lunes, 25 de febrero de 2008

"¿Es usted Jesús?"



Un grupo de ejecutivos fue a una convención de ventas. Todos le habían prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar el viernes por la noche. Sin embargo, la convención terminó un poco tarde, y llegaron retrasados al aeropuerto. Entraron todos con sus billetes y portafolios, corriendo por los pasillos.

De repente, y sin quererlo, uno de los ejecutivos tropezó con una mesa que tenía una canasta de manzanas. Las manzanas salieron volando por todas partes. Sin detenerse, ni mirar para atrás, los ejecutivos siguieron corriendo, y apenas alcanzaron a subirse al avión. Todos menos uno. Este se detuvo, respiró hondo, y experimentó un sentimiento de compasión por la dueña del puesto de manzanas. Le dijo a sus amigos que siguieran sin él y le pidió a uno de ellos que al llegar llamara a su esposa y le explicara que iba a llegar en un vuelo más tarde.

Luego regresó a la terminal y se encontró con todas las manzanas tiradas por el suelo. Su sorpresa fue enorme, al darse cuenta de que la dueña del puesto era una niña ciega. La encontró llorando, con ríos de lágrimas corriendo por sus mejillas. Tanteaba el suelo, tratando, en vano, de recoger las manzanas, mientras la multitud pasaba, vertiginosa, sin detenerse; sin importarle su desdicha.

El hombre se arrodilló con ella, juntó las manzanas, las metió en la canasta y le ayudó a montar el puesto nuevamente. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que muchas se habían golpeado y estaban magulladas. Las tomó y las puso en otra canasta. Cuando terminó, sacó su cartera y le dijo a la niña: "Toma, por favor, estos 100 € por el daño que te hicimos. ¿Estás bien?" Ella, llorando, asintió con la cabeza. El continuó, diciéndole, "Espero no haberte arruinado el día".

Conforme el vendedor empezó a alejarse, la niña le gritó: "Señor..." Él se detuvo y se volvió para mirar esos ojos ciegos. Ella continuó: "¿Es usted Jesús...?

Él se paró en seco y dio varias vueltas, antes de preparar sus billetes para un nuevo vuelo, con esa pregunta quemándole y vibrando en su alma: "¿Es usted Jesús?"



Y a ti, ¿la gente te confunde con Jesús?

LECTIO DIVINA. Lunes de la tercera semana de Cuaresma.

domingo, 24 de febrero de 2008

LECTIO DIVINA.Tercer domingo de Cuaresma.



LECTIO


Primera lectura:


Éxodo 17,3-7


El pueblo, sediento, seguía murmurando contra Moisés:


¿Por qué nos ha sacado de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y nuestros ganados?


Entonces Moisés clamó al Señor:


¿Qué voy a hacer con este pueblo? Un poco más y me apedrean.


El Señor le dijo:


Toma contigo a algunos ancianos de Israel y ponte delante del pueblo; lleva en tu mano el cayado con el que golpeaste el Nilo y ponte en marcha. Yo estaré contigo allí, en la roca de Horeb. Golpearás la roca, y manará agua para que beba el pueblo.


Así lo hizo Moisés en presencia de los ancianos de Israel. Y dio a aquel lugar el nombre de Masá -es decir, Prueba- y Meribá -es decir, Querella-, porque los israelitas habían puesto a prueba al Señor y se habían querellado contra él, diciendo:


¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

En su camino hacia la tierra prometida, el pueblo sufre repetidamente hambre y sed. Hambre y sed son dos constantes del camino por el desierto, tierra de prueba y purificación, donde sólo se puede avanzar por medio de la fe. El episodio de Masá y Meribá es emblemático. En primer lugar los nombres tienen un significado elocuente: Masá (tentación, prueba) y Meribá (murmuración, protesta). Después del primer trecho de camino, el pueblo ya se encuentra extenuado por la sed.


¿Cuál fue su actitud? Notemos los verbos: "protesta", "murmura", "pone a prueba". Desconfía de Dios y duda de que Moisés sea el hombre enviado para salvarle; de ahí la pregunta que manifiesta su escepticismo: "¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?" (v. 7).

Se abre así la segunda parte de la narración: Moisés, como intercesor, invoca la ayuda del Señor, que responde en seguida ordenándole golpear la roca con el mismo bastón con el que había golpeado las aguas del Nilo. Y esto evidencia al pueblo incrédulo la presencia continua de Dios, que, en la plenitud de los tiempos, se manifestará precisamente como el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Moisés obedeció y brotó una fuente de agua. El episodio parece concluido. Sin embargo, este acontecimiento, como otros, por insignificantes que parezcan, tendrá una gran resonancia tanto en el pueblo elegido (cf. Sal 77,15s; 94,8; 104,41; Sab 11,4) como en la vida de Moisés, que llevará el peso de la falta de fe del pueblo y, solidario, deberá morir sin entrar en la tierra prometida, contemplándola sólo de lejos (cf. Dt 34), y convirtiéndose así en figura de Cristo, que cargó con el pecado de la humanidad.



Segunda lectura:


Romanos 5,1-2.5-8


Así pues, quienes mediante la fe hemos sido puestos en camino de salvación, estamos en paz con Dios a través de nuestro Señor Jesucristo. Por la fe en Cristo hemos llegado aobtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos sentimos orgullosos, esperando participar de la gloria de Dios.


Una esperanza que no engaña, porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones.


Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado. Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien, aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores.


Resumiendo en un solo versículo (5,1) la exposición de los cc. 1-4 de la carta a los Romanos, Pablo describe la condición del cristiano en el tiempo presente: es restituido conforme al proyecto de Dios gracias a la confianza en el contenido del "anuncio de salvación" (kérygma). Lo cual le concede experimentar la paz con Dios, porque está seguro del amor de Cristo. Sólo él, que con su muerte es mediador de nuestra salvación-reconciliación (v 10), puede concedernos desde ahora acceder a la gracia, a la comunión de vida con Dios (v 2a). Esta realidad suscita una alegría nueva, prenda de la gloria futura (v. 2b).


Las tribulaciones contribuirán a arraigar con mayor profundidad nuestra esperanza (w 3s). Pues la esperanza no defrauda, porque el Espíritu de Dios ha sido derramado en nuestros corazones como poder divino de vida nueva (v 5) y arras generosas de nuestra herencia (Ef 1,14). El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu del loco amor de Dios por nosotros en Cristo: él nos ha conseguido la salvación que nos hace justos viniendo a nuestro encuentro cuando estábamos en la remota lejanía del pecado y la enemistad (w. 8-10). ¿Quién podrá separarnos, en el tiempo y en la eternidad de su amor (Rom 8,38s)?



Evangelio:


Juan 4,5-42


Llegó a un pueblo llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba también el pozo de Jacob.


Jesús, fatigado por la caminata, se sentó junto al pozo. Era cerca de mediodía. En esto, una mujer samaritana se acercó al pozo para sacar agua. Jesús le dijo:


- Dame de beber.


Los discípulos habían ido al pueblo a comprar alimentos.


La samaritana dijo a Jesús:


- ¿Cómo es que tú, siendo judío, te atreves a pedirme agua a mí, que soy samaritana? (Es de advertir que los judíos y los samaritanos no se trataban).


Jesús le respondió:


- Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda que tú misma me pedirías a mí y yo te daría agua viva.


Contestó la mujer:


- Señor, si ni siquiera tienes con qué sacar el agua, y el pozo es hondo, ¿cómo puedes darme "agua viva"? Nuestro padre Jacob nos dejó este pozo del que bebió él mismo, sus hijos y sus ganados. ¿Acaso te consideras mayor que él?


Jesús replicó:


- Todo el que beba de este agua volverá a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna.


Entonces la mujer exclamó:


- Señor, dame ese agua; así ya no tendré más sed y no tendré que venir hasta aquí para sacarla.


Jesús le dijo:


- Vete a tu casa, llama a tu marido y vuelve aquí.


Ella le contestó:


- No tengo marido.


Jesús prosiguió:


- Cierto; no tienes marido. Has tenido cinco, y ése con el que ahora vives no es tu marido. En esto has dicho la verdad.


La mujer replicó:


- Señor, veo que eres profeta. Nuestros antepasados rindieron culto a Dios en este monte; en cambio, vosotros, los judíos, decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto a Dios.


Jesús respondió:


- Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que, para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén. Vosotros, los samaritanos, no sabéis lo que adoráis; nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene de los judíos. Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre lo harán en espiritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.


La mujer le dijo:


- Yo sé que el Mesías, es decir, el Cristo, está a punto de llegar; cuando él venga nos lo explicará todo.


Entonces Jesús le dijo:


- Soy yo, el que habla contigo.


En este momento, llegaron sus discípulos y se sorprendieron de que Jesús estuviese hablando con una mujer; pero ninguno se atrevió a preguntarle qué quería de ella o de qué estaban hablando. La mujer dejó allí el cántaro, volvió al pueblo y dijo a la gente.


- Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Será el Mesías?


Ellos salieron del pueblo y se fueron a su encuentro. Mientras tanto los discípulos le insistían:

- Maestro, come algo.


Pero él les dijo:


Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis.


Los discípulos comentaban entre sí:


- ¿Será que alguien le ha traído de comer?


Jesús les explicó:


- Mi sustento es hacer la voluntad del que me ha enviado hasta llevar a cabo su obra de salvación. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: Levantad la vista y mirad los sembrados, que están ya maduros para la siega. El que siega recibe su salario y recoge el grano para la vida eterna, de modo que el que siembra y el que siega se alegran juntos. En esto tiene razón el proverbio: "Uno es el que siembra y otro el que siega". Yo os envío a segar un campo que vosotros no sembrasteis; otros lo trabajaron y vosotros recogéis el fruto de su trabajo.


Muchos de los habitantes de aquel pueblo creyeron en Jesús por el testimonio de la samaritana, que aseguraba: - Me ha dicho todo lo que he hecho.


Por eso, cuando los samaritanos llegaron donde estaba Jesús, le insistían en que se quedase con ellos, y se quedó con ellos dos días. Al oírle personalmente, fueron muchos más los que creyeron en él, de modo que decían a la mujer:


- Ya no creemos en él por lo que tú nos dijiste, sino porque nosotros mismos le hemos oído y estamos convencidos de que él es verdaderamente el Salvador del mundo.



El evangelista lee la revelación del misterio profundo de la persona de Jesús en las vicisitudes cotidianas. Es mediodía y junto al pozo de Sicar (v 5; cf. Gn 48,22) tiene lugar el encuentro y el diálogo insólito (v. 8) entre una mujer samaritana y un judío (v 9), un "profeta" (v 19) mayor que Jacob (v. 12), "el Cristo" (v 29). Sucesivamente van llegando los discípulos (v. 27-38), finalmente otros samaritanos paisanos de la mujer (v. 40-42): los estrechos horizontes tradicionales se abren a la universalidad.


¿Quién es, pues, aquel rabbí que se atreve a conversar con una mujer (v. 27), y encima samaritana, es decir, considerada herética, idólatra (vv. 17-24; cf. 2 Re 17,29-32) y pecadora (v. 18)? Las personas que salieron a su encuentro lo declaran "Salvador del mundo" (v 42): estamos en la cumbre de la narración y de su contenido teológico. Y, sin embargo, Jesús se presentó como un sencillo caminante que no duda en pedir un poco de agua. Incluso este dato no carece de significado: su sed -sed de salvar a la humanidad- remite a numerosos pasajes del Antiguo Testamento. Junto a la zarza ardiente, Moisés, destinado a ser guía del pueblo elegido en el Éxodo, había pedido a Dios revelarle su nombre; finalmente aquella pregunta encuentra ahora respuesta: "Yo soy, el que habla contigo" (v. 26; cf. Ex 3,14). Sobre la sombra del pecado, el Mesías proyecta la luz de la esperanza: la conversión abre el camino para adorar al Padre "en espíritu y en verdad" (v 23; cf. Os 1,2; 4,1). Ahora va a cumplirse una larga historia de deseo y fatiga, de fe y de incredulidad. La plenitud está en el encuentro con Cristo, cuyas palabras son hechos: en el Calvario brotará la fuente de agua viva, en la pasión se saciará totalmente su hambre y su sed de hacer la voluntad del Padre (v. 28, cf. Jn 19,28). De su muerte nace la vida para todos -ahora cualquier hombre puede considerarse "elegido", amado-; de su fatiga en el sembrar (vv. 6.36-38) se abre para los discípulos el gozo de la siega (v 38) y del testimonio, como la mujer samaritana deja entrever en su ímpetu de auténtica misionera (v 28).



MEDITATIO


A lo largo del fatigoso camino de la vida siempre podemos decir: "En estos días el pueblo padece sed". El hombre, hecho para lo infinito, es atormentado por la árida finitud que le rodea y no le sacia, y percibe, sediento, la necesidad de una agua viva que le hidrate y regenere, que le vivifique y haga fecundo el sentido de sus días. Jesús, caminante divino por las rutas de la humanidad, ha querido compartir nuestra sed para hacernos conscientes de que la sed de un amor eterno e ilimitado nos asedia y nos inquieta y que de nada vale querer ignorarla o aplacarla con multitud de amores humanos. Sólo él puede verter en nuestros corazones la fuente que brota para la vida eterna, el Espíritu Santo, alegría inagotable de Dios. Pero, antes, Jesús debe cansarse, y mucho, para desenmascarar nuestra falsa sed, por la que cada día estamos dispuestos a recorrer tan largo camino llevando sobre nuestras espaldas cántaros pesados. Desde hace cuántos días y años nuestra pobre humanidad está sedienta, siempre un poco "samaritana de cinco maridos". Y, sin embargo, el Señor hace que todo concurra para nuestro bien: llegará ciertamente a cada uno su inolvidable mediodía de sol, en el que nuestro tortuoso trayecto se cruzará con el suyo, allí donde siempre nos espera, a la hora de sexta, pendiente de la cruz de su perenne sitio: "Tengo sed", sed de ti, de tu salvación, de tu amor.



ORATIO


Espéranos, Señor, junto al pozo del pacto, en la hora providencial que a cada uno le toca. Preséntate, inicia tú el diálogo, tú mendigo rico de la única agua viva. Aléjanos, poco a poco, de tantos deseos, de tantos amores efímeros que todavía nos distraen. Disipa la indiferencia, los prejuicios, las dudas y los temores; libera la fe. Ahonda en nosotros el vacío para que lo llenes de deseo. Ensancha nuestro corazón, inflámalo de esperanza. Da un nombre a esta sed que nos abrasa interiormente y que no sabemos llamarla con su verdadero nombre. Haz que nos adentremos en nosotros mismos, hasta el centro más secreto donde sólo llegas tú.
A través de las duras piedras del orgullo, entre el fango de los falsos compromisos, por la arena de los rechazos, abre tú mismo un acceso a tu Santo Espíritu.



CONTEMPLATIO


Dígnate, Dios misericordioso y Señor piadoso, llamarme a esta fuente, para que también yo, junto con todos los que tienen sed de ti, pueda beber el agua vivaque de ti mana, oh fuente viva. Que pueda embriagarme en tu inefable dulzura sin cansarme nunca de ti y diga: ¡Qué dulce es la fuente de agua viva; su agua que brota para la vida eterna no se agota jamás!


Oh Señor, tú eres esta fuente eternamente deseada, en la que continuamente debemos apagar la sed y de la que siempre tendremos sed.


Danos siempre, oh Cristo Señor, de esta agua para que se transforme en nosotros en surtidor de agua viva para la vida eterna.


Ciertamente pido una gran cosa, ¿quién lo ignora? Pero tú, oh Rey de la gloria, sabes dar grandes cosas y has prometido grandes cosas.


Nada hay más grande que tú: te nos has dado y te has dado por nosotros. Por eso te rogamos que nos des a conocer eso que amamos, porque no queremos nada fuera de ti. Tú eres todo para nosotros: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios.


(San Columbano, Instrucción XII)



ACTIO


Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:


"Mi alma tiene sed de ti, Señor" (Sal 62,2).



PARA LA LECTURA ESPIRITUAL



La Encarnación y la Pasión son la locura de amor de Dios para que el pecador pueda acogerlo. Desde esta locura se comprende cómo el mayor pecado es no creer en el amor de Dios por nosotros. No podemos olvidarnos de Dios: él no nos olvida; no podemos alejarnos de Dios, él no se aleja.


Dios nos espera en todos los caminos de nuestro destierro, en cualquier brocal de no sé qué pozo al pie de cualquier higuera [...].


Nos espera no para reprocharnos, ni siquiera para decirnos: "Mira que te lo había dicho", sino para cubrirnos con su amor, que nos salva incluso del mirar atrás con demasiada pena. Dostoievski pone en labios de la mujer culpable: "Dios te ama a causa de tus pecados". No es exacto: Dios nos ama como somos para hacernos como él quiere que seamos.


¡Gracias, Señorl Si me hubiese contentado con el deseo de ti, que me llevaba a buscarte sin saber dónde te podría encontrar, toavía estaría errando por los caminos, con la angustia de mi deseo insatisfecho o con la ilusión de haber encontrado algo. Te he encontrado de verdad porque has salido a mi encuentro en mis caminos de pecado: hombre entre Ios hombres, cuerpo bendito que yo mismo ayudé a despojar, a flagelar; rostro bendito besado por mis labios, como Judas; corazón que atravesé...


Ninguna sed creó jamás las fuentes, ni hizo brotar agua en las arenas. Tu sed, sin embargo, ha apagado mi sed porque si no hubieses seguido mis huellas, si no te hubieses dejado crucificar por mí quizás te hubiera buscado, pero nunca te habría encontrado. Señor, gracias por haberte dejado clavar en la cruz, por dejarte encontrar por el que te crucificó. Amén.


(R Mazzolari, La piú bella awentura, Brescia 1974, 218.223)

sábado, 23 de febrero de 2008

LECTIO DIVINA.Sábado de la segunda semana de Cuaresma.


LECTIO


Primera lectura:


Miqueas 7,14-15.18-20


Señor, Dios nuestro,

pastorea a tu pueblo con tu cayado,

al rebaño de tu heredad,

que vive solitario entre malezas y matorrales silvestres;

que pazca como antaño en Basán y en Galaad.


"Como cuando saliste de Egipto,

haznos ver tus maravillas.


¿Qué Dios hay como tú,

que absuelva del pecado y perdone la culpa

al resto de su heredad,

que no apure por siempre su ira

porque se complace en ser bueno?


De nuevo se compadecerá de nosotros;

sepultará nuestras culpas

y arrojará al fondo del mar nuestros pecados.


Así manifestarás tu fidelidad a Jacob

y tu amor a Abrahán,

como lo prometiste a nuestros antepasados

desde los días de antaño.


El presente pasaje de Miqueas forma parte de los oráculos que anuncian la restauración de los baluartes de Jerusalén ensanchando las fronteras (cf. 7,8-20). El pueblo, vuelto del destierro, se siente apurado, y la nostalgia de los fértiles pastos de Transjordania arranca al profeta una lamentación cadenciosa como una elegía fúnebre (v.14): ¡que el Señor vuelva a renovar los prodigios del Éxodo (v 15)! Pero de repente aparece en la escena el protagonista de los grandes acontecimientos salvíficos. El que reunirá a multitud de pueblos se ha reservado un lugar desierto donde apacentará sólo a su rebaño, un rebaño disperso, sin seguridad alguna, que puede confiar sólo en él.


El corazón entona entonces un apasionado himno, único en el Antiguo Testamento, al Dios que perdona (vv 18-20; cf. Jr 9,24; Ex 34,6s). Dios es padre que se conmueve por los sufrimientos de los hijos que yerran (v. 19); su compasión, como en tiempos del Éxodo, le lleva, con instinto casi maternal (jesed), a perdonar las culpas que les oprimen, a arrojarlas al fondo del mar como hizo antaño con el faraón y sus ministros en el mar Rojo, enemigos de su pueblo (cf. Ex 15,1.5.16). Su fidelidad es gratuidad suma en el perdón (cf. Sal 25,6; 103,4), para que el "resto" de su pueblo pueda finalmente permanecer fiel a la alianza (v 20).



Evangelio:


Lucas 15,1-3.11-32


Entre tanto, todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle. Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban:


— Éste anda con pecadores y come con ellos.


Entonces Jesús les dijo esta parábola:


— Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde". Y el Padre les repartió el patrimonio. A los pocos días, el hijo menor recogió sus cosas, se marchó a un país lejano y allí despilfarró toda su fortuna viviendo como un libertino. Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran carestía en aquella comarca, y el muchacho comenzó a padecer necesidad. Entonces fue a servir a casa de un hombre de aquel país, quien le mandó a sus campos a cuidar cerdos. Habría deseado llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.


Entonces recapacitó y se dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros". Se puso en camino y se fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.


El hijo empezó a decirle: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo". Pero el padre dijo a sus criados: "Traed, enseguida, el mejor vestido y ponédselo; ponedle también un anillo en la mano y sandalias en los pies. Tomad el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete de fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado". Y se pusieron a celebrar la fiesta.


Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando vino y se acercó a la casa, al oír la música y los cantos llamó a uno de los criados y le preguntó qué era lo que pasaba. El criado le dijo: "Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano". El se enfadó y no quería entrar. Su padre salió a persuadirlo, pero el hijo le contestó: "Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado". Pero el padre le respondió: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado".


En la introducción de las parábolas de la misericordia (c. 15), Lucas nos indica a quién van dirigidas (vv. 1s): el auditorio se divide en dos grupos, los pecadores que se acercaban a Jesús a escucharle y los escribas y fariseos que murmuran entre ellos. A todos, indistintamente, Jesús revela el rostro del Padre bueno por medio de una parábola sacada de la vida ordinaria que conmueve profundamente a los oyentes.


El hijo menor decide proyectar su vida de acuerdo con sus planes personales. Por eso pide al padre la parte de "herencia" -término equivalente a "vida" (v. 12; en sentido traslaticio, "patrimonio")- que le corresponde y emigra lejos, a dilapidar disolutamente su sustancia (v. 13; en sentido traslaticio "riquezas"). La ambivalencia de los términos empleados indica que lo que se pierde es ante todo el hombre entero.


La experiencia de la hambruna (v. 17) hace recapacitar al que, con fama de vida alegre, salió de prisa de la casa paterna y ahora la añora. La decisión de comenzar una nueva vida le pone en camino (vv. 18s) por una senda que el padre oteaba desde hacía tiempo, esperando (v. 20). Es él el que acorta cualquier distancia, porque su corazón permanecía cerca de aquel hijo. Conmovido profundamente, corre a su encuentro, se le echa al cuello y lo reviste de la dignidad perdida (vv. 22-24).


Así es como Jesús manifiesta el proceder del Padre celestial (y su propio proceder) con los pecadores que "se acercan" dando, a duras penas, algún que otro paso. Pero los escribas y fariseos, que rechazan participar en la fiesta del perdón, son como "el hijo mayor", que, obedientes a los preceptos (v 29), se sienten acreedores de un padre-dueño del que nunca han comprendido su amor (v. 31), aun viviendo siempre con él. También para ir al encuentro de este hijo de corazón mezquino y malvado (v. 30), el padre sale de casa (v. 29), manifestando así a cada uno el amor humilde que espera, busca, exhorta, porque quiere estrechar a todos en un único abrazo, reunirlos en una misma casa.



MEDITATIO


Las sendas de la infidelidad son siempre angostas y sin salida: la lejanía de la casa paterna crea, al final, una angustiosa pena que acucia más que el hambre. Por esta razón, todo descarrío puede convertirse en una felix culpa, un error afortunado, en el que el hombre deja escuchar y se conmueve por el eco de la voz paterna que, incansablemente, ha continuado pronunciando con amor nuestro nombre. Si el hijo alejado despierta al sentido de su dignidad y al amor filial, el que se queda en casa corre el riesgo de no aceptarse, de quedarse sin amor.


Todos nos podemos ver reflejados en uno u otro hijo. El padre es el que siempre sale al encuentro de uno y del otro. El nos espera siempre, bien sea que vengamos de la dispersión, como el hijo pródigo, o que acudamos de un lugar aún más remoto: de la región de una falsa justicia, de una falsa fidelidad.


A nosotros se nos pide solamente dejarnos estrechar en su abrazo, fijándonos en esa mano que nos bendice, deseosa de nuestra felicidad y de la de nuestros hermanos.



ORATIO


Oh Padre del cielo, tu Palabra nos invita cada día pacientemente a volver confiados a tu corazón para recibir gracia y perdón. Siempre somos hijos rebeldes, buscando lo que nada vale, pero tú sigues incansable a la espera y cada día nos muestras el camino.


Tu Hijo es el camino maestro que nos puede llevar a ti; él es Palabra de verdad y de vida, sacramento del más grande amor, que vino a cargar con el pecado del mundo. Estréchanos para siempre, oh Padre, a tu corazón, a nosotros tus hijos redimidos en el Hijo; llénanos de tu Espíritu bueno, de suerte que vivamos para alabanza de tu gloria.



CONTEMPLATIO


Señor Jesús, Dios nuestro, tu alma, que desde la cruz encomendaste a tu Padre, me conduzca a ti en tu gracia. Carezco de un corazón contrito para buscarte, de arrepentimiento y de ternura. Me faltan lágrimas para orarte. Mi espíritu está entenebrecido; mi corazón está frío y no sé cómo caldearlo con lágrimas de amor por ti. Pero tú, Señor Jesucristo, Dios mío, concédeme un arrepentimiento radical, la contrición de corazón, para que me ponga a buscarte con toda el alma. Sin ti, quedaría privado de toda realidad.


El Padre, que desde toda la eternidad te ha engendrado en su seno, renueve en mí tu imagen. Te he abandonado, tú no me abandones. Me he alejado de ti. Ponte a buscarme. Condúceme a tus pastos, entre las ovejas de tu rebaño. Nútreme junto a ellas con la hierba fresca de tus misterios, que son morada del corazón puro, del corazón portador del esplendor de tus revelaciones. Que podamos ser dignos de tal esplendor por tu gracia y amor con el hombre, oh Jesucristo, Salvador nuestro por los siglos de los siglos. Amén.

(Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 2, passim)



ACTIO


Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:


"Cambiaste mi luto en danzas" (Sal 29,12).



PARA LA LECTURA ESPIRITUAL


El Dios cristiano es el Dios de la esperanza no sólo en el sentido de que es el Dios de la promesa y por ello fundamento y garantía de la esperanza humana, sino también en el sentido de un Dios que sabe festejar este retorno [...].


La humildad y la esperanza de Dios no dejan de esperar a sus hijos con un amor más fuerte que todo el no-amor con el que puede ser correspondido. Dios ama como sólo una madre sabe amar, con un amor que irradia ternura. El misterio de la maternidad divina es icono de la capacidad de un amor radiante y gratuito, más fiel que cualquier infidelidad humana. Dios espera siempre, humilde y ansioso, el consentimiento de su criatura como —según subraya san Bernardo— hizo con el "sí" de María.


La parábola nos pone ante un padre que no teme perder la propia dignidad, incluso parece ponerla en peligro. La autoridad de un padre no está en las distancias que más o menos mantiene, sino en el amor radiante que manifiesta [...]. Este es el intrépido amor de Dios: la intrepidez de romper falsas seguridades aparentes, para vivir la única seguridad que es la del amor más fuerte que la del no-amor; la intrepidez de ir al encuentro del otro superando las distancias protectoras que nuestra incapacidad de amor con frecuencia pretende levantar en torno nuestro.

(B. Forte, Nella memoria del Salvatore, Cisinello B. 1992, 68s, passim)

viernes, 22 de febrero de 2008

Fiesta de la Cátedra de San Pedro




Hoy celebramos la fiesta de la "Cátedra de San Pedro". Resulta interesante recordar un poco la historia y la liturgia de hoy.

Sabemos que Pedro -según la tradición- estableció primero su sede en Antioquía, y luego en Roma. Decimos que estableció su "sede", es decir, su asiento, su cátedra. Porque cátedra significa precisamente eso, asiento o silla. Por eso "catedral" es la iglesia en la que está la sede del Obispo.

La fiesta aparece ya el 22 de febrero en el más antiguo calendario romano, el Cronógrafo del año 354; allí la "Depositio martyrum" señala: "Natale Petri de cathedra".
¿Por qué ese día? En Roma, el año empezaba en marzo (los nombres de nuestros meses, de septiembre a diciembre, aún dan testimonio de ese uso). Con febrero, pues, acababa el año. Los últimos días de ese mes, los romanos se consagraban al recuerdo de los difuntos. La fiesta de la Cátedra de San Pedro enlaza, por tanto, con el culto que los cristianos tributaban en el presente día a sus padres en la fe junto a las tumbas de Pedro en el Vaticano y de Pablo en la carretera de Ostia. Es decir, que el "natale Petri de cathedra" fue originariamente una conmemoración fúnebre de Pedro, organizada por la gran familia de la comunidad romana en honor de su fundador.
Pero hay más. En los primeros siglos, siguiendo los usos mortuorios comunes, los cristianos tenían comidas fúnebres precisamente junto a la tumbas de los mártires. Ahora bien, los griegos denominaron la comida fúnebre por la silla que en ella se ponía para el muerto; y dada la gran difusión que entonces tenía en Roma la lengua griega, cabe pensar que el banquete en memoria de Pedro se llamara "Cathedra Petri". La gran festividad anual de Pedro, junto con Pablo, pasó luego al 29 de junio, y en la fiesta de febrero se quiso honrar la promoción del Pescador de Galilea al cargo de Pastor supremo de la Iglesia.

El Sacramentario Gelasiano es una de las más antiguas colecciones de textos litúrgicos que han llegado hasta nosotros; procede del siglo VII (aunque con influencias anteriores). En él se invoca un "principatus Petri" referido a la "verdad evangélica difundida por todos los reinos del mundo", recordando también que todas las iglesias tienen su origen en el fundamento del constructor ("in fundamento fabricantis").

Hasta la década de 1960, había dos fiestas de la Cátedra de San Pedro: la Cátedra de Roma (18 de enero) y la de Antioquía (22 de febrero). Ambas celebraciones se fundieron en esta última fecha, que hoy celebramos.
¿Y qué hay de la cátedra propiamente dicha? En Roma siempre se veneró con entrañable piedad todo lo que se refiere a la vida de San Pedro. Desde los primeros siglos, se celebró en Roma una memoria del ministerio apostólico del primer Papa, simbolizado probablemente por un sillón de madera o de yeso. Ahora bien, durante muchos años, los Papas se sentaron en una silla que se decía era la de San Pedro. La componen unas sencillas tablas de madera, pero desde antiguo está forrada con láminas de marfil. En el Renacimiento quisieron rodearla de todo esplendor, y por eso Bernini, en el siglo XVII, construyó el majestuoso relicario que hoy contiene a la venerada silla en el ábside de la Basílica de San Pedro. Desde luego, que sea la cátedra "original" de Pedro es más que dudoso, pero sí es verdad que varios Papas la usaron, y en todo caso es un símbolo muy expresivo. Con una gran ceremonia, en enero de 1666, la reliquia fue colocada en el lugar que ahora ocupa, dentro de la "custodia" de Bernini. Todos hemos visto y admirado alguna vez esa obra de arte: mármol blanco y negro, jaspe rojo, ángeles, bajorrelieves, y cuatro imágenes de bronce de Doctores de la Iglesia (¡de 5 metros de altura! cada una), todo coronado por el famoso vitral del Espíritu Santo.



La Misa del día nos invita a mirar el ministerio de Pedro, "la piedra de la fe apostólica", cuyo magisterio mantiene a la Iglesia "en la integridad de la fe", y nos congrega en la unidad y en la paz. Las lecturas son 1 Ped. 5, 1-4 (donde el "presbítero" Pedro da consejos pastorales mientras aguarda la corona que le había prometido el "Jefe de los pastores"), y Mt. 16, 13-19 ("Tú eres Pedro...").


En la Liturgia de las Horas se reza el himno "Iam bone pastor". Se trata de un fragmento del famoso himno "Aurea luce", compuesto entre los siglos VIII y IX, de autor desconocido (pero que en un tiempo fue atribuido a la esposa de Boecio): "Acoge benignamente, oh Pedro, buen pastor, los deseos de los que te suplican, y desata los lazos del pecado con esa potestad que recibiste, mediante la cual, en virtud de la palabra, abres o cierras a los fieles las puertas del cielo".

El Catecismo de la Iglesia Católica (números 880 y ss.) nos recuerda lo esencial acerca del ministerio de Pedro, citando frecuentemente textos del Vaticano II: "El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cfr. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cfr. Jn 21, 15-17) (...) Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa. El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, "es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles" (Lumen Gentium, 23). "El Romano Pontífice, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y de Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad" (Lumen Gentium 22, cfr, Christus Dominus 2; 9)"

Antes de rezar el Ángelus en este día, el Papa Juan Pablo II recordó que "la festividad litúrgica de la Cátedra de San Pedro subraya el singular ministerio que el Señor confió al jefe de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. En esto consiste el 'ministerium petrinum', ese servicio peculiar que el obispo de Roma está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano. Misión indispensable, que no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial". "Recemos -dijo- para que la Iglesia, en la variedad de culturas, lenguas y tradiciones, sea unánime en creer y profesar las verdades de fe y de moral transmitidas por los apóstoles".

Todos los años en esta fecha, el altar monumental que acoge la Cátedra de San Pedro permanece iluminado todo el día con docenas de velas y se celebran numerosas misas desde la mañana hasta el atardecer, concluyendo con la misa del Capítulo de San Pedro.

Aquí os dejo el enlace de la catequesis que Benedicto XVI hizo sobre San Pedro. Es muy cortita pero muy profunda -no como las mías, que hablo mucho y no digo nada-. Merece la pena leerla varias veces, porque podemos sacar mucho provecho de ella.




LECTIO DIVINA. Viernes de la segunda semana de Cuaresma.


LECTIO


Primera lectura:

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28

Israel amaba a José más que a los demás hijos, porque le había tenido siendo ya viejo, y mandó que le hicieran una túnica de mangas largas. Al ver sus hermanos que su padre lo amaba más que a sus otros hijos, empezaron a odiarlo y ni siquiera le saludaban.
Sus hermanos habían ido a apacentar las ovejas de su padre a Siquén. Israel dijo a José:
Tus hermanos están apacentando las ovejas en Siquén; ven, que quiero enviarte a donde están ellos.
José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron de lejos y, antes de que se acercara, se pusieron de acuerdo para matarlo. Decían:
Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo. Lo echaremos en cualquiera de estas cisternas y, luego, diremos que una fiera salvaje lo devoró; a ver en qué paran sus sueños.
Al oír esto Rubén, intentando salvarlo de sus manos, dijo:
¡No, matarlo no! Y añadió:
No derraméis su sangre; echadlo en esa cisterna que hay en el desierto, pero no pongáis las manos sobre él.
Lo dijo para librarlo de sus manos y devolverlo luego a su padre.
Cuando llegó José junto a sus hermanos, le quitaron su túnica, la túnica de mangas largas que llevaba, lo agarraron y lo echaron en la cistema. Era una cisterna vacía, en la que no había agua. Después se sentaron a comer.
Alzando la vista, divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad con camellos cargados de aromas, bálsamo y mirra, en ruta hacia Egipto. Entonces Judá propuso a sus hermanos:
— ¿Qué sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su muerte? Propongo que se lo vendamos a los ismaelitas sin hacerle daño alguno, pues es nuestro hermano y carne nuestra.
Sus hermanos asintieron y, cuando pasaban los mercaderes madianitas, sacaron a José de la cisterna, se lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata y éstos se lo llevaron a Egipto.

En la historia de José resuena el eco de las leyendas del antiguo Oriente Próximo entrelazadas con las diversas tradiciones literarias de la Biblia (yavista, elohísta, sacerdotal). El tema de la narración pone de relieve, una vez más, la misteriosa pedagogía divina: Dios escoge a los "pequeños" (v 3), lo cual suscita odio y celos (v 4), hasta provocar el alejamiento, casi la eliminación del predilecto (vv 20-28).

La historia se narra con un tinte sapiencial y resulta evidente su finalidad didáctica. De vez en cuando aparecen matices de las diversas tradiciones particulares que explican algunas divergencias; por ejemplo, la iniciativa de salvar a José atribuida bien a Rubén (v. 21), bien a Judá (vv. 26s). El horizonte está abierto al optimismo y a la universalidad (v. 28): dentro del juego mezquino de contiendas tribales, y en aparente repetición del pasar las caravanas (v 28), en realidad actúa la invisible providencia de Dios (cf. 45,7; 50,20), que conduce a su elegido por caminos aparentemente de muerte, para salvar a todos. José está atento a los signos de la voluntad de Dios: es, de hecho, un ba'al hajalomóth ("intérprete de sueños": cf. v 19), revestido con una túnica principesca (v 3) que le separa e, inevitablemente, le contrapone al resto de sus hermanos, creando entre ellos una profunda incomunicación (v. 4). Su persecución, su sangre -figura de la de Cristo-, es el precio que el padre debe pagar para estrechar en un único abrazo de salvación a todos sus hijos, ya no mancomunados por su corresponsabilidad en el mal (v 25), sino por el beso de paz que les ofrece el hermano inocente, capaz de perdonar (cf. 45,15).


Evangelio:


Mateo 21,33-43.45-46

Escuchad esta otra parábola: Había un hacendado que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores, y se ausentó. Al llegar la vendimia, envió sus criados a los labradores para recoger los frutos. Pero los labradores agarraron a los criados, hirieron a uno, mataron a otro y al otro lo apedrearon. De nuevo envió otros criados, en mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Finalmente les envió a su hijo pensando: "A mi hijo lo respetarán". Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia". Le echaron mano, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. ¿Qué os parece? Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?
Le respondieron:
Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.
Jesús les dijo:
¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular.; esto es obra del Señor y es realmente admirable?
Por eso os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponden. [El que caiga sobre esta piedra quedará deshecho, y sobre quien ella caiga será aplastado.]
Cuando los jefes de los sacerdotes y los fariseos oyeron estas parábolas, comprendieron que Jesús se refería a ellos. Querían echarle mano, pero tuvieron miedo de la gente, porque lo tenían por profeta.


El fragmento propuesto culmina en el v. 37 con ese adverbio temporal -"finalmente"- que viene a ser como una piedra angular (v. 42; cf. Sal 117,22s). Ese momento decisivo está en acto, mientras Jesús, en el recinto sagrado del templo, está hablando a los jefes de los judíos con una parábola que comprenden muy bien porque utiliza imágenes de la alegoría de la viña (cf. Is 5,1-7).

Algunos viñadores -los jefes de Israel- tienen el gran privilegio de cultivar la viña predilecta de su patrón, Dios. Pero en el momento de la vendimia, en vez de entregar los frutos de su trabajo, pretenden apoderarse de la viña y no dudan en maltratar a los siervos -los profetas- enviados por el propietario. "Finalmente" -en el momento en que Jesús está hablando- mandó a su propio Hijo, ofreciendo de este modo la última posibilidad de convertirse en colaboradores suyos en el campo de la salvación. En realidad sucede lo que narra la parábola de los viñadores malvados: "Comprendieron que Jesús se refería a ellos y querían echarle mano"(v. 45).

Jesús no pronuncia un juicio; deja que sean los mismos jefes quienes saquen las consecuencias inevitables por su obstinación: "Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?... Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores" (vv. 40s). Cuando escribe el evange lista la historia ha hecho patente la verdad manifestada alegóricamente por Isaías y profetizada por Jesús en la parábola: ciertamente, los jefes han matado al Hijo, echándole fuera del recinto de la viña -los muros de la ciudad santa-; Jerusalén ha caído en manos extranjeras (destrucción del 70 d. C.) y ahora otros viñadores (los paganos) cultivan la nueva viña (la Iglesia) y dan al Señor copiosos frutos: la adhesión de pueblos cada vez más numerosos a la fe.


MEDITATIO


Uno es el protagonista de los casos narrados por las presentes lecturas. Una sola es también la reacción de los personajes en cuestión. Se habla de Jesús. Se habla de nosotros. Él es quien está detrás de la historia de José, vendido por sus envidiosos hermanos. El es el heredero enviado a percibir el fruto de la viña. Nosotros somos los hermanos malvados. Nosotros somos los pérfidos viñadores. Pero no se actualizan estos relatos para condenarnos, sino que más bien nos invitan a levantar la mirada al corazón del Padre. De hecho, es de él de quien sobre todo se habla; de él, al que Jesús ha venido a revelar. Por amor, el Padre envía a Jesús, como José -figura que lo anuncia- a "buscar a sus hermanos" (cf. Gn 37,16). La predilección por ellos, que los hace "diferentes", es sólo una mayor participación en el amor paterno. Al final, triunfando, mostrará la inconsistencia del mal y vencerá perdonando sobre el odio y la rivalidad.

También sobre nosotros, hijos en el Hijo amado, se ha volcado un amor que nos hace "diversos", partícipes desde ahora de una naturaleza regia. Pero así como el "plus" de amor por José sufrió la prueba de ser arrojado al pozo, la prisión, la soledad, también cada uno de nosotros está llamado a reconocer que el camino de Dios pasa siempre, como para Jesús, por el sufrimiento y la cruz. Sólo a este precio podremos ser colaboradores de la salvación de nuestros hermanos y testimoniarles el gozo de ser llamados juntos a la libertad del amor.


ORATIO


Padre Santo, viñador celestial, queremos cantar tu inconcebible amor por la viña que tu mano plantó y que confiaste a viñadores infieles y hostiles; nos reconocemos también entre ellos, por ignorancia, por superficialidad.

También queremos cantar tu amor por tu Hijo predilecto, que has enviado en el momento oportuno, diciendo: "A mi hijo lo respetarán ". Era justo, bueno, manso. Lo vieron aquellos viñadores y le odiaron. ¡Qué gran vendimia en este tiempo de gracia! Y nosotros estábamos allá mirando y ninguno le defendió...

Padre, ¡qué infinito amor te llevó a entregar a tu Hijo, el Amado, como precio altísimo por el rescate de tu viña, la amada infiel! ¡Qué locura de amor te mueve hoy, Padre bueno, a entregar a tu Hijo en nuestras manos, sabiendo que son capaces de ejercer violencia!


CONTEMPLATIO

Para amar a los enemigos, que es en lo que consiste la perfección de la caridad fraterna, nada nos anima tanto como considerar con agradecimiento la admirable paciencia del "más bello entre los hijos de los hombres" (Sal 44,3).

Considera, oh humana soberbia, oh altanera impaciencia, lo que soportó, quién y cómo lo soportaba. ¿Quién hay que ante este admirable cuadro no se sosiegue al punto en su cólera? ¿Quién, al escuchar aquella maravillosa voz llena de dulzura, de caridad y de imperturbable serenidad: "Padre, perdónalos" (Lc 23,24), no abrazará inmediatamente a sus enemigos con todo afecto? ¿Podría añadir a esta petición algo más dulce,y caritativo? Pues lo añadió y, pareciéndole poco el rogar, quiso además excusarles: "Padre", dijo, "perdónalos, porque no saben lo que hacen".

Así pues, para aprender a amar, el hombre no debe degradarse con los placeres de la carne. Para que no sucumba ante la concupiscencia carnal, derrame todo su afecto en la suavidad de la carne del Señor. Descansando así, más suave y perfectamente en el deleite de la caridad fraterna, también abrazará a sus enemigos con los brazos del verdadero amor. Y para que este divino fuego no se apague por la condición de las injurias, contemple continuamente con los ojos del alma la tranquila paciencia de su amado Señor y Salvador.

(Elredo de Rieval, El espejo de la caridad, III, 5, passim)



ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

"Me ha revestido un traje de salvación" (Is 61,10).


PARA LA LECTURA ESPIRITUAL


La única realidad inquebrantable en la historia de José, que no se ha perdido, aunque se haya olvidado, incomprendida, no asumida conscientemente, es el amor de Jacob. El amor de Jacob que vive en los hijos y no puede ser pisoteado, muerto, olvidado, porque resucitará en los mismos hijos como amor fraterno. Existe un valor, al que podemos llamar "el valor", que está en el fondo de todos los deseos, de todos los esfuerzos, de toda la actividad humana, y es el amor del Padre, el amor con que crea a todo hombre. El hombre puede vivir desvinculado de este amor, incluso negando este amor, pero nunca podrá destruirlo, porque es un valor que resucita siempre; es la realidad que actúa en la pascua. A veces hablamos acaloradamente sobre los valores, pero la historia de José nos dice que cada valor es valor si crece a partir de este único valor fundante que es el amor del Padre vivido en los hijos, resucitado en los hermanos. Un valor es valor si ayuda a las personar a adherirse libremente al organismo de la fraternidad de todos los hombres.

Lo que no ayuda a la libre adhesión, a la fraternidad, a la comunicación cada vez más universal, a descubrir la unidad del amor que crea a todos y que se ejercita al reconocerse uno al otro, no es valor; es ilusión, engaño, una especie de idolatría cultural. Al final de la historia de José, en una carestía, en una tragediá fratricida a la que lleva una falsa cultura, emerge una cultura del amor o, mejor, una cultura entendida como un tejido en el que la actividad humana, su creatividad, respira y recibe vida del único valor indestructible, que es el amor del Padre y mueve el universo hacia una filiación y fraternidad consciente.

(M. I. Rupnik, "Cerco i miei frateIli". Lectio divina su Giuseppe d'Egitto, Roma 1998, 106s, passim)

jueves, 21 de febrero de 2008

LECTIO DIVINA. Jueves de la segunda semana de Cuaresma.



LECTIO

Primera lectura:

Jeremías 17,5-10

Así dice el Señor:

¡Maldito quien confía en el hombre

y se apoya en los mortales,

apartando su corazón del Señor!

Será como un cardo en la estepa,

que no ve venir la lluvia,

pues habita en un desierto abrasado,

en tierra salobre y despoblada.


Bendito el hombre

que confía en el Señor,

y pone en el Señor su confianza.

Será como un árbol

plantado junto al agua,

que alarga hacia la corriente su raíces;

nada teme cuando llega el calor;

su follaje se conserva verde;

en año de sequía no se inquieta

ni deja de dar fruto.


Nada más traidor y perverso

que el corazón del hombre:

¿Quién llegará a conocerlo?


Yo, el Señor, sondeo el corazón,

examino la conciencia,

para dar a cada cual según su conducta,

según lo que merecen sus acciones.



El profeta Jeremías nos ofrece dos sentencias sapienciales: en la primera (vv 5-8), contraponiendo los extremos, con un típico estilo semítico, nos indica claramente dónde se encuentra la maldición del hombre cuyo final es la muerte y dónde la bendición portadora de vida.

Al impío no se le caracteriza directamente como el que obra mal, sino como el hombre que confía sólo en lo humano ("carne") y se aleja interiormente del Señor: de esta actitud del corazón sólo pueden venir acciones malvadas. Aquello en lo que el hombre confía se asemeja al terreno del que succiona sus nutrientes un árbol. Por eso, al impío se le compara con un cardo arraigado en tierra salobre e inhóspita (v 6): no dará fruto, ni durará mucho.

También al hombre piadoso se le describe partiendo del interior: confía en el Señor y se asemeja a un árbol plantado al borde de la acequia (cf. Sal 1) que no teme el estío ni las circunstancias adversas: prosperará y dará fruto (vv. 7s).

La segunda sentencia (vv. 9s) insiste más explícitamente en la importancia del "corazón", centro de las decisiones y de los afectos del hombre. Sólo Dios puede conocerlo de verdad y sanarlo, sopesarlo y valorar con equidad la conducta y el fruto de las obras de cada uno.

Evangelio:

Lucas 16,19-31

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. Y había también un pobre, llamado Lázaro, tendido en el portal y cubierto de úlceras, que deseaba saciar su hambre con lo que tiraban de la mesa del rico. Hasta los perros venían a lamersus úlceras. Un día, el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. También murió el rico y fue sepultado. Y en el abismo, cuando se hallaba entre torturas, levantó los ojos el rico y vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno. Y gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la yema de su dedo y refresqué mi lengua, porque no soporto estas llamas". Abrahán respondió: "Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida, y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado mientras tú estás atormentado. "Pero, además, entre vosotros y nosotros se abre un gran abismo, de suerte que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni tampoco puedan venir de ahí a nosotros". Replicó el rico: "Entonces te ruego, padre, que lo envíes a mi casa paterna, para que diga a mis cinco hermanos la verdad y no vengan también ellos a este lugar de tormento". Pero Abrahán le respondió: "Ya tienen a Moisés y a los profetas, ¡que los escuchen!". El insistió: "No, padre Abrahán; si se les presenta un muerto, se convertirán". Entonces Abrahán le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco harán caso aunque resucite un muerto".

Lucas recoge en el capítulo 16 de su evangelio la catequesis de Jesús sobre el uso de las riquezas. La conocida parábola que nos propone hoy la liturgia nos enseña en particular a considerar la presente condición a la luz de la eterna, que dará un vuelco total. Se sacan a continuación las consecuencias prácticas (v 25). El hombre rico que nos presenta Jesús no tiene nombre. Pero como en el centro de sus intereses está el opíparo banquete cotidiano, tradicionalmente se le da el apelativo de Epulón ("banqueteador", "comilón"). Jesús, por el contrario, saca del anonimato al pobre. Su mismo nombre es significativo, ya que significa "Dios ayuda". El hambre y la enfermedad le hacen yacer a la puerta del rico, en espera (v. 21) de lo que cae descuidadamente de la mesa puesta. Hasta los perros le muestran piedad, pero pasa desapercibido para el rico.

Pero la vida humana acaba. Y Jesús levanta el telón del tiempo para mostrarnos otro banquete, el eterno predicho por los profetas. Los ángeles llevan a este banquete a Lázaro hasta el puesto de honor: recostado cerca del patrón de la casa, con la cabeza vuelta hacia su pecho (v. 22), goza de los bienes de la salvación.

La suerte del rico es precisamente la contraria, y solamente ahora, entre los tormentos infernales, "ve" a Lázaro y osa pedir por su mediación un mínimo alivio al ardor que devora su paladar (v. 24). Sin embargo, las opciones de la vida presente hacen definitiva e inmutable la condición eterna (v 26). Ni siquiera un milagro como la resurrección de un muerto —dice Jesús aludiéndose a sí mismo— podría ablandar la dureza de corazón que hace oídos sordos a lo que el Señor dice incesantemente por medio de las Escrituras (vv 27-31). Ni una palabra contra Dios, ni contra los hombres. Ni rebelión, ni envidia, ni crítica. La muerte libertadora, quizás largamente esperada, llega como amiga. Y la escena cambia. Él, el despreciado, es acogido por los ángeles y santos en el seno de Abrahán. En aquella luz, él sigue envuelto de silencio. Una belleza sobrenatural emana de su rostro. Su rostro deja transparentar otro Rostro. Jesús es el pobre Lázaro: él no consideró un tesoro celoso ser igual a Dios, sino que se despojó de su rango; se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza. Su amor humilde le ha permitido subir y atravesar ese insondable abismo que separa la tierra del cielo. Y ahora, cada día, se sienta a la puerta de nuestro corazón y llama...


MEDITATIO


La Palabra de hoy presenta a nuestros ojos un cuadro de imágenes sencillísimas, de vivos colores, sin matices. El mismo estilo es ya una enseñanza: nos lleva a buscar sinceramente lo esencial. Emerge un tema fundamental: el hombre decide en el tiempo su destino eterno —vida o muerte—, sin que exista otra posibilidad. Quien confía en sí mismo y en una felicidad egoísta, obra de sus manos, penetra en las tinieblas y está ciego hasta el punto de no ver a un mendigo sentado a la puerta de su casa. Quien confía en Dios, reconociéndose criatura dependiente de él y amado por él, lleva en el corazón un germen de eternidad que florecerá en felicidad y paz eterna. ¿Cómo aprender a no confiar en nosotros mismos? Ni Jeremías ni Jesús lo explican con teorías. Utilizan imágenes: un árbol, un mendigo.

Fijemos la mirada en Lázaro. El silencio parece ser el rasgo principal de su rostro. Probado duramente a lo largo de la vida, olvidado por los que esperaba ayuda, él calla.


ORATIO


Señor Jesús, tú nos conoces hasta el fondo y sabes dónde ponemos nuestra confianza: líbranos de los proyectos mezquinos que nos proporcionan falsas seguridades y ábrenos a horizontes de vida eterna.

Tú ves nuestro corazón y sabes con qué cosas se sacia y de qué tiene hambre. Quítanos todo lo que nos estorba, lo que nos encierra en el palacio de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestra vanidad de tener o de saber. Quítanos toda aquello que nos hace indiferentes, insensibles a tantos hermanos sentados fuera y privados de lo que realmente necesitan: privados de casa, de pan, de instrucción, de salud, de cuidados; privados de amor, de esperanza. Haznos capaces de compartir todo lo que recibimos de tus manos, pan espiritual y pan material, para encontrarnos allí donde tú has querido venir a vivir en medio de nosotros; tú, el verdadero pobre, porque siendo rico te has hecho pobre para enriquecernos por medio de tu santa y gozosa pobreza.


CONTEMPLATIO

Extiende tus manos, padre Abrahán. Una vez más, oh Padre, extiende tus manos para acoger al pobre. Ensancha tu seno para que quepa un número cada vez mayor. Estaremos con los que descansan en el Reino de Dios junto con Abrahán, Isaac y Jacob, que invitados a la cena no buscaron excusas.

Iremos allí donde se encuentra el paraíso de las delicias, donde Adán, que tropezó con los ladrones, no tiene ya motivo para llorar por sus heridas. Allí donde el mismo ladrón se alegra por haber entrado a formar parte del Reino de los Cielos. Allí donde no existen ni huracanes, ni tinieblas, ni tarde, donde ni el verano ni el invierno cambiarán el curso de las estaciones. Allí donde no hace frío, ni cae granizo o lluvia, ni necesitaremos este sol o esta luna, ni brillarán las estrellas, porque sólo lucirá el fulgor de la gracia de Dios, puesto que el Señor será la luz de todos, y la luz verdadera que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Iremos allí donde el Señor Jesús ha preparado moradas para sus siervos (san Ambrosio, El bien de la muerte, XII, 53).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

"Dichosos los invitados a la mesa del Señor" (de la liturgia).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL


Quien sabe olvidarse y perderse en la ofrenda de sí mismo, quien puede sacrificar "gratuitamente" su corazón, es un hombre perfecto. En el lenguaje bíblico, poderse dar, poder entregarse, poder llegar a ser "pobre", significa estar cerca de Dios, encontrarla propia vida escondida en Dios; en una palabra, esto es el cielo. Girar sólo alrededor de uno mismo, atrincherarse y hacerse fuerte significa, por el contrario, condenación, infierno. El hombre puede encontrarse a sí mismo y llegar a ser verdaderamente hombre solamente atravesando el dintel de la pobreza de un corazón sacrificado. Este sacrificio no es un vago misticismo que hace perder consistencia al mundo y al hombre, sino, al contrario, es una toma de consideración del hombre y del mundo. Dios mismo se ha acercado a nosotros como hermano, como prójimo; en resumen, como otro hombre cualquiera [...].

El amor al prójimo no es algo distinto del amor a Dios, sino, por así decir, su dimensión que nos toca, su aspecto terreno: ambas realidades son esencialmente una sola. Así queda garantizado nuestro espíritu de pobreza, nuestra disposición a la donación y al sacrificio desinteresado, por el que actualizamos nuestro ser humanos, siempre y necesariamente en relación con el hermano, con el prójimo. Dichoso el hombre que se ha puesto al servicio del hermano, que hace suyas las necesidades de los demás. Y desdichado el hombre que con su rechazo egoísta del hermano se ha cavado un abismo tenebroso que lo separa de la luz, del amor y de la comunión; el hombre que solamente ha deseado ser "rico" y "fuerte", de suerte que los demás sólo constituyan para él una tentación, el enemigo, condición y componente de su infierno. En el sacrificio que se olvida totalmente de sí, en la donación total al otro es donde se abre y se revela la profundidad del misterio infinito; en el otro, el hombre llega contemporáneamente y realmente a Dios.
(J. B. Metz, Povertá nello spirito. Meditazioni teologiche, Brescia 1968, 42-45, passim)

miércoles, 20 de febrero de 2008

LECTIO DIVINA. Miércoles de la segunda semana de Cuaresma.


LECTIO


Primera lectura:


Jeremías 18,18-20


Los enemigos del profeta dijeron:


"Vamos a urdir un plan contra Jeremías, porque no nos faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio ni la palabra del profeta. Hablemos mal de él; no prestemos atención a ninguna de sus palabras".


¡Hazme caso tú, Señor,

escucha lo que dicen mis adversarios!

¿Acaso se devuelve mal por bien?

Pues ellos han cavado una fosa para mí.

Recuerda cómo estuve ante ti,

intercediendo en su favor,

para alejar de ellos tu ira.


El versículo introductorio (v. 18) enmarca históricamente el presente fragmento: de nuevo Jeremías es amenazado de muerte (cf. Jr 11,18s). El complot es ahora más grave que el precedente, porque lo han urdido los mismos guías espirituales del pueblo que pretenden acallar al profeta que les resulta incómodo. Esta situación aclara la dura invocación de venganza -según la ley veterotestamentaria del talión- que brota de los labios del profeta, aunque la liturgia de hoy omite estos versículos. La perícopa presente pretende llevar la atención del lector en otra dirección con vistas a preparar el relato evangélico.


El profeta es del Siervo doliente (cf. Is 53,8-10) y padece persecución por la fidelidad a su vocación, por el amor a su pueblo, a favor del cual él -nuevo Moisés- se ha atrevido a interceder a pesar de la prohibición del Señor (cf. 11,14; 14,11; 15,1). Su confesión es un abandonarse confiadamente en Dios, del único que espera la salvación. Lo que Jeremías ha hecho "en favor" del pueblo elegido y lo que formula en su oración se realizará plenamente en el verdadero Siervo doliente, en Jesús. Los jefes lo ejecutarán efectivamente. Y en ese momento Jesús no sólo no pedirá venganza, sino que impetrará el perdón, ofreciendo libremente la vida "en favor" de los que le crucificaron.

Evangelio:


Mateo 20,17-28


Cuando Jesús subía a Jerusalén, tomó consigo a los doce discípulos aparte y les dijo por el camino:


— Mirad, estamos subiendo a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre va a ser entregado a los jefes de los sacerdotes y maestros de la Ley, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, pero al tercer día resucitará.


Entonces, la madre de los Zebedeos se acercó a Jesús con sus hijos y se arrodilló para pedirle un favor.


Él le preguntó:


¿Qué quieres?


Ella contestó:


Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando tú reines.


Jesús respondió:


No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa de amargura que yo he de beber?


Ellos dijeron:


Sí, podemos.


Jesús les respondió:


Beberéis mi copa, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes lo ha reservado mi Padre.


Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo:
Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que los magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo, de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos.


Jesús, de peregrinación a Jerusalén, sube a la ciudad santa perfectamente consciente del final de su camino humano y por tercer vez predice a sus discípulos la pasión. Y lo hace del modo más explícito y desconcertante para la mentalidad de los contemporáneos: no sólo se identifica con el Hijo del hombre, figura celeste y gloriosa esperada para inaugurar el Reino escatológico de Dios, sino que, con audacia y autoridad, funde este personaje con otra figura bíblica de signo aparentemente opuesto, la del Siervo doliente (vv. 18-19.28).


Los discípulos no estaban preparados para comprenderlo. Prefieren abrigar -para el Maestro y para sí mismos- perspectivas de éxito y poder (vv. 20-23). Y Jesús les explica el sentido de su misión y del seguimiento: ha venido a "beber la copa" (v 22), término que en el lenguaje profético indica el castigo divino reservado a los pecadores. Quien desee los puestos más importantes en el Reino debe, como él, estar dispuesto a expiar el pecado del mundo. Este es el único "privilegio" que él puede conceder. No le incumbe establecer quién debe sentarse a su derecha o a su izquierda (v 23). El es el Hijo de Dios, pero no ha venido a dominar, sino a servir, como Siervo de YHWH, ofreciendo la vida como rescate (lytron), para que todos los hombres esclavos del pecado y sometidos a la muerte sean liberados.



MEDITATIO


En la Palabra de Dios que hemos escuchado aparecen dos mentalidades opuestas y que suscitan una pregunta fundamental: ¿qué sentido tiene la vida? ¿Vale la pena vivirla?
El mundo nos sugiere: adquiere fama, busca alcanzar el poder, usa tu capacidad para demostrar que eres... Por el contrario, el profeta, hombre de Dios, y Jesús, el Hijo predilecto del Padre, nos brindan el ejemplo de una existencia gastada en el servicio, por amor.
Este servicio logra su plenitud cuando se convierte en ofrenda total de la vida: el otro se convierte de este .modo en algo más importante que nosotros mismos, tiene la primacía. En el fondo, se requiere una actitud de humildad, virtud que autentifica cualquier gesto de amor y lo libera de equívocos o de buscar segundas intenciones.
Éste es el camino emprendido por el profeta. Pero sólo recorriéndolo es como ha aprendido a conocer lo que realmente significa. De ahí su grito de lamentación al Señor: "¿Por qué, después de haber hecho el bien, me pagan con males?"
La tentación de desconfianza se clava en lo íntimo del corazón. Sólo Jesús puede dar fuerza para hacer el bien incondicionalmente: "El Hijo del hombre va a ser entregado... para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, pero al tercer día resucitará" (Mt 20,18s). El bien no cae en el vacío, sino que dará fruto a su debido tiempo, un tiempo que es vida eterna, gozo sin fin para todos.



ORATIO


Gracias, Señor Jesús, por la dulce firmeza con que nos llevas de la mano por el camino de la cruz. Gracias por la paciente benevolencia en repetirnos hasta la saciedad que la verdadera realeza se obtiene sirviendo, dando la vida por amigos y enemigos. Gracias, Señor Jesús: tú, el más bello de los hijos de los hombres, has permitido ser desfigurado hasta no tener apariencia ni belleza que atrajese nuestras miradas desagradecidas.


Gracias, Señor Jesús, por la humilde fortaleza de tu silencio cuando todos provocamos tu condena a muerte con nuestras indiferencias, rebeliones y pecados. Gracias por tu perdón espléndido, que brotó precisamente en el leño de tu atroz suplicio. Gracias, Señor Jesús, porque siempre estás con nosotros con tu preciosa sangre.



CONTEMPLATIO


Hijo, habla así en cualquier cosa: Señor, si te agradare, hágase esto así. Señor, si es honra tuya, hágase esto en tu nombre.
Señor, si vieres que me conviene y hallares serme provechoso, concédemelo, para que use de ello a honra tuya. Mas si conocieres que me sería dañoso y nada provechoso a la salvación de mi alma, desvía de mí tal deseo. Porque no todo deseo procede del Espíritu Santo, aunque parezca justo y bueno al hombre.
Dificultoso es juzgar si te incita buen espíritu o malo a desear esto o aquello, o si te mueve tu propio espíritu.
Muchos que al principio parecían ser movidos por buen espíritu se hallan engañados al fin
Por eso, sin verdadero temor de Dios y humildad de corazón, no debes desear pedir cosa que al pensamiento se te ofreciere digna de desear, y especialmente con entera renunciación lo remites todo a mí y me puedes decir: ¡Oh Señor! ¡Tú sabes lo mejor, haz que se haga esto o aquello como te agradare!
Dame lo que quisieres, y cuanto quisieres y cuando quisieres. Haz conmigo como sabes, y como más te pluguiere, y fuere mayor honra tuya (Imitación de Cristo, III, 15,1-2).



ACTIO


Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:


"En tus manos encomiendo mi espíritu" (Sal 30,6).



PARA LA LECTURA ESPIRITUAL


La ley de Cristo sólo puede vivirse por corazones mansos y humildes. Cualquiera que sean sus dones personales y su puesto en la sociedad, sus funciones o sus bienes, su clase o su raza, los cristianos permanecen como personas humildes: pequeños.
Pequeños ante Dios, porque son creados por él y de él dependen. Cualquiera que sea el camino de la vida o de sus bienes, Dios está en el origen y fin de toda cosa. Mansos como niños y débiles y amantes, cercanos al Padre fuerte y amante. Pequeños porque están ante Dios, porque saben pocas cosas, porque son limitados en conocimiento y amor, porque son capaces de muy poco. No discuten la voluntad de Dios en los acontecimientos que suceden ni lo que Cristo ha mandado hacer: en tales acontecimientos, sólo cumplen la voluntad de Dios.
Pequeños ante los hombres. Pequeños, no importantes, no superhombres: sin privilegios, sin derechos, sin posesiones, sin superioridad. Mansos, porque son tiernamente respetuosos con lo creado por Dios y está maltratado o lesionado por la violencia. Mansos, porque ellos mismos son víctimas del mal y están contaminados por el mal. Todos tienen la vocación de perdonados, no de inocentes. El cristiano es lanzado a la lucha. No tiene privilegios. No tiene derechos. Tiene el deber de luchar contra la desdicha, consecuencia del mal. Por esta razón, sólo dispone de un arma: su fe. Fe que debe proclamar, fe que transforma el mal en bien, si sabe acoger el sufrimiento como energía de salvación para el mundo; si morir para él es dar la vida; si hace suyo el dolor de los demás.
En el tiempo, por su palabra y sus acciones, a través de su sufrimiento y su muerte, trabaja como Cristo, con Cristo, por Cristo.

(M. Delbrél, La alegría de creer, Santander 1997)

martes, 19 de febrero de 2008

LECTIO DIVINA. Martes de la segunda semana de Cuaresma.



LECTIO


Primera lectura:


Isaías 1,10.16-20


Escuchad la Palabra del Señor,

jefes de Sodoma,

atiende a la enseñanza de nuestro Dios,

pueblo de Gomorra:


'Lavaos, purificaos,

apartad de mi vista vuestras malas acciones.

Dejad de hacer el mal,

aprended a hacer el bien.


Buscad el derecho,

proteged al oprimido,

socorred al huérfano,

defended a la viuda.


Luego venid, discutamos -dice el Señor-.


Aunque vuestros pecados sean como escarlata,

blanquearán como la nieve;

aunque sean rojos como púrpura,

quedarán como la lana.


Si obedecéis y hacéis el bien,

comeréis los frutos de la tierra;

Si os resistís y sois rebeldes,

os devorará la espada.

Lo ha dicho el Señor.




Como una especie de introducción a todo el libro de Isaías, el capítulo 1 anticipa la temática fundamental que aparecerá y se desarrollará después: al amor fiel de Dios el pueblo responde con infidelidad (v. 2-9), atrayendo el castigo divino. Pero no hay culpa, por muy grave que sea, que no la venza la misericordia de Dios: se salvará un pequeño resto, raíz de vida nueva.



La perícopa que nos presenta la liturgia de hoy es una enseñanza profética contra el ritualismo, enmarcada en el esquema literario de una disputa jurídica típica de la tradición deuteronomista (v. 10.19s). La referencia a Sodoma y Gomorra hace de gancho con el oráculo precedente (v. 4-9): por la infidelidad de sus jefes, el "pueblo de Judá y Jerusalén" -términos que no hay que tomar en sentido geográfico, sino como referencia a todo el pueblo elegido- está en situación de atraer sobre sí un castigo similar al de las dos ciudades tristemente famosas (cf. Gn 19; Dt 29,22; 32,32).



Cuando no se hay una adhesión a la Ley divina, la oración es ineficaz y el culto inútil, incluso hasta perverso (v. 11-15); viene a ser como ofrenda de incienso a los ídolos (cf. Dt 7,25s). Israel, aunque infiel, será siempre el destinatario de la Palabra de vida, y los dones de Dios son irrevocables: los dos imperativos que aparecen en sólo dos versículos (v. 16s) indican la urgencia de un cambio para acoger el perdón que ofrece el Señor. Todavía puede el pueblo optar por la bendición (v. 19) o por la maldición (v. 20).



Evangelio:




Mateo 23,1-12



Entonces Jesús, dirigiéndose a la gente y a sus discípulos, les dijo:



— En la Cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la Ley y los fariseos. Obedecedles y haced lo que os digan; pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas e insoportables, y las ponen a las espaldas de los hombres; pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas. Todo lo hacen para que los vea la gente: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto; les gusta el primer puesto en los convites y los primeros asientos en las sinagogas; que los saluden por la calle y los llamen maestros.



Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "maestro", porque uno es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Ni llaméis a nadie "padre" vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre: el del cielo. Ni os dejéis llamar "preceptores", porque uno sólo es vuestro preceptor: el Mesías. El mayor de vosotros será el que sirva a los demás. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.



El fragmento aparece después de los debates de Jesús en el Templo y constituye el primer cuadro del tríptico que el evangelista Mateo dedica a denunciar a escribas y fariseos (c. 23). Jesús se dirige "a la gente y a sus discípulos" con una doble enseñanza (vv. 1-12). Por una parte desenmascara la incoherencia (vv. 2-4), la ostentación y la vanagloria (vv. 5-7) de escribas y fariseos, contra los que lanzará sus siete "ayes" (vv. 13-36). Por otra, pone en guardia a los discípulos contra el detestable vicio de la ambición (vv. 8-10), verdadero cáncer de la comunidad -evidentemente- también en tiempos de la redacción del Evangelio. Cualquier actitud de puras formas externas o de búsqueda de prestigio personal desvirtúa la misma religiosidad y la convierte en idolátrica.



Entonces, ¿qué hay que hacer? ¿No escuchar la Palabra de la que los jefes son intérpretes incoherentes? Jesús invita al discernimiento, a hacer lo que dicen y no lo que hacen. El evangelista Mateo, implícitamente, nos invita a mirar a Jesús, el verdadero Maestro, fiel intérprete del Padre.




MEDITATIO



Dejemos que nos hieran las palabras que hoy la madre Iglesia hace resonar en nuestros oídos. No demos nada por descontado, pensando en nuestro interior: "Estas palabras le van bien a fulano o a mengano... ". Dios nos lo dice a nosotros.



Y es una gracia inestimable que todavía nos las diga: en su paciencia quiere brindarnos una posibilidad de evitar un merecido castigo, aunque sólo fuese por nuestra ingratitud y superficialidad o quizás por la malicia de nuestra falta de generosidad. Cuando dormimos seguros sobre los laureles de los preceptos que observamos (así nos parece), recibimos gloria unos de otros, en vez de dar gloria al Señor.



¿Y Él? Él vuelve la mirada a otra parte: a sus ojos somos como los fariseos que ostentan sus filacterias y alargan las franjas del manto. Además, Isaías nos dice que todavía no hemos aprendido lo que es amor: respuesta agradecida, generosa y total a un Dios fiel que ha salido a nuestro encuentro y se ha unido a nosotros con vínculos nupciales. Sacrificios y ofrendas no valen nada si nuestros oídos y el corazón, seducidos por el pecado, se endurecen en las relaciones. ¿Quién circuncidará nuestro corazón y lavará nuestras manos? Será precisamente la Palabra de Dios, escuchada con oído atento, interiorizada en el corazón, guardada con amor, practicada con sencillez.




ORATIO



¡Cuántas veces, Señor, hemos hecho ostentación de obras y méritos para "dejarnos ver"..., y no precisamente por tus ojos, que ven el corazón, sino para ser admirados por los hombres; cuántas veces hemos buscado la estima y la gloria! Ten piedad de nosotros, Señor, por todas las veces que la Palabra de vida de la que nos mostramos maestros deja insensible nuestra conducta.



Tú, único Maestro del hombre, nos das el ejemplo más preclaro, haciéndote siervo. Tú, Hijo unigénito de Dios, nos invitas a buscar la mirada del Padre celestial, quien por tu extrema humillación te ha exaltado a su derecha. Lávanos en la sangre de tu sacrificio, purifícanos de toda malicia y vanidad; haznos discípulos dóciles, abiertos a la escucha, prontos en el buen obrar, humildes y transparentes en la vida de cada día.




CONTEMPLATIO



Abre tu corazón a todos los que son discípulos de Dios, sin mirar con sospechas su aspecto, sin mirar con desconfianza su edad. Y si alguno te parece pobre o andrajoso o feo o perdido, que no se turbe tu espíritu ni retrocedas.



El aspecto visible engaña a la muerte y al diablo porque la riqueza interior es invisible para ellos. Y mientras insisten en lo material y lo desprecian porque saben que es débil, están ciegos para las riquezas interiores e ignoran "el tesoro" que llevan "en vasijas de barro"; que defiende el poder de Dios Padre, la sangre de Dios hijo y el rocío del Espíritu Santo. Pero no te dejes engañar tú, que has gustado la verdad y has sido considerado digno del gran rescate; y al contrario de lo que hacen otros hombres, opta por un ejército desarmado, pacífico, incruento, sereno, incontaminado: ancianos honrados, huérfanos piadosos, viudas rebosantes de mansedumbre, hombres adornados por la caridad (Clemente de Alejandría, C'é salvezza per el ricco? XXXIIls, passim).




ACTIO



Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:



"Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29)




PARA LA LECTURA ESPIRITUAL



Ser plenamente sinceros significa hacer todo preocupándose únicamente de lo que Dios piensa de nuestras acciones. Significa, por consiguiente, no adoptar actitudes diversas según el ambiente, no pensar de un modo cuando estamos solos y de otro cuando se está con alguien, sino hablar y actuar bajo la mirada de Dios, que lee los corazones. La sinceridad consiste en esforzarse para que nuestro porte externo coincida cada vez más con nuestro interior. Y, naturalmente, sin provocación, sino sencillamente siendo lo que somos, sin Falsear la verdad por temor a desagradar a los demás. Esta sinceridad exige pureza de intención, es decir, preocuparnos en nuestro actuar del juicio de Dios, no de los juicios humanos; actuar preocupándonos más de lo que agrada o desagrada a Dios que de lo que agrada o desagrada a los hombres. Este es uno de los puntos esenciales de la vida espiritual.



Habitualmente -no nos hagamos ilusiones- nos domina la preocupación de agradar o desagradar a los hombres, interesándonos de mejorar la imagen que los otros pueden tener de nosotros. Y, sin embargo, nos preocupamos poco de lo que somos a los ojos de Dios; y por esta razón nos saltamos con frecuencia lo que sólo Dios ve: la oración oculta, las obras de caridad secretas. Y ponemos mayor empeño en lo que, aunque lo hagamos por Dios, lo ven tamién los hombres y va implicada nuestra reputación. Llegar a una total sinceridad -esto es, a obrar bien lo mismo si no nos ven que si nos ven- significa llegar a una perfección altísima.


(J. Daniélou, Saggio sul mistero Bella storia, Brescia 1963, 334s, passim)