lunes, 14 de enero de 2008

"Mirad qué gran amor nos ha mostrado el Padre para llamarnos hijos de Dios..."


Ayer celebrábamos la Fiesta del Bautismo del Señor.
En ella, la Iglesia, como Madre buena que es, quiere atraer nuestra atención hacia las verdades más esenciales y fundamentales de nuestra vida. Nos remonta hasta los orígenes de nuestra fe.
Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1213, que “el santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu ("vitae spiritualis ianua") y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión: "Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo" ("El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra")”. Y en el n. 1265 nos dice: “El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito "una nueva creación" (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza divina" ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).”


Hoy en día, observamos como muchos padres no bautizan a sus hijos, diciendo algo parecido a esto: “A nuestro hijo no lo vamos a bautizar porque no queremos imponerle nada; mejor, cuando crezca, que él escoja qué religión quiere tener”. Este razonamiento, que a simple vista podría tener cierta lógica, carece totalmente de ella si comprendemos de verdad qué es el Bautismo. El Bautismo no cercena la libertad personal del niño, sino que la aumenta, lo hace más libre. Es una grandísima pena que haya padres católicos que piensen que no bautizar a su hijo es una opción de libertad. Si dicen que no quieren imponer la fe a sus hijos, entonces, ¿por qué no les preguntaron también si querían venir a esta vida o no, si querían nacer o preferían no haber vivido nunca? A lo mejor puede sonar esto un poco duro. Pero así es. Los padres de familia que así piensan tal vez no se dan cuenta de que, al igual que la vida es un don gratuito que se ofrece al hijo sin condiciones, sólo por amor, con el bautismo sucede algo bastante semejante. La fe es un inmenso regalo, un don de Dios de un valor incalculable, y los padres –si son de verdad cristianos— consideran que es la mejor herencia que pueden dar a sus hijos. Es como si un señor muy rico quisiera regalar a un niño un millón de Euros y sus padres se opusieran rotundamente para no “obligar” a su hijo a recibir algo sin su consentimiento. ¿Verdad que sería el absurdo más grande del mundo, aunque se hiciera en nombre de una supuesta “libertad”?


Cuentan que san Luis, rey de Francia, cuando alguno de sus hijos pequeños recibía el bautismo, lo estrechaba con inmensa alegría entre sus brazos y lo besaba con gran amor, diciéndole: “¡Querido hijo, hace un momento sólo eras hijo mío, pero ahora eres también hijo de Dios!”.


También se cuenta que san Francisco Solano, siendo ya religioso franciscano, viniendo a Montilla de visita, fue un día a la iglesia de Santiago, se fue derecho a la pila bautismal, se arrodilló en el suelo con la frente apoyada sobre la piedra y rezó en voz alta el Credo para dar gracias a Dios por el don de su fe. Algo casi idéntico repitió Juan Pablo II, cuando visitó Polonia por primera vez como Papa, en el año 1979. Acudió de peregrinación a su natal Wadowice y, entrando a la iglesia parroquial, encontró rodeada de flores la pila bautismal donde fue bautizado en 1920. Entonces se arrodilló ante ella y la besó con profunda devoción y reverencia. ¡Los santos sí saben lo que es el bautismo!


En el Bautismo, la Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que:


– le hace capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
– le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
– le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.


Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo. (CIC, 1266)


Gracias a Dios, también nosotros hemos recibido este don maravilloso. Pero, ¿cuántos de nosotros somos conscientes de este regalo tan extraordinario y nos acordamos de él con frecuencia para darle gracias al Señor, para renovar nuestra fe con el rezo del Credo y ratificar nuestro compromiso cristiano? El Vaticano II nos recuerda que, por el bautismo, todos los cristianos tenemos el deber de tender a la santidad y de ser auténticos apóstoles de Cristo en el mundo: con nuestra palabra, nuestro testimonio y nuestra acción. ¿Somos cristianos de verdad? ¿De vida y de obras, y no sólo de nombre, de cultura o tradición?


¡Ojalá que cada día vivamos más de acuerdo con nuestra condición y agradezcamos a Dios, con nuestro testimonio, el maravilloso privilegio de ser sus hijos predilectos!

3 comentarios:

Gabriel dijo...

Una persona se ha de bautizar cuando ha madurado, cuando ha estudiado y comprendido las santas escrituras, y es consciente de que ACEPTA POR SÍ MISMA abrazar la fe cristiana. Cristo se bautizó a los 30 años de edad por voluntad propia, creo que eso lo dice todo.

Los apóstoles predicaban la Palabra del Señor y aquellas personas que al escucharles comprendían y aceptaban, esas personas eran bautizadas al instante, incluso en charcas! Eso nos muestra claramente que hay que tener ENTENDIMIENTO para poder aceptar y unirnos a Dios. Es algo tan básico que NO podemos convertir los bautizos a recién nacidos en una mera TRADICIÓN DE HOMBRES para reunir a nuestros amigos y familiares y tener nuestra foto con la criatura... ese bautismo es totalmente NULO para Dios, las intenciones son buenas, pero no es válido. Tú no puedes ser bautizado y aceptar a Dios SI NI SIQUIERA CONOCES TU PROPIO NOMBRE!

Recuerden, la salvación es individual, por lo tanto, la aceptación de Dios mediante el bautismo también ha de ser personal y no por el deseo colectivo (familia).

Yo mismo NO estoy bautizado, pero he tenido la oportunidad de conocer la palabra de Dios y de aprender a amarlo, de hecho, hasta he tenido el grandísimo honor de conocerlo en algunos de mis sueños cuando más le he necesitado. Es por ello que a mis 22 años, creo que ya estoy preparado para bautizarme pronto. Eso sí será un bautismo verdadero a los ojos de Dios, y no solamente a los ojos de los hombres que es justo lo que ustedes fomentan... reflexionen seriamente y oren para que el Espíritu Santo les haga comprender todo esto, lo van a necesitar. Que Dios les guarde.

Salva dijo...

Muy querido hermano en el Señor, Gabriel,

gracias por compartir con nosotros tu comentario. De verdad nos alegramos de corazón de que el Señor Resucitado haya tocado tu corazón invitándote a la vida nueva del bautismo.

De todas formas, permíteme añadir algo al respecto. Las familias realmente cristianas piden el bautismo porque los padres viven con alegría su fe, como el mejor regalo de Dios, y desean lo mismo para sus hijos. El bautizar niños era una costumbre ya por el año 200 y se piensa que desde los primerísimos tiempos de la Iglesia ha existido esta práctica. En la Biblia no encontramos textos en contra del bautismo de los niños. Sin embargo, hay indicaciones en las cuales está implícita la práctica de bautizarlos. En la carta a los Corintios el Apóstol Pablo dice: «También bauticé a la familia de Estéfanas» (1 Cor. 1, 16), y se supone que en una familia hay niños. En los Hechos de los Apóstoles, Pablo nos narra cómo él bautizó en la ciudad de Filipos a una señora, llamada Lidia, «con toda su familia» (Hech. 16, 15). Y refiriéndose al carcelero de Filipos, también dice: «Recibió el bautismo él y todos los suyos» (Hech. 16, 33). El mismo Lutero admitió el bautismo de niños porque ellos son bautizados en la fe de la Iglesia.

No debemos pensar que Dios comienza a amarnos una vez que hemos manifestado conscientemente nuestro amor y nuestra fe en El. El amor de Dios es anterior a nuestra iniciativa de amar: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses te había consagrado» (Jer. 1, 4-5); (Is. 49, 1). «En esto está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero» (1Jn 4, 19).



-sigue en el comentario siguiente-

Salva dijo...

-viene del comentario anterior-

Ahora bien, cuando la Iglesia bautiza a los niños pequeños, expresa con ello la convicción de que ser cristiano significa ante todo un don gratuito de Dios. Dios nos ama antes de que nosotros hagamos cualquier cosa por El. Entendiendo así las cosas, el bautizar a los niños es auténticamente bíblico y manifiesta la gratuidad del amor de Dios que rodea toda nuestra vida. Pensar que Dios se comunica solamente por medio de una fe consciente sería limitar el poder de Dios.

El bautismo es antes que nada el sacramento de la fe. Ahora bien, algunos dirán que el niño todavía no puede proclamar conscientemente esta fe en Cristo. Entonces, ¿no sería mejor esperar hasta que el niño llegue a ser adulto y proclame por sí solo su fe cristiana?

No olvidemos que el bautismo no es un puro signo de fe; el bautismo también es «causa de fe» y produce como efecto en el bautizado «la iluminación interior». Sin duda, la gracia recibida en el bautismo, el poder del Espíritu Santo con sus dones y la fe que irradia una familia cristiana ayudarán a que el niño, poco a poco, responda con una fe libre y personal.

La Iglesia, y muy concretamente los padres y los padrinos, puede tomar el lugar del niño; el niño que es bautizado no cree todavía por sí mismo, sino por medio de otros, por la fe de la Iglesia o de la comunidad cristiana. Por eso se suele decir que «los niños son bautizados en la fe de los padres y en la fe de la comunidad cristiana». Por supuesto que la Iglesia siempre pide el compromiso a los padres y padrinos para que lo eduquen cristianamente.

Entendido así, el bautismo de niños es un «privilegio» que la Iglesia siempre ha concedido a las familias cristianas en atención a la fe de los padres y padrinos.

La fe es como el amor. Tiene que ser suscitada. Y crece, sin que se advierta, desde el primer contacto de los padres con el niño. No sabemos cuándo el niño empieza a amar. Sería absurdo. Lo mismo pasa con la fe. No se debe esperar hasta el día en que el niño empiece a manifestar alguna inquietud al respecto. Así como no se puede poner fecha al comienzo del amor, tampoco se puede poner fecha al comienzo de la fe, como tampoco los padres pueden esperar a darle comida al niño hasta que el niño decida lo que va a comer.

Para llegar a la existencia los papás no preguntaron al niño si quería vivir o no, porque se supone que la existencia es un bien, es un regalo... de igual manera la vida divina es un bien y un regalo, y los papás se lo conceden al niño porque ellos desean lo mejor para sus hijos.

Deseamos de corazón que el Señor inunde tu alma de su Gracia en tu próximo bautismo. Que el Señor te bendiga.