miércoles, 16 de enero de 2008

"Padre, que sean uno para que el mundo crea..." (Jn 17, 21)


Desde el día 18 al día 25 de enero, la Iglesia, junto con nuestros hermanos separados, celebramos la semana de oración para la Unidad de los Cristianos. Durante esa semana los cristianos de todas las confesiones rezamos para alcanzar la unidad visible de la Iglesia -visible, porque la Iglesia siempre es "una", como rezamos en el credo-. Cuando llegue el octavario -la semana de oración, a partir del día 18- ya iré colgando aquí la oración que para cada día propone el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, para que nos unamos a la voz de toda la Iglesia que, junto a Cristo en la Última Cena, ora al Padre: "que sean uno", "que seamos uno". Como dice el apóstol en Efesios 4, 5-6: "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos."


Mientras tanto, y para abrir boca, dejo aquí el texto bíblico que se propone para la semana de oración y el comentario que hace sobre él el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos. (Dejo aquí también el enlace por si os queréis descargar el documento del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos y el documento con el Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal para las Relaciones Interconfesionales con motivo de la Semana de oración por la Unidad de los Cristianos).




"Os pedimos, hermanos... que la paz reine entre vosotros. Os recomendamos también, hermanos, que corrijáis a los indisciplinados, animéis a los tímidos y sostengáis a los débiles, teniendo paciencia con todos. Mirad que nadie devuelva mal por mal; al contrario, buscad siempre haceros el bien los unos a los otros y a todos. Estad siempre alegres. No ceséis de orar. Manteneos en constante acción de gracias, porque esto es lo que Dios quiere de vosotros como cristianos." (1 Ts 5, 12a 13b-18) (BTI, Biblia Traducción Interconfesional)



El texto bíblico y el tema elegido para 2008 (Comentario sacado del Documento "No ceséis de orar", del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, con motivo de la Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos de 2008)


El pasaje bíblico elegido para la celebración del centenario de la Semana de oración para la unidad de los cristianos se extrae de la Primera carta a los Tesalonicenses. El texto «no ceséis de orar» (1 Ts 5, 17) destaca el papel esencial de la oración en la vida de la comunidad de los creyentes, ya que da a sus miembros el profundizar en su relación con Cristo y con los otros. Este paso forma parte de una serie de «imperativos», de las declaraciones por las cuales Pablo anima a la comunidad a vivir de la unidad que Dios nos da en Cristo, a ser en la práctica lo que está en el principio: el único cuerpo de Cristo, visiblemente unido en este lugar. La Carta a los Tesalonicenses, que data del año 50 ó 51 después de Jesucristo y es considerada por la mayoría de los exegetas como la más antigua carta de Pablo, nos revela el vínculo muy fuerte que une a este último con la comunidad cristiana de Tesalónica. Mientras acaba exactamente de sufrir persecuciones en la ciudad de Filipos –Pablo y sus compañeros Silas y Timoteo fueron conducidos allí por la muchedumbre y puestos en prisión por orden de los magistrados de la ciudad (Hch 17, 1-9)–, establece la Iglesia en Tesalónica en algunas semanas con un trabajo intenso antes de que nuevos ataques lo conduzcan de Berea a Atenas (17, 10-15). Pablo alimentaba grandes esperanzas para la Iglesia de Tesalónica: la fe, la esperanza y la caridad que no dejaba de crecer en esta ciudad, la manera en que había acogido la Palabra a pesar de los sufrimientos, y la alegría que expresaba en el Espíritu Santo, todo contribuía a suscitar su admiración y sus alabanzas (1 Ts 1, 2-10).

No obstante estaba preocupado. Su salida precipitada no le había dejado tiempo para consolidar la obra que había emprendido y rumores inquietantes le habían llegado. Algunos retos procedían del exterior, en particular, de la persecución de la comunidad y de sus miembros (1 Ts 2, 14). Otros eran de naturaleza interna: algunos miembros de la comunidad seguían teniendo comportamientos más caracterizados por la cultura ambiente que por su nueva vida en Cristo (4, 1-8); otros criticaban a los responsables que ejercían la autoridad y por consiguiente al mismo Pablo (cf. 2,3-7,10); otros aún desesperaban por la suerte reservada a los que morirían antes de la vuelta del Cristo. ¿Se les negaría entrar en el Reino de Dios? ¿Para ellos, y quizá para otros, la promesa de la salvación sería inútil y vacía de sentido? (cf. 4, 13).


Temiendo haber trabajado en vano y «sin esperar más» (3,1), Pablo, en la incapacidad de darse la vuelta él mismo hacia Tesalónica, decide enviar a Timoteo e informarle del testimonio de la fe y amor profundos manifestados por esta comunidad así como de su fidelidad a Pablo. En 1 Tesalonicenses leemos la respuesta de Pablo a esta buena noticia, y también a los retos que debe afrontar la Iglesia naciente. En primer lugar, escribe para agradecer a la comunidad su fortaleza ante la prueba de la persecución. Pero a pesar de su alegría y su alivio cuando Timoteo le informa, comprende que la semilla de la desunión ya está en la Iglesia; por esta razón responde a las diversas cuestiones planteadas por la comunidad sobre el comportamiento personal (4, 9-12), sobre los dirigentes (5, 12-13a) y sobre la esperanza en la vida eterna en Cristo (4, 14-5, 11).


Uno de los objetivos principales de Pablo era edificar esta comunidad en la unidad. Incluso ni la muerte puede cortar los vínculos que crean su unidad, como único cuerpo de Cristo. Jesús murió y resucitó por todos nosotros; por eso cuando venga el Señor, los que se durmieron aún estarán vivos, todos «viviremos entonces unidos él» (5, 10). Eso conduce a Pablo a pronunciar los imperativos que figuran en 1 Tesalonicenses 5, 13-18 y forman una lista de exhortaciones, de la que una se eligió como base de la Semana de oración de este año. Este pasaje comienza por la exhortación que Pablo dirige a los miembros de la comunidad: «que la paz reine entre vosotros» (5, 13b), una paz que no significa simplemente la ausencia de conflicto sino una armonía en la cual los dones de todos los miembros de la comunidad contribuyen a su prosperidad y a su crecimiento. Es interesante tener en cuenta que Pablo no da ninguna enseñanza teológica abstracta ni hace alusión a las emociones o a los sentimientos. Como en el pasaje famoso sobre el amor en 1 Corintios 13, invita más bien a la acción, a comportamientos concretos a través de los cuales los miembros de la comunidad revelan su compromiso y la responsabilidad que tienen los unos hacia otros en el único cuerpo de Cristo. El amor debe llevarse a la práctica y ser visible.


Establece una lista de estos imperativos, de las «cosas que contribuyen a la paz»: garantizar la participación de todos y valorar a los que tienen poco; sostener a los débiles; ser pacientes con todos; no devolver mal por mal sino buscar siempre el bien, entre nosotros y con respecto a todos; estar siempre alegres; orar sin cesar; dar gracias en toda circunstancia (5, 14-18). Este pasaje se concluye con la afirmación de que al actuar así, la comunidad vive según «la voluntad de Dios en [su] referencia a Cristo Jesús» (5, 18b).


La llamada «no ceséis de orar» (5, 17) forma parte de esta lista de imperativos. Eso nos recuerda que la vida en una comunidad cristiana sólo es posible a través de una vida de oración. Más aún, Pablo pone de manifiesto que la oración es parte integrante de la vida de los cristianos precisamente cuando pretenden manifestar la unidad que se les ha dado en Cristo –una unidad que no se limita a puntos doctrinales y a declaraciones oficiales sino que se expresa en «todo lo que contribuye a la paz»– por acciones concretas que atestiguan su unidad en Cristo y entre ellos, y que la hacen aumentar.

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