jueves, 20 de diciembre de 2007

¡Ven, Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos! (22 de diciembre, FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


Rey de las naciones

Enmanuel preclaro

de Israel anhelo

pastor del rebaño.


Niño que apacientas

con suave cayado

ya la oveja arisca

ya el cordero manso.


Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.


La Iglesia, en la inminencia de la Navidad, hace suyas las palabras del Salmo 24: “¡Portones! Alzad los dinteles; que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la Gloria” (Antífona de entrada de la Misa del 22 de diciembre).
Cristo es el Rey de las naciones, que viene a reunir, cumpliendo la profecía de Jeremías - “os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares” (Jeremías 11, 14) - , a los pueblos dispersos. Cristo ejerce su realeza con la fuerza pacífica de su amor, “atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y resurrección” (cf Juan 12, 32; Catecismo de la Iglesia Católica, 786).
La realeza de Cristo, su acción salvadora, es universal; abarca a cada hombre y a cada pueblo: “Él mismo, el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo con todo hombre. [...] Cristo murió por todos y la vocación última del hombre es realmente una sola, es decir, la vocación divina” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 22). San Ireneo escribe que la Palabra de Dios, “que habitó en el hombre, se hizo también Hijo del hombre, para habituar al hombre a percibir a Dios, y a Dios a habitar en el hombre, según el beneplácito del Padre” (Contra las herejías, 3, 20).
El Señor nos llama a participar de su libertad regia, de su soberano dominio sobre el reino del pecado. La Iglesia constituye el germen y el comienzo de su Reino en la tierra (cf Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 5). Dios, “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2, 4), quiso que la Iglesia sea, en Cristo, “instrumento de redención universal” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 9); “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 2).
Si el pecado engendra dispersión, la íntima unión con Dios que Cristo, Piedra angular de la Iglesia (cf Efesios 2, 20), hace posible, crea la comunión entre todos los hombres; la reconciliación y la unificación universales.
Debemos dejar que nuestro corazón sea atraído por el Corazón de Cristo, para que la paz que Él nos concede con su nacimiento sea capaz de vencer, con nuestra colaboración, los conflictos que enfrentan a las naciones, las guerras fraticidas y todas las formas de violencia, física o moral, que devastan nuestro planeta.
Jesús es el Príncipe de la paz profetizado por Isaías: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz. Para dilatar el principado con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre” (Isaías 9, 5-6).
En la humildad de Belén, junto a María, cultivemos la certeza de que "donde y cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende de modo casi natural el camino de la paz". Con la ayuda maternal de la Virgen “deseamos comprometernos a trabajar solícitamente en la ‘obra’ de la paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz” (Benedicto XVI, Homilía, 1 de enero de 2006).

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