida humana acaba. Y Jesús levanta el telón del tiempo para mostrarnos otro banquete, el eterno predicho por los profetas. Los ángeles llevan a este banquete a Lázaro hasta el puesto de honor: recostado cerca del patrón de la casa, con la cabeza vuelta hacia su pecho (v. 22), goza de los bienes de la salvación.

La suerte del rico es precisamente la contraria, y solamente ahora, entre los tormentos infernales, "ve" a Lázaro y osa pedir por su mediación un mínimo alivio al ardor que devora su paladar (v. 24). Sin embargo, las opciones de la vida presente hacen definitiva e inmutable la condición eterna (v 26). Ni siquiera un milagro como la resurrección de un muerto —dice Jesús aludiéndose a sí mismo— podría ablandar la dureza de corazón que hace oídos sordos a lo que el Señor dice incesantemente por medio de las Escrituras (vv 27-31). Ni una palabra contra Dios, ni contra los hombres. Ni rebelión, ni envidia, ni crítica. La muerte libertadora, quizás largamente esperada, llega como amiga. Y la escena cambia. Él, el despreciado, es acogido por los ángeles y santos en el seno de Abrahán. En aquella luz, él sigue envuelto de silencio. Una belleza sobrenatural emana de su rostro. Su rostro deja transparentar otro Rostro. Jesús es el pobre Lázaro: él no consideró un tesoro celoso ser igual a Dios, sino que se despojó de su rango; se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza. Su amor humilde le ha permitido subir y atravesar ese insondable abismo que separa la tierra del cielo. Y ahora, cada día, se sienta a la puerta de nuestro corazón y llama...


MEDITATIO


La Palabra de hoy presenta a nuestros ojos un cuadro de imágenes sencillísimas, de vivos colores, sin matices. El mismo estilo es ya una enseñanza: nos lleva a buscar sinceramente lo esencial. Emerge un tema fundamental: el hombre decide en el tiempo su destino eterno —vida o muerte—, sin que exista otra posibilidad. Quien confía en sí mismo y en una felicidad egoísta, obra de sus manos, penetra en las tinieblas y está ciego hasta el punto de no ver a un mendigo sentado a la puerta de su casa. Quien confía en Dios, reconociéndose criatura dependiente de él y amado por él, lleva en el corazón un germen de eternidad que florecerá en felicidad y paz eterna. ¿Cómo aprender a no confiar en nosotros mismos? Ni Jeremías ni Jesús lo explican con teorías. Utilizan imágenes: un árbol, un mendigo.

Fijemos la mirada en Lázaro. El silencio parece ser el rasgo principal de su rostro. Probado duramente a lo largo de la vida, olvidado por los que esperaba ayuda, él calla.


ORATIO


Señor Jesús, tú nos conoces hasta el fondo y sabes dónde ponemos nuestra confianza: líbranos de los proyectos mezquinos que nos proporcionan falsas seguridades y ábrenos a horizontes de vida eterna.

Tú ves nuestro corazón y sabes con qué cosas se sacia y de qué tiene hambre. Quítanos todo lo que nos estorba, lo que nos encierra en el palacio de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestra vanidad de tener o de saber. Quítanos toda aquello que nos hace indiferentes, insensibles a tantos hermanos sentados fuera y privados de lo que realmente necesitan: privados de casa, de pan, de instrucción, de salud, de cuidados; privados de amor, de esperanza. Haznos capaces de compartir todo lo que recibimos de tus manos, pan espiritual y pan material, para encontrarnos allí donde tú has querido venir a vivir en medio de nosotros; tú, el verdadero pobre, porque siendo rico te has hecho pobre para enriquecernos por medio de tu santa y gozosa pobreza.


CONTEMPLATIO

Extiende tus manos, padre Abrahán. Una vez más, oh Padre, extiende tus manos para acoger al pobre. Ensancha tu seno para que quepa un número cada vez mayor. Estaremos con los que descansan en el Reino de Dios junto con Abrahán, Isaac y Jacob, que invitados a la cena no buscaron excusas.

Iremos allí donde se encuentra el paraíso de las delicias, donde Adán, que tropezó con los ladrones, no tiene ya motivo para llorar por sus heridas. Allí donde el mismo ladrón se alegra por haber entrado a formar parte del Reino de los Cielos. Allí donde no existen ni huracanes, ni tinieblas, ni tarde, donde ni el verano ni el invierno cambiarán el curso de las estaciones. Allí donde no hace frío, ni cae granizo o lluvia, ni necesitaremos este sol o esta luna, ni brillarán las estrellas, porque sólo lucirá el fulgor de la gracia de Dios, puesto que el Señor será la luz de todos, y la luz verdadera que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Iremos allí donde el Señor Jesús ha preparado moradas para sus siervos (san Ambrosio, El bien de la muerte, XII, 53).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

"Dichosos los invitados a la mesa del Señor" (de la liturgia).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL


Quien sabe olvidarse y perderse en la ofrenda de sí mismo, quien puede sacrificar "gratuitamente" su corazón, es un hombre perfecto. En el lenguaje bíblico, poderse dar, poder entregarse, poder llegar a ser "pobre", significa estar cerca de Dios, encontrarla propia vida escondida en Dios; en una palabra, esto es el cielo. Girar sólo alrededor de uno mismo, atrincherarse y hacerse fuerte significa, por el contrario, condenación, infierno. El hombre puede encontrarse a sí mismo y llegar a ser verdaderamente hombre solamente atravesando el dintel de la pobreza de un corazón sacrificado. Este sacrificio no es un vago misticismo que hace perder consistencia al mundo y al hombre, sino, al contrario, es una toma de consideración del hombre y del mundo. Dios mismo se ha acercado a nosotros como hermano, como prójimo; en resumen, como otro hombre cualquiera [...].

El amor al prójimo no es algo distinto del amor a Dios, sino, por así decir, su dimensión que nos toca, su aspecto terreno: ambas realidades son esencialmente una sola. Así queda garantizado nuestro espíritu de pobreza, nuestra disposición a la donación y al sacrificio desinteresado, por el que actualizamos nuestro ser humanos, siempre y necesariamente en relación con el hermano, con el prójimo. Dichoso el hombre que se ha puesto al servicio del hermano, que hace suyas las necesidades de los demás. Y desdichado el hombre que con su rechazo egoísta del hermano se ha cavado un abismo tenebroso que lo separa de la luz, del amor y de la comunión; el hombre que solamente ha deseado ser "rico" y "fuerte", de suerte que los demás sólo constituyan para él una tentación, el enemigo, condición y componente de su infierno. En el sacrificio que se olvida totalmente de sí, en la donación total al otro es donde se abre y se revela la profundidad del misterio infinito; en el otro, el hombre llega contemporáneamente y realmente a Dios.
(J. B. Metz, Povertá nello spirito. Meditazioni teologiche, Brescia 1968, 42-45, passim)

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