miércoles, 26 de diciembre de 2007

"Nos ha amanecido un día sagrado..." Mensaje de Navidad del Santo Padre Benedicto XVI.


«Nos ha amanecido un día sagrado:
venid, naciones, adorad al Señor,
porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra»
(Misa del día de Navidad, Aclamación al Evangelio).

Queridos hermanos y hermanas: «Nos ha amanecido un día sagrado». Un día de gran esperanza: hoy el Salvador de la humanidad ha nacido. El nacimiento de un niño trae normalmente una luz de esperanza a quienes lo aguardan ansiosos. Cuando Jesús nació en la gruta de Belén, una «gran luz» apareció sobre la tierra; una gran esperanza entró en el corazón de cuantos lo esperaban: «lux magna», canta la liturgia de este día de Navidad. Ciertamente no fue «grande» según el mundo, porque, en un primer momento, sólo la vieron María, José y algunos pastores, luego los Magos, el anciano Simeón, la profetisa Ana: aquellos que Dios había escogido. Sin embargo, en lo recóndito y en el silencio de aquella noche santa se encendió para cada hombre una luz espléndida e imperecedera; ha venido al mundo la gran esperanza portadora de felicidad: «el Verbo se hizo carne y nosotros hemos visto su gloria» (Jn 1,14)

«Dios es luz –afirma san Juan– y en él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). En el Libro del Génesis leemos que cuando tuvo origen el universo, «la tierra era un caos informe; sobre la faz del Abismo, la tiniebla». «Y dijo Dios: “que exista la luz”. Y la luz existió» (Gn 1,2-3). La Palabra creadora de Dios –Dabar en hebreo, Verbum en latín, Logos en griego– es Luz, fuente de la vida.

Por medio del Logos se hizo todo y sin Él no se hizo nada de lo que se ha hecho (cf. Jn 1,3). Por eso todas las criaturas son fundamentalmente buenas y llevan en sí la huella de Dios, una chispa de su luz. Sin embargo, cuando Jesús nació de la Virgen María, la Luz misma vino al mundo:

«Dios de Dios, Luz de Luz», profesamos en el Credo. En Jesús, Dios asumió lo que no era, permaneciendo en lo que era: «la omnipotencia entró en un cuerpo infantil y no se sustrajo al gobierno del universo» (cf. S. Agustín, Serm 184, 1 sobre la Navidad). Aquel que es el creador del hombre se hizo hombre para traer al mundo la paz. Por eso, en la noche de Navidad, el coro de los Ángeles canta: «Gloria a Dios en el cielo / y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2,14).

«Hoy una gran luz ha bajado a la tierra». La Luz de Cristo es portadora de paz. En la Misa de la noche, la liturgia eucarística comenzó justamente con este canto: «Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada). Más aún, sólo la «gran» luz que aparece en Cristo puede dar a los hombres la «verdadera» paz. He aquí por qué cada generación está llamada a acogerla, a acoger al Dios que en Belén se ha hecho uno de nosotros.

La Navidad es esto: acontecimiento histórico y misterio de amor, que desde hace más de dos mil años interpela a los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Es el día santo en el que brilla la «gran luz» de Cristo portadora de paz. Ciertamente, para reconocerla, para acogerla, se necesita fe, se necesita humildad. La humildad de María, que ha creído en la palabra del Señor, y que fue la primera que, inclinada ante el pesebre, adoró el Fruto de su vientre; la humildad de José, hombre justo, que tuvo la valentía de la fe y prefirió obedecer a Dios antes que proteger su propia reputación; la humildad de los pastores, de los pobres y anónimos pastores, que acogieron el anuncio del mensajero celestial y se apresuraron a ir a la gruta, donde encontraron al niño recién nacido y, llenos de asombro, lo adoraron alabando a Dios (cf. Lc 2,15-20). Los pequeños, los pobres en espíritu: éstos son los protagonistas de la Navidad, tanto ayer como hoy; los protagonistas de siempre de la historia de Dios, los constructores incansables de su Reino de justicia, de amor y de paz.

En el silencio de la noche de Belén Jesús nació y fue acogido por manos solícitas. Y ahora, en esta nuestra Navidad en la que sigue resonando el alegre anuncio de su nacimiento redentor, ¿quién está listo para abrirle las puertas del corazón? Hombres y mujeres de hoy, Cristo viene a traernos la luz también a nosotros, también a nosotros viene a darnos la paz. Pero ¿quién vela en la noche de la duda y la incertidumbre con el corazón despierto y orante? ¿Quién espera la aurora del nuevo día teniendo encendida la llama de la fe? ¿Quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse envolver por su amor fascinante? Sí, su mensaje de paz es para todos; viene para ofrecerse a sí mismo a todos como esperanza segura de salvación.

Que la luz de Cristo, que viene a iluminar a todo ser humano, brille por fin y sea consuelo para cuantos viven en las tinieblas de la miseria, de la injusticia, de la guerra; para aquellos que ven negadas aún sus legítimas aspiraciones a una subsistencia más segura, a la salud, a la educación, a un trabajo estable, a una participación más plena en las responsabilidades civiles y políticas, libres de toda opresión y al resguardo de situaciones que ofenden la dignidad humana. Las víctimas de sangrientos conflictos armados, del terrorismo y de todo tipo de violencia, que causan sufrimientos inauditos a poblaciones enteras, son especialmente las categorías más vulnerables, los niños, las mujeres y los ancianos. A su vez, las tensiones étnicas, religiosas y políticas, la inestabilidad, la rivalidad, las contraposiciones, las injusticias y las discriminaciones que laceran el tejido interno de muchos países, exasperan las relaciones internacionales. Y en el mundo crece cada vez más el número de emigrantes, refugiados y deportados, también por causa de frecuentes calamidades naturales, como consecuencia a veces de preocupantes desequilibrios ambientales.

En este día de paz, pensemos sobre todo en donde resuena el fragor de las armas: en las martirizadas tierras del Dafur, de Somalia y del norte de la República Democrática del Congo, en las fronteras de Eritrea y Etiopía, en todo el Medio Oriente, en particular en Irak, Líbano y Tierra Santa, en Afganistán, en Pakistán y en Sri Lanka, en las regiones de los Balcanes, y en tantas otras situaciones de crisis, desgraciadamente olvidadas con frecuencia. Que el Niño Jesús traiga consuelo a quien vive en la prueba e infunda a los responsables de los gobiernos sabiduría y fuerza para buscar y encontrar soluciones humanas, justas y estables. A la sed de sentido y de valores que hoy se percibe en el mundo; a la búsqueda de bienestar y paz que marca la vida de toda la humanidad; a las expectativas de los pobres, responde Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, con su Natividad. Que las personas y las naciones no teman reconocerlo y acogerlo: con Él, «una espléndida luz» alumbra el horizonte de la humanidad; con Él comienza «un día sagrado» que no conoce ocaso. Que esta Navidad sea realmente para todos un día de alegría, de esperanza y de paz.

«Venid, naciones, adorad al Señor». Con María, José y los pastores, con los magos y la muchedumbre innumerable de humildes adoradores del Niño recién nacido, que han acogido el misterio de la Navidad a lo largo de los siglos, dejemos también nosotros, hermanos y hermanas de todos los continentes, que la luz de este día se difunda por todas partes, que entre en nuestros corazones, alumbre y dé calor a nuestros hogares, lleve serenidad y esperanza a nuestras ciudades, y conceda al mundo la paz. Éste es mi deseo para quienes me escucháis. Un deseo que se hace oración humilde y confiada al Niño Jesús, para que su luz disipe las tinieblas de vuestra vida y os llene del amor y de la paz. El Señor, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de misericordia, os colme con su felicidad y os haga mensajeros de su bondad. ¡Feliz Navidad

jueves, 20 de diciembre de 2007

¡Ven, oh Emmanuel! (23 de diciembre, FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


Ábranse los cielos

y llueva de lo alto

bienhechor rocío

como riego santo.


¡Ven hermoso Niño,

ven, Dios humanado!

¡Luce hermosa estrella,

brota flor del campo!


Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.


Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros: “el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Isaías 7, 14).
El nombre de la salvación y de la esperanza es “Emmanuel”; el hijo de la Virgen. La cercanía de Dios suscita la alegría, que caracteriza el anuncio del Evangelio: “El Nuevo Testamento es realmente ‘Evangelio’, ‘buena noticia’ que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático, tal vez peligroso. Dios está cerca de nosotros, tan cerca que se hace niño, y podemos tratar de ‘tú’ a este Dios” (Benedicto XVI, Homilía, 18 de diciembre de 2005).
Los hombres han buscado, en todas las etapas de la historia, el rostro de Dios. Y este rostro resplandece en la gruta de Belén, en la proximidad del rostro de un Niño. Dios es tan cercano a nosotros que se ha hecho carne, “para que conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible” (Prefacio I de Navidad).
Jesús es el Emmanuel. Dios ha querido compartir nuestra vida: “el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado” (Prefacio II de Navidad). Dios, en el tiempo que “había establecido de antemano para poner de manifiesto su benignidad y poder”, reveló su caridad por medio de su Hijo, entregando “al santo por los inicuos, al inocente por los culpables, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales” (Carta a Diogneto).
La fe enmudece ante el “maravilloso intercambio que nos salva”, por el cual el Hijo de Dios se reviste de nuestra frágil condición para hacernos a nosotros eternos (cf Prefacio III de Navidad).
La vecindad de Dios nos invita a hacernos niños; a abajarnos, a hacernos pequeños (cf Mateo 18, 3-4). El Catecismo nos recuerda que el misterio de la Navidad “se realiza en nosotros cuando Cristo ‘toma forma’ en nosotros”, dándonos parte en su divinidad (Catecismo de la Iglesia Católica, 526).
Ante la presencia del Señor, podemos exclamar como San Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? [...] ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? [...] Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó” (Romanos 8, 31.35.37).
El Señor permanece con nosotros. Sobre todo, en el sacramento de la Eucaristía: “la fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia da a los diversos aspectos —banquete, memorial de la Pascua, anticipación escatológica— un alcance que va mucho más allá del puro simbolismo. La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo.” (Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, 16).
Sí, Dios está con nosotros. Cristo es el Emmanuel, el compañero de camino, nuestro Rey y legislador, que habita entre nosotros; que viene, cada día, a salvarnos.

¡Ven, Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos! (22 de diciembre, FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


Rey de las naciones

Enmanuel preclaro

de Israel anhelo

pastor del rebaño.


Niño que apacientas

con suave cayado

ya la oveja arisca

ya el cordero manso.


Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.


La Iglesia, en la inminencia de la Navidad, hace suyas las palabras del Salmo 24: “¡Portones! Alzad los dinteles; que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la Gloria” (Antífona de entrada de la Misa del 22 de diciembre).
Cristo es el Rey de las naciones, que viene a reunir, cumpliendo la profecía de Jeremías - “os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares” (Jeremías 11, 14) - , a los pueblos dispersos. Cristo ejerce su realeza con la fuerza pacífica de su amor, “atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y resurrección” (cf Juan 12, 32; Catecismo de la Iglesia Católica, 786).
La realeza de Cristo, su acción salvadora, es universal; abarca a cada hombre y a cada pueblo: “Él mismo, el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo con todo hombre. [...] Cristo murió por todos y la vocación última del hombre es realmente una sola, es decir, la vocación divina” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 22). San Ireneo escribe que la Palabra de Dios, “que habitó en el hombre, se hizo también Hijo del hombre, para habituar al hombre a percibir a Dios, y a Dios a habitar en el hombre, según el beneplácito del Padre” (Contra las herejías, 3, 20).
El Señor nos llama a participar de su libertad regia, de su soberano dominio sobre el reino del pecado. La Iglesia constituye el germen y el comienzo de su Reino en la tierra (cf Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 5). Dios, “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2, 4), quiso que la Iglesia sea, en Cristo, “instrumento de redención universal” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 9); “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 2).
Si el pecado engendra dispersión, la íntima unión con Dios que Cristo, Piedra angular de la Iglesia (cf Efesios 2, 20), hace posible, crea la comunión entre todos los hombres; la reconciliación y la unificación universales.
Debemos dejar que nuestro corazón sea atraído por el Corazón de Cristo, para que la paz que Él nos concede con su nacimiento sea capaz de vencer, con nuestra colaboración, los conflictos que enfrentan a las naciones, las guerras fraticidas y todas las formas de violencia, física o moral, que devastan nuestro planeta.
Jesús es el Príncipe de la paz profetizado por Isaías: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz. Para dilatar el principado con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre” (Isaías 9, 5-6).
En la humildad de Belén, junto a María, cultivemos la certeza de que "donde y cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende de modo casi natural el camino de la paz". Con la ayuda maternal de la Virgen “deseamos comprometernos a trabajar solícitamente en la ‘obra’ de la paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz” (Benedicto XVI, Homilía, 1 de enero de 2006).

¡Ven, Oh Sol, que naces de lo alto! (21 de diciembre, FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


Oh lumbre de Oriente,

sol de eternos rayos,

que entre las tinieblas

tu esplendor veamos.



Niño tan precioso


dicha del cristiano,


luzca la sonrisa


de tus dulces labios.

Oh Sol, que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte

¡Levántate, brilla, que llega tu luz;
la gloria del Señor amanece sobre ti!
Mira: las tinieblas cubren la tierra,
la oscuridad los pueblos;
pero sobre ti amanecerá el Señor,
su gloria aparecerá sobre ti;
y acudirán los pueblos a tu luz,
los reyes al resplandor de tu aurora (Is 60,1-2).
Parece que el profeta se dirigiera a nosotros en esta preparación de la Natividad del Señor. En medio de las tinieblas del mundo, de la confusión de valores e ideales de nuestra época, tenemos una esperanza: No será para ti ya nunca más el sol tu luz en el día, ni te alumbrará la claridad de la luna; será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios no será tu esplendor; tu sol ya no se pondrá ni menguará tu luna, porque el Señor será tu luz perpetua (Is 60,19-20).
Pedimos entonces en este gozo, que el esplendor de la luz que irradia el Pesebre penetre en la oscuridad de este mundo, para que todos los hombres se beneficien de los resplandores de la claridad divina. La profecía mesiánica había anunciado que el pueblo que caminaba a oscuras vio una intensa luz, los que habitaban un país de sombras se inundaron de luz (Is 9,1). Ya desde la época del profeta Balaán también se había anunciado la venida del Mesías como una estrella: Lo veo pero no para ahora; lo contemplo pero no de cerca; una estrella sale de Jacob, un cetro surge de Israel (Nm 24,17).
El Señor está por llegar y su luz debe ser descubierta entre las tinieblas del mundo como lo hicieron los magos de oriente allá en Belén, y por medio de la estrella encontraron al pequeño Niño en medio de sus padres, sonriendo cariñosamente, porque en el niño del pesebre se nos revela la ternura del amor infinito de Dios Padre. Es el momento de aprender a sonreír para hacer el mundo más amable; y de descubrir la ternura del Niño de Belén y apropiárnosla, para contribuir a desarrollar la civilización del amor y de la ternura.

¡Ven, Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel! (20 de diciembre. FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


Llave de David

que abre al desterrado

las cerradas puertas

del regio palacio.


¡Sácanos, oh Niño,

con tu blanca mano

de la cárcel triste

que labró el pecado!



Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte.


La llave es símbolo del poder con autoridad suma, en un oficio. El profeta Isaías anuncia la investidura de Eliaquín y dice: "le pondré en el hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierra nadie lo abrirá" (Is 22, 22). Jesús de Nazaret que recibió del Padre "todo el poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28,19) recibió también las llaves del Reino.

En la misión del siervo según el Deutero-Isaías el Señor lo constituyó para decir a los cautivos: "salid" (Is 49,9), porque el Señor llamó al Siervo "para que abra los ojos de los ciegos, saque a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas" (Is 42,7). En el Apocalipsis, Jesús es presentado como el que tiene la llave de David, es decir, el que posee todo el poder mesiánico: "Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir" (Ap 3,7). Él mismo había asumido las palabras del profeta Isaías al iniciar su ministerio: "Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos" (Is 61,1; Lc 4,18).

El Mesías que esperamos en la Navidad, cumplió realmente la misión del Siervo: abrió al hombre pecador la posibilidad de liberarse del dominio del pecado (Rom 6,14), y le abrió al hombre justo las puertas del reino de los cielos. Le suplicamos al Niño que va a nacer que se apresure a rescatar definitivamente al hombre que ansía ver instalado el Reino de Dios entre nosotros.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

¡Ven, Oh Renuevo del tronco de Jesé! (19 de diciembre. FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


¡Oh, raíz sagrada de Jesé

que en lo alto

presentas al orbe

tu fragante nardo!


Dulcísimo Niño

que has sido llamado

lirio de los valles,

bella flor del campo.


Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más.


La promesa hecha a David en la profecía de Natán (2 Sam 7, 5 ss.) creó en el pueblo de Israel la conciencia de que el Mesías pertenecería a la dinastía davídica. Jesucristo, el Verbo encarnado, es saludado como “Renuevo de Jesé”. El “renuevo” es el vástago que echa el árbol o la planta después de podado o cortado: “Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago”, profetiza Isaías (Isaías 11, 1). Un árbol podado es casi un árbol muerto. Sólo la potencia de Dios lo hace rejuvenecer. Cristo es lo nuevo; “el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Apocalipsis 21, 6).
Él viene a renovarnos. Toda la creación encuentra su finalidad en la comunión en la vida divina, a la que Dios quiere elevar a los hombres. “Lo hace – nos recuerda el Catecismo – reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 541).
El bautismo inicia nuestra inserción en ese tronco vivificado que es la Iglesia. A imagen de María, que acoge en su seno el Renuevo de Jesé, la Iglesia nos hace nacer a la vida de la gracia, a la vida nueva de los hijos adoptivos de Dios.
La humanidad nueva, renacida en Cristo por la fe y el bautismo, construye un mundo nuevo, una civilización nueva: la civilización del amor, donde “la misericordia y la fidelidad se encuentran” y “la justicia y la paz se besan” (Salmo 85, 11).
Nuestra historia, nuestra sociedad, nuestro mundo, exhiben, con excesiva frecuencia, las ruinas acumuladas del odio. Ansiamos la llegada de Cristo, para que, cada día, irrigue con su gracia nuestro desierto, y haga brotar en la ciudad de los hombres su Reino: “el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Prefacio de la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo).

martes, 18 de diciembre de 2007

¡Ven, Oh Adonai! (18 de diciembre. FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


¡Oh Adonai, potente

que a Moisés hablando

de Israel al pueblo

disteis los mandatos,



Ah, ven prontamente

para rescatarnos,

y que un niño débil

muestre fuerte brazo!




Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo.



Los judíos siempre que encontraban en el texto sagrado la palabra YHVH, leían Adonai (El Señor), para no pronunciar el nombre de Yahveh, porque para los antiguos llamar a Dios por el nombre que él mismo se había dado (Ex 3) significaba dominarlo y manipularlo. Invocar al Señor como Adonai nos ubica en el contexto de la liberación-alianza que nos narra el libro del Éxodo en los capítulos 6-20. La liberación de Israel la prometió Yahveh a Moisés y por intermedio de él al pueblo con estas palabras: Yo soy, el Señor, les quitaré de encima las cargas de los egipcios, los libraré de su esclavitud, los rescataré con brazo extendido y haciendo justicia solemne, los adoptaré como pueblo mío y seré su Dios (Ex 6,6). La acción liberadora se da para que Israel libremente pueda convertirse en el Pueblo de Dios en el Sinaí por medio de un pacto que posteriormente se expresará en los mandamientos. Esta liberación la entendió así el pueblo que la cantaba en la más antigua confesión de fe:


Mi Padre era un arameo errante:

bajó a Egipto y residió allí con unos pocos hombres;

allí se hizo un pueblo grande, fuerte y numeroso.

Los egipcios nos maltrataron y nos humillaron,

y nos impusieron dura esclavitud.

Gritamos al Señor, Dios de nuestros padres,

y el Señor escuchó nuestra voz;

vio nuestra miseria, nuestros trabajos, nuestra opresión.

El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte,

con brazo extendido, con terribles portentos,

con signos y prodigios y nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra,

una tierra que mana leche y miel (Dt 16,5-9).


También el profeta Isaías anuncia que cuando la cepa de Jesé se alce como divisa de todos los pueblos, el Señor tenderá otra vez su mano para rescatar el resto de su pueblo (Is 11,11). El salmo 130 es el grito de esperanza confiada en que el Señor vendrá; el salmista aguarda al Señor como el centinela a la aurora porque el Señor rescatará a Israel de todos sus delitos.


¿Y en qué consiste el rescate? Oigamos al Deutero Isaías:


No temas, que te he redimido,

te he llamado por tu nombre,

tú eres mío.

Cuando cruces las aguas,

yo estaré contigo.

La corriente no te anegará;

cuando pases por el fuego,

no te quemarás,

la llama no te abrasará.

Porque yo soy el Señor, tu Dios

el Santo de Israel, tu salvador.

Como rescate tuyo entregué a Egipto,

a Etiopía y Sabá a cambio de ti;

porque te aprecio y eres valioso

y yo te quiero,

entregaré hombres a cambio de ti,

pueblos a cambio de tu vida;

no temas, que contigo estoy yo;

Desde oriente traeré a tu estirpe;

desde occidente te reuniré.

Diré al norte: entrégalo;

al sur: no lo retengas;

tráeme a mis hijos de lejos

y a mis hijas del confín de la tierra;

a todos los que llevan mi nombre,

a los que creé para mi gloria,

a los que hice y formé (Is 43,1-7).


Para los cristianos esta espera es una realidad. El Señor ha venido y ofrecido su vida para el rescate de todos. Jesús el Emmanuel, el Dios con nosotros nos acompaña en todas las situaciones de nuestra vida. Nos preparamos para celebrar la Navidad con la seguridad de que en la debilidad del Niño de Belén se han cumplido las esperanzas del Antiguo Testamento, y la redención (el rescate) se ha hecho realidad; su presencia la experimenta todo hombre de buena voluntad, que sea capaz de reconocer en el Niño del pesebre a todos los hombres del mundo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

¡Ven, Oh Sabiduría! (17 de diciembre. FERIA MAYOR DE ADVIENTO)


¡Oh Sapiencia suma

del Dios soberano

que a infantil alcance

te rebajas sacro!


¡Oh Divino Niño

ven para enseñarnos

la prudencia que hace

verdaderos sabios!


Oh Sabiduría, salida de labios del Altísimo, que abarcas los confines del mundo, disponiendo todo con suavidad y fortaleza: Ven a enseñarnos el camino de la prudencia.

La Sabiduría en Israel nunca puede entenderse como un acerbo de conocimientos teóricos. Poseer la sabiduría era conocer el orden del mundo. El sabio estaba capacitado para gobernar e impartir justicia, y por lo tanto la sabiduría estaba acompañada de la prudencia. Cuando Salomón pide a Dios un corazón sabio para gobernar a tu pueblo y poder discernir entre lo bueno y lo malo, el Señor le concede un corazón sabio y prudente (1 Re 3,9. 12). El sabio la prefiere a todos los dones de la tierra porque sólo ella hace que el hombre sea auténtico hombre: imagen de Dios y señor de la creación, que reconoce y respeta a sus hermanos, obra la justicia y lucha contra la iniquidad. La sabiduría es humana en cuanto Dios la concede al hombre, pero es divina porque Dios posee la Sabiduría y el poder (Job 12, 13). El profeta Isaías cuando describe los dones que el espíritu del Señor concede al niño que ha nacido, el Emmanuel (Dios con nosotros), coloca en primer lugar el espíritu de inteligencia y sabiduría (Is 11,2) y Pablo, en la primera carta a los Corintios nos habla de Cristo como la fuerza y la sabiduría de Dios (1,24). La sabiduría de Dios se ha encarnado en el niño de Belén. En la espera amorosa del nacimiento, pedimos a Dios Padre que podamos descubrir, en las enseñanzas de su hijo, la prudencia como don de su sabiduría infinita.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz






MENSAJE DE SU SANTIDAD


BENEDICTO XVI


PARA LA CELEBRACIÓN DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ


1 ENERO 2008


FAMILIA HUMANA, COMUNIDAD DE PAZ



1. Al comenzar el nuevo año deseo hacer llegar a los hombres y mujeres de todo el mundo mis fervientes deseos de paz, junto con un caluroso mensaje de esperanza. Lo hago proponiendo a la reflexión común el tema que he enunciado al principio de este mensaje, y que considero muy importante: Familia humana, comunidad de paz. De hecho, la primera forma de comunión entre las personas es la que el amor suscita entre un hombre y una mujer decididos a unirse establemente para construir juntos una nueva familia. Pero también los pueblos de la tierra están llamados a establecer entre sí relaciones de solidaridad y colaboración, como corresponde a los miembros de la única familia humana: « Todos los pueblos —dice el Concilio Vaticano II— forman una única comunidad y tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la entera faz de la tierra (cf. Hch 17,26); también tienen un único fin último, Dios »[1].



Familia, sociedad y paz



2. La familia natural, en cuanto comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer[2], es el « lugar primario de ‘‘humanización'' de la persona y de la sociedad »[3], la « cuna de la vida y del amor »[4]. Con razón, pues, se ha calificado a la familia como la primera sociedad natural, « una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de toda organización social »[5].



3. En efecto, en una vida familiar « sana » se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz. No ha de sorprender, pues, que se considere particularmente intolerable la violencia cometida dentro de la familia. Por tanto, cuando se afirma que la familia es « la célula primera y vital de la sociedad »[6], se dice algo esencial. La familia es también fundamento de la sociedad porque permite tener experiencias determinantes de paz. Por consiguiente, la comunidad humana no puede prescindir del servicio que presta la familia. El ser humano en formación, ¿dónde podría aprender a gustar mejor el « sabor » genuino de la paz sino en el « nido » que le prepara la naturaleza? El lenguaje familiar es un lenguaje de paz; a él es necesario recurrir siempre para no perder el uso del vocabulario de la paz. En la inflación de lenguajes, la sociedad no puede perder la referencia a esa « gramática » que todo niño aprende de los gestos y miradas de mamá y papá, antes incluso que de sus palabras.



4. La familia, al tener el deber de educar a sus miembros, es titular de unos derechos específicos. La misma Declaración universal de los derechos humanos, que constituye una conquista de civilización jurídica de valor realmente universal, afirma que « la familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado »[7]. Por su parte, la Santa Sede ha querido reconocer una especial dignidad jurídica a la familia publicando la Carta de los derechos de la familia. En el Preámbulo se dice: « Los derechos de la persona, aunque expresados como derechos del individuo, tienen una dimensión fundamentalmente social que halla su expresión innata y vital en la familia »[8]. Los derechos enunciados en la Carta manifiestan y explicitan la ley natural, inscrita en el corazón del ser humano y que la razón le manifiesta. La negación o restricción de los derechos de la familia, al oscurecer la verdad sobre el hombre, amenaza los fundamentos mismos de la paz.



5. Por tanto, quien obstaculiza la institución familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de toda la comunidad, nacional e internacional, sea frágil, porque debilita lo que, de hecho, es la principal « agencia » de paz. Éste es un punto que merece una reflexión especial: todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz. La familia tiene necesidad de una casa, del trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica de los padres; de escuela para los hijos, de asistencia sanitaria básica para todos. Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia en estos campos, se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz. Concretamente, los medios de comunicación social, por las potencialidades educativas de que disponen, tienen una responsabilidad especial en la promoción del respeto por la familia, en ilustrar sus esperanzas y derechos, en resaltar su belleza.



La humanidad es una gran familia



6. La comunidad social, para vivir en paz, está llamada a inspirarse también en los valores sobre los que se rige la comunidad familiar. Esto es válido tanto para las comunidades locales como nacionales; más aún, es válido para la comunidad misma de los pueblos, para la familia humana, que vive en esa casa común que es la tierra. Sin embargo, en esta perspectiva no se ha de olvidar que la familia nace del « sí » responsable y definitivo de un hombre y de una mujer, y vive del « sí » consciente de los hijos que poco a poco van formando parte de ella. Para prosperar, la comunidad familiar necesita el consenso generoso de todos sus miembros. Es preciso que esta toma de conciencia llegue a ser también una convicción compartida por cuantos están llamados a formar la común familia humana. Hay que saber decir el propio « sí » a esta vocación que Dios ha inscrito en nuestra misma naturaleza. No vivimos unos al lado de otros por casualidad; todos estamos recorriendo un mismo camino como hombres y, por tanto, como hermanos y hermanas. Por eso es esencial que cada uno se esfuerce en vivir la propia vida con una actitud responsable ante Dios, reconociendo en Él la fuente de la propia existencia y la de los demás. Sobre la base de este principio supremo se puede percibir el valor incondicionado de todo ser humano y, así, poner las premisas para la construcción de una humanidad pacificada. Sin este fundamento trascendente, la sociedad es sólo una agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de hermanos y hermanas, llamados a formar una gran familia.



Familia, comunidad humana y medio ambiente



7. La familia necesita una casa a su medida, un ambiente donde vivir sus propias relaciones. Para la familia humana, esta casa es la tierra, el ambiente que Dios Creador nos ha dado para que lo habitemos con creatividad y responsabilidad. Hemos de cuidar el medio ambiente: éste ha sido confiado al hombre para que lo cuide y lo cultive con libertad responsable, teniendo siempre como criterio orientador el bien de todos. Obviamente, el valor del ser humano está por encima de toda la creación. Respetar el medio ambiente no quiere decir que la naturaleza material o animal sea más importante que el hombre. Quiere decir más bien que no se la considera de manera egoísta, a plena disposición de los propios intereses, porque las generaciones futuras tienen también el derecho a obtener beneficio de la creación, ejerciendo en ella la misma libertad responsable que reivindicamos para nosotros. Y tampoco se ha de olvidar a los pobres, excluidos en muchos casos del destino universal de los bienes de la creación. Hoy la humanidad teme por el futuro equilibrio ecológico. Sería bueno que las valoraciones a este respecto se hicieran con prudencia, en diálogo entre expertos y entendidos, sin apremios ideológicos hacia conclusiones apresuradas y, sobre todo, concordando juntos un modelo de desarrollo sostenible, que asegure el bienestar de todos respetando el equilibrio ecológico. Si la tutela del medio ambiente tiene sus costes, éstos han de ser distribuidos con justicia, teniendo en cuenta el desarrollo de los diversos países y la solidaridad con las futuras generaciones. Prudencia no significa eximirse de las propias responsabilidades y posponer las decisiones; significa más bien asumir el compromiso de decidir juntos después de haber ponderado responsablemente la vía a seguir, con el objetivo de fortalecer esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos.



8. A este respecto, es fundamental « sentir » la tierra como « nuestra casa común » y, para ponerla al servicio de todos, adoptar la vía del diálogo en vez de tomar decisiones unilaterales. Si fuera necesario, se pueden aumentar los ámbitos institucionales en el plano internacional para afrontar juntos el gobierno de esta « casa » nuestra; sin embargo, lo que más cuenta es lograr que madure en las conciencias la convicción de que es necesario colaborar responsablemente. Los problemas que aparecen en el horizonte son complejos y el tiempo apremia. Para hacer frente a la situación de manera eficaz es preciso actuar de común acuerdo. Un ámbito en el que sería particularmente necesario intensificar el diálogo entre las Naciones es el de la gestión de los recursos energéticos del planeta. A este respecto, se plantea una doble urgencia para los países tecnológicamente avanzados: por un lado, hay que revisar los elevados niveles de consumo debidos al modelo actual de desarrollo y, por otro, predisponer inversiones adecuadas para diversificar las fuentes de energía y mejorar la eficiencia energética. Los países emergentes tienen hambre de energía, pero a veces este hambre se sacia a costa de los países pobres que, por la insuficiencia de sus infraestructuras y tecnología, se ven obligados a malvender los recursos energéticos que tienen. A veces, su misma libertad política queda en entredicho con formas de protectorado o, en todo caso, de condicionamiento que se muestran claramente humillantes.



Familia, comunidad humana y economía



9. Una condición esencial para la paz en cada familia es que se apoye sobre el sólido fundamento de valores espirituales y éticos compartidos. Pero se ha de añadir que se tiene una auténtica experiencia de paz en la familia cuando a nadie le falta lo necesario, y el patrimonio familiar —fruto del trabajo de unos, del ahorro de otros y de la colaboración activa de todos— se administra correctamente con solidaridad, sin excesos ni despilfarro. Por tanto, para la paz familiar se necesita, por una parte, la apertura a un patrimonio trascendente de valores, pero al mismo tiempo no deja de tener su importancia un sabio cuidado tanto de los bienes materiales como de las relaciones personales. Cuando falta este elemento se deteriora la confianza mutua por las perspectivas inciertas que amenazan el futuro del núcleo familiar.



10. Una consideración parecida puede hacerse respecto a esa otra gran familia que es la humanidad en su conjunto. También la familia humana, hoy más unida por el fenómeno de la globalización, necesita además un fundamento de valores compartidos, una economía que responda realmente a las exigencias de un bien común de dimensiones planetarias. Desde este punto de vista, la referencia a la familia natural se revela también singularmente sugestiva. Hay que fomentar relaciones correctas y sinceras entre los individuos y entre los pueblos, que permitan a todos colaborar en plan de igualdad y justicia. Al mismo tiempo, es preciso comprometerse en emplear acertadamente los recursos y en distribuir la riqueza con equidad. En particular, las ayudas que se dan a los países pobres han de responder a criterios de una sana lógica económica, evitando derroches que, en definitiva, sirven sobre todo para el mantenimiento de un costoso aparato burocrático. Se ha de tener también debidamente en cuenta la exigencia moral de procurar que la organización económica no responda sólo a las leyes implacables de los beneficios inmediatos, que pueden resultar inhumanas.



Familia, comunidad humana y ley moral



11. Una familia vive en paz cuando todos sus miembros se ajustan a una norma común: esto es lo que impide el individualismo egoísta y lo que mantiene unidos a todos, favoreciendo su coexistencia armoniosa y la laboriosidad orgánica. Este criterio, de por sí obvio, vale también para las comunidades más amplias: desde las locales a la nacionales, e incluso a la comunidad internacional. Para alcanzar la paz se necesita una ley común, que ayude a la libertad a ser realmente ella misma, en lugar de ciega arbitrariedad, y que proteja al débil del abuso del más fuerte. En la familia de los pueblos se dan muchos comportamientos arbitrarios, tanto dentro de cada Estado como en las relaciones de los Estados entre sí. Tampoco faltan tantas situaciones en las que el débil tiene que doblegarse, no a las exigencias de la justicia, sino a la fuerza bruta de quien tiene más recursos que él. Hay que reiterarlo: la fuerza ha de estar moderada por la ley, y esto tiene que ocurrir también en las relaciones entre Estados soberanos.



12. La Iglesia se ha pronunciado muchas veces sobre la naturaleza y la función de la ley: la norma jurídica que regula las relaciones de las personas entre sí, encauzando los comportamientos externos y previendo también sanciones para los transgresores, tiene como criterio la norma moral basada en la naturaleza de las cosas. Por lo demás, la razón humana es capaz de discernirla al menos en sus exigencias fundamentales, llegando así hasta la Razón creadora de Dios que es el origen de todas las cosas. Esta norma moral debe regular las opciones de la conciencia y guiar todo el comportamiento del ser humano. ¿Existen normas jurídicas para las relaciones entre las Naciones que componen la familia humana? Y si existen, ¿son eficaces? La respuesta es sí; las normas existen, pero para lograr que sean verdaderamente eficaces es preciso remontarse a la norma moral natural como base de la norma jurídica, de lo contrario ésta queda a merced de consensos frágiles y provisionales.



13. El conocimiento de la norma moral natural no es imposible para el hombre que entra en sí mismo y, situándose frente a su propio destino, se interroga sobre la lógica interna de las inclinaciones más profundas que hay en su ser. Aunque sea con perplejidades e incertidumbres, puede llegar a descubrir, al menos en sus líneas esenciales, esta ley moral común que, por encima de las diferencias culturales, permite que los seres humanos se entiendan entre ellos sobre los aspectos más importantes del bien y del mal, de lo que es justo o injusto. Es indispensable remontarse hasta esta ley fundamental empleando en esta búsqueda nuestras mejores energías intelectuales, sin dejarnos desanimar por los equívocos o las tergiversaciones. De hecho, los valores contenidos en la ley natural están presentes, aunque de manera fragmentada y no siempre coherente, en los acuerdos internacionales, en las formas de autoridad reconocidas universalmente, en los principios del derecho humanitario recogido en las legislaciones de cada Estado o en los estatutos de los Organismos internacionales. La humanidad no está « sin ley ». Sin embargo, es urgente continuar el diálogo sobre estos temas, favoreciendo también la convergencia de las legislaciones de cada Estado hacia el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales. El crecimiento de la cultura jurídica en el mundo depende además del esfuerzo por dar siempre consistencia a las normas internacionales con un contenido profundamente humano, evitando rebajarlas a meros procedimientos que se pueden eludir fácilmente por motivos egoístas o ideológicos.



Superación de los conflictos y desarme



14. La humanidad sufre hoy, lamentablemente, grandes divisiones y fuertes conflictos que arrojan densas nubes sobre su futuro. Vastas regiones del planeta están envueltas en tensiones crecientes, mientras que el peligro de que aumenten los países con armas nucleares suscita en toda persona responsable una fundada preocupación. En el Continente africano, a pesar de que numerosos países han progresado en el camino de la libertad y de la democracia, quedan todavía muchas guerras civiles. El Medio Oriente sigue siendo aún escenario de conflictos y atentados, que influyen también en Naciones y regiones limítrofes, con el riesgo de quedar atrapadas en la espiral de la violencia. En un plano más general, se debe hacer notar, con pesar, un aumento del número de Estados implicados en la carrera de armamentos: incluso Naciones en vías de desarrollo destinan una parte importante de su escaso producto interior para comprar armas. Las responsabilidades en este funesto comercio son muchas: están, por un lado, los países del mundo industrialmente desarrollado que obtienen importantes beneficios por la venta de armas y, por otro, están también las oligarquías dominantes en tantos países pobres que quieren reforzar su situación mediante la compra de armas cada vez más sofisticadas. En tiempos tan difíciles, es verdaderamente necesaria una movilización de todas las personas de buena voluntad para llegar a acuerdos concretos con vistas a una eficaz desmilitarización, sobre todo en el campo de las armas nucleares. En esta fase en la que el proceso de no proliferación nuclear está estancado, siento el deber de exhortar a las Autoridades a que reanuden las negociaciones con una determinación más firme de cara al desmantelamiento progresivo y concordado de las armas nucleares existentes. Soy consciente de que al renovar esta llamada me hago intérprete del deseo de cuantos comparten la preocupación por el futuro de la humanidad.



15. Hace ahora sesenta años, la Organización de las Naciones Unidas hacía pública de modo solemne la Declaración universal de los derechos humanos (1948-2008). Con aquel documento la familia humana reaccionaba ante los horrores de la Segunda Guerra Mundial, reconociendo la propia unidad basada en la igual dignidad de todos los hombres y poniendo en el centro de la convivencia humana el respeto de los derechos fundamentales de los individuos y de los pueblos: fue un paso decisivo en el camino difícil y laborioso hacia la concordia y la paz. Una mención especial merece también la celebración del 25 aniversario de la adopción por parte de la Santa Sede de la Carta de los derechos de la familia (1983-2008), así como el 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008). La celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI, y retomada con gran convicción por mi amado y venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, ha ofrecido a la Iglesia a lo largo de los años la oportunidad de desarrollar, a través de los Mensajes publicados con ese motivo, una doctrina orientadora en favor de este bien humano fundamental. Precisamente a la luz de estas significativas efemérides, invito a todos los hombres y mujeres a que tomen una conciencia más clara sobre la común pertenencia a la única familia humana y a comprometerse para que la convivencia en la tierra refleje cada vez más esta convicción, de la cual depende la instauración de una paz verdadera y duradera. Invito también a los creyentes a implorar a Dios sin cesar el gran don de la paz. Los cristianos, por su parte, saben que pueden confiar en la intercesión de la que, siendo la Madre del Hijo de Dios que se hizo carne para la salvación de toda la humanidad, es Madre de todos.



Deseo a todos un feliz Año nuevo.



Vaticano, 8 de diciembre de 2007.







Notas
[1] Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 1.
[2] Cf. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 48.
[3] Juan Pablo II, Exhort. ap. Christifideles laici, 40: AAS 81 (1989) 469.
[4] Ibíd.
[5] Cons. Pont. Justicia y Paz, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 211.
[6] Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 11.
[7] Art. 16/ 3.
[8] Cons. Pont. para la Familia, Carta de los derechos de la familia, 24 noviembre 1983, Preámbulo, A.

El deseo de contemplar a Dios en el Adviento

Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: "Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro".

Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.

Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mio; no conozco tu rostro.

¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro.

Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.

Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?

Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.

Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré.

martes, 11 de diciembre de 2007

¡DIOS A LA VISTA!

Así titulaba un famoso ensayo D. José Ortega y Gaset. El fino olfato histórico y metafísico de nuestro gran filósofo le hizo percibir, un poco a tientas, una dimensión esencial de nuestro ser y de nuestra vida. Este permanente acercamiento de Dios desde nuestro horizonte espiritual es el gran significado del Adviento.

Toda la vida es adviento de Dios. Quizás es esto lo más profundo que podemos decir de nuestra propia vida. Somos indigencia de Dios. Una indigencia que El llena saliendo a nuestro encuentro como el padre bueno sale al encuentro de su hijo menesteroso.

El gran amor que Dios nos tiene le hizo salir de las brumas del horizonte y venir hasta nosotros en carne mortal, en un tiempo y en un lugar. Jesús es estrictamente la presencia sustancial de Dios en nuestro mundo. Jesús es el adviento permanente de Dios a cada uno de nosotros. El Jesús real e histórico, muerto y resucitado, viene a nosotros por medio de la Iglesia, en su palabra, en los sacramentos, especialmente en el de la Eucaristía, y más profundamente por la acción del Espíritu Santo. “Vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23).

Dos novedades tienen que llenar nuestro Adviento. La primera y principal es el descubrimiento de Dios como Padre bueno, como Principio y Fuente de vida verdadera y eterna, como Apoyo, Refugio y Garantía de nuestra vida personal y de la humanidad entera. Tenemos que romper esa barrera de miedo y desconfianza con la que nos blindamos ante el amor de Dios que viene a nosotros. El gran testimonio, la gran verdad de Jesús es habernos manifestado con su vida y con su muerte este amor ilimitado de Dios, Padre misericordioso y acogedor. Nos amó hasta dejar morir a su Hijo en la cruz por nosotros. Confianza, gratitud, invocación, son los grandes sentimientos del Adviento.

La otra novedad del Adviento tiene que ser el reconocimiento de nuestros pecados, de nuestra indiferencia, de nuestra ingrata ceguera. No se trata sólo de arrepentirnos de pecados concretos, sino de ir hasta el fondo de nuestros pecados, descubriendo y eliminando el pecado profundo y encubierto del olvido de Dios, de la desconfianza contra El, del vivir de espaldas a El. Adviento es un tiempo de penitencia, una penitencia mansa y profunda, serena y confiada, que nos libera de nuestro encerramiento, origen de tantos pecados, y nos abre a la visita de Dios.

Dios viene hasta nosotros de muchas maneras, por fuera y por dentro. Viene en las celebraciones litúrgicas por la Palabra y los Sacramentos, viene por el acogimiento interior de Jesucristo, viene por su presencia invisible en el fondo de nuestro corazón.

En la liturgia de estas semanas los profetas dan forma al clamor de la humanidad pidiendo y esperando la llegada de Dios, de su perdón, de su presencia, de su abrazo vivificador. Hagamos nuestra esta voz de los profetas, preparemos los caminos de Dios hacia nosotros con nuestra penitencia y nuestras buenas obras. Hay demasiadas puertas cerradas. Abramos las puertas de muchos corazones a la llegada de Dios.

La dulce y fuerte doncella de Nazaret, la Virgen Santa María, es el mejor modelo, el principio y la cumbre de la humanidad en esta espera del Dios que viene para estar con nosotros por toda la eternidad. Que sus sentimientos sean también nuestros sentimientos, que su oración sea nuestra oración: somos tus siervos, venga tu reino, que tu voluntad se cumpla en nosotros, en la tierra como en el cielo.

El itinerario de conversión del Adviento desemboca en la alegría de Navidad, no en la alegría pasajera de los grandes almacenes y las calles engalanadas, sino en la alegría profunda y duradera de la adoración, de la piedad agradecida y de la paz interior, del encuentro y la reconciliación, de la amistad recuperada, de la convivencia y la comunicación, del amor acogedor y generoso. Es la alegría de la salvación de Dios. Estamos contentos, como María, porque Dios ha hecho con nosotros grandes maravillas.

(Mons. Fernando Sebastián, "Cartas desde la fe")

lunes, 10 de diciembre de 2007

"Las antífonas O"





Las antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta con el Magnificat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre. Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador.
Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores».
Fueron compuestas hacia los siglos VII-VIII, y se puede decir que son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del A.T. como de la Iglesia del N.T.
Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: «Oh». La comprensión cada vez más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: «ven».
Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del A.T., pero entendido con la plenitud del N.T. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: «ven» y no tardes más.


(Pinchando en el enlace de cada antífona, encontraréis una meditación-oración para cada día)

Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra después de la «O», dan el acróstico «ero cras», que significa «seré mañana, vendré mañana», que es como la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles.

Se cantan -con la hermosa melodía gregoriana o en alguna de las versiones en las lenguas modernas- antes y después del Magnificat en las Vísperas de estos siete días, del 17 al 23 de diciembre, y también, un tanto resumidas, como versículo del aleluya antes del evangelio de la Misa.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

SPE SALVI



Pinchad en el enlace para descargaros la Encíclica SPE SALVI, de S.S. Benedicto XVI. Ya os comenté en un correo que estamos en un tiempo muy propicio para leerla, el Adviento, y que hay que leerla detenidamente y con mucho cariño, sabiendo que nos la dá el Papa.





En la reunión de grupo del sábado 29 de diciembre, hablaremos sobre ella y así podremos ver las dudas que os suscite.


Un abrazo a todos.

Calcuta 2007

Como algunos no lo han visto todavía, dejo aquí también el montaje de Calcuta.

martes, 4 de diciembre de 2007

Un regalito




Y aquí tenéis el enlace, por si queréis verlo más grande.

http://www.godtube.com/view_video.php?viewkey=ee73e63418003b47d7d5

"KEJARITOMENE"


KEJARITOMENE

El nuevo sitio de encuentro del grupo de Jóvenes de Acción Católica de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Montilla. Córdoba.



"Jaire, kejaritomene". Estas son las primeras palabras que el Ángel Gabriel dirigió a María. "Alégrate, Llena de Gracia".


He pensado que este puede ser un buen medio para que todos estemos conectados entre nosotros y podamos también poner cosas de interés. Ponemos esta iniciativa bajo el manto de la Inmaculada Concepción, para que ella nos bendiga y nos alcance frutos abundantes.