jueves, 20 de diciembre de 2007

¡Ven, oh Emmanuel! (23 de diciembre, FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


Ábranse los cielos

y llueva de lo alto

bienhechor rocío

como riego santo.


¡Ven hermoso Niño,

ven, Dios humanado!

¡Luce hermosa estrella,

brota flor del campo!


Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.


Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros: “el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Isaías 7, 14).
El nombre de la salvación y de la esperanza es “Emmanuel”; el hijo de la Virgen. La cercanía de Dios suscita la alegría, que caracteriza el anuncio del Evangelio: “El Nuevo Testamento es realmente ‘Evangelio’, ‘buena noticia’ que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático, tal vez peligroso. Dios está cerca de nosotros, tan cerca que se hace niño, y podemos tratar de ‘tú’ a este Dios” (Benedicto XVI, Homilía, 18 de diciembre de 2005).
Los hombres han buscado, en todas las etapas de la historia, el rostro de Dios. Y este rostro resplandece en la gruta de Belén, en la proximidad del rostro de un Niño. Dios es tan cercano a nosotros que se ha hecho carne, “para que conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible” (Prefacio I de Navidad).
Jesús es el Emmanuel. Dios ha querido compartir nuestra vida: “el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado” (Prefacio II de Navidad). Dios, en el tiempo que “había establecido de antemano para poner de manifiesto su benignidad y poder”, reveló su caridad por medio de su Hijo, entregando “al santo por los inicuos, al inocente por los culpables, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales” (Carta a Diogneto).
La fe enmudece ante el “maravilloso intercambio que nos salva”, por el cual el Hijo de Dios se reviste de nuestra frágil condición para hacernos a nosotros eternos (cf Prefacio III de Navidad).
La vecindad de Dios nos invita a hacernos niños; a abajarnos, a hacernos pequeños (cf Mateo 18, 3-4). El Catecismo nos recuerda que el misterio de la Navidad “se realiza en nosotros cuando Cristo ‘toma forma’ en nosotros”, dándonos parte en su divinidad (Catecismo de la Iglesia Católica, 526).
Ante la presencia del Señor, podemos exclamar como San Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? [...] ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? [...] Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó” (Romanos 8, 31.35.37).
El Señor permanece con nosotros. Sobre todo, en el sacramento de la Eucaristía: “la fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia da a los diversos aspectos —banquete, memorial de la Pascua, anticipación escatológica— un alcance que va mucho más allá del puro simbolismo. La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo.” (Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, 16).
Sí, Dios está con nosotros. Cristo es el Emmanuel, el compañero de camino, nuestro Rey y legislador, que habita entre nosotros; que viene, cada día, a salvarnos.

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