jueves, 31 de enero de 2008

"Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y me siga." (Lc 9, 23)

No soltemos nunca la 'cruz' que a veces nos toca vivir por diferentes situaciones.
Todo tiene un para qué y un porqué...
...Dios nunca nos manda nada que no podamos soportar...
...no hay que rendirse y soltar los remos.....
...Dios nunca te va a poner en un sitio donde su mano derecha no te pueda sostener...
...Dios nunca te va a pedir que hagas algo que no puedas realmente hacer,
...ni algo que no te vaya a servir.
Él, que pide nuestra colaboración, también dá la Gracia...
Recordad, la gota de agua en el Cáliz.

martes, 29 de enero de 2008

"Las mujeres al servicio del Evangelio"



Paz y Bien, a todos.

Quiero hoy dejar aquí un texto precioso del Papa en el que habla del papel de la mujer en la Iglesia primitiva, el cual nos puede ayudar para nuestra vida actual. Benedicto XVI dió esta catequesis sobre la mujer en la audiencia general del miércoles 14 de febrero de 2007. Es la última de un ciclo de catequesis sobre los testigos del cristianismo naciente, que había realizado en las semanas anteriores. Como luego dicen que soy demasiado "machista", sirva ésto al menos para ver que la Iglesia no lo es.


Queridos hermanos y hermanas:

Llegamos hoy al final de nuestro recorrido entre los testigos del cristianismo naciente, mencionados en los escritos del Nuevo Testamento. Y aprovechamos la última etapa de este primer recorrido para centrar nuestra atención en las muchas figuras femeninas que han desempeñado un efectivo y precioso papel en la difusión del Evangelio.

Su testimonio no puede ser olvidado, según lo que el mismo Jesús dijo sobre la mujer que le ungió la cabeza poco antes de la Pasión: «Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya» (Mateo 26, 13; Marcos 14, 9).
El Señor quiere que estos testigos del Evangelio, estas figuras que han dado su contribución para que creciera la fe en Él, sean conocidas y su memoria permanezca viva en la Iglesia. Históricamente podemos distinguir el papel de las mujeres en el cristianismo primitivo, durante la vida terrena de Jesús y durante las vicisitudes de la primera generación cristiana.

Ciertamente, como sabemos, Jesús escogió entre sus discípulos a doce hombres como padres del nuevo Israel, «para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar» (Marcos 3,14-l5). Este hecho es evidente, pero, además de los doce, columnas de la Iglesia, padres del nuevo Pueblo de Dios, fueron también escogidas muchas mujeres en el número de los discípulos.

Sólo puedo mencionar brevemente a aquellas que se encontraron en el camino del mismo Jesús, comenzando por la profetisa Ana (Cf. Lucas 2, 36-38) hasta llegar a la Samaritana (Cf. Juan 4,1-39), la mujer siro-fenicia (Cf. Marcos 7,24-30), la hemorroisa (Cf. Mateo 9,20-22) y la pecadora perdonada (Cf. Lucas 7, 36-50).

Tampoco mencionaré a las protagonistas de algunas de sus eficaces parábolas, por ejemplo, a la mujer que hace el pan (Mateo 13, 33), a la mujer que pierde la dracma (Lucas 15, 8-10), a la viuda inoportuna ante el juez (Lucas 18, 1-8).

Para nuestro argumento son más significativas las mujeres que desempeñaron un papel activo en el marco de la misión de Jesús. En primer lugar, el pensamiento se dirige naturalmente a la Virgen María, que con su fe y su obra maternal colaboró de manera única en nuestra Redención, hasta el punto de que Isabel pudo llamarla «bendita entre las mujeres» (Lucas 1, 42), añadiendo: «feliz la que ha creído» (Lucas 1, 45). Convertida en discípula del Hijo, María manifestó en Caná la confianza total en él (Cf. Juan 2, 5) y le siguió hasta los pies de la Cruz, donde recibió de él una misión maternal para todos sus discípulos de todos los tiempos, representados por Juan (Cf. Juan 19, 25-27).

Hay, además, varias mujeres, que de diferentes maneras gravitaron en torno a la figura de Jesús con funciones de responsabilidad. Son ejemplo elocuente las mujeres que seguían a Jesús para servirle con sus bienes. Lucas nos ofrece algunos nombres: María de Mágdala, Juana, Susana, y «otras muchas» (Cf. Lucas 8, 2-3). Después, los Evangelios nos dicen que las mujeres, a diferencia de los Doce, no abandonaron a Jesús en la hora de la Pasión (Cf. Mateo 27, 56.61; Marcos 15, 40).

Entre ellas destaca en particular la Magdalena, que no sólo estuvo presente en la Pasión, sino que se convirtió también en la primera testigo y anunciadora del Resucitado (Cf. Juan 20,1.11-18). Precisamente a María de Mágdala santo Tomás de Aquino dedica el singular calificativo de «apóstola de los apóstoles» («apostolorum apostola»), dedicándole un bello comentario: «Así como una mujer había anunciado al primer hombre palabras de muerte, así también una mujer fue la primera en anunciar a los apóstoles palabras de vida» («Super Ioannem», editorial Cai, § 2519).

También en el ámbito de la Iglesia primitiva la presencia femenina no es ni mucho menos secundaria. Es el caso de las cuatro hijas del «diácono» Felipe, cuyo nombre no es mencionado, residentes en Cesarea, dotadas todas ellas, como dice san Lucas, del «don de profecía», es decir, de la facultad de hablar públicamente bajo la acción del Espíritu Santo (Cf. Hechos, 21, 9). La brevedad de la noticia no permite sacar deducciones más precisas.

Debemos a san Pablo una documentación más amplia sobre la dignidad y el papel eclesial de la mujer. Comienza por el principio fundamental, según el cual, para los bautizados «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer», «ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3, 28), es decir, unidos todos en la misma dignidad de fondo, aunque cada uno con funciones específicas (Cf. 1 Corintios 12,27-30).

El apóstol admite como algo normal el que en la comunidad cristiana la mujer pueda «profetizar» (1 Corintios 11, 5), es decir, pronunciarse abiertamente bajo la influencia del Espíritu Santo, a condición de que sea para la edificación de la comunidad y de una manera digna. Por tanto, hay que relativizar la famosa exhortación «las mujeres cállense en las asambleas» (1 Corintios 14, 34).

El problema, sumamente discutido, sobre la relación entre la primera frase --las mujeres pueden profetizar en la asamblea--, y la otra --no pueden hablar--, es decir, la relación entre estas dos indicaciones que aparentemente son contradictorias, se lo dejamos a los exegetas. No es algo que hay que discutir aquí. El miércoles pasado ya nos habíamos encontrado con Prisca o Priscila, esposa de Áquila, quien en dos casos es mencionada sorprendentemente antes del marido (Cf. Hechos 18,18; Romanos 16,3): ambos son calificados explícitamente por Pablo como sus «sun-ergoús», «colaboradores» (Romanos 16, 3).

Hay otras observaciones que no hay que descuidar. Es necesario constatar, por ejemplo, que la breve Carta a Filemón es dirigida por Pablo también a una mujer de nombre «Apfia» (Cf. Filemón 2). Traducciones latinas y sirias del texto griego añaden al nombre «Apfia» el calificativo de «soror carissima» (ibídem), y hay que decir que en la comunidad de Colosas debía ocupar un papel de importancia; en todo caso, es la única mujer mencionada por Pablo entre los destinatarios de una carta suya.

En otros pasajes, el apóstol menciona a una cierta «Febe», a la que llama «diákonos» de la Iglesia en Cencreas, la pequeña ciudad puerto al este de Corinto (Cf. Romanos 16,1-2). Si bien el título, en aquel tiempo, todavía no tenía un valor ministerial específico de carácter jerárquico, expresa un auténtico ejercicio de responsabilidad por parte de esta mujer a favor de esa comunidad cristiana.

Pablo pide que sea recibida cordialmente y asistida «en cualquier cosa que necesite de vosotros», y después añade: «pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo». En el mismo contexto epistolar, el apóstol, con rasgos delicados recuerda otros nombres de mujeres: una cierta María, y después Trifena, Trifosa, y Pérside, «amada», así como a Julia, de las que escribe abiertamente que «se han fatigado por vosotros» o «se han fatigado en el Señor» (Romanos 16, 6.12a. 12b.15), subrayando de este modo su intenso compromiso eclesial.

En la Iglesia de Filipos se distinguían, además, dos mujeres de nombre Evodia y Síntique (Filipenses 4, 2): el llamamiento que Pablo hace a la concordia mutua da a entender que las dos mujeres desempeñaban una función importante dentro de esa comunidad.

En síntesis, la historia del cristianismo hubiera tenido un desarrollo muy diferente si no se hubiera dado la aportación generosa de muchas mujeres. Por este motivo, como escribió mi venerado y querido predecesor, Juan Pablo II, en la carta apostólica «Mulieris dignitatem», «La Iglesia da gracias por todas las mujeres y por cada una… La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del “genio” femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina» (n. 31).

Como se ve, el elogio se refiere a las mujeres en al transcurso de la historia de la Iglesia y es expresado en nombre de toda la comunidad eclesial. Nosotros también nos unimos a este aprecio, dando gracias al Señor porque Él conduce a su Iglesia, de generación en generación, sirviéndose indistintamente de hombres y mujeres, que saben hacer fecunda su fe y su bautismo para el bien de todo el Cuerpo eclesial para mayor gloria de Dios.

viernes, 25 de enero de 2008

Dia 25 de enero. Día octavo del octavario de oración por la unidad de los cristianos.


Orad siempre para que seamos uno

«Que la paz reine entre vosotros» (1 Ts 5, 13b)

Is 11, 6-13: El lobo habitará con el cordero
Sal 122: Haya paz dentro de tus muros
1 Ts 5, 13b-18: Que la paz reine entre vosotros
Jn 17, 6-24: Que sean uno

Comentario

Dios desea que los seres humanos vivan entre ellos en paz. Esta paz no es simplemente una ausencia de guerra o de conflictos; el shalom querido por Dios nace de una humanidad reconciliada, de una familia humana que comparte y refleja en sí misma la paz que solo Dios puede dar. La imagen del lobo viviendo con el cordero, del león dormido cerca del cabrito, intenta ofrecernos una visión simbólica del futuro que Dios desea para nosotros.

Puesto que no podemos establecer este shalom por nuestra sola voluntad, estamos llamados a ser instrumentos de la paz del Señor, artesanos de la obra divina de la reconciliación. La paz, como la unidad, es un don y una llamada.

La oración de Jesús por la unidad de sus discípulos no era ni una orden ni una petición, sino una invocación dirigida al Padre en la víspera de su muerte. Es una oración que surge de lo más profundo de su corazón y de su misión, en el momento en el que prepara a sus discípulos para el tiempo futuro: Padre, que sean uno. Mientras celebramos el centenario de la Semana de Oración por la unidad y recordamos todas las aspiraciones, oraciones e iniciativas en la búsqueda de la unidad de los cristianos suscitadas durante siglos, es conveniente hacer balance de los pasos que hemos realizado hasta ahora, guiados por el Espíritu Santo.

Para nosotros es ocasión de dar gracias por los numerosos frutos que nos ha dado la oración por la unidad. En muchos lugares, la animosidad y los malentendidos han cedido su lugar al respeto y la amistad entre los cristianos y sus distintas comunidades. Sucede a menudo que cristianos que se reúnen para rezar juntos por la unidad dan a continuación un testimonio común del Evangelio a través de acciones concretas y trabajando codo a codo al servicio de los más necesitados. El diálogo permitió construir puentes de comprensión recíproca y solucionar desacuerdos doctrinales que nos dividían.

No obstante, el momento presente deberá ser también para nosotros un tiempo de arrepentimiento, ya que nuestras divisiones están en contradicción con la oración de Cristo por la unidad y con el mandato de Pablo de vivir en paz entre nosotros. Actualmente, los cristianos están abiertamente en desacuerdo sobre distintos temas: más allá de las diferencias doctrinales que nos separan aún, tenemos a menudo posiciones divergentes sobre cuestiones de moral y ética, sobre la guerra y la paz, sobre problemas de actualidad que necesitan un testimonio común. Debido a nuestras divisiones internas y a los conflictos entre nosotros, no estamos en condiciones de responder a la noble vocación de ser signos e instrumentos de la unidad y de la paz queridos por Dios.

¿Qué decir entonces? Tenemos razones para alegrarnos pero también para estar tristes. Damos gracias, en este centenario, por las últimas generaciones que se consagraron generosamente al servicio de la reconciliación; renovemos hoy nuestro compromiso de ser artífices de la unidad y de la paz queridas por Cristo.

Finalmente, este momento particular nos ofrece la ocasión de reflexionar de nuevo sobre lo que significa orar sin cesar, a través de nuestras palabras y nuestras acciones, a través de la vida de nuestras Iglesias.

Oración

Señor, haz que seamos uno: uno en nuestras palabras para que te dirijamos una oración humilde y común; uno en nuestro deseo y en nuestra búsqueda de la justicia; uno en el amor, para servirte en el más pequeño de nuestros hermanos y hermanas; uno en la espera de ver tu rostro. Señor, haz que seamos uno en ti. Amén.

jueves, 24 de enero de 2008

Día 24 de enero. Día séptimo del octavario de oración por la unidad de los cristianos.


Orad porque tenemos necesidad

«Sostened a los débiles» (1 Ts 5, 14)

1 Sm 1, 9-20: Ana reza al Señor para que le conceda un niño
Sal 86: Atiende a mi súplica
1 Ts 5 (12a), 13b-18: Os pedimos... que sostengáis a los débiles
Lc 11, 5-13: Quien pide recibe

Comentario

Profundamente afligida por su esterilidad, Ana imploró a Dios que le concediera un niño: su oración fue escuchada y, pasados unos días, nació Samuel (que significa «al Señor se lo pedí»). En el evangelio de Lucas, Jesús mismo nos dice que «quien pide recibe»; así en la oración, nos dirigimos a Dios para que responda a nuestras necesidades. La respuesta puede no corresponder a lo que esperamos, pero Dios nos responde siempre.

El poder de la oración es inmenso, sobre todo cuando está vinculado al servicio. El Evangelio nos enseña que Cristo quiere que nos amemos y que nos ayudemos unos a otros. En la Carta de Pablo a los Tesalonicenses, el tema del servicio se reanuda con el imperativo: «Sostened a los débiles». Sabemos que es posible responder de manera ecuménica, de una manera concreta, a la miseria y al desamparo. Las Iglesias de tradiciones diferentes trabajan a menudo mano a mano, pero en algunas circunstancias su testimonio es seriamente debilitado por su falta de unidad.

Cuando queremos orar juntos, a veces somos profundamente desconfiados respecto de las distintas formas de oración que encontramos en otras tradiciones cristianas: las oraciones de los católicos dirigidos a Dios por la intercesión de los santos o de Maria, la madre de Jesús; las oraciones litúrgicas ortodoxas; las oraciones pentecostales; las oraciones espontáneas que los protestantes dirigen directamente a Dios.

Se observa que la diversidad de las formas de oración es mejor apreciada. En las Iglesias americanas, la experiencia de renovación pentecostal ha conducido también a un mejor reconocimiento del poder de la oración, lo que, poco a poco, ayudó a los pentecostales a sentirse más cómodos en el movimiento ecuménico. Del mismo modo, el diálogo con las Iglesias ortodoxas en el seno del Consejo Ecuménico de las Iglesias ha permitido comprender mejor las formas de las oraciones propias de cada uno.

Es indudable que la fe en el poder de la oración es común al conjunto de nuestras tradiciones y puede contribuir mucho a la causa de la unidad cristiana, una vez que hayamos comprendido y superado nuestras diferencias. Debemos apoyar con nuestras oraciones todos los diálogos que mantienen nuestras Iglesias sobre las divergencias que impiden aún reunirnos en torno a la mesa del Señor. Celebrar juntos el memorial de Cristo y elevar hacia Él nuestra común acción de gracias nos permitirá realizar un gran paso adelante en el camino de la unidad.


Oración


Señor, ayúdanos a ser de verdad uno cuando rogamos por la curación de nuestro mundo, de las divisiones entre nuestras Iglesias y por nuestra propia curación. Haz que no dudemos de que Tú nos escuchas y que Tú nos responderás. Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo. Amén.

miércoles, 23 de enero de 2008

Día 23 de enero. Día sexto del octavario de oración por la unidad de los cristianos.


Orad siempre para obtener la gracia de colaborar con Dios

«Estad siempre alegres. No ceséis de orar» (1 Ts 5, 16)

2 Sm 7, 18-29: La oración de alabanza y de alegría de David
Sal 86: Señor, escucha
1 Ts 5 (12a), 13b-18: Estad siempre alegres
Lc 10, 1-24: El envío de los setenta y dos discípulos

Comentario

En la oración modelamos nuestra voluntad según Dios y participamos así en la realización de su deseo. Tenemos necesidad de que el Espíritu Santo cambie el corazón de los creyentes y nos dé la gracia de colaborar con Dios y participar en su misión y proyecto de unidad. Mientras pedimos sin cesar por eso, somos conscientes de que son necesarios más obreros para la cosecha. Con motivo de numerosos encuentros ecuménicos, y en particular del National Workshop on Christian Unity que se celebra todos los años en los Estados Unidos, se destacó la necesidad de promover la participación de los jóvenes para que el movimiento ecuménico pueda prosperar hoy y en las generaciones futuras. Es necesario que aún más obreros conozcan la alegría de la oración para contribuir a la obra de Dios.

Las lecturas del sexto día nos ayudan a comprender mejor lo que significa trabajar en el servicio del Evangelio. David, sorprendido de ser elegido por el Señor para participar en la edificación de un espléndido templo, afirma: «¿De verdad Dios podrá vivir sobre la tierra?» y concluye: «Quieres ahora bendecir la casa de tu criado, para que permanezca siempre en tu presencia».

El salmista ruega: «Señor, enséñame tu camino, para que te sea fiel, guía mi corazón para que tema tu nombre. Señor Dios mío, te daré gracias de todo corazón, daré gloria a tu nombre por siempre».

En el envío de los setenta y dos discípulos, Jesús confirma que gracias a ellos y a todos los que creerán en Él a través de su palabra, su paz y la buena noticia que declarará que «el Reino de Dios ha llegado hasta nosotros» serán anunciadas al mundo. Cuando sus discípulos vuelven contentos de nuevo, aunque también traen la experiencia del rechazo, Jesús se alegra de sus éxitos al someter los demonios: es necesario seguir extendiendo la noticia, sin detenerse.

Dios quiere que su pueblo sea uno. Como los cristianos de Tesalónica, se nos exhorta a ser «siempre alegres» y a orar «sin cesar», manteniendo la esperanza de que, si nos comprometemos plenamente a colaborar con Dios, se realizará por fin la unidad según su voluntad.

Oración

Señor Dios, en la perfecta unidad de tu ser, guarda en nuestros corazones el ardiente deseo y la esperanza de la unidad para que nunca dejemos de trabajar al servicio de tu Evangelio. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

martes, 22 de enero de 2008

Día 22 de enero. Día quinto del octavario de oración por la unidad de los cristianos.


Orad sin cesar con un corazón paciente


«Tened paciencia con todos» (1 Ts 5, 14)

Ex 17, 1-4: ¿Por qué?
Sal 1: Dar fruto a su tiempo
1 Ts 5 (12a), 13b-18: Tened paciencia con todos
Lc 18, 9-14: Una humilde oración



Comentario

No podemos estar satisfechos con la división de los cristianos y en consecuencia no somos impacientes hasta que venga el día de nuestra reconciliación. Somos legítimamente impacientes a que venga por fin el día de nuestra reconciliación. Por ello, también debemos ser conscientes de que el ecumenismo no se vive por todas partes al mismo ritmo. Algunos avanzan a grandes pasos, otros son más prudentes. Como Pablo predica, debemos seguir siendo pacientes con todos.

Como el fariseo en su oración, podemos fácilmente presentarnos ante Dios con la arrogancia de los que hacen todo muy bien: «yo no soy como el resto de los hombres». Si a veces se intentan denunciar las lentitudes o las imprudencias de los miembros de nuestra Iglesia, o las de nuestros interlocutores ecuménicos, la invitación a la paciencia resuena como una advertencia importante.

En ocasiones, incluso, nos mostramos impacientes para con Dios. Como el pueblo en el desierto, a veces gritamos hacia Dios: ¿por qué toda esta marcha, dolorosa, si todo se debe acabar ahora? Tengamos confianza: Dios responde a nuestras oraciones, a su manera, a su debido tiempo. Él sabrá suscitar nuevas iniciativas para la reconciliación de los cristianos, aquellas que en nuestro tiempo se necesitan.

Oración


Señor, haz de nosotros tus discípulos, que escuchemos tu Palabra día y noche. En nuestro camino hacia la unidad, danos saber esperar los frutos a su tiempo. Cuando los prejuicios y la desconfianza triunfan, concédenos la humilde paciencia necesaria para la reconciliación. Así te lo pedimos.

lunes, 21 de enero de 2008

Día 21 de enero. Día cuarto del octavario de oración por la unidad de los cristianos.


Orad sin cesar por la justicia

«Mirad que nadie devuelva mal por mal; al contrario, buscad siempre haceros el bien los unos a los otros y a todos» (1 Ts 5, 15)

Ex 3, 1-12: El Señor oye el grito de los hijos de Israel
Sal 146: El Señor… hace justicia a los oprimidos
1 Ts 5 (12a), 13b-18: Mirad que nadie devuelva mal por mal
Mc 5, 38-42: No hagáis frente al que os hace mal

Comentario

Como pueblo de Dios, somos llamados a orar juntos por la justicia. Dios oye el grito de los oprimidos, de los necesitados, del huérfano y de la viuda. Dios es un Dios de justicia y responde a nuestras oraciones a través de su Hijo, Jesucristo, que nos pidió que trabajemos juntos en la unidad y la paz, y no en la violencia. Es también lo que nos recuerda Pablo cuando destaca: «Mirad que nadie devuelva mal por mal; al contrario, buscad siempre haceros el bien los unos a los otros y a todos».

Los cristianos rezan sin cesar por la justicia, para que toda vida humana sea tratada con dignidad y reciba lo que le corresponde. En los Estados Unidos, la injusticia de la esclavitud sólo finalizó con una guerra civil sangrienta, a la cual sucedió un siglo de racismo mantenido por el Estado. La segregación en función del color de la piel existía incluso en las Iglesias. Desgraciadamente el racismo y otras formas de sectarismo como la xenofobia aún no desaparecieron de la sociedad norteamericana.

Sobre todo gracias a los esfuerzos de las Iglesias, en particular de las Iglesias afroamericanas y de sus socios ecuménicos, y muy especialmente gracias a la resistencia no violenta del Reverendo Martin Luther King, Jr., los derechos cívicos de todos se inscribieron en la legislación americana. Estaba convencido profundamente de que solamente el amor cristiano puede superar el odio y permitir la transformación de la sociedad; los cristianos siguen hoy alimentándose con esta certeza que los lleva a trabajar juntos en favor de la justicia. El aniversario del nacimiento de Martin Luther King es una fiesta nacional en los Estados Unidos. Cada año, cae exactamente antes o durante la Semana de oración por la unidad de los cristianos.

Dios oyó y respondió a los gritos de los hijos de Israel. Dios sigue oyendo y responde a los gritos de todos los oprimidos. Jesús nos recuerda que la justicia divina se revela en su voluntad personal de renunciar incluso a su seguridad, su potencia y su prestigio, y también a su vida con el fin de aportar al mundo la justicia y la reconciliación gracias a los cuales todos los seres humanos se considerarán iguales en valor y en dignidad. Sólo cuando oímos y respondemos a los gritos de los oprimidos, podemos progresar juntos en el camino de la unidad. Eso vale también para el movimiento ecuménico que nos puede exigir «dar pasos suplementarios» en nuestra voluntad de escuchar al otro, de renunciar a ser vengativos y de actuar en la caridad.

Oración

Señor Dios, Tú has creado la humanidad, hombre y mujer, a tu imagen. Concédenos orar sin cesar, con una sola alma y un único corazón, para que todos los que tienen hambre en el mundo queden satisfechos, que los oprimidos se liberen, que todo ser humano sea tratado con dignidad; haz de nosotros tus instrumentos para que este deseo se convierta en realidad. Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

domingo, 20 de enero de 2008

Día 20 de enero. Día tercero del octavario de oración por la unidad de los cristianos.



Orad sin cesar por la conversión de los corazones.

«Animad a los tímidos y sostened a los débiles» (1 Ts 5, 14)

Jon 3, 1-10: La conversión de Nínive
Sal 51, 8-15: Crea en mí un corazón puro
1 Ts 5 (12a) 13b-18: Animad a los tímidos
Mc 11, 15-17: Una casa de oración

Comentario

En el origen y en el corazón del ecumenismo, se encuentra una llamada urgente al arrepentimiento y a la conversión. Es necesario sabernos desafiar mutuamente en nuestras comunidades cristianas, como Pablo nos invita en la Primera carta a los Tesalonicenses. Si uno u otro siembra división, que se corrija; si algunos tienen miedo a lo que una reconciliación costosa podría implicar, que se animen. ¿Por qué ocultarlo? Si las divisiones entre cristianos permanecen es también por falta de voluntad de comprometerse con determinación en el diálogo ecuménico e incluso simplemente en la oración por la unidad.

La Biblia nos informa de cómo Dios envió a Jonás para interpelar a Nínive y cómo toda la ciudad se arrepintió. De la misma manera, las comunidades cristianas deben ponerse a la escucha de la Palabra de Dios y arrepentirse. Durante el último siglo, los profetas de la unidad no faltaron para recordar a los cristianos la infidelidad de su desunión y la urgencia de la reconciliación. A imagen de la intervención vigorosa de Jesús en el templo, la llamada a la reconciliación de los cristianos puede seriamente trastornar nuestras certezas. Necesitamos purificarnos también. Debemos saber purificar nuestro corazón de todo lo que le impide ser una auténtica casa de oración, preocupada por la unidad de todas las naciones.

Oración

Señor, tú quieres la verdad en el fondo del ser; en el secreto de nuestro corazón; tú nos enseñas la sabiduría. Haz que nos animemos mutuamente en los caminos de la unidad. Muéstranos las conversiones necesarias para la reconciliación. Da a cada uno un corazón renovado, un corazón verdaderamente ecuménico; así te lo pedimos. Amén.

sábado, 19 de enero de 2008

Día 19 de enero. Día segundo del octavario de oración por la unidad de los cristianos.


Orad siempre, no tengáis confianza más que en Dios

«Manteneos en constante acción de gracias» (1 Ts 5, 18)

1 Re 18, 20-40: El Señor es Dios
Sal 23: El Señor es mi pastor
1 Ts 5 (12a), 13b-18: Manteneos en constante acción de gracias
Jn 11,17-44: Padre, te doy gracias porque Tú me has escuchado

Comentario

La oración se fundamenta en la confianza de que Dios es poderoso y fiel. Solo Él abarca todo, presente y futuro. Su palabra es creíble y verídica.

La historia de Elías en 1 Reyes muestra de manera impresionante la unicidad de Dios. Elías amonesta a los apostatas que veneran a Baal, que no responde a sus oraciones. Sin embargo
cuando Elías ora al Dios de Israel, la respuesta es inmediata y milagrosa. El pueblo toma conciencia y de nuevo vuelve su corazón hacia Dios.

El Salmo 23 es una profunda confesión de confianza. Describe a una persona convencida de que Dios guía sus pasos y que lo tiene cerca de sí mismo en los momentos difíciles de la
vida, cuando está presa de la desolación y de la opresión. Probablemente nos encontramos en circunstancias difíciles, a veces incluso de gran agitación. Probablemente atravesamos por momentos de desesperación y desaliento. A veces, nos parece que Dios se oculta. Pero no está ausente. Manifestará su poder para liberarnos en medio de nuestras luchas existenciales. Esta es la razón por la que le damos gracias en toda circunstancia.

La resurrección de Lázaro es uno de los episodios más espectaculares narrados en el evangelio de Juan. Revela el poder de Cristo capaz de romper los vínculos de la muerte y anticipa la nueva creación. Jesús ora en voz alta en medio del pueblo y da gracias a su Padre por los potentes milagros que realizará. La obra salvadora de Dios se realiza a través de Cristo para que todos crean en Él.

El peregrinaje ecuménico nos ayuda mejor a tomar conciencia de las acciones maravillosas de Dios. Comunidades cristianas separadas unas de las otras se encuentran. Descubren su unidad en Cristo y comprenden que todas son parte de una sola y misma Iglesia, y tienen necesidad unos de los otros. Probablemente hay sombras que vienen a ocultar la perspectiva de la unidad, que se ponga en peligro por algunas frustraciones y tensiones, que nos preguntemos si nosotros, los cristianos, estamos realmente llamados a la unidad. Nuestra oración incesante nos sostiene cuando nos volvemos hacia Dios y tenemos confianza en Él. No dudamos que realiza su obra en nosotros y nos conducirá hacia la luz de su victoria. Siempre nuestra reconciliación y nuestra unidad son el principio de su reino.

Oración
Dios de toda la creación, escucha a tus niños en su oración. Ayúdanos a conservar nuestra fe y nuestra confianza en ti. Enséñanos a darte gracias en toda circunstancia, a tener confianza en tu misericordia. Danos la verdad y la sabiduría, para que tu Iglesia nazca a la nueva vida en la comunión. Tú solo eres nuestra esperanza. Amén.

viernes, 18 de enero de 2008

Día 18 de enero. Día primero del octavario de oración por la unidad de los cristianos.



«No ceséis de orar» (1 Ts 5, 17)

Is 55, 6-9: Buscad al Señor mientras se le encuentra
Sal 34: Llamé al Señor y él me respondió
1 Ts 5, 13b-18: No ceséis de orar
Lc 18, 1-8: Orar constantemente y sin desfallecer

Comentario

Pablo ha escrito: «Estad siempre alegres. No ceséis de orar. Manteneos en constante acción de gracias, porque esto es lo que Dios quiere de vosotros como cristianos». Su carta va dirigida a una comunidad de fieles ansiosos ante la muerte. Muchos hermanos y hermanas, buenos y creyentes, se «durmieron» antes de que el Señor vuelva de nuevo para unirlos a todos en su resurrección. ¿Que será de estos fieles difuntos? ¿Cuál será la suerte de los vivos? Pablo los reconforta diciendo que los muertos resucitarán con los vivos y los invita «a orar sin cesar». ¿Pero qué significa orar sin cesar? Las lecturas de hoy ofrecen algunos elementos como respuesta a esta cuestión. Toda nuestra vida debe ser una búsqueda de Dios, en la convicción de que si buscamos, encontraremos.

En pleno exilio, cuando todo parece inútil y sin esperanza, el profeta Isaías proclama: «Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca». Incluso en el exilio, el Señor está cerca de su pueblo y le exhorta a dirigirse a Él en la oración, y a seguir sus órdenes para que pueda conocer su misericordia y su perdón. En el centro del Salmo 34 encontramos esta convicción profética que el Señor responderá a la llamada de los que lo invocan, uniendo la alabanza a la llamada a la oración continua.

En el evangelio de Lucas, Jesús dice la parábola de la viuda que pide justicia por un juez que no tiene temor de Dios ni respeto a los hombres. Este relato es una manera de recordar la necesidad de una oración constante, «orar siempre y sin desfallecer», y la certeza que la oración concederá: «¿Y Dios no haría justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?».

Como cristianos en búsqueda de la unidad, meditamos sobre estas lecturas para encontrar «la voluntad de Dios» respecto a nosotros «en Cristo Jesús». Es Cristo aquel que vive en nosotros. La llamada de orar sin cesar se convierte en parte integral de su intercesión eterna ante el Padre: «Que todos sean uno… para que el mundo crea…». La unidad que buscamos es la unidad «tal como Cristo la quiere» y la celebración del «octavario» de oración por la unidad de los cristianos es el reflejo del concepto bíblico de plenitud, es decir, la esperanza que un día habrá respuesta a nuestra oración.

La unidad es un don que Dios hace a la Iglesia. Es también la vocación de los cristianos destinados a vivir de este don. La oración por la unidad es la fuente de donde brota cualquier esfuerzo humano dedicado para manifestar la unidad plena y visible. Numerosos son los frutos producidos hace un siglo de octavarios de oración por la unidad. Con todo, numerosas también son las barreras que dividen aún los cristianos y sus Iglesias. Con el fin de no desalentarnos, debemos ser constantes en la oración y buscar al Señor y su voluntad en todo lo que emprendemos y en todo lo que somos.

Oración

Señor de la unidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te pedimos sin cesar para que todos seamos uno como Tú eres uno. Padre, oye nuestra llamada cuando te buscamos. Cristo, condúcenos a la unidad que deseas para nosotros. Espíritu Santo, procura que no nos desalentemos nunca. Amén.

miércoles, 16 de enero de 2008

"Padre, que sean uno para que el mundo crea..." (Jn 17, 21)


Desde el día 18 al día 25 de enero, la Iglesia, junto con nuestros hermanos separados, celebramos la semana de oración para la Unidad de los Cristianos. Durante esa semana los cristianos de todas las confesiones rezamos para alcanzar la unidad visible de la Iglesia -visible, porque la Iglesia siempre es "una", como rezamos en el credo-. Cuando llegue el octavario -la semana de oración, a partir del día 18- ya iré colgando aquí la oración que para cada día propone el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, para que nos unamos a la voz de toda la Iglesia que, junto a Cristo en la Última Cena, ora al Padre: "que sean uno", "que seamos uno". Como dice el apóstol en Efesios 4, 5-6: "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos."


Mientras tanto, y para abrir boca, dejo aquí el texto bíblico que se propone para la semana de oración y el comentario que hace sobre él el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos. (Dejo aquí también el enlace por si os queréis descargar el documento del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos y el documento con el Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal para las Relaciones Interconfesionales con motivo de la Semana de oración por la Unidad de los Cristianos).




"Os pedimos, hermanos... que la paz reine entre vosotros. Os recomendamos también, hermanos, que corrijáis a los indisciplinados, animéis a los tímidos y sostengáis a los débiles, teniendo paciencia con todos. Mirad que nadie devuelva mal por mal; al contrario, buscad siempre haceros el bien los unos a los otros y a todos. Estad siempre alegres. No ceséis de orar. Manteneos en constante acción de gracias, porque esto es lo que Dios quiere de vosotros como cristianos." (1 Ts 5, 12a 13b-18) (BTI, Biblia Traducción Interconfesional)



El texto bíblico y el tema elegido para 2008 (Comentario sacado del Documento "No ceséis de orar", del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, con motivo de la Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos de 2008)


El pasaje bíblico elegido para la celebración del centenario de la Semana de oración para la unidad de los cristianos se extrae de la Primera carta a los Tesalonicenses. El texto «no ceséis de orar» (1 Ts 5, 17) destaca el papel esencial de la oración en la vida de la comunidad de los creyentes, ya que da a sus miembros el profundizar en su relación con Cristo y con los otros. Este paso forma parte de una serie de «imperativos», de las declaraciones por las cuales Pablo anima a la comunidad a vivir de la unidad que Dios nos da en Cristo, a ser en la práctica lo que está en el principio: el único cuerpo de Cristo, visiblemente unido en este lugar. La Carta a los Tesalonicenses, que data del año 50 ó 51 después de Jesucristo y es considerada por la mayoría de los exegetas como la más antigua carta de Pablo, nos revela el vínculo muy fuerte que une a este último con la comunidad cristiana de Tesalónica. Mientras acaba exactamente de sufrir persecuciones en la ciudad de Filipos –Pablo y sus compañeros Silas y Timoteo fueron conducidos allí por la muchedumbre y puestos en prisión por orden de los magistrados de la ciudad (Hch 17, 1-9)–, establece la Iglesia en Tesalónica en algunas semanas con un trabajo intenso antes de que nuevos ataques lo conduzcan de Berea a Atenas (17, 10-15). Pablo alimentaba grandes esperanzas para la Iglesia de Tesalónica: la fe, la esperanza y la caridad que no dejaba de crecer en esta ciudad, la manera en que había acogido la Palabra a pesar de los sufrimientos, y la alegría que expresaba en el Espíritu Santo, todo contribuía a suscitar su admiración y sus alabanzas (1 Ts 1, 2-10).

No obstante estaba preocupado. Su salida precipitada no le había dejado tiempo para consolidar la obra que había emprendido y rumores inquietantes le habían llegado. Algunos retos procedían del exterior, en particular, de la persecución de la comunidad y de sus miembros (1 Ts 2, 14). Otros eran de naturaleza interna: algunos miembros de la comunidad seguían teniendo comportamientos más caracterizados por la cultura ambiente que por su nueva vida en Cristo (4, 1-8); otros criticaban a los responsables que ejercían la autoridad y por consiguiente al mismo Pablo (cf. 2,3-7,10); otros aún desesperaban por la suerte reservada a los que morirían antes de la vuelta del Cristo. ¿Se les negaría entrar en el Reino de Dios? ¿Para ellos, y quizá para otros, la promesa de la salvación sería inútil y vacía de sentido? (cf. 4, 13).


Temiendo haber trabajado en vano y «sin esperar más» (3,1), Pablo, en la incapacidad de darse la vuelta él mismo hacia Tesalónica, decide enviar a Timoteo e informarle del testimonio de la fe y amor profundos manifestados por esta comunidad así como de su fidelidad a Pablo. En 1 Tesalonicenses leemos la respuesta de Pablo a esta buena noticia, y también a los retos que debe afrontar la Iglesia naciente. En primer lugar, escribe para agradecer a la comunidad su fortaleza ante la prueba de la persecución. Pero a pesar de su alegría y su alivio cuando Timoteo le informa, comprende que la semilla de la desunión ya está en la Iglesia; por esta razón responde a las diversas cuestiones planteadas por la comunidad sobre el comportamiento personal (4, 9-12), sobre los dirigentes (5, 12-13a) y sobre la esperanza en la vida eterna en Cristo (4, 14-5, 11).


Uno de los objetivos principales de Pablo era edificar esta comunidad en la unidad. Incluso ni la muerte puede cortar los vínculos que crean su unidad, como único cuerpo de Cristo. Jesús murió y resucitó por todos nosotros; por eso cuando venga el Señor, los que se durmieron aún estarán vivos, todos «viviremos entonces unidos él» (5, 10). Eso conduce a Pablo a pronunciar los imperativos que figuran en 1 Tesalonicenses 5, 13-18 y forman una lista de exhortaciones, de la que una se eligió como base de la Semana de oración de este año. Este pasaje comienza por la exhortación que Pablo dirige a los miembros de la comunidad: «que la paz reine entre vosotros» (5, 13b), una paz que no significa simplemente la ausencia de conflicto sino una armonía en la cual los dones de todos los miembros de la comunidad contribuyen a su prosperidad y a su crecimiento. Es interesante tener en cuenta que Pablo no da ninguna enseñanza teológica abstracta ni hace alusión a las emociones o a los sentimientos. Como en el pasaje famoso sobre el amor en 1 Corintios 13, invita más bien a la acción, a comportamientos concretos a través de los cuales los miembros de la comunidad revelan su compromiso y la responsabilidad que tienen los unos hacia otros en el único cuerpo de Cristo. El amor debe llevarse a la práctica y ser visible.


Establece una lista de estos imperativos, de las «cosas que contribuyen a la paz»: garantizar la participación de todos y valorar a los que tienen poco; sostener a los débiles; ser pacientes con todos; no devolver mal por mal sino buscar siempre el bien, entre nosotros y con respecto a todos; estar siempre alegres; orar sin cesar; dar gracias en toda circunstancia (5, 14-18). Este pasaje se concluye con la afirmación de que al actuar así, la comunidad vive según «la voluntad de Dios en [su] referencia a Cristo Jesús» (5, 18b).


La llamada «no ceséis de orar» (5, 17) forma parte de esta lista de imperativos. Eso nos recuerda que la vida en una comunidad cristiana sólo es posible a través de una vida de oración. Más aún, Pablo pone de manifiesto que la oración es parte integrante de la vida de los cristianos precisamente cuando pretenden manifestar la unidad que se les ha dado en Cristo –una unidad que no se limita a puntos doctrinales y a declaraciones oficiales sino que se expresa en «todo lo que contribuye a la paz»– por acciones concretas que atestiguan su unidad en Cristo y entre ellos, y que la hacen aumentar.

lunes, 14 de enero de 2008

"Mirad qué gran amor nos ha mostrado el Padre para llamarnos hijos de Dios..."


Ayer celebrábamos la Fiesta del Bautismo del Señor.
En ella, la Iglesia, como Madre buena que es, quiere atraer nuestra atención hacia las verdades más esenciales y fundamentales de nuestra vida. Nos remonta hasta los orígenes de nuestra fe.
Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1213, que “el santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu ("vitae spiritualis ianua") y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión: "Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo" ("El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra")”. Y en el n. 1265 nos dice: “El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito "una nueva creación" (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza divina" ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).”


Hoy en día, observamos como muchos padres no bautizan a sus hijos, diciendo algo parecido a esto: “A nuestro hijo no lo vamos a bautizar porque no queremos imponerle nada; mejor, cuando crezca, que él escoja qué religión quiere tener”. Este razonamiento, que a simple vista podría tener cierta lógica, carece totalmente de ella si comprendemos de verdad qué es el Bautismo. El Bautismo no cercena la libertad personal del niño, sino que la aumenta, lo hace más libre. Es una grandísima pena que haya padres católicos que piensen que no bautizar a su hijo es una opción de libertad. Si dicen que no quieren imponer la fe a sus hijos, entonces, ¿por qué no les preguntaron también si querían venir a esta vida o no, si querían nacer o preferían no haber vivido nunca? A lo mejor puede sonar esto un poco duro. Pero así es. Los padres de familia que así piensan tal vez no se dan cuenta de que, al igual que la vida es un don gratuito que se ofrece al hijo sin condiciones, sólo por amor, con el bautismo sucede algo bastante semejante. La fe es un inmenso regalo, un don de Dios de un valor incalculable, y los padres –si son de verdad cristianos— consideran que es la mejor herencia que pueden dar a sus hijos. Es como si un señor muy rico quisiera regalar a un niño un millón de Euros y sus padres se opusieran rotundamente para no “obligar” a su hijo a recibir algo sin su consentimiento. ¿Verdad que sería el absurdo más grande del mundo, aunque se hiciera en nombre de una supuesta “libertad”?


Cuentan que san Luis, rey de Francia, cuando alguno de sus hijos pequeños recibía el bautismo, lo estrechaba con inmensa alegría entre sus brazos y lo besaba con gran amor, diciéndole: “¡Querido hijo, hace un momento sólo eras hijo mío, pero ahora eres también hijo de Dios!”.


También se cuenta que san Francisco Solano, siendo ya religioso franciscano, viniendo a Montilla de visita, fue un día a la iglesia de Santiago, se fue derecho a la pila bautismal, se arrodilló en el suelo con la frente apoyada sobre la piedra y rezó en voz alta el Credo para dar gracias a Dios por el don de su fe. Algo casi idéntico repitió Juan Pablo II, cuando visitó Polonia por primera vez como Papa, en el año 1979. Acudió de peregrinación a su natal Wadowice y, entrando a la iglesia parroquial, encontró rodeada de flores la pila bautismal donde fue bautizado en 1920. Entonces se arrodilló ante ella y la besó con profunda devoción y reverencia. ¡Los santos sí saben lo que es el bautismo!


En el Bautismo, la Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que:


– le hace capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
– le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
– le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.


Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo. (CIC, 1266)


Gracias a Dios, también nosotros hemos recibido este don maravilloso. Pero, ¿cuántos de nosotros somos conscientes de este regalo tan extraordinario y nos acordamos de él con frecuencia para darle gracias al Señor, para renovar nuestra fe con el rezo del Credo y ratificar nuestro compromiso cristiano? El Vaticano II nos recuerda que, por el bautismo, todos los cristianos tenemos el deber de tender a la santidad y de ser auténticos apóstoles de Cristo en el mundo: con nuestra palabra, nuestro testimonio y nuestra acción. ¿Somos cristianos de verdad? ¿De vida y de obras, y no sólo de nombre, de cultura o tradición?


¡Ojalá que cada día vivamos más de acuerdo con nuestra condición y agradezcamos a Dios, con nuestro testimonio, el maravilloso privilegio de ser sus hijos predilectos!

martes, 8 de enero de 2008

"Y se retiraron a su país por otro camino..." (Mt 2, 12)


Aún podemos ver la senda que han dejado los magos, los cuales, como nos relata Mateo, volvieron a su país "por otro camino". Y es que nadie que se encuentre con el Señor puede permanecer indiferente, sino que todos volvemos siempre por otro camino, el camino que Dios nos va marcando.


Entre los regalos de los magos, este año nos han dejado un regalo muy gordo: 32 clínicas abortistas españolas han iniciado una huelga indefinida. Dios quiera que dure mucho la huelga y que los médicos se dediquen a curar, que es lo que tienen que hacer, y no a asesinar inocentes. Porque recordemos que, tras marcharse los magos, la ira de Herodes hizo correr por el suelo de Belén la sangre de los Santos Inocentes. Inocentes que, de un modo u otro, seguimos hoy dejando morir en este mundo, demasiado ocupado en sus cosas como para recapacitar ante la barbarie.


Recemos por los inocentes, por los que mueren abandonados, por los no queridos, los que ni siquiera nacen... Recemos por los que, como Cristo, tienen que exiliarse de sus países, perseguidos por las guerras. Pidamos a Dios por la paz en el mundo, que nace en la paz de las familias. Ofrezcamos nuestras oraciones por tantos santos inocentes... También para ellos ha nacido Cristo.


Ojalá este mundo se encuentre con el pequeño Dios en brazos de su Madre y, después de adorarlo, vuelva, como los Magos, "por otro camino".

miércoles, 2 de enero de 2008

Carta al Rey Baltasar


Esta carta es de Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma y viene junto a otras dos (a Melchor y a Gaspar, respectivamente). Pero yo he seleccionado esta porque nos puede ayudar mucho (a mí también) a escribir nuestras propias "cartas a los reyes". Recordad que la Iglesia venera a los santos Melchor, Gaspar y Baltasar (yo mismo recé ante sus reliquias en Colonia), y que ellos -fuesen los que fuesen y se llamasen como se llamasen- interceden por nosotros (eso es lo que llamamos la comunión de los santos) ante el verdadero Rey del Mundo. Que aproveche:


"Amigo Rey Baltasar:
Este año también me he decidido a escribirte. Pero esta vez es distinto. Verás. Tengo un amigo que las está pasando muy mal. Iba a decir que las está pasando negras; pero me acordé de que tú eres el Rey negro... Perdona... Aunque no creo que por eso te sientas ofendido. Eres demasiado bueno.
Pues, resulta que este amigo me escribió hace poco para contarme qué es de su vida. Creo que sus palabras son más elocuentes que las mías. Te las transcribo a continuación. En seguida intuirás lo que quiero pedirte.

Estoy en el hospital. En cancerología. En la habitación número 201 frente a la número 202 donde había un muchacho de poco más de 20 años. Yo ya he cumplido 45. Tengo un cáncer quién sabe dónde y llevo aquí un par de semanas.
Soy un desgraciado y vivo amargado en medio de dolores que no se puede decir lo grandes que son. No puedo dejar de quejarme y retorcerme en la cama maldiciendo el día que me llegó esta enfermedad. Los únicos momentos de tregua son los ratos que dura el efecto de los calmantes. Es realmente desesperante.
Pero en la habitación de enfrente yo notaba algo muy raro. Cuando en algunos momentos al día coincidían las dos puertas abiertas, la de él y la mía, yo no entendía lo que veía. Aquel chaval nunca se quejada, ni lo más mínimo. Lo veía, sí, a veces retorcerse por los dolores, pero nunca le oí una queja ni una maldición. En su cara yo veía siempre un algo de serenidad, de paz, de gran temple. Al enterarme que tenía un cáncer bastante más doloroso y avanzado que el mío y que los calmantes que le ponían eran como los míos, lo entendía menos aún.
Todo esto al inicio me daba rabia. ¿Cómo era posible que un chaval enclenque como ese fuera capaz de soportar y sobrellevar así esa enfermedad? Rabia porque yo, un veterano cuarentón, curtido por el duro trabajo de largos años, me derretía ante dolores incluso más leves que los suyos.Un buen día no aguanté más y le dije a una enfermera que por favor me resolviera mi interrogante. La respuesta inmediata de la enfermera me dejó aún más perplejo todavía: "Porque tiene una fe en Dios como una catedral", me dijo rotundamente.

Después yo mismo pude comprobar que era verdad lo que me dijo la enfermera. Lo comprobé cuando supe que diariamente recibía la comunión. Lo comprobé cuando lo veía con el rosario en las manos o leyendo la Biblia. Lo comprobé también la noche que lo vieron morir con la sonrisa en los labios gracias a esa fe y ese amor a Dios que no cabían en el hospital entero.
No tengo más que decir. Sólo que yo nunca habría imaginado que la fe tuviese la fuerza de hacer feliz incluso al hombre que más sufre en la tierra. Pero ahora ya lo sé. Y ya no me da rabia de aquel muchacho. Ahora me da verdadera envidia.

Rey Baltasar, tú eres el de la mirra. Tu tienes ese bálsamo de la fe y de la confianza en Dios que tanto necesita este buen señor, amigo mío. Date una vuelta estas Navidades por la 201 de ese hospital de cancerología. Date una vuelta también por todas las habitaciones del mundo donde hay alguien que sufra sin fe, sin amor, sin confianza. Vete repartiendo de ese bálsamo que suaviza el dolor y lo hace más llevadero.
No creo que se enfade el Niño Jesús si al presentarle el frasco de mirra a la mitad, le explicas en qué la has usado. Al contrario, verás que en su inocente carita se dibuja una sonrisa muy parecida a la que arrancaste de aquel buen hombre de la 201.
Gracias, mi amigo Rey Baltasar."