martes, 18 de diciembre de 2007

¡Ven, Oh Adonai! (18 de diciembre. FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


¡Oh Adonai, potente

que a Moisés hablando

de Israel al pueblo

disteis los mandatos,



Ah, ven prontamente

para rescatarnos,

y que un niño débil

muestre fuerte brazo!




Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo.



Los judíos siempre que encontraban en el texto sagrado la palabra YHVH, leían Adonai (El Señor), para no pronunciar el nombre de Yahveh, porque para los antiguos llamar a Dios por el nombre que él mismo se había dado (Ex 3) significaba dominarlo y manipularlo. Invocar al Señor como Adonai nos ubica en el contexto de la liberación-alianza que nos narra el libro del Éxodo en los capítulos 6-20. La liberación de Israel la prometió Yahveh a Moisés y por intermedio de él al pueblo con estas palabras: Yo soy, el Señor, les quitaré de encima las cargas de los egipcios, los libraré de su esclavitud, los rescataré con brazo extendido y haciendo justicia solemne, los adoptaré como pueblo mío y seré su Dios (Ex 6,6). La acción liberadora se da para que Israel libremente pueda convertirse en el Pueblo de Dios en el Sinaí por medio de un pacto que posteriormente se expresará en los mandamientos. Esta liberación la entendió así el pueblo que la cantaba en la más antigua confesión de fe:


Mi Padre era un arameo errante:

bajó a Egipto y residió allí con unos pocos hombres;

allí se hizo un pueblo grande, fuerte y numeroso.

Los egipcios nos maltrataron y nos humillaron,

y nos impusieron dura esclavitud.

Gritamos al Señor, Dios de nuestros padres,

y el Señor escuchó nuestra voz;

vio nuestra miseria, nuestros trabajos, nuestra opresión.

El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte,

con brazo extendido, con terribles portentos,

con signos y prodigios y nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra,

una tierra que mana leche y miel (Dt 16,5-9).


También el profeta Isaías anuncia que cuando la cepa de Jesé se alce como divisa de todos los pueblos, el Señor tenderá otra vez su mano para rescatar el resto de su pueblo (Is 11,11). El salmo 130 es el grito de esperanza confiada en que el Señor vendrá; el salmista aguarda al Señor como el centinela a la aurora porque el Señor rescatará a Israel de todos sus delitos.


¿Y en qué consiste el rescate? Oigamos al Deutero Isaías:


No temas, que te he redimido,

te he llamado por tu nombre,

tú eres mío.

Cuando cruces las aguas,

yo estaré contigo.

La corriente no te anegará;

cuando pases por el fuego,

no te quemarás,

la llama no te abrasará.

Porque yo soy el Señor, tu Dios

el Santo de Israel, tu salvador.

Como rescate tuyo entregué a Egipto,

a Etiopía y Sabá a cambio de ti;

porque te aprecio y eres valioso

y yo te quiero,

entregaré hombres a cambio de ti,

pueblos a cambio de tu vida;

no temas, que contigo estoy yo;

Desde oriente traeré a tu estirpe;

desde occidente te reuniré.

Diré al norte: entrégalo;

al sur: no lo retengas;

tráeme a mis hijos de lejos

y a mis hijas del confín de la tierra;

a todos los que llevan mi nombre,

a los que creé para mi gloria,

a los que hice y formé (Is 43,1-7).


Para los cristianos esta espera es una realidad. El Señor ha venido y ofrecido su vida para el rescate de todos. Jesús el Emmanuel, el Dios con nosotros nos acompaña en todas las situaciones de nuestra vida. Nos preparamos para celebrar la Navidad con la seguridad de que en la debilidad del Niño de Belén se han cumplido las esperanzas del Antiguo Testamento, y la redención (el rescate) se ha hecho realidad; su presencia la experimenta todo hombre de buena voluntad, que sea capaz de reconocer en el Niño del pesebre a todos los hombres del mundo.

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