miércoles, 19 de diciembre de 2007

¡Ven, Oh Renuevo del tronco de Jesé! (19 de diciembre. FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


¡Oh, raíz sagrada de Jesé

que en lo alto

presentas al orbe

tu fragante nardo!


Dulcísimo Niño

que has sido llamado

lirio de los valles,

bella flor del campo.


Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más.


La promesa hecha a David en la profecía de Natán (2 Sam 7, 5 ss.) creó en el pueblo de Israel la conciencia de que el Mesías pertenecería a la dinastía davídica. Jesucristo, el Verbo encarnado, es saludado como “Renuevo de Jesé”. El “renuevo” es el vástago que echa el árbol o la planta después de podado o cortado: “Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago”, profetiza Isaías (Isaías 11, 1). Un árbol podado es casi un árbol muerto. Sólo la potencia de Dios lo hace rejuvenecer. Cristo es lo nuevo; “el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Apocalipsis 21, 6).
Él viene a renovarnos. Toda la creación encuentra su finalidad en la comunión en la vida divina, a la que Dios quiere elevar a los hombres. “Lo hace – nos recuerda el Catecismo – reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 541).
El bautismo inicia nuestra inserción en ese tronco vivificado que es la Iglesia. A imagen de María, que acoge en su seno el Renuevo de Jesé, la Iglesia nos hace nacer a la vida de la gracia, a la vida nueva de los hijos adoptivos de Dios.
La humanidad nueva, renacida en Cristo por la fe y el bautismo, construye un mundo nuevo, una civilización nueva: la civilización del amor, donde “la misericordia y la fidelidad se encuentran” y “la justicia y la paz se besan” (Salmo 85, 11).
Nuestra historia, nuestra sociedad, nuestro mundo, exhiben, con excesiva frecuencia, las ruinas acumuladas del odio. Ansiamos la llegada de Cristo, para que, cada día, irrigue con su gracia nuestro desierto, y haga brotar en la ciudad de los hombres su Reino: “el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Prefacio de la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo).

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