martes, 11 de diciembre de 2007

¡DIOS A LA VISTA!

Así titulaba un famoso ensayo D. José Ortega y Gaset. El fino olfato histórico y metafísico de nuestro gran filósofo le hizo percibir, un poco a tientas, una dimensión esencial de nuestro ser y de nuestra vida. Este permanente acercamiento de Dios desde nuestro horizonte espiritual es el gran significado del Adviento.

Toda la vida es adviento de Dios. Quizás es esto lo más profundo que podemos decir de nuestra propia vida. Somos indigencia de Dios. Una indigencia que El llena saliendo a nuestro encuentro como el padre bueno sale al encuentro de su hijo menesteroso.

El gran amor que Dios nos tiene le hizo salir de las brumas del horizonte y venir hasta nosotros en carne mortal, en un tiempo y en un lugar. Jesús es estrictamente la presencia sustancial de Dios en nuestro mundo. Jesús es el adviento permanente de Dios a cada uno de nosotros. El Jesús real e histórico, muerto y resucitado, viene a nosotros por medio de la Iglesia, en su palabra, en los sacramentos, especialmente en el de la Eucaristía, y más profundamente por la acción del Espíritu Santo. “Vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23).

Dos novedades tienen que llenar nuestro Adviento. La primera y principal es el descubrimiento de Dios como Padre bueno, como Principio y Fuente de vida verdadera y eterna, como Apoyo, Refugio y Garantía de nuestra vida personal y de la humanidad entera. Tenemos que romper esa barrera de miedo y desconfianza con la que nos blindamos ante el amor de Dios que viene a nosotros. El gran testimonio, la gran verdad de Jesús es habernos manifestado con su vida y con su muerte este amor ilimitado de Dios, Padre misericordioso y acogedor. Nos amó hasta dejar morir a su Hijo en la cruz por nosotros. Confianza, gratitud, invocación, son los grandes sentimientos del Adviento.

La otra novedad del Adviento tiene que ser el reconocimiento de nuestros pecados, de nuestra indiferencia, de nuestra ingrata ceguera. No se trata sólo de arrepentirnos de pecados concretos, sino de ir hasta el fondo de nuestros pecados, descubriendo y eliminando el pecado profundo y encubierto del olvido de Dios, de la desconfianza contra El, del vivir de espaldas a El. Adviento es un tiempo de penitencia, una penitencia mansa y profunda, serena y confiada, que nos libera de nuestro encerramiento, origen de tantos pecados, y nos abre a la visita de Dios.

Dios viene hasta nosotros de muchas maneras, por fuera y por dentro. Viene en las celebraciones litúrgicas por la Palabra y los Sacramentos, viene por el acogimiento interior de Jesucristo, viene por su presencia invisible en el fondo de nuestro corazón.

En la liturgia de estas semanas los profetas dan forma al clamor de la humanidad pidiendo y esperando la llegada de Dios, de su perdón, de su presencia, de su abrazo vivificador. Hagamos nuestra esta voz de los profetas, preparemos los caminos de Dios hacia nosotros con nuestra penitencia y nuestras buenas obras. Hay demasiadas puertas cerradas. Abramos las puertas de muchos corazones a la llegada de Dios.

La dulce y fuerte doncella de Nazaret, la Virgen Santa María, es el mejor modelo, el principio y la cumbre de la humanidad en esta espera del Dios que viene para estar con nosotros por toda la eternidad. Que sus sentimientos sean también nuestros sentimientos, que su oración sea nuestra oración: somos tus siervos, venga tu reino, que tu voluntad se cumpla en nosotros, en la tierra como en el cielo.

El itinerario de conversión del Adviento desemboca en la alegría de Navidad, no en la alegría pasajera de los grandes almacenes y las calles engalanadas, sino en la alegría profunda y duradera de la adoración, de la piedad agradecida y de la paz interior, del encuentro y la reconciliación, de la amistad recuperada, de la convivencia y la comunicación, del amor acogedor y generoso. Es la alegría de la salvación de Dios. Estamos contentos, como María, porque Dios ha hecho con nosotros grandes maravillas.

(Mons. Fernando Sebastián, "Cartas desde la fe")

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